Las Viviendas en Roma Antigua

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Desde la originaria colina del Palatino, Roma se amplía en la época de los reyes y Servio Tulio rodeó con una muralla las siete colinas que constituían la ciudad, quedando en el centro el Foro Romano. La invasión de los galos del año 391 a.C. provocó el incendio de la ciudad por lo que se procedió a la reconstrucción, conservando su irregular trazado y su perímetro amurallado. Ahora ocupa 426 hectáreas pero presenta por primera vez problemas de vivienda por lo que se distribuyó entre los indigentes la colina del Aventino. En el año 174 a.C. se considera que Roma "es una ciudad fea, con edificios públicos y privados de mezquino aspecto" según los cortesanos de Filipo de Macedonia.

Las casas estaban construidas al azar mientras que las irregularidades del terreno habían motivado que las calles fueran serpenteantes y empinadas, con vías estrechas y tortuosas. La mayoría de ellas carecían de aceras y su anchura no pasaba de los cinco metros. También se encontraban pasadizos de dos o tres metros de anchura casi intransitables que formaban la red viaria de los barrios populosos como el Argilentum -morada de libreros o zapateros-. Las casas estaban construidas en madera y adobe, siendo de diversas alturas, existiendo en el siglo II a.C. casas de más de tres pisos. No había agua corriente en los domicilios, excepto algunos privilegiados.

Los acueductos llevaban el agua a las fuentes públicas y los baños. Ningún ciudadano o extranjero podía moverse a caballo o en carro en la ciudad, excepto para el transporte de materiales o mercancías. Las ventanas de las casas no tenían cristales, cerrándose con postigos de madera o rejas de piedra o terracota. Las estufas escaseaban pero había braseros o chimeneas encendidas para calentarse puntualmente. Los muebles no eran muchos en las casas: lechos para dormir o comer, mesas, armarios o aparadores forman el escaso mobiliario. Las letrinas privadas no existían utilizando las colectivas siendo las de los hombres más grandes que las de las mujeres.

Lo habitual era hacer las necesidades en recipientes portátiles y arrojar su contenido por las ventanas En tiempos de César vivían en Roma unos 800.000 habitantes, produciéndose una afluencia masiva de extranjeros, especialmente esclavos, a la ciudad. Los barrios centrales presentan síntomas de especulación ya que los terrenos en la esta almendra central son escasos y muy caros. Las viviendas -llamadas insulas- se elevan hasta los seis u ocho pisos, produciéndose continuos derrumbamientos e incendios debido a la mala calidad de la construcción y de los materiales. La llegada de Augusto al poder supuso un embellecimiento de Roma y una nueva administración al distribuir el territorio en 14 regiones con sus respectivos puestos de guardia que debían apagar los incendios. Pero los edificios serán construidos aún en materiales pobres lo que favoreció el increíble incendio que se vivió en el año 64, en tiempos de Nerón.

Tres barrios fueron destruidos y siete resultaron dañados durante los ocho días que duró. Para evitar nuevos incendios, Nerón dispuso una serie de ordenanzas que aludían a la construcción de casas alineadas, formando calles anchas, limitando la altura de las casas que no podrían ser construidas en madera y debían utilizar piedra ignífuga. Depósitos antiincendios fueron colocados estratégicamente. Plinio comenta la existencia de unos 90 kilómetros de calles anchas y alineadas que no dejaron de ser criticadas por algunos, caso de Tácito que comenta: "las calles estrechas y los edificios altos no dejaban penetrar los rayos del sol, mientras que ahora, y a causa de los grandes espacios y la falta de sombra, se arde de calor". A pesar de las normas de seguridad impuestas, los incendios continuaron . A mediados del siglo II la población de Roma se acercaba al millón y medio de habitantes, concentrándose la mayoría en los barrios centrales.

Existían unas 46.000 insulas -una densidad media de 102 insulas por hectárea- algunas de ellas bastante altas debido al incremento de los precios que estaba alcanzando el suelo. Augusto tuvo que limitar las construcciones a 70 pies, unos 21 metros, mientras que Tácito menciona casas de 30 metros. A pesar de las limitaciones, los edificios seguían creciendo. Roma tomaba el aspecto de una Nueva York antigua. La introducción del ladrillo cocido que daba mayor solidez al edificio y era menos combustible fue lo que permitió la edificación de estos colosos. La Subura, el Argilentum y el Velabrum eran los barrios más populosos y los más poblados. Allí vivían zapateros, libreros, vendedores ambulantes, magos, maleantes, aventureros, charlatanes, etc. Como es lógico, las casas estaban levantadas de manera anárquica y sus calles eran estrechas, distribuyéndose las tiendas y los talleres artesanales por oficios. La mayoría de las casas estaban arrendadas y subarrendadas a su vez, elevando las precios de manera desorbitada. La vida pública y oficial se desarrollaba en los Foros, el Capitolio, el Campo de Marte y el Palatino.

Los barrios aristocráticos estaban constituidos por domus, residencias de gran amplitud con uno o dos pisos estructurados alrededor del atrio y del peristilo, patio de influencia griega. El Collis Hortorum era el barrio residencial y aristocrático por excelencia. La domus contaba con una elegante entrada, comedor, habitaciones para esclavos y miembros de la familia. No había ventanas que daban a la calle ya que toda la luz necesaria procedía de los patios interiores. En Roma no existía servicio de limpieza ni iluminación nocturna. Salir por la noche era toda una aventura y quien lo hacía se exponía a jugarse la vida. Pero durante el día las calles eran bulliciosas y estaban llenas de gente.

Según un edicto de César las calles debían ser limpiadas por los propietarios, prohibiéndose la circulación de carros desde el alba al amanecer. De las montañas próximas llegaban trece acueductos que inundaban la ciudad de agua, aflorando en las numerosas fuentes públicas que manaban continuamente. Quizá para evitar esta anarquía urbanística característica de Roma, las ciudades de nueva planta se construían siguiendo los planos de los campamentos romanos. El cardo y el decumanus se cruzaban en el centro, estableciendo un sistema en cuadrícula que dejaba la zona central para foros.

PARA SABER MAS...
Los romanos adinerados vivían en la mayor de las elegancias. Los pórticos y terrazas de sus espaciosas mansiones lucían arbustos de flores y el verde follaje de las enredaderas. En el interior, los esclavos hacían el quehacer de la casa, recorriendo el panorama de frescas columnas de mármol y pisos de brillantes mosaicos. Los muebles eran de bronce, marfil y maderas finas; de las ventanas pendían cortinas de costosas telas; los vividos colores de los frescos alegraban los muros.

Los más pudientes tenían dos mansiones, una en la ciudad y otra en el campo, ambas con los mismos lujos. Los invitados entraban por un vestíbulo cuyas puertas dobles daban al atrio, o sala. Ésta era la estancia principal de la familia: la luz, que entraba por una abertura en el techo, se reflejaba en el agua de un estanque central. En el atrio también se erguía el altar a los dioses de la casa. Éstos eran los penates, considerados por los romanos como los que protegían a la casa de los espíritus malignos. Toda la familia les rendía culto diariamente.

Junto al atrio estaban la cocina, el comedor, el estudio, los dormitorios y otras estancias. En la parte trasera de la casa había un peristilo, o jardín con columnatas, bordeado por setos y arbustos florales. Los romanos eran hábiles jardineros, y gustaban especialmente de las rosas. Los romanos pudientes bebían vino de rosas y se polveaban el cuerpo con pétalos secos de esta flor. Los sibaritas (de Sibaris, en el sur de Italia) eran tan afectos a los lujos que dormían en colchones rellenos de pétalos de rosa; de ahí la expresión "como en lecho de rosas". Los ciudadanos pobres cuidaban de pequeños maceteros, mientras que las grandes mansiones suburbanas tenían terrazas con vista a prados, setos recortados y paseos bordeados por laureles, cipreses y plátanos. Había bancas a la sombra de pérgolas, que daban frescor en el sofocante verano italiano.

Las casas privadas contaban con fuentes y agua corriente; algunas también tenían calefacción. El sistema, conocido como hipocausto, consistía en calderas, que los esclavos alimentaban con madera o carbón, de las que salían ductos de aire que calentaban los pisos, generalmente los del baño. Casi todas las casas se calentaban con braseros de carbón portátiles. Las chimeneas eran casi desconocidas.

Los muebles romanos eran de hermosa manufactura, pero no abundaban, ni siquiera en las casas pudientes. El mueble principal era la cama, donde los ciudadanos dormían de noche y se reclinaban durante el día para una siesta o para recibir a las visitas. Las mejores camas eran de madera, finamente incrustadas con marfil, concha de tortuga y oro.

Fuente Consultada:
Hábitos y Costumbres del Pasado Reader´s Digest
Colección: Como Vivían  - Los Romanos Susaeta
Historia Para Primer Año José María Ramallo


 


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