Después de la conquista de Grecia,
la decoración interior llegó a ser rica y variada, aun en las casas modestas.
Las paredes estaban cubiertas. de pinturas familiares o mitológicas; había
numerosas columnas de mármol, enlosados de piedras raras y mosaicos. Las
colgaduras y tapices completaban la ornamentación; pero las habitaciones eran
pequeñas y contenían pocos muebles.
La casa romana era una vivienda de
país cálido.
El vestido de los romanos no
difería mucho del de los griegos. El hombre llevaba calzoncillos, subligdculo y
una larga camisa con o sin mangas, llamada tunica. La
túnica de los senadores estaba orlada con una ancha franja de púrpura, conocida
con el nombre de laticlavia. Por encima de la túnica llevaba el romano la toga
que era como una capa de mucho vuelo corbada en forma de semicírculo y que tenía
por un lado un diámetro de 4 m. 85 próximamente y por el Otro era un segmento de
circulo cuya cuerda tenía t m. 20. Era la toga el distintivo del ciudadano y no
podían usarla ni los extranjeros ni los esclavos.
Esta prenda, colocada artísticamente hacía muchos y graciosos pliegues. Los
mancebos libres también vestían la toga, adornada con una franja de púrpura y
llamada pretexta. Poco a poco fue introduciéndose el uso de llevar debajo de la
túnica una a modo de la camisa actual, llamada subúcula, y en tiempo de lluvia o
en viaje un capote, penula, provisto de capucha, cuculla. Todos estos trajes
fueron primitivamente de lana; pero la moda introdujo pronto en Roma telas
ligeras de Grecia y de oriente.
Las mujeres llevaban también una
camisa, y por encima un vestido largo, con mangas, estola, ceñido en el talle
con un cinturón. Cuando sallan, se abrigaban con la pallo, gran man o o chal
parecido al himatión griego. El tocado era cosa muy importante entre las romanas
que se mostraban libremente en público. Se ajustaban el busto con una especie de corsé de cuero; se
teñían la cabellera de rubio o se ponían pelucas; abusaban de los afeites y
ungüentos y les gustaba salir cargadas de aderezos. Las joyas encontradas en las
excavaciones están delicadamente labradas.
Ni los hombres ni las mujeres
usaban calcetines o medias, y se calzaban, para salir, con el borceguí, cdlceo,
que ajustaban por medio de correas, pero que dejaba descubiertos los dedos de
los pies. El cálceo que usaban ciertos magistrados era rojo, y se llamaba múleo.
En la casa se ponían sandalias. En el ejército, los soldados llevaban el
borceguí con suela guarnecida de clavos o cdliga.
El romano en su casa era dueño
absoluto de su familia y de sus esclavos. La autoridad paternal era muy grande,
y durante mucho tiempo tuvo el padre derecho de vida y muerte sobre los suyos.
En la ciudad era ante todo un
ciudadano. No se dedicaba, como el griego, al comercio, sino a los negocios
públicos. Si era acaudalado, recibía por la mañana a sus clientes, escuchaba sus
peticiones y les distribuía consejos o socorros. Después iba al Foro, donde
tomaba asiento en el senado o en el tribunal. Si era
pobre, se inscribía como cliente de un rico, lo escoltaba en público y lo
sostenía con su voto en las elecciones.
Las distracciones eran raras. Por
la tarde jugaba a la pelota o iba a los baños que eran, como el café moderno, la
cita de los ociosos. Sólo algunas procesiones religiosas y algunos juegos del
circo alteraban a veces la monotonía del año. Esa vida convenía a un pueblo de
propietarios rurales; pero las costumbres fueron modificándose muy de prisa en
Roma como se verá más adelante, hasta que en la época del
Imperio se convirtió en verdadera ciudad de placeres.
El papel de la mujer era más
importante en Roma que en Grecia. Gobernaba también la casa, pero tenía más
autoridad que la mujer griega, porque estaba más asociada a la vida de su
marido. Se la felicitaba porque cuidaba del gobierno de la casa e hilaba la
lana, pero en realidad hacía más que eso. Compartía los honores que se
tributaban a su esposo, aparecía con él en público, en las ceremonias y los
juegos, y estaba rodeada de consideraciones; era en fin la señora, la matrona.
En la casa, no estaba confinada en sus habitaciones, sino que tomaba parte en
las comidas y recepciones. Su influencia, aunque no reconocida por la ley, de
hecho era muy grande. Catán tuvo la prueba cuando quiso acabar, por medio de una
LA PROSTITUCION: La
presencia de esclavos y esclavas en los hogares sería uno de los motivos de la
libertad sexual con los que se relaciona el mundo romano. Esta presunta libertad
sexual estaría íntimamente relacionada con el amplio desarrollo de la
prostitución.
Como en
buena parte de las épocas históricas, en Roma las prostitutas tenían que llevar
vestimentas diferentes, teñirse el cabello o llevar peluca amarilla e
inscribirse en un registro municipal. No en balde, Catón el Viejo dice que "es
bueno que los jóvenes poseídos por la lujuria vayan a los burdeles en vez de
tener que molestar a las esposas de otros hombres". En el año 1 existe un
registro con 32.000 prostitutas que estaban recogidas, habitualmente, en
burdeles llamados lupanares, lugares con licencia municipal cercanos a los
circos y anfiteatros o aquellos lugares donde el sexo era un complemento de la
actividad principal: tabernas, baños o posadas.
Los distritos del Esquilino y el
Circo Máximo tenían una mayor densidad de burdeles humildes mientras que los más
elegantes se ubicaban en la cuarta región, habitualmente decorados con murales
alusivos al sexo e identificados en la calle con un gran falo que era iluminado
por la noche. Las prostitutas solían exhibir sus encantos en las afueras del
prostíbulo y era habitual que en las puertas de las habitaciones existiera una
lista de precios y de servicios.
Las prostitutas se dividían en diversas clases:
las llamadas meretrices estaban registradas en las listas públicas mientras que
las prostibulae ejercían su profesión donde podían, librándose del impuesto. Las
delicatae eran las prostitutas de alta categoría, teniendo entre sus clientes a
senadores, negociantes o generales.
Las famosas tenían la misma categoría pero
pertenecían a la clase patricia, dedicándose a este oficio o por necesidades
económicas o por placer. Entre ellas destaca la famosa Mesalina, Agripina la
joven o Julia, la hija de Augusto. Las conocidas como ambulatarae recibían ese
nombre por trabajar en la calle o en el circo mientras que las lupae trabajaban
en los bosques cercanos a la ciudad y las bustuariae en los cementerios.
El lugar favorito para las
relaciones sexuales eran los baños, ofreciendo sus servicios tanto hombres como
mujeres; incluso conocemos la existencia de algunos prostíbulos frecuentados por
mujeres de la clase elevada donde podían utilizar los servicios de apuestos
jóvenes.