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La diversión con mayúsculas del
mundo romano es el circo o los juegos circenses. En el circo encontramos
deporte, pasión e incluso ideas religiosas o políticas por lo que algunos
especialistas lo consideran como algo más que espectáculo. La tradición hace
referencia a los reyes etruscos como los creadores de los juegos en Roma, ya en
el lugar donde posteriormente se instalaría el Circo Máximo. Estas ceremonias
posiblemente tuvieran un origen funerario, con el fin de conjurar los poderes de
ultratumba.
Los
emperadores recreaban al pueblo con grandes y repetidas fiestas. En Roma había
ciento sesenta y cinco días de fiesta al año, algunas, la inauguración del
Coliseo verbigracia, duraron cien días seguidos. Dichas fiestas eran
espectáculos que se celebraban en el el
teatro, en el circo y en el anfiteatro.
Empezaban por la mañana y se terminaban a la puesta del sol. Cuando asistía el
emperador se repartían sorpresa, golosinas y vino.
TEATROS:
En los teatros, el mayor de los cuales era el de Pompeyo, se representaban comedias, tragedias, farsas y pantomimas. Las
comedias eran las obras dramáticas que Plauto y Terencio traducían o imitaban
del griego, y que tanto gustaron a los romanos hasta el siglo IV. Las tragedias eran menos apreciadas por aquel pueblo,
poco refinado; a la postre eran funciones en que el asunto importaba menos que el aparato
escénico lo propio sucede con las óperas modernas y las comedias de magia. Pero los
espectadores preferían las farsas y las pantomimas. Las farsas o atelanas, asi
llamadas porque, según Diomedes, ese género dramático se creó en Atela, ciudad
de Campania, eran piezas en un acto, muy jocosas, parecidas al entremés o al
sainete. La
pantomima era una pieza dramática en que el actor, mimo o pantomimo, en vez de
hablar, explicaba lo que sentía por medio de gestos. La perfección a que
llegaron, en este género, los actores griegos, parece que no la han alcanzado
nuestros contemporáneos.
El teatro romano era, pues, un espectáculo que recreaba la vista,
mas que el espíritu.
CIRCO ROMANO:
En
el circo se daban carreras de carros y de caballos. circo Máximo, así llamado
por su magnitud y porque e él se celebraban los juegos consagrados a lo dios
magnos, tenía cabida para 300,000 espectadores.
La planta
tenía la forma de un paralelogramo alargado, cerrado por un lado
en semicírculo, ahí se abría la puerta triunfal, y en el lado
opuesto, por una línea convexa, ahí estaban las cocheras. Las gradas ocupaban
tres lados, y la arena o pista estaba dividida longitudinalmente, aunque no por
completo, por un muro de poca altura, llamado espina (espina dorsal de la pista)
en cuyos extremos se alzaban sendos hitos cónicos, bastante altos y dorados, que
eran las metas. La pista tenía casi un kilómetro de extensión y era preciso
darle la vuelta siete veces en cada carrera.
Cada día habla veinticuatro
carreras, comprendiendo cada una cuatro
carros tirados por dos caballos
(biga) o por cuatro (cuadriga). Los cocheros circenses
o aurigas lucían túnicas muy
cortas ceñidas al
cuerpo con correas para
evitar que flotaran con la velocidad de la carrera. Los
aurigas se distinguían por el color de la túnica, según:
la cuadra, orden o bando a que pertenecían verde alusivo
a la primavera; rojo al verano; azul, al otoño y blanco,
al invierno. Esos cocheros a más de ganaban
mucho dinero, eran muy populares. Sus partidarios no sólo apostaban contra el
competidor en la carrera, sino que también, ello era frecuente, reñían y armaban
verdaderos motines en el circo. El oficio de auriga tenía sus peligros; los
carros al dar la vuelta de la espina, uno muy estrecho,
en que estaban las metas, volcaban con
suma facilidad.
Los emperadores dieron gran
solemnidad a las carreras. Ellos hicieron que los juegos comenzaran con una
procesión que dirigía el magistrado que presidía los juegos, y que a partir de
Calígula,
dirigió el emperador; procesión en la que figuraban los magistrados, los
clientes, la flor y nata de la juventud romana, los aurigas,
los luchadores, cerrando la comitiva, los sacerdotes y las corporaciones
religiosas, las cuales acompañaban las imágenes de los dioses,
con sus símbolos y atributos.
Los anfiteatros (el más notable
fue el Coliseo o anfiteatro Flavio) eran circos cuya pista, más oval, no tenía
espina. En ellos se celebraban varios espectáculos, especialmente los combates
de gladiadores. Se atribuye el origen de estos combates a los sacrificios
humanos que hacían los
etruscos en los funerales de los grandes personajes para
aplacar los manes de éstos. La moda influyó para que se reemplazaran con luchas
entre dos esclavos. Bajo el imperio, esos juegos se reglamentaron y se llegaron
a dar combates en que quinientas parejas de gladiadores venían a las manos. Los
gladiadores eran condenados a muerte, esclavos, cautivos de guerra y a veces
también hombres libres ansiosos de celebridad. Se les ejercitaba en ludus
gladiatorius. El que fundaba una escuela de este género obtenía magníficas
ganancias.
Los gladiadores combatían a pie, a
caballo y en carros se les hacia luchar en parejas o en grupos. Generalmente
habían de enfrentarse hombres que tuvieran armas diferentes. Entre los
gladiadores se distinguían los samnitas, que se presentaban casi desnudos, y
llevaban un gran escudo cuadrado y un sable corvo; los mirmillones,
armados como los legionarios; los hoplitas, cubiertos de hierro como los
caballeros de la Edad Media; los tracios, cubierta la cabeza con casco de anchas
alas; los reciarios, armados solamente con una red de pescar y un tridente. Toda
esa gente iba, antes de comenzar los juegos, a colocarse en fila delante de la
tribuna del emperador para gritar
«Ave, César Imperator, morituri
te salutant» (Salve,
César emperador; los que van a morir te saludan).
Los esclavos sacaban los
cadáveres de la pista prendiéndolos con ganchos y tirando de ellos; un hombre
vestido de Mercurio comprobaba la muerte de aquellos infelices, tocándolos con
un hierro candente; a los heridos que no podían curar se les daba la muerte.
Esos juegos sangrientos, que con sólo imaginarlos nos horripilamos, eran
deliciosos para el pueblo romano.
Había días en que la pista se
convertía en lago, y entonces se daban batallas navales; había otros en que, los
gladiadores llamados bestiarios, luchaban con animales feroces. Por último, a
aquellos anfiteatros se llevaba a los condenados a muerte, para que fueran
devorados por tigres y leones, suplicio que cupo frecuentemente a los mártires
cristianos.
LOS BAÑOS PÚBLICOS:
(VER Termas de Caracalla)
El mediodía era la hora del
almuerzo, especialmente frugal en tiempos de canícula. Cuando el calor apretaba,
se imponía la siesta, en horas en que, como cuenta Cicerón, el "venturoso
silencio" reinaba en la bulliciosa ciudad. Recuperadas las fuerzas, cuando
el sol comenzaba a bajar llegaba la hora de ir a los baños, para los cuales los
arquitectos trazaban cómodas instalaciones, siempre bien abastecidas por los
excelentes acueductos que se levantaban en extramuros. Las piscinas para
disfrutar del baño también eran un escenario apropiado para el encuentro con los
amigos y el abordaje de nuevos negocios, tanto económicos como políticos. Si las
horas destinadas al baño no eran suficientes, las negociaciones y las
transacciones continuaban alrededor de la mesa, ya que invitarse a cenar era un
hábito propio de patricios. Los romanos no tenían fines de semana inactivos.
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