Los romanos asimilaron
rápidamente los avances técnicos realizados por griegos y egipcios en la
minería. Las minas eran explotadas a cielo abierto y en pozos o galerías como se
puede comprobar en España, con los distritos mineros de Las Omañas, Las Médulas,
Cástulo o La Valduerna. Una de las técnicas más empleadas era el derrumbe de
montañas, procediendo después al lavado de mineral con agua, en ocasiones
procedente de 40 kilómetros. De los diferentes distritos mineros salía el metal
puro fundido, por lo que se realizaban in-situ todas las operaciones, lo que
conllevaba la participación de un amplio número de trabajadores.
No en balde,
sabemos que en las minas de Cartagena llegaron a trabajar unas 40.000 personas.
Como es lógico pensar, el trabajo en la mina era tremendamente duro. La mayoría
de los mineros eran esclavos o trabajadores dependientes e incluso libres que
trabajaban por el beneficio obtenido o como una forma de liberación de
impuestos. Las tropas acantonadas en las cercanías de las minas, además de
proporcionar seguridad a la explotación, servían para realizar tareas de
asesoramiento técnico y construcción de infraestructuras. Este tipo de tareas
eran dirigidas por los procuradores imperiales que también tenían a su cargo la
administración y la vigilancia de la explotación.
La gestión de las minas
dependió del momento. En un principio, el Estado tenía bajo su control la
explotación pero desde los primeros años del siglo II a.C. se utilizó un sistema
mixto: arrendamiento para todos los metales excepto las minas de oro que
dependían directamente del Estado (las de plata en algunas ocasiones también
eran de propiedad estatal). Los servicios que rodean a las minas -baños,
zapatería, ferretería, etc.- eran ofrecidos por el Estado en régimen de
alquiler.