Buena
parte de la actividad comercial era realizada por los mismos productores. Los
excedentes agrarios eran llevados a la ciudad por el campesino que adquiría -o
cambiaba- en los talleres los productos necesarios. El propio Estado era el
encargado de llevar a los campamentos militares todo lo necesario para su
manutención. Pero a pesar de estas limitaciones ya existía la figura del
intermediario, dedicándose a las actividades comerciales un buen puñado de
romanos e itálicos.
El comercio se realizaba preferentemente por vía marítima
-más rápido y más barato- siendo hombres libres los propietarios de los barcos,
habitualmente organizados en sociedades mercantiles. Para evitar desplazamientos
continuos, el armador solía delegar cierta responsabilidad en un esclavo de su
confianza que representaba jurídicamente al comerciante. Los grandes emporios
comerciales del Imperio eran las principales ciudades - Roma, Alejandría,
Marsella, Antioquía- y en ellas podíamos encontrar expertos de diferentes
orígenes -judíos, hispanos, sirios-. La manera de conseguir una fortuna con
mayor facilidad era dedicarse al comercio.