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La Caída del Imperio Romano: El derrumbamiento del Imperio Clásico se prolongó durante varios siglos y se debió a diversas razones. Una de las fundamentales fue que el Imperio había alcanzado unas proporciones que a los romanos les resultaba difícil controlar. En las provincias exteriores, los militares y ciudadanos empezaron a adoptar las costumbres y prácticas locales, y muchos soldados decidieron abandonar el servicio militar en favor de la opción más pacífica de poseer una tierra.

La presión de las fuerzas invasoras también contribuyó al debilitamiento del Imperio. Pequeñas tribus bárbaras hicieron causa común y formaron poderosas confederaciones. Los godos se unieron bajo un único líder y derrotaron al ejército del emperador Valente en la batalla de Adrianópolis el año 378, tras la cual los romanos no volvieron a derrotar a los godos. (amplia sobre la Caída del Imperio Romano)

Los romanos no fueron los primeros cristianos. Por el contrario, alimentaban a los leones con ellos por pura diversión. Sin embargo, una vez convertido oficialmente al cristianismo, el Imperio Romano promovió, reforzó y difundió esa religión en Europa, el oeste asiático, el norte de África, hasta donde se extendían sus dominios.

La Iglesia logró riqueza y poder bajo la protección de los emperadores romanos. La propia Roma se convirtió en capital de la cristiandad occidental, y hoy es sede de la Iglesia católica romana, pero, aunque parezca irónico, por la época Ruinas Romanas (Tarifa) en que el cristianismo se convertía en religión oficial el imperio desplazaba sus energías lejos de Roma. 

Roma perduró cambiando, desarrollándose y reaccionando. Los reyes gobernaron la ciudad-estado hasta que el pueblo se rebeló y los derrocó. Llegó luego la República, que duró largo tiempo, y después el gobierno de los emperadores, que prevaleció durante varios siglos. Mientras era una república, Roma fue creciendo hasta convertirse en un imperio. En sus postreros años el imperio era cada vez menos romano, hasta que lo que quedó era ya algo muy distinto. 

¿Contradicciones? Por supuesto. Cuando una civilización vigorosa dura más de 1.100 años — más de dos milenios si se considera el Imperio de Oriente como la parte bizantina del Imperio Romano — está por fuerza sometida a contradicciones. En la cúspide de su poderío, Roma era demasiado grande como para no constituir un cúmulo de contradicciones, tanto en el estilo administrativo, como en la política militar y en las ten­dencias culturales.

Roma se disgregó una y otra vez, pero siempre per­manecía unida. Antes de 387 a.C. no dejó historia escrita, ya que, según se presume, los registros se perdieron cuando los merodeadores celtas saquearon la ciudad ese año. Sin embargo reaccionó, controlando la región occidental del centro de Italia, el Lacio, hacia 338, para extender su dominio a la mayor parte de la península italiana, hacia 268 a.C., y progresar sin pausa durante los 200 años siguientes. 

Si durante los primeros siglos de nuestra era lo único que el imperio hizo fue promover la nueva religión, mantuvo de todas maneras una enorme influencia en todo el mundo. La difusión del cristianismo fue sólo una manifestación tardía de esta asombrosa civilización. 

Durante la República (de 509 a 39 a.C.) la antigua ciudad-estado se convirtió en la mayor potencia europea y en el imperio dominante de la región mediterránea. Tras la muerte de Alejandro, Roma reemplazó con el tiempo a sus herederos y absorbió mucho de lo que el macedonio  había acumulado, incluyendo Grecia y Macedonia. Venció a Cartago en una serie de guerras (las guerras púnicas), y se adueñó de las riquezas y vastos territorios de esta ciudad-estado del norte de África. 

Roma absorbió libremente ciertos rasgos de otras culturas: el panteón de los dioses griegos, la democracia al estilo ateniense y la tecnología del trabajo de los metales de una cultura italiana anterior, la de los etruscos. Más aún, la civilización romana hizo tanto con todo lo que se apropió, que no se puede sobreestimar su impacto, en su tiempo y para siempre. ¿Cómo se detecta hoy la influencia de Roma? De muchas mane­ras. En primer lugar, la lengua romana, el latín, es la base no sólo del italiano sino también del francés, el castellano, el portugués y el rumano. También dejó fuertes huellas en idiomas no latinos como el inglés. Aun después de que el latín se convirtiera en lengua muerta, permaneció siendo el idioma de la erudición, la medicina y la ciencia. 

También fue el lenguaje unificador de la Iglesia católica romana, que para Roma y otros países europeos, antes del siglo dieciséis d.C., era simplemente la Iglesia: la única que. Después de la Reforma protestante, y hasta mediados del siglo veinte, la misa católica en todo el mundo se celebraba en latín.

Del Imperio Romano de Occidente no quedaba más que el nombre mu­cho antes de su desaparición oficial, en 476 d.C. (su parte oriental, el Imperio Bizantino, sobrevivió hasta 1453). Aunque Roma no era más una capital imperial, su nombre permaneció en la mente de los pueblos en forma tan amplia y duradera que evocaba el poder y una cierta aura de legitimidad. Por supuesto, la razón residía en parte en que la Iglesia seguía teniendo allí su sede, pero estaba allí justamente por lo que Roma había sido en su apogeo político: el centro del mundo occidental. 

El Sacro Imperio Romano, confederación de principados y ducados euro­peos aparecida mucho más tarde, que modificó formas y lealtades du­rante siglos, debe su nombre al respeto que los europeos medievales tenían todavía por la noción del poder romano. Se inició el imperio men­cionado en 800 d.C., cuando el papa León III otorgó el título de emperador a Carlomagno, rey de los francos y primer gobernante en lograr la unidad de la mayor parte de Europa occidental, bajo una autoridad úni­ca, tras la caída del Imperio Romano.

El imperio de Carlomagno, con sede en lo que hoy es Francia, no le sobrevivió mucho tiempo, ya que el rey alemán Otón I fundó, en 962 d.C., el nuevo Sacro Imperio Romano Germánico, que resistió hasta el siglo diecinueve. Aparte de la bendición papal DE este imperio que se unificó Austria y Álemania menos en el papel, poco tenía que ver con Roma, pero el término romano poseía un dejo de legitimidad imperial. 

Otros términos romanos perduraron, en especial aquéllos que se referían a cargos de autoridad. El título ruso zar, lo mismo que el alemán kaiser, provienen ambos de la palabra latina caesar, césar .Aun el nombre de una poderosa familia dinástica, los Romanov, que gobernaron Rusia de 1613 a 1917, se refería a la Roma imperial. 

El legado de Roma está presente en Europa, América y otras regiones culturalmente influidas por los europeos: amplia zona que comprende las Filipinas, Sudáfrica y la mayoría del continente africano, Australia y, podríamos decir, el resto del mundo. La influencia romana es tan penetrante que podríamos olvidar que existieron otros grandes centros de poder en tiempos de Roma, lo cual sería una seria omisión.

 



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