Los romanos no fueron los primeros
cristianos. Por el contrario, alimentaban a los leones con ellos por pura
diversión. Sin embargo, una vez convertido oficialmente al cristianismo, el
Imperio Romano promovió, reforzó y difundió esa religión en Europa, el oeste
asiático, el norte de África, hasta donde se extendían sus dominios.
La Iglesia
logró riqueza y poder bajo la protección de los emperadores romanos. La propia
Roma se convirtió en capital de la cristiandad occidental, y hoy es sede de la
Iglesia católica romana, pero, aunque parezca irónico, por la época Ruinas
Romanas (Tarifa) en que el cristianismo se convertía en religión oficial el
imperio desplazaba sus energías lejos de Roma.
Roma perduró cambiando,
desarrollándose y reaccionando. Los reyes gobernaron la ciudad-estado hasta que
el pueblo se rebeló y los derrocó. Llegó luego la República, que duró largo
tiempo, y después el gobierno de los emperadores, que prevaleció durante varios
siglos. Mientras era una república, Roma fue creciendo hasta convertirse en un
imperio. En sus postreros años el imperio era cada vez menos romano, hasta que
lo que quedó era ya algo muy distinto.
¿Contradicciones? Por supuesto.
Cuando una civilización vigorosa dura más de 1.100 años — más de dos milenios si
se considera el Imperio de Oriente como la parte bizantina del Imperio Romano —
está por fuerza sometida a contradicciones. En la cúspide de su poderío, Roma
era demasiado grande como para no constituir un cúmulo de contradicciones,
tanto en el estilo administrativo, como en la política militar y en las
tendencias culturales.
Roma se disgregó una y otra vez, pero siempre
permanecía unida. Antes de 387 a.C. no dejó historia escrita, ya que, según se
presume, los registros se perdieron cuando los merodeadores
celtas saquearon la
ciudad ese año. Sin embargo reaccionó, controlando la región occidental del
centro de Italia, el Lacio, hacia 338, para extender su dominio a la mayor parte
de la península italiana, hacia 268 a.C., y progresar sin pausa durante los 200
años siguientes.
Si durante los primeros siglos de
nuestra era lo único que el imperio hizo fue promover la nueva religión, mantuvo
de todas maneras una enorme influencia en todo el mundo. La difusión del
cristianismo fue sólo una manifestación tardía de esta asombrosa civilización.
Durante la República (de 509 a 39
a.C.) la antigua ciudad-estado se convirtió en la mayor potencia europea y en el
imperio dominante de la región mediterránea. Tras la muerte de Alejandro, Roma
reemplazó con el tiempo a sus herederos y absorbió mucho de lo que el macedonio
había acumulado, incluyendo Grecia y Macedonia. Venció a Cartago en una serie de
guerras (las guerras púnicas), y se adueñó de las riquezas y vastos territorios
de esta ciudad-estado del norte de África.
Roma absorbió libremente ciertos
rasgos de otras culturas: el panteón de los dioses griegos, la democracia al
estilo ateniense y la tecnología del trabajo de los metales de una cultura
italiana anterior, la de los etruscos. Más aún, la civilización romana hizo
tanto con todo lo que se apropió, que no se puede sobreestimar su impacto, en su
tiempo y para siempre. ¿Cómo se detecta hoy la influencia de Roma? De muchas
maneras. En primer lugar, la lengua romana, el latín, es la base no sólo del
italiano sino también del francés, el castellano, el portugués y el rumano.
También dejó fuertes huellas en idiomas no latinos como el inglés. Aun después
de que el latín se convirtiera en lengua muerta, permaneció siendo el idioma de
la erudición, la medicina y la ciencia.
También fue el lenguaje unificador
de la Iglesia católica romana, que para Roma y otros países europeos, antes del
siglo dieciséis d.C., era simplemente la Iglesia: la única que. Después de la
Reforma protestante, y hasta mediados del siglo veinte, la misa católica en todo
el mundo se celebraba en latín.
Del Imperio Romano de Occidente no
quedaba más que el nombre mucho antes de su desaparición oficial, en 476 d.C.
(su parte oriental, el Imperio Bizantino, sobrevivió hasta 1453). Aunque Roma no
era más una capital imperial, su nombre permaneció en la mente de los pueblos en
forma tan amplia y duradera que evocaba el poder y una cierta aura de
legitimidad. Por supuesto, la razón residía en parte en que la Iglesia seguía
teniendo allí su sede, pero estaba allí justamente por lo que Roma había sido en
su apogeo político: el centro del mundo occidental.
El Sacro Imperio Romano,
confederación de principados y ducados europeos aparecida mucho más tarde, que
modificó formas y lealtades durante siglos, debe su nombre al respeto que los
europeos medievales tenían todavía por la noción del poder romano. Se inició el
imperio mencionado en 800 d.C., cuando el papa León III otorgó el título de
emperador a Carlomagno, rey de los francos y primer gobernante en lograr la
unidad de la mayor parte de Europa occidental, bajo una autoridad única, tras
la caída del Imperio Romano.
El imperio de Carlomagno, con sede en lo que hoy es
Francia, no le sobrevivió mucho tiempo, ya que el rey alemán Otón I fundó, en
962 d.C., el nuevo Sacro Imperio Romano Germánico, que resistió hasta el siglo
diecinueve. Aparte de la bendición papal DE este imperio que se unificó Austria
y Álemania menos en el papel, poco tenía que ver con Roma, pero el término
romano poseía un dejo de legitimidad imperial.
Otros términos romanos perduraron,
en especial aquéllos que se referían a cargos de autoridad. El título ruso zar,
lo mismo que el alemán kaiser, provienen ambos de la palabra latina caesar,
césar .Aun el nombre de una poderosa familia dinástica, los Romanov, que
gobernaron Rusia de 1613 a 1917, se refería a la Roma imperial.
El legado de Roma está presente en
Europa, América y otras regiones culturalmente influidas por los europeos:
amplia zona que comprende las Filipinas, Sudáfrica y la mayoría del continente
africano, Australia y, podríamos decir, el resto del mundo. La influencia romana
es tan penetrante que podríamos olvidar que existieron otros grandes centros de
poder en tiempos de Roma, lo cual sería una seria omisión.