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El Lacio es una llanura
más o menos fértil —abundante pasto, poco trigo—, que sufrió durante siglos
la amenaza del paludismo. El pueblo latino ocupaba un territorio limitado al
norte por el Tíber, al este por laderas de los Apeninos (sabinos), al sur
por la extremidad meridional de los montes Albanos, pequeños volcanes que
culminan en el monte Cayo (1.000 m). Las cenizas, y los productos volcánicos
acumulados, han constituido la base originaria de esta singular llanura.
Al norte, a 20 Km. de la
costa, surgió Roma. Sobre la ribera encierran una pequeña llanura pantanosa,
el Foro, desecada después para la construcción de la cloaca máxima, donde
pastores y marineros intercambian sus productos.
El nacimiento de la ciudad
romana nos es conocido de dos maneras: por la orgullosa leyenda que se
transmitían los romanos, y por las excavaciones efectuadas en el Lacio.
Escuchemos primero la leyenda sin olvidar que quienes la han recogido,
escribían 600 años después de los acontecimientos.
La leyenda dice que el vuelo
de las aves decidió el lugar y el momento exactos del nacimiento de Roma.
Rómulo, quien junto con su hermano Remo había sido rescatado del Tíber y
alimentado por la mítica loba, supo interpretar lo que era un guiño de los
dioses. Con la estela de una bandada de pájaros, Júpiter trazó en el cielo
el escenario reservado para una nueva ciudad, cuyo destino no podía ser otro
que imperial. No fue para menos.
Con el paso del tiempo, Roma
llegó a abarcar -en una geografía cuyo centro lo constituía el siempre
trajinado y disputado mar Mediterráneo- desde Gran Bretaña al desierto del
Sallara y desde la Península Ibérica al Eúfrates.
En un principio, tras su
fundación -según la tradición, en 753 a.C.-, Roma fue una monarquía etrusca.
Más tarde -en 509 a.C.- se convirtió en una república del Latió y,
finalmente -en 27 a.C.-, en un imperio donde los poderes reales
dictatoriales, senatoriales, del ejército y las regiones no siempre lograron
estar en equilibrio.
La arqueología fue la
encargada de rebajar la fantasía del mito de origen a datos más fiables. En
realidad, fueron los etruscos quienes pusieron la piedra liminar de la
ciudad fundada por Rómulo y, además, la urbanizaron y moldearon sus primeras
instituciones políticas.
En toda esta tarea, el modelo
seguido fue el mismo: el de las ciudades-estado griegas. Igualmente, el
sistema monárquico adoptado, en cuyo trono fue Rómulo el primero en
sentarse, imitó al de los tiranos de la Hélade, que en su ejercicio del
poder conjugaban el autoritarismo con cierto halago populista.
Sin embargo, mientras las
ciudades-estado griegas nunca lograron consolidar una unidad política que
fuese más allá de alianzas puntuales, Roma supo dominar a sus vecinos
tejiendo vínculos de dependencia, ya sea por la vía de la diplomacia o, más
expeditivamente, de las legiones, cuyos arte militar y tecnología bélica
tuvieron importantes innovaciones. Roma había adquirido numerosos
territorios en forma de provincias ya sea bajo administración senatorial o
gestión consular, y también debido a pactos de adhesión que convertían a
estados aliados en protectorados. Su principal competidora en aquella época
-y por ello, s primera gran derrotada- fue la ciudad púnica de Cartago,
también como Roma en expansión a través del Mediterráneo.
El dominio de amplios
territorios se tradujo en constantes rebeliones, que se alternaron con los
conflictos internos. Todo ello llevó a su partición primero y a su
desmembramiento después, lo cual inició la Edad Media. El romano fue un
imperio fundamentalmente urbano, y sus ciudades, bien diseñadas, tenían
amplias calzadas, templos, monumentos y edificios públicos, entre ellos,
teatros, anfiteatros y circos. Un sistema hídrico de eficaz ingeniería
proveía agua y garantizaba una mejor higiene y salubridad. Una realidad que
aún nos maravilla.
Fuente Consultada:
Grandes Civilizaciones de la Historia Roma Historia y Sociedad Libro N°1
Historia Dinámica Manual Para 1° Año Escuelas de Comercio |
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