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Las Hazañas de Montgomery

No recuerdo
cuándo ni dónde leí por primera vez eso de que "las democracias no producen
epopeyas", pero desde entonces lo he meditado muchas veces. Y mi mejor
conclusión es simplemente retrucar "... ¡cuando funcionan!".
Tal cosa no
ocurría por cierto en el Sur de los Estados Unidos tan sólo cuarenta años atrás.
El estigma del prejuicio y la
discriminación racial se hallaba grabado en el
cuerpo de la sociedad con la violencia indeleble del hierro candente. En la
ciudad de Montgomery, Alabama, una de las tantas paradigmáticas comunidades
donde la tradición marcaba el paso, existían leyes segregacionistas aprobadas.
Los negros no
sólo eran relegados económica y laboralmente, sometidos a una condición de
inferioridad permanente, reprimidos por las autoridades y marginados de derechos
fundamentales como el voto o la libre expresión, sino que debían sufrir la
humillación cotidiana de no poder compartir con los blancos los mismos lugares
públicos: escuelas, restaurantes, salas de espera; incluso los baños y bebederos
lucían ominosos letreros de "blancos solamente" o "negros no". Era imposible que
ciudadanos de las dos razas compartieran un taxi, puesto que los conductores
blancos sólo servían a pasajeros blancos, y los negros tenían un sistema
especial para ellos. Los autobuses, por ejemplo, estaban divididos con una
línea, pero si el sector blanco se completaba, los pasajeros de color debían
levantarse para acomodar a los que ascendían.
Es
llamativo cómo grandes revoluciones pueden comenzar con gestos aparentemente
minúsculos y sin importancia. Nunca mejor dicho que en este caso. El 1º de
diciembre de 1955, Rosa Parks, una modesta y tranquila costurera, subió al
autobús en la Avenida Cleveland camino a casa luego de una larga jornada de
trabajo.
Tomó asiento detrás del departamento reservado a los blancos, y a
m edida que recorría las calles observaba cómo el vehículo se llenaba lentamente;
al poco tiempo, el chofer se acercó a ella y le ordenó, junto a otros tres
negros, que dejaran sus lugares a los pasajeros blancos que acababan de
ingresar. No había otros asientos libres, así que tendría que ceder su sitio a
un varón blanco y proseguir de pie el resto del trayecto. En una reacción sin
precedentes para la comunidad de Montgomery, la señora Parks, serena pero
firmemente, se negó.
El
resultado inmediato fue su detención. La noticia circuló como reguero de pólvora
por la ciudad, y la imagen de la policía arrestando a una mujer de porte humilde
y equilibrado, de la que no podía imaginarse ni sombra de provocación, causó su
impacto. Pronto los líderes negros se pusieron en campaña, y la circunstancia
hizo surgir en la escena al joven pastor de una iglesia bautista local, quien,
desconocido hasta ese momento, sería luego admirado en todo el mundo como uno de
los máximos paladines de los derechos civiles del siglo XX: el Reverendo Martin
Luther King Jr.
El clérigo
no sólo traía consigo el carisma y la voluntad inquebrantable, sino también un
método de lucha: la resistencia pacífica concebida por el Mahatma Gandhi para
expulsar al Imperio Británico de la India. Determinaron llevar a cabo un boicot
a los autobuses. Clandestinamente diseminaron un panfleto instando a la
comunidad negra a abstenerse de usar el servicio a partir de la mañana del 5 de
diciembre. Y el efecto fue fulminante. Puesto que dos tercios de los usuarios
eran de color, los autobuses viajaban vacíos como fantasmas; la gente caminaba
hasta sus lugares de trabajo, a veces recorriendo ocho o nueve kilómetros, o se
organizaba colectivamente en taxis y autos particulares. Todo se realizó en
silencio, sin incidentes y con la cabeza alta. Cuando se les preguntaba cómo se
sentían, algunos negros contestaban: "Mis pies, cansados; mi alma:
¡liberada!".
La protesta atrajo la atención de todo el país, pero lo que
comenzó siendo una acción casi espontánea acabó en un movimiento prolongado que
puso a prueba la madurez de toda una colectividad. Los blancos no relegarían
fácilmente sus privilegios; habría arduas negociaciones, procesos legales,
amenazas telefónicas y personales, arbitrariedades y represión manifiesta, y la
aparición siempre cobarde e intimidatoria del ominoso Ku Klux Klan. El propio
Martin Luther King fue encarcelado, su casa bombardeada y su reputación jaqueada
con calumnias.
Sin embargo, no cejó, y la comunidad negra tampoco. Fueron once
meses de paciencia y orgullo tenaz, hasta que la resistencia dio sus frutos: el
13 de noviembre de 1956 la Suprema Corte de la Nación declaró inconstitucionales
las leyes referentes a la segregación de los autobuses en Alabama.
Lejos de
festejar una victoria, el reverendo King proclamó una toma de conciencia general
para evitar todo tipo de euforia y mantener las normas de cordialidad y no
violencia durante el proceso de integración de los vehículos públicos. El
triunfo estaba asegurado, pero la lucha por liberar al país del racismo y la
opresión apenas comenzaba.
El epílogo
de la gesta de Montgomery aún pone lágrimas en los ojos de algunos viejos.
Vencido moral y legalmente, el Ku Klux Klan reinició las hostilidades mediante
una política sistemática de amenazas. Cuarenta coches repletos de encapuchados
con sus distintivos atavíos se propusieron recorrer las avenidas del barrio
negro. Esperaban que, como siempre, el miedo metiera a las víctimas en sus
casas.
No hubo tal cosa. Hallaron al pueblo volcado en las calles, cientos de
miradas calmas pero resueltas que los enfrentaban en cada acera y cada esquina;
hombres, mujeres y niños confiados en el nuevo respeto a sí mismos que habían
ganado a pulso... Sin saber cómo reaccionar ante la sorpresa, la caravana del
terror dio la vuelta y se marchó por donde vino.
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