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Cuando los estudiosos intentan descifrar un texto escrito
en una lengua muerta, que ya nadie habla ni entiende, por lo general recurren a
dos medios principales: un ejemplo bilingüe, en el que el idioma desconocido
aparezca junto al mismo texto escrito en una lengua conocida, o los nombres
propios —por ejemplo, los de reyes o dioses—, que a veces se conocen en otras
lenguas y sirven para efectuar dicha labor.
Erudito El francés Jean-François Champollion descifró la
piedra Rosetta, la clave
para entender
los jeroglificos egipcios.
Los jeroglíficos egipcios:
Durante siglos los jeroglíficos inscritos y pintados en los muros de antiguos
monumentos egipcios cautivaron a los estudiosos. Ese tipo de escritura fue usado
por los egipcios durante más de tres milenios, pero su significado se olvidó
hacia la época de los romanos.
El
descubrimiento de la piedra Rosetta en 1799 fue la clave para descifrar los
caracteres egipcios, pues contenía inscripciones en tres tipos de escritura:
jeroglíficos, otra caligrafía egipcia desconocida llamada demótica y griego. El
segmento escrito en esta última lengua decía que los tres textos contenían el
mismo mensaje: un decreto promulgado en 196 a.C. en honor de Ptolomeo y quienes
intentaron descifrar los textos de la piedra se concentraron en el segmento en
demótico, y comenzaron por localizar los nombres propios que contenía
comparándolos con el texto en griego, pero muy poco lograron. El primer paso en
firme no se dio sino hasta en 1816, cuando el físico inglés Thomas Young dedujo
que los caracteres demóticos se derivaban de los jeroglíficos y que, por lo
menos en cuanto a nombres, estos últimos tenían un valor fonético y no eran
meros símbolos.
En
1822 el erudito francés Jean François Champollion
confirmó la deducción de Young. Pudo hacerlo gracias a que conocía tanto el
griego como el copto, una lengua egipcia del siglo II
d.C. que podía transcribirse en griego con unos cuantos caracteres demóticos.
Cuando comparó los 1419 jeroglíficos de la piedra con el texto en griego de
menos de 500 palabras, Champollion notó que sólo había 66 jeroglíficos
diferentes y que algunos de ellos se repetían con frecuencia; concluyó que éstos eran
elementos fonéticos que representaban signos alfabéticos y sílabas y que constituían opciones de
pronunciación del mismo sonido, como en las letras españolas k y q. Trabajó
durante 14 años y compiló una gramática y un diccionario del idioma egipcio.
El
descubrimiento de la piedra: Entre
las tropas del ejército de Napoleón Bonaparte que invadió Egipto en 1798
—campaña que duró dos años— iba un grupo de estudiosos cuyo trabajo era
recuperar y estudiar restos arqueológicos. Pero fue por casualidad que un
teniente apellidado Bouchard descubriera la piedra Rosetta. Al parecer estaba
supervisando unas fortificaciones en Rashid (Rosetta), en la ribera occidental
del delta del Nilo, cuando de pronto halló la piedra de basalto negro incrustada
en una pared moderna y medio enterrada en el lodo.
Cuando se comprendió la importancia de las inscripciones, la piedra, que mide
1.14 m de altura y 72 cm. de ancho, fue llevada a El Cairo y después a Alejandría.
El ejército francés se rindió ante los ingleses en 1801 y la piedra está hoy
día en el Museo Británico.
La
escritura de los persas antiguos...
Hace
más de 2 000 años se usaba en Persia (hoy Irán) un puntiagudo utensilio llamado
estilo para inscribir en tablillas de barro unos símbolos en forma de cuña: la
escritura cuneiforme, a veces grabada también en piedra. García Silva Figueroa.
embajador español en Persia, fue el primer europeo que describió dicha
escritura, en 1618; él estudió las ruinas cercanas a Shiraz —donde vio los
extraños signos— y afirmó que eran de la antigua capital de Darío el Grande,
Persépolis. del siglo VI a.C.
Pero
no fue sino hasta más de 200 años después que pudo descifrarse la escritura
cuneiforme, gracias al trabajo del profesor alemán Christian Lassen y del
oficial inglés Henry Creswicke Rawlinsón, que investigaban por separado. Ambos
se basaron en la obra del erudito danes Georg Friedrich Grotefend, que había
descifrado los nombres y títulos de los reyes Darío y Jerjes.
Lassen, estudioso de idiomas, se ocupó en comparar los pocos textos cuneiformes
que había con otras lenguas, entre ellas el sánscrito. Y Rawlinson estudió la
inscripción grabada en una roca situada a 60 m del suelo en
las montañas Zagros, cerca de Behistún, en el oeste de Irán. Su
traducción de los primeros párrafos fue terminada en 1837 tras varios años de trabajo, concordó con la de Lassen,
publicada en 1836.
El
desciframiento de la escritura cuneiforme dio pauta a la comprensión de por lo
menos seis lenguas antiguas, entre ellas la babilonia.
...y
la de los antiguos griegos
Cuando el arqueólogo inglés sir Arthur Evans descubrió en Cnosos, Grecia, unas
tablillas de barro inscritas, a principios de este siglo, nadie sabía en qué
idioma estaban; se pensó que era el del pueblo minoico de la antigua Creta, que
vivió entre los siglos XIV y XII a.C.
Después de que se descubrieron otras tablillas con inscripciones diferentes pero
relacionadas en la misma región, a la primera escritura se le dio el nombre de
lineal B, y la otra, más antigua, fue llamada lineal A.
Apenas en 1952 la escritura lineal B fue descifrada por el arquitecto británico
Michael Ventris, que se basó en el trabajo realizado en la década de 1940 por la
investigadora estadounidense Alice Kober; ésta ideó un método rudimentario para
establecer las relaciones entre los signos escritos comparando prefijos y
sufijos de palabras.
Ventris analizó la escritura como código y elaboró un cuadro que mostraba la
frecuencia de los signos afines y de los cambios aparentes en las terminaciones
de las palabras. El paso decisivo fue notar que la escritura intercalaba la
lengua griega, con lo que pudo identificar nombres de poblaciones conocidas.
Ventris murió en 1956. Su trabajo sobre la escritura lineal B constituye la base
de la mayoría de las investigaciones realizadas sobre la lineal A, que todavía
no ha sido descifrada del todo.
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