 Si
uno de los signos característicos de los años ochenta fue el próspero yuppie,
otro fue el puritano —y ferviente crítico— fundamentalista religioso. Junto a un
mar de fondo general de fe militante se produjo una reacción contra la blasfemia
artística incluso en países famosos por su libertad de expresión.
En Estados
Unidos, la película de Martín Scorsese, La última tentación de Cristo, provocó
tantas condenas de cristianos evangélicos en 1988 que algunos cines se negaron a
proyectarla. El mayor disturbio cultural de la década se inició el mismo año en
Inglaterra con la publicación de Versos satánicos, un libro que convirtió a su
autor, Salman Rushdie, en el fugitivo más célebre del mundo.
Rushdie, de 41 años, había ganado el prestigioso Booker Prize de Gran Bretaña
por una novela anterior, Hitos de la medianoche (1981). Nacido en Bombay, de
origen británico, y musulmán renegado, escribió acerca de sus distintas
herencias con amor, escepticismo e irreverencia. Pero en Versos satánicos se
atrevió a desafiar las ideas fundamentalistas islámicas de una religión fundada
por un profeta infalible.
Con
una prosa imaginativa, el libro relata las aventuras de dos hindúes musulmanes
que sobreviven al ataque a un avión de separatistas sikhs. Tras aterrizar en
Inglaterra. a Saladin Chamcha, uno de los personajes, le salen cuernos, pezuñas
y una cola. A su compañero Gibreel Farishta, una aureola y sueña que se
encuentra con un profeta llamado Mahound (uno de los nombres de Mahoma), que
duda sobre la categoría divina de tres diosas y con un grupo de prostitutas que
tienen los nombres de las esposas de Mahoma, entre otros personajes
semicoránicos.
Musulmanes de Inglaterra quemaron el libro, que fue prohibido en varios países y
provocó disturbios en India y en Pakistán. Sin embargo, la reacción más violenta
fue la de Irán, cuyo líder, el ayatollah Jomeini, fue mencionado en uno de los
sueños de Gibreel. En 1989 Jomeini condenó a muerte a Rushdie y prometió el
paraíso a cualquiera que muriera al tratar de matarlo.
Finalmente, el clero
iraní fijó la recompensa en seis millones de dólares. Rushdie se escondió,
protegido por Scotland Yard. Bombas y amenazas hicieron que muchos libreros
retiraran la obra de sus estantes y los editores suspendieron el proyecto de una
edición en rústica. A pesar de las condenas oficiales de Gran Bretaña y otros
países, de las peticiones de intelectuales famosos y de las disculpas de Rushdie
el edicto sobrevivió al ayatollah: en los años noventa, el escritor seguía
siendo un perseguido.
|