|
Libertad personal: Un día de la última
semana de diciembre de 2005, en el Aeropuerto Sheremetíevo-2 de Moscú, Aliona
Maksimtsova, estudiante de 26 años, se preparaba para tomar un avión a Amsterdam,
donde iba a reunirse con su novio para recibir el Año Nuevo. Miles de rusos
jóvenes como ella, algunos ya con ánimo festivo, hacían largas colas para volar
a todo el mundo. La atestada sala de embarque hervía de mujeres con largos
abrigos de visón. “Los usan para verse bonitas —explicó Aliona— y para demostrar
que tienen un hombre que puede comprárselos”.
Aliona apenas se acuerda de la Unión Soviética. Suele salir de vacaciones al
exterior y quiere ser guía turística. En cambio a Bella Minikova, maestra de
primaria de sesenta y tantos años, le asombran los cambios que ha sufrido su
país. “Los niños ya no tienen complejos”, afirma. “Se esfuerzan más por
aprender lenguas extranjeras. Viajar a otros países amplía su visión del mundo,
y al regresar ven a Rusia con otros ojos”.
La
nueva libertad se refleja de otras maneras. En enero de 2006, la televisión rusa
comenzó a transmitir una serie basada en El primer círculo, novela antes
prohibida de Aleksandr Solzhenitsin. Hace 30 años bastaba poseer un ejemplar
para meterse en un lío grave con las autoridades.
Las
librerías moscovitas están llenas de libros críticos de Rusia actual y su
presidente, Vladimir Putin (foto izquierda) . En la Plaza Pushkin, donde antes
la policía dispersaba las reuniones de disidentes, ahora abundan las
manifestaciones políticas.
Pero
la libertad no es completa. Cuando en 1990 hablé con Rita Luchkov, ama de casa
de Moscú, aún no salía de su asombro ante los primeros signos de reforma
política. Ahora tiene una opinión más reservada de lo conseguido. “La gente
puede viajar y leer lo que quiera sin temor a que las autoridades intervengan su
teléfono” —dice—, pero no hay protección, sobre todo para quien no tiene dinero.
Los burócratas siguen igual que antes: groseros, brutales y deshonestos. Si una
persona tiene problemas económicos, si es víctima de una negligencia médica o
del abuso de la policía, no hay quien la ayude”.
Prensa: Cuando en 2004 un grupo terrorista
islámico tomó una escuela llena de niños en Beslán, en el sur del país, el
diario Izvestia acusó al gobierno de mentir sobre el número de rehenes. Los
funcionarios declararon 354 cuando en realidad eran 1.200. Luego el diario
publicó fotos que ocupaban toda la página del asalto oficial que puso fin al
secuestro. Según el director editorial Raf Shakirov, el Kremlin dijo a los
directivos de Profmedia, la firma dueña del diario, que la nota era inaceptable.
“Las autoridades exigían una cabeza —agrega Shakirov—, y la única que podía
rodar era la mía’”.
Con
contadas excepciones, los principales diarios rusos están bajo el control
directo o indirecto de la administración presidencial. Aleksandr Podrabinek,
quien habló conmigo hace 15 años cuando dirigía el Ekspress Khronika, semanario
no oficial que luchaba contra la censura soviética, considera que muchos
periodistas siguen temiendo a las autoridades. “Si Putin frunce el ceño, la
mayoría se pone a temblar”, dice.
Podrabinek después fundó PrimaNews, servicio de noticias por Internet
especializado en la violación de los derechos humanos en el antiguo bloque
soviético. Todos los años viaja a Cuba con computadoras, grabado--res y libros
para disidentes. “Cuba es un producto soviético y me siento en deuda con ella”,
explica. “Así nos ayudaron los occidentales”.
Hace
tres años se eliminó a la administración independiente de NTV (Televisión
Independiente), con lo que todas las cadenas nacionales quedaron bajo el control
del Kremlin.
La
cobertura de la prensa escrita y electrónica durante las elecciones da
publicidad a los candidatos apoyados por el Kremlin. En la última elección
presidencial, Putin salía todo el día en televisión y siempre recibía buena
propaganda, mientras que las pocas veces que se mencionaba al candidato
comunista, Nikolái Kharitonov, era en forma negativa.
Es
común matar a los periodistas que intentan denunciar el crimen o la corrupción.
Según el Comité para la Protección de Periodistas, al menos 12 han sido
asesinados desde que Putin asumió el cargo (el 31 de diciembre de 1999), lo que
hace de Rusia el cuarto de los países más peligrosos del mundo para los
periodistas. No se ha llevado a nadie ante la Justicia.
Imperio de la ley: En su índice de 2005,
Transparencia Internacional, que vigila la corrupción en todo el orbe, sitúa a
Rusia en el lugar 126 del mundo en honradez, junto con Níger, Albania y Sierra
Leona. El imperio de la ley está ausente en toda la sociedad rusa. La
apabullante corrupción gubernamental enreda a los empresarios en una maraña de
delincuencia. Los sobornos suman 316.000 millones de dólares por año, más de dos
veces y media el ingreso anual de la Federación Rusa, según un informe publicado
en 2005 por Indem, organismo anticorrupción de vigilancia.
Los
empresarios pagan sobornos a la policía y a la burocracia, y la carga de los
desembolsos constantes los induce a evadir impuestos. Según Konstantin Gagarin,
importador de ropa al por mayor, los negocios no declaran su facturación real.
“Uno tiene que declarar solo lo necesario para justificar sueldos, alquiler y
otros gastos. Esto es así casi en todas las empresas pequeñas y medianas; si no,
el negocio no redituaría. El gobierno recibiría demasiado dinero”.
Los
importadores tienen que lidiar con las aduanas. “Los agentes aduaneros pueden
aplicar un código u otro a la mercadería”, continúa Gagarin. “En un caso
se paga el 10 por ciento del ingreso; en el otro, el 40 o el 50. Hay que
contratar a un corredor para que saque la mercadería de la aduana, y el agente
aduanero se queda con parte de sus honorarios"
El
derecho de propiedad no está garantizado. Ha surgido toda una industria dedicada
a robar empresas a sus dueños legítimos y venderlas al mejor postor. Una empresa
compra acciones de una fábrica y después demanda a la administración en un
juzgado a miles de kilómetros de distancia. El juzgado falla en su favor a
cambio de un soborno, y el nuevo accionista audita la empresa. Matones a sueldo
escoltan al nuevo “director” a las instalaciones y su administración reescribe
la lista de accionistas y borra los nombres de los anteriores.
En
Samara, a unos 1.000 kilómetro al sudeste de Moscú, se encuentra la gigantesca
fábrica química Togliatti Azot, que es el mayor productor mundial de amoníaco.
En 2005, el grupo Renova (dirigido por Viktor Wechsel berg, oligarca cercano a
Putín) y e consorcio Evrokhim formaron la empresa conjunta Synttech, que compro
el 10 por ciento de Togliatti-Azot e in tentó poner a su representante en e
consejo de administración.
El
intento fracasó, pero los accionistas de Synttech en seguida denunciaron
“irregularidades” en la fábrica lo que dio pie a que intervinieran agentes
federales y confiscaran documentos. En junio de 2005 se acusó Vladimir Makhlai
(director de la fábrica y dueño del paquete accionar con poder decisorio) de
evasión fiscal y se ordenó su detención. Makhlai desapareció y según un vocero
de k fábrica, estaba recibiendo tratamiento médico en un lugar no revelado.
Renova anunció su intención de negociar la venta de sus acciones.
Anatoli Ivanov, diputado de la Duma (Parlamento) que intenta bloquear esa
maniobra, declaró: “En 2002 el fisco auditó a Togliatti-Azot y no encontró
violación alguna. Ahora la encuentran. Esto demuestra que la intención no es
cobrar los impuestos, sino quedarse con la empresa”.
La
corrupción policial es notoria. Los agentes extorsionan por sistema a los
ciudadanos en revisiones de identidad y detenciones por infracciones de
tránsito. Al cineasta Andréi Nekrasov lo detuvieron una noche en San Petersburgo
al doblar por una calle en sentido contrario. En vez de hacerle la boleta de
infracción para que Nekrasov pagara la multa en el banco estatal, el agente que
lo detuvo le exigió 80 rublos. El cineasta, que recién volvía de Inglaterra,
solo llevaba un billete de 20 libras (1.000 rublos). Tras un sermón sobre
seguridad al volante, el policía le dijo:
—Yo
ni siquiera tengo auto. Usted sí, así que pague.
Nekrasov le entregó el billete. “Así se ganan la vida”, comentó.
Economía: Gracias a la venta del petróleo
ruso, Moscú tiene más multimillonarios que cualquier Otra ciudad del mundo.
Roman Abramovich es el hombre más rico de Rusia. Posee castillos en Francia y
Escocia, el club de fútbol Chelsea, en Londres, un Boeing 767 y cuatro yates de
lujo, cada uno provisto —se dice— de piscina, helipuerto y un minisubmarino.
Muchos de los nuevos capitalistas rusos viven en el pueblo de Zhukovka, a ocho
kilómetros de Moscú. Protegidos por guardias armados y altos muros, disfrutan de
una vida impensable en la era soviética.
En el
centro comercial Zhukovka Plaza se vende un teléfono celular de oro en 86.000
euros, y uno de platine con incrustaciones de diamante en 46.000. También hay
plumas Krone: una de oro con una incrustación del último lápiz labial de Marilyn
Monroe cuesta 14.000 dólares. En la joyería se vende un collar hecho en 1945 por
la firma suiza Faerber con 20 diamantes de 24 quilates (63.000 dólares) y un
broche con un zafiro rodeado de diamantes (49.000). “Solo los rusos se dan
estos lujos”, señala una joven vendedora. “Los extranjeros miran, pero
nunca compran”.
También los pequeños empresarios pueden prosperar hoy día en Rusia.
Konstantin Vasiliev, dueño de la fábrica Stensis, distribuía muebles de un
fabricante finlandés hasta el colapso financiero ruso de 1998. Ante la brusca
devaluación del rublo, sus productos se encarecieron hasta el grado de que
empezó a fabricarlos él mismo. Hoy Stensis ofrece mobiliario de oficina y cocina
para el mercado de clase media, que en Moscú se calcula en más de un millón de
personas. “No hacen falta relaciones para iniciar un negocio”, afirma Vasiliev.
“Solo hay que estar dispuesto a asumir la responsabilidad”.
Aún
privan enormes desigualdades en la distribución de la riqueza. Según un informe
publicado en 2004 en la Parlamentskaya Gazeta, boletín oficial de la Duma, el
cinco por ciento de la población más rica posee el 75 por ciento del ahorro del
país, mientras que el 71 por ciento más pobre tiene apenas el tres por ciento.
“De
hecho hay dos países”, dice el activista sindical moscovita Albert Speranskí. “Todo
el poder está en manos de los funcionarios y la elite, que viven aislados en su
mundo. No hay ninguna mejoría notable en el nivel de vida fuera de la capital”.
El
sector energético está boyante. Los altos precios del petróleo en el mundo han
estimulado la inversión y producido ganancias inesperadas, pero si cayeran,
peligraría la relativa estabilidad económica actual.
Salud: En la era postcomunista Rusii ha
vivido un deterioro catastrófico de la salud pública. Según el Banco Mundial,
entre 1988 y 1994 la esperanza de vida de los hombres disminuyó siete años para
quedar en 58. La actual esperanza de vida general (65 años) coloca a Rusia en el
lugar 112 del mundo, después de Ucrania e Indonesia. En 1990, la esperanza de
vida general en la parte rusa de la URSS era de 68,9 años. En el período de 1992
a 1995, las muertes superaron a los nacimientos en 2 millones, un desastre
demográfico entre cuyas causas están la incapacidad para financiar el sistema de
salud pública y la supresión de restricciones a la venta de alcohol.
Rusia
también sufre una rampante crisis de sida. Las cifras del Centre Federal de
Lucha contra el Sida mdi can que el número de casos registra dos aumenta a razón
del 30 por ciento anual. Según datos del Banco Mundial relativos a 2002, ese año
Rusia gastó 12,50 dólares mensuales por persona en atención de la salud,
comparados con 439 en los Estados Unidos lo que la sitúa en el lugar 82 de
mundo. Pese a su gran número de médicos calificados, Rusia no está atendiendo la
salud de la población.
Mayor control estatal: El 13 d septiembre de
2004, tras la masacre de Beslán, el presidente Putin anuncio que la lucha
antiterrorista exigía una “profunda reforma de la política estatal”, y propuso
suprimir la elección directa de gobernadores provinciales Pero el proyecto ya
llevaba meses en la agenda. Putin estaba usando la tragedia para justificar un
cambio planeado con mucha anticipación. El gobierno ya controla la Duma y el
poder judicial. La designación de gobernadores ayudará a terminar con el poco
pluralismo político que queda.
Hace
poco se aprobó una nueva ley sobre organizaciones no gubernamentales (ONG)
extranjeras o financiadas desde el exterior, quizá las únicas agrupaciones aún
capaces de ofrecer oposición política al régimen. Dicha ley permite al gobierno
negar el registro de ONG extranjeras sí éstas lesionan “los intereses
nacionales” o no cumplen con la Constitución o las leyes. Aunque las ONG tienen
derecho a apelar la decisión, la vaguedad
de estos criterios implica que el gobierno puede cerrarlas a voluntad.
Ante
tal grado de control, existen serias dudas sobre si Putin y sus allegados
permitirán elecciones libres en 2008. Ya ha habido abusos generalizados en
elecciones provinciales, entre ellos votos falsos e intimidación. La
Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) declaró que la
elección presidencial de 2004 estuvo plagada de irregularidades. Poco a poco
Rusia está recayendo en el autoritarismo.
En
general, los rusos están mejor que antes. Hoy gozan de cierto grado de libertad
y pueden tomar decisiones sobre su vida. Pero todavía hay una inmensa brecha
entre gobernantes y gobernados, y con excesiva frecuencia a estos últimos se los
considera simples objetos de explotación.
El
comunismo concebía al individuo como engranaje de una máquina, sin derechos ni
sentimientos. Los actuales líderes de Rusia suelen ver al ciudadano común de
igual manera. Para completar la transición a la democracia, el país necesita
justicia, legalidad y respeto por la persona. Rusia ha avanzado mucho, pero aún
le queda un largo camino que recorrer.
Fuente Consultada: David satter Para Selecciones Reader
Digest - Argentina
|