Sacro Imperio Romano Gérmanico

OTON I, FUE CORONADO POR EL PAPA PRIMER EMPERADOR DEL IMPERIO EN 962

 

 

 

 

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El Sacro Imperio Romano Germánico (en alemán: Heiliges Römisches Reich Deutscher Nation «Sacro Imperio Romano de Nación Alemana»; o Sacrum Romanum Imperium Nationis Germaniae en latín) fue la unión política de un conglomerado de estados de Europa Central, que se mantuvo desde la Edad Media hasta inicios de la Edad Contemporánea.

Formado en 962 de la parte oriental de las tres en que se repartió el reino franco de Carlomagno en 843 mediante el Tratado de Verdún, el Sacro Imperio fue la entidad predominante de Europa central durante casi un milenio, hasta su disolución en 1806 por Napoleón I.

A partir del imperio de Carlomagno, Alemania quedó anarquizada y dividida en numerosos Estados independientes: entre ellos se destacaban los grandes Ducados de SAJONIA, TURINGIA, FRANCONIA, SuARIA, BAVIERA y LORENA, además de las importantes provincias fronterizas o Marcas del Este (AUSTRIA), de BOHEMIA y del BRANDEBURGO.

Sabemos también cómo los Señores feudales, a la muerte de Luis EL Niño, último descendiente de Carlomagno, se pusieron de acuerdo y en el año 910 eligieron como rey a CONRADO, DUQUE DE FRANCONIA, comenzando así a gobernar el país reyes alemanes.

Y ya desde un comienzo, tanto este monarca como su sucesor, ENRIQUE, DUQUE de SAJONIA, llamado el “Pajarero” por su afición a la caza de aves, estuvieron en perpetua lucha contra los Señores. Sólo el siguiente monarca pudo cimentar verdaderamente la grandeza de Alemania.

OTON EL GRANDE: Este príncipe, tan notable como Carlomagno, llegó al trono en el año 940, y resuelto a lograr la unidad del país, pasó los primeros años sometiendo a diversos príncipes, logrando finalmente que todos reconocieran su dependencia al reino.

Luego hizo frente a varias amenazas exteriores: contuvo con gran energía varias incursiones de los normandos y de los eslavos, e incluso salvó a Europa de los húngaros, destrozándolos en la batalla de Lech.

Más tarde tuvo que intervenir en Italia. Este país, desde la muerte de Carlomagno se hallaba en el mayor desorden, dividido en innumerables principados  enemistados entre sí, y, además, devastado por los árabes, húngaros y normandos que lo saqueaban a su  gusto.

Otón llegó a la península en el año 960 llamado por ADELÁIDA, reina de la Lombardía, que había sido destronada por varios príncipes sublevados: la repuso en el trono y luego se casó con ella, convirtiéndose así en soberano del norte de Italia.

EL NUEVO IMPERIO: Poco después, Otón volvió nuevamente a Italia. Los príncipes feudales se habían alzado contra el Papa JUAN XII y éste de inmediato solicitó su ayuda. El rey entró en Roma en el 962, repuso al Pontífice en sus funciones y luego en una solemne ceremonia fue coronado como Emperador de Occidente

Así, por segunda vez, la Iglesia restauraba el Imperio, con- el fin de conseguir la unidad del Continente.

El Emperador y el Papa serían las dos columnas de la nueva Europa Cristiana y se apoyarían mutuamente para imponer el orden en esos tiempos tan calamitosos. Ambos se juraban fidelidad: el Emperador sería el protector de la Cristiandad, y el Papa, por su parte, sólo podía ser elegido contando con su aprobación.

Lamentablemente estas buenas intenciones no se cumplieron, por el contrario, comenzó desde entonces una lucha que duró más de 200 años para dilucidar la superioridad del Papa o del Emperador: finalmente concluyó con el aniquilamiento político de ambos.

Ya desde los primeros momentos hubo complicaciones: durante los cien primeros años ocuparon el trono imperial varios excelentes monarcas, pero que tuvieron la constante pretensión de intervenir en los asuntos internos de la Iglesia, creyéndose los dueños de la Cristiandad, en vez de sus defensores.

LA REFORMA ECLESIÁSTICA-Nicolás II: Por ese mismo tiempo, la Sede Pontificia Romana se hallaba gravemente comprometida. Hasta Carlomagno, los Papas habían sido elegidos por el pueblo de Roma; luego, con el feudalismo, cayeron bajo la influencia de los señores; y ahora, bajo el Imperio, debían contar con la aprobación de los Soberanos. De esta manera se originaron los graves problemas, algunos tratados en este sitio.

Evidentemente so necesitaba una doble reforma: independizar la Iglesia de la influencia de los emperadores, y renovar la disciplina interna. Ambas cosas se consiguieron en muy poco tiempo.

En el año 1059 fue elegido Papa Nicolás II, quien de inmediato y sorpresivamente reglamentó la elección de los futuros Pontífices: en adelante los elegirían los cardenales, sin necesidad de la aprobación del Emperador. La medida fue muy alabada, pero parecía constituir un desafío al poder Imperial.

De acuerdo al nuevo sistema aprobado, en el año 1073 fue elegido Papa el monje cluniacense HILDEBRANDO, quien tomó el nombre de Gregorio VII: fue el personaje destinado a ser el gran reformador y una de las figuras cumbres de la Iglesia.

Hombre culto y muy piadoso aunque sumamente enérgico, Gregorio desde el comienzo de su gobierno se sintió llamado no sólo a purificar la Iglesia de todas sus fallas, sino además a imponer la Supremacía Pontificia sobre todos los reyes y príncipes cristianos.

De inmediato Convocó un Concilio que aprobó sus famosas reformas: bajo pena de excomunión se prohibió a los civiles entrometerse en los asuntos internos de la Iglesia y Conceder cargos eclesiásticos. Igualmente se penaba a los clérigos que los aceptaban o que- vivían casados.

Al mismo tiempo, numerosos Legados Pontificios se desplazaron por toda Europa controlando el cumplimiento de estas directivas y deponiendo a los transgresores. Entonces fue cuando intervino en la lucha el Emperador.

Ocupaba el trono imperial Enrique IV, príncipe prepotente y ambicioso, poco dispuesto a perder sus privilegios. En un principio desconoció las órdenes pontificias y siguió confiriendo dignidades eclesiásticas como si nada hubiera pasado. El Papa Gregorio le envió amistosos avisos y luego protestas más enérgicas. Finalmente, se vio en la necesidad de excomulgarlo, y —cosa nunca vista— lo destituyó de emperador.

El resultado fue tremendo: los príncipes alemanes se reunieron en Tribur y apoyaron al Papa desligándose del soberano.

Entonces Enrique, viéndose perdido, se dirigió a Canosa, en el norte de Italia, en donde se encontraba el Papa, para pedirle el levantamiento del castigo. Gregorio, luego de tres días de espera, le concedió el perdón y lo restituyó en el trono. 5u triunfo había sido completo.

Con todo, la lucha aun prosiguió unos años hasta que con el "Concordato de Worms” se llegó a un acuerdo: el Papa y el Emperador reconocían su mutua independencia en sus respectivas esferas.

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