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Descubierta por Hernando de
Magallanes en 1520, en San Julián se ofició la primera misa en territorio
argentino el 1º de abril de dicho año.
El 10
de agosto de 1519, Fernando de Magallanes (1480-1521), marino portugués a quien
su rey no escuchó y desechó, comandaba una flota de cinco barcos de bandera
española. Sevilla los vio partir, río abajo hacia el Guadalquivir que desemboca
en el mar. La tripulación estaba integrada por doscientos setenta y cinco
hombres.
El 13
de diciembre llegan a la actual bahía de Río de Janeiro, así llamada porque fue
descubierta el día de San Jenaro o porque en ella recalaron el primer día de
enero y creyeron estar frente a la desembocadura de un río, el pasaje acuático
que Magallanes buscaba para atravesar el continente y encontrarse con el Mar del
Sur de Balboa, que el portugués llamaría más tarde océano Pacífico. Lejos
estaban. La templanza del clima, los frutos y alimentos, la belleza natural de
la bahía y las hermosas mujeres, que resultaron ser deliciosas sin reparos
masculinos, brindaron un puerto de maravillas del que nadie quería marcharse.
Pero el capitán tenía un objetivo y estaba al sur. Nadie sabía aún cuánto más.
Imponiendo su autoridad, la flota siguió navegando rumbo sur. El 10 de enero
divisa una colina a la que llamarían Montevideo, porque al ver el monte que
preside esa costa, con su portugués no olvidado, bautizó Montevideo.
Y el
Río de Solís que ahora, sí, sin duda, los llevaría al otro lado de la tierra.
Pero el nuevo fracaso los empuja más al sur. La flotilla recorre lo, que hoy son
la bahía de Samborombón, Miramar, Necochea, Claromecó, gira en torno a la
isla Trinidad, internándose hacia Bahía Blanca.
El
golfo de San Matías renueva las esperanzas; la península Valdés las aleja.
Exploran el golfo de San Jorge hacia la futura Comodoro Rivadavia. El paisaje
tropical ha desaparecido. Las soledades son inmensas. Mal tiempo, vientos
feroces, el frío, la oscuridad, el tétrico silencio. Cada bahía, cada entrada,
cada recodo, es recorrido e investigado. Sólo encuentran el invierno.
Medio
año ha pasado. Desconsolados, ariscos, rebeldes, llegan a la bahía de San
Julián, donde una península angosta y menuda se separa del continente, amagando
ser una entrada prometedora. Luego, la llaman Desengaño.
El 31
de marzo de 1520, víspera de Pascua de Flores, las cinco naos penetran en
la Bahía de San Julián. Nada más fondear, Magallanes en vista de las duras
condiciones meteorológicas que le esperan y previendo un largo y frío invierno,
prepara sus naves para invernar. Para ello, la primera medida que toma es la de
reducir la ración diaria de los alimentos traídos de España. Lógicamente, esta
severa medida disgustó a los tripulantes y exacerbó el descontento general.
Exaltados los ánimos, nombran una comisión para parlamentar con el capitán
general.
Magallanes escucha las demandas y responde que tanto él como todos los
integrantes de la expedición, habían contraído el compromiso con la Corona de
España de llegar a la Especiería, y que estaban obligados a cumplirlo aun a
costa de morir en el empeño. Si bien en la marinería el brote rebelde se
extinguió rápidamente, algunos de los hombres con mando se amotinan, para exigir
al portugués que informe sus planes.
Magallanes logra dominar a los levantiscos y allí en San Julián dejará a los
amotinados con vino y víveres para que Dios se encargue de ellos. Magallanes
partiría entonces en busca de su destino, el estrecho que lo entregará a la
historia y a la muerte trágica en manos de los nativos de una pequeña isla en el
Pacífico. La comprobación quedaría ahora bajo el comando de Sebastián Elcano: la
Tierra era definitivamente un globo.
A los abandonados los tragó el olvido.
Cincuenta años después, curioso vericueto de la historia humana, el marino
inglés Francis Drake
debió enfrentar situación similar cuando uno de sus oficiales, Thomas Doughty,
se rebeló en esas mismas playas de San Julián. Allí mismo, donde Magallanes dejó
a los suyos, Drake ofreció al insubordinado la muerte por la espada o el
abandono en la bahía. Doughty eligió la muerte del acero. Su cadáver fue
arrojado al mar y quizá se haya reunido con los olvidados de Magallanes en algún
lugar profundo, una playa yerma o un cielo para condenados.
Fuente Consultada:
Abuelo es Verdad? de Luis Melnik - Sitio Web: www.Solonosotras.com y Sitio Web
Oficial del Gobierno de Venezuela
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