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Sobre ventosas y sanguijuelas: En cuanto a ciertos procedimientos “curativos” curiosos no podemos resistir la tentación de mencionar las sanguijuelas y las populares ventosas, estas últimas de uso frecuente hasta la mitad del siglo XX. (ver también: uso medicinal de sanguijuelas)

Las primeras —que poseen una boca chupadora provistas de tres mandíbulas córneas de 90 dientes y con la cual hacen succión para extraer del animal la sangre con la que se alimentan— se utilizaron desde la antigüedad como instrumento de sangrías humanas y fueron de uso popular en el Buenos Aires del siglo XIX, hasta tal punto que en 1826, según se registra en el Archivo General de la Nación, se produjo un enojoso episodio protagonizado por el médico Miguel Rivera, quien se quejaba al asentista Whitfield por proveer al Hospital General de sanguijuelas nacionales, pues, argumentaba, que si bien eran más baratas producían “resultados funestos”, dado que el anélido en cuestión no se prendía al cuerpo del sangrado con la suficiente fuerza con que lo hacían los europeos.

De allí que exigiera (y al parecer consiguiera) la importación de sanguijuelas europeas. De todas maneras, existían otras opiniones que afirmaban que en la práctica “de todas las sanguijuelas buenas de Europa que hoy se hallen en Buenos Aires, tal vez alcancen a desempeñar tres días en el Hospital, más éstas mueren con más facilidad que las otras (las nacionales), ya que concluidas que sean ¿no sentiremos luego la necesidad de las de nuestros charcos? Los más de los días prenden de cuarenta arriba sin que entre ellas haya una sola europea”, por lo que quedaba desmentida, al parecer, que las importadas resultaban poco útiles para efectuar sangrías en comparación con las sanguijuelas argentinas.

En cuanto a la obtención de estos pequeños y desagradables chupadores en los manuales farmacéuticos de la época figuraban instrucciones que debían seguirse en los criaderos de sanguijuelas, que, por otra parte, habían proliferado debido a la demanda. Entre las instrucciones figuraba la de criarlas en estanques de un metro y medio de profundidad, renovando el agua continuamente y evitar que ésta contuviera demasiado ácido tánico o cal. También aconsejaba alimentar a las sanguijuelas cada seis meses introduciendo en los viveros vejigas llenas de sangre fresca. Respecto de las ventosas, digamos que se trataba de recipientes especiales que se aplicaban sobre una parte del cuerpo—generalmente la espalda—, previo encendido de una me-cha de algodón embebida en alcohol que luego se cubría con el recipiente.

De esa forma se ejercía una aspiración que provocaba el vacío y, por consiguiente, se lograba atraer la sangre a los pequeños vasos de la zona para descongestionar los pulmones, según se decía. En muchos hogares, principalmente en la campaña, donde no se disponía de aquellos recipientes y elementos especialmente fabricados para la maniobra, se utilizaban copas domésticas de regular tamaño y un pequeño trozo de papa sobre la cual se plantaba un fósforo encendido que luego se cubría para producir el efecto. Los pacientes así tratados quedaban con la espalda y la piel como si hubiesen sido sometidos a una molesta sesión de tortura casera, sin que, para colmo de males, mejorara para nada la presunta congestión bronquial.

Fuente Consultada: Revista "Todo es Historia" Nota de Juan Ángel del Bono

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