|
Fueron sus padres José Clemente Sarmiento y Paula Albarracín,
que formaron un hogar pobrísimo, en el que nacieron quince hijos de los cuales
sobrevivieron seis Domingo Faustino Sarmiento, un niño que llegó a ser en el
desarrollo extraordinario de su vida, un hombre de apariencias contradictorias,
psicológicamente estructurado con antinomias poderosas.
Fue a la misma vez
tierno y terrible, pacífico y combativo, derrochador por una semana y austero el
resto de su vida, extremadamente sensible y reidor estrepitoso, gran escritor
esencialmente castizo que jamás tuvo idea clara de la sintaxis castellana,
libertador y autoritario, tildado de loco por muchos y clamado genial por cultos
y excelsos, insultado y bendecido, blanco de burlas acerbas y objeto de
admiración extrema, y que en la escala de los desempeños sociales ocupó las
posiciones ínfima y máxima, como la de obrero "apir" en una mina chilena y
presidente "constitucional" en la República Argentina. Supongo que se
preguntarán el porqué de
mi elección.
¿Por qué Sarmiento centrandome en su labor
periodística? Fue una decisión bastante personal ya que me interesa mucho el
periodismo. En realidad, me fascina todo lo que tenga que ver con los medios de
comunicación y, por ende la expresión de ideas. Por eso al comenzar a leer sobre
este personaje tan particular, pude notar que de alguna manera él también sentía
lo mismo que yo, quizás de una forma mucho más profunda, pero siento que
compartimos este mismo de deseo de expresarnos aunque nadie nos pueda escuchar,
de compartir aunque nadie quiera recibir, de dialogar aunque nadie tenga tiempo
para contestarnos. Y lo percibo en su obra, en su manera tan particular de
escribir que demuestra que no le importa la estructura formal de sus escritos,
sino expresar simplemente lo que siente en su corazón. De allí su literatura
orgánica y característicamente humana. Y me apasiona ver todo lo que hizo para
satisfacer esta necesidad inminente de expresión. Siendo conciente de que no
todos fueron éxitos, también hubo fracasos, pero sirvieron de experiencia para
superarse cada momento. Es así que de alguna manera quisiera poder llegar a ser
como él fue.
Tesonera, sin rendirme, luchando contra lo que sea por lograr ese,
mi objetivo que sé que es correcto y vale la pena. Con este ensayo me gustaría
poder compartir aunque sea una milésima parte de este sentimiento con ustedes,
para que nos demos cuenta de que no es imposible lograr lo que nos proponemos,
que nuestros sueños no son tan lejanos si realmente queremos y estamos
dispuestos a sacrificarnos para alcanzarlos.
Quisiera también que encontremos en
Domingo Faustino Sarmiento esta figura, no de héroe, sino de ejemplo claro y
práctico de que no hace falta tener cualidades extraordinarios ni poderes
sobrenaturales para ser quienes queremos ser, felices con lo que tenemos,
siempre ambicionando más dentro de las posibilidades.
Voy a encarar el
desarrollo de este ensayo basándome en su obra periodística relacionándolo,
inevitablemente, con su papel de escritor ya que fue esta actividad la que
realizó durante más tiempo y donde se vio más claramente reflejada su alma de
periodista. Viendo cómo influyo este espíritu de comunicador en todo lo que
hizo, no sólo relacionado al arte de las letras, sino también en todos los
aspectos de su vida. Todo acaba en algún momento, todo tiene un final. Todo,
menos la palabra, la palabra es inmortal. Bienvenidos al mundo de Domingo
Faustino Sarmiento, el periodista... DESARROLLO
Sarmiento transformó efectivamente la prensa americana. Sus artículos, que
conservaban el aspecto denso y la longitud, ahora extensiva, de los desarrollos
doctrinarios, se componen de hechos y de ideas. La vanilocuencia del teorismo y
de la injuria ha pasado. Queda sólo el casco repleto, en el tempestuoso
desarbolo del buque, arrasado por los huracanes políticos. Aquellos artículos
macizos como vigas, son la andamiada de la nacionalidad futura; y en ellos
aletea o canta, al pasar la genuina poesía del recuerdo y de la esperanza, como
una golondrina fugaz en el mechinal de la pared inconclusa.
De ahí también que
no sea "sueltista". Su concepto tiene demasiada trascendencia para resignarse a
ese epigrama en prosa. Su literatura neológica y pintoresca, mal pergeñada
también a veces, poseía una cosa superior al concepto rígidamente constructor de
la academia: la vida, que es irregular pero fecunda. Añadía a esto el prestigio
de su gran virtud comunicativa: la jovialidad, que era el reflejo dichoso de una
salud moral inquebrantable.
El estilo de Sarmiento introdujo el escándalo
bienhechor de la risa, marchitada por el insulso epigrama purista y por la
solemnidad retórica. Y tanto se adelantaba a su tiempo aquella campaña por el
verbo libre del ideal, que sus frutos son todavía escasos . Sarmiento, como
muchos otros jóvenes de su partido y de su clase, había aprovechado la
coyuntura; e insinuándose en el ánimo del gobernador, ciertamente accesible al
orgullo local de tener en su provincia hombres tan instruidos, aquel grupo
inició una serie de trabajos civilizadores.
Constituyeron desde luego, bajo el
nombre de Sociedad Literaria una sucursal de la Asociación de Mayo, fundada en
Buenos Aires por Echeverría. Era una especie de logia romántica que aunaba los
generosos amores de la literatura y de la libertad, confiriendo a la juventud
adherente algo así como un bachillerato de civismo. Los jóvenes leían autores
nuevos europeos, discutían sus doctrinas, amaban la libertad y argumentaban
sobre bases de organización social.
Así fue como el 20 de julio de 1839
aparece el semanario El Zonda, fundado por ocurrencia de Sarmiento a no dudarlo;
pues fue el autor de la "constitución" de aquel instituto y lo dirigió en
compañía de dos personas de su familia; así como fue el director visible del
periódico; en el conflicto, hizo que todo se hechara a perder. El semanario se
caracterizaba por sus ataques y grandes críticas contra Juan Manuel de Rosas. Es
por eso que sólo duró seis semanas: el gobernador de Buenos Aires levantó con
arbitrariedad el precio de publicación del periódico, en la única imprenta
existente, o sea la oficial, ocasionando su desaparición.
En su último número el
semanario formuló su testamento. Pero con su fundación, nuestro personaje ha
iniciado su verdadera vida, pues será periodista por toda su existencia. Lo
cierto es que desaparecido El Zonda, la sociedad reveló su verdadero carácter,
conspirando de acuerdo con Brizuela, gobernador de La Rioja que se había
entendido con los unitarios, contra el mismo Benavídez. Fue aquello la
repercusión en San Juan, del movimiento de 1840. Benavídez descubrió la
conjuración, arrestó a Sarmiento que se había quedado para cubrir con su
presencia ostensible la fuga de sus compañeros, y siempre afable con él, no hizo
sino desterrarlo a Chile. Pasó los Andes, runiando su propia médula libertina y
romántica, con tal urgencia de producir, que en menos de tres meses había
publicado en Chile bajo seudónimo, con ocasión del aniversario de Chacabuco, un
sonoro artículo patriótico que le valió el cargo de redactor en El Mercurio de
Valparaíso, órgano de aquella publicidad, y dos meses después el de fundador y
director de El Nacional, primer periódico de Santiago.
Cincuenta escasos días le
bastan para poner en movimiento y dominar la prensa trasandina. Por último El
Censor, su postrer empresa, lo colocó entre los iniciadores de la más adelantada
época del periodismo argentino. Median cincuenta años de tarea entre la primera
y la última de esas hojas. Tarea de fe y de esperanza. En 1961, durante la
guerra con las montoneras del Chaco, sus cartas al presidente Mitre contienen
siempre esta doble solicitud: armas para asegurar el orden y con él la industria
y el comercio, víctimas perpetuas del saqueo gaucho; imprenta, una imprentita",
según su diminutivo premioso y confidencial, para la necesaria propaganda del
bien público. Y luego, el consabido rasgo jovial: "No me deje usted sin mi
trompa de elefante". La libertad indispensable a ese órgano de volar que es el
periódico, la quiere ilimitada. "
Un sabio error de nuestra constitución, ha
puesto la prensa fuera de la jurisdicción federal. No tiene juez competente, aún
para sus delitos". Con esto Sarmiento se refiere a que según la constitución
federal, no existe aquí el delito de imprenta. O en términos filosóficos: la
libertad del pensamiento jamás puede constituir delito, lo único que se castiga
es el delito común, cometido por medio de la prensa. Esto equivale,
sencillamente, a inaugurar una nueva civilización, puesto que es lo contrario de
la antigua.
La nación debe al liberalismo porteño esta garantía histórica. La
libertad ilimitada del pensamiento, es el signo característico de la dignidad
humana. Pero la desea también mesurada para que sea provechosa. "Sólo Sarmiento,
añade, ha trabajado en vano para imprimirle un poco de mesura". Hasta 1845,
actúa en Chile como educador, periodista y literato, sin que sus grandes labores
lo induzcan a interrumpir por un instante su campaña contra la tiranía.
Siendo
presidente, los ministros le piden que no escriba, porque exacerba las pasiones.
Y acata la indicación. "Es preciso ser honrado el que habla, y las demás
virtudes le vienen por añadidura, si tiene dilatable el corazón". De aquel
estilo fragmentario proviene su característica más saliente como autor de
libros. Es el escritor de los trozos más selectos. Imposible encontrar en su
inmensa obra una pieza completa. Esta peculiaridad, unida a su vocación de
novelista, que no puede satisfacer porque necesita todas las letras para la gran
obra de hacer país, determina su predilección biográfica. Las "vidas"
constituyen
una especialidad de su literatura. "Gusto, dice, de la biografía. Es la tela más
adecuada para estampar las buenas ideas". La falta de proporción, constituye el
defecto correspondiente. La urgencia es digresiva por necesidad, y ahí está la
falla de esas páginas. Hay veces que una digresión, con frecuencia destinada a
lapidar un insignificante, ocupa dos terceras partes del trozo. Su positivismo
da con frecuencia en excesos materialistas, apenas atenuados por el interés
novelesco, siempre poderoso en él. Por esto atribuía gran importancia
civilizadora a la lectura de novelas. "Las novelas han educado a la mayoría de
las naciones".
El exceso de positivismo torna a veces antipática y estéril su
prosa, convertida en charla de cura laico, o en lección de economía doméstica.
Sus carillas aprovechadas hasta el fin, sin ningún margen expresan quizá
aquella tendencia. Cuando se mantiene en las regiones superiores de la moral
práctica, que es la organización positiva de la bondad, su pensamiento está
lleno de nobleza. "Toda la historia de los progresos humanos, es la simple
imitación del genio". Sin duda, su vida entera ratifica esta verdad. Su
originalidad proviene en gran parte de su improvisación de periodista. Es de
ocurrencias más que de expresión, excepto cuando describe el medio natal que la
lleva de por sí. Inicia los temas sin meditación previa, y por esto mismo es
inesperado. "Mis ideas se arrastran al comenzar el escrito, que no adquiere
vigor sino a medida que avanza, como aquellos generales a quienes la batalla
misma ilumina". La imaginación creadora que levanta palacios con una sola
piedra, cuya vinculación trascendental en la estética confiere el dominio de
elementos dispares o contradictorios para cualquier otro, constituyen en él, el
don inventivo.
Siete años después de haber descrito la pampa en el Facundo,
viene recién a verla con sus propios ojos. Y la descripción es fidelísima.
Alguna vez ha llegado a escribir dormido. Su primera gran obra fue, sin duda,
Facundo. La novela biográfica se publicó en 1845 y narraba la vida de Juan
Facundo Quiroga, el aspecto físico y hábitos de la República Argentina, también
atacaba el régimen de Rosas. Se trataba al principio de un panfleto, redactado
con la habitual premura, a hondo fuego de inspiración tan urgente, que no
permitió esperar nilos dats pedidos a este país. Forzado por el calor febril,
como una planta excesiva, aquel libro resultó una creación extraña, que
participa de la historia de la novela, de la política, del poema y del sermón.
Facundo constituye todo el programa de Sarmiento.
Sus ideas literarias, su
propaganda política, sus planes de educador, su concepto histórico, están allí.
Es aquélla nuestra gran novela política y nuestro gran estudio constitucional:
una obra cíclica. El primer escritor argentino verdaderamente digno de este
nombre. Mayor vigor literato alcanzó Sarmiento en Mi defensa (1843) y Recuerdos
de provincia (1850). Ésta última es el libro más sobrio y maduro, el mejor de
Sarmiento literalmente hablando, son de aquella simiente.
Representan con
Facundo la tentativa lograda de hacer literatura argentina, que es decir patria;
puesto que la patria consiste ante todo en la formación de un espíritu nacional
cuya exterioridad sensible es el idioma. Sus numerosas traducciones de libros
útiles, desde el texto escolar a la biografía predilecta, robustecen su concepto
de la literatura: órganos de civilización más que de recreo. Aquellos actos de
humildad, en escritor tan personal y fecundo, son pruebas de alta abnegación
patriótica. De ahí provino su idea de la convención latinoamericana para la
traducción de obras, que lo llevó en 1884, enviado por Julio Argentino Roca como
plenipotenciario intelectual.
De cualquier modo, a partir de 1880, tras la
elección presidencial de Roca, Sarmiento se fue alejando de la política para
incrementar su labor literaria. Así, en 1883 publicó Conflictos y armonías de
las razas en América y, en 1885, editó su última obra: La vida de Dominguito,
biografía de su hijastro (Domingo Fidel Sarmiento) que murió en el transcurso de
la guerra contra Paraguay iniciada en 1865. Se trata de una necrología llena de
nobles páginas, de poética intimidad doméstica, es también un tratado de
pedagogía. Y precisamente cuando mezcla estos dos elementos, tan discordes al
parecer, es cuando el libro resulta más hermoso y original.
En los últimos años de su vida se dedicó a colaborar con diversos periódicos y a
escribir sus obras. Se fue a vivir a Paraguay, cuyo clima beneficiaba su salud.
Allí, en la capital, Asunción, lo sorprendió la muerte, el 11 de septiembre de
1888.
Ma.Florencia Masoni
|