Un arqueólogo millonario,
aficionado en busca de su sueño:
Los
griegos atacaron Troya hace más de 3.200 años, en el siglo trece a.C. Las
historias sobre esta guerra eran ya viejas en el siglo cuarto a.C., época del
filósofo Aristóteles y de Alejandro Magno. Nadie sabe con certeza quién fue
Homero ni cuándo vivió (aunque es probable que viviera en el siglo ocho a.C.,
hace más de 2.800 años). Con el paso de los siglos y los milenios, el recuerdo
de la guerra de Troya se desvaneció en el pasado lejano y sólo quedaron los
mitos y las leyendas de los poemas homéricos.
Así
estaban las cosas cuando el adinerado alemán Heinrich Schliemann (imagen) , aficionado a
la arqueología, se propuso encontrar Troya. Con algo más que su fe en Homero,
excavó no una sino un
conjunto de nueve Troyas, construidas una sobre otra.
Luego viajó a Grecia y descubrió la poderosa civilización de Micenas, que
también aparece en la saga de Homero.
Vida del Aventurero: La vida de Schliemann
es fantástica. Nacido en la pobreza en 1822, sobrevivió a un naufragio mientras
amasaba una fortuna en los negocios. Ya por 1860 tenía dinero suficiente, y tomó
la decisión de proseguir con su obsesión por Homero.
Viajó
a Grecia y se casó con una joven de 17 años (él tenía 47); luego se fue a
Turquía para buscar la antigua Troya. Como arqueólogo aficionado,
Schliemann cometió errores, y puede que hasta haya hecho trampa. Expertos
posteriores lo acusaron de haber enterrado algunos objetos que luego dijo haber
descubierto. Sin embargo, su éxito es indiscutible. Con el descubrimiento de
Micenas abrió la Grecia continental a sucesivas oleadas de fructífera
exploración arqueológica.
De
pequeño se abocó a estudiar griego con entusiasmo, pero su padre quedó sin
trabajo y ya no le pudo pagar las clases. Entonces Henirich, de doce años, se
empleó como mandadero y fue ascendiendo lentamente, en una carrera de
comerciante azarosa, en su lucha pertinaz; su sueño era hacerse rico ¿Pero para
qué? Para buscar Troya. Para hacer la ruta de Ulises, conocer Itaca, hallar en
las grutas sicilianas aquella donde Ulises fue presa de Polifemo, el gigantesco
Cíclope, encontrar la isla de la maga Circe... las joyas de Helena.., las
huellas de la cólera del pélida Aquiles...
Schliemann consiguió su primer objetivo: se hizo rico. Y dedicó su fortuna y el
resto de su vida a seguir la ruta de Ulises, con el libro de Homero en mano.
Viajó a Turquía, se instaló en las colinas de Bunarbachi,lugar que hasta el
momento los eruditos abocados a la cuestión identificaban con Troya. Esta
identificación se debía sólo a la presencia de fuentes naturales similares a las
que Homero describe en La Ilíada. Este es el pasaje:
La
primera era de agua caliente: el vapor la cubría cual si allí se encontrara, a
un lado, un fuego encendido.
Y la otra brotaba en verano como el granizo o lo mismo que nieve fundida o agua
muy helada.
Al encontrarse junto a las fuentes de la presunta Troya, Schliemann sacó su
termómetro y comprobó que las dos fuentes tenían la misma temperatura. Así que
los historiadores se equivocaban, bajo la tierra de la triste colina no podía
estar Troya. Tampoco el riacho que serpenteaba junto a la colina se identificaba
con el caudaloso río que el poeta llama Escamandro.
Pero
ya que el prestigio troyano había coronado a la cenagosa colina por tantos años,
Schliemann hizo una prueba más, una buena muestra de la excentricidad y tozudez
de su método de trabajo: reconstruyó un hecho de La Ilíada, una reproducción de
la escena tal vez más famosa: el combate de Héctor y Aquiles; le pagó a un
hombre para realizar con él una experiencia fatigosa, pero sin duda original,
aunque tal vez reñida con la calma que deben mostrar los hombres de ciencia.
Cuenta el texto que los dos héroes hicieron corriendo tres veces la vuelta a las
murallas de Troya. Yeso llevaron a cabo el alemán y su empleado turco. Corrieron
ambos, persiguiéndose, alrededor de la colina. La carrera duró dos horas y sólo
lograron dar la vuelta a la colina una sola vez. En tanto Aquiles y Héctor
habrían dado, según el poema, la vuelta completa tres veces, en una sola tarde.
Esta prueba fue suficiente para Schliemann: Troya no estuvo allí. ¿Entonces
dónde?
Schliemann recorrió la zona, y una colina que se alzaba en las cercanías llamó
su atención porque en ella encontró numerosos tiestos y cacharros antiguos. La
colina se llamaba Hizarliz, que en turco significa ‘palacio’, por lo que
el nombre resultaba sugestivo. Sus investigaciones le hicieron presentir que
allí podía hallar la ciudad que buscaba. La colina recordaba en todo a los
paisajes descriptos por Homero, tenía el tamaño indicado.., y la tradición del
lugar la llamaba simplemente Nueva Ilión, en recuerdo de la ciudad antigua.
Schliemann confiaba en las tradiciones transmitidas por vía oral. Después de
todo, así se había mantenido en el tiempo el poema homérico.
Fueron años de lucha y trámites con las autoridades turcas. Por fin, al comenzar
las excavaciones, aparecieron los primeros resultados alentadores. Se
desenterraron murallas y ocultas en ellas, estaban las joyas que el emocionado
Schliemann llamó “de Helena”. Sus métodos, aunque muy criticados, rindieron
frutos, los arqueólogos por fin reconocerían su trabajo.
Guiado por Homero, invirtiendo su fortuna para hacer realidad su sueño, este
hombre que unos admiraban y otros denostaban, y contra el cual se pueden
formular innumerables críticas, tuvo el coraje intelectual de creer en lo que
nadie creía y su búsqueda de años le dio la razón. La ciudad de Ilión, la Troya
más amada, donde sucedió el sitio más famoso de la historia, quedó descubierta a
los ojos de los hombres, y por sus antiguas murallas pasean las sombras de los
dioses olímpicos y llora el rey Príamo. Y callados para siempre los gritos
desgarradores de la princesa Casandra, subsiste el sutil eco del poema más amado
y leído de todos los tiempos.
El
lugar mágico se había hecho realidad. Y si bien la mayoría de nosotros no visitó
ni visitará nunca las ruinas de Troya, existe un poderoso incentivo en la
lectura del poema a partir del hecho de que el mito se ha visto reforzado por la
realidad. La energía de Troya y sus guerreros atraviesa los siglos y permanece
intacta en nuestros días, gracias a Heinrich Schliemann.
Versión Moderna de la Búsqueda:
Schliemann contrató obreros y comenzó las excavaciones. Aunque parezca irónico,
no se detuvo al pasar por lo que los arqueólogos posteriores identificaron como
la probable Troya de la guerra (alrededor de 1250 a.C.), situada sólo tres
niveles por debajo de la superficie.
Schliemann excavó hasta una capa anterior a la de la antigua Troya, fechada
alrededor de 2000 a.C., probablemente unos 700 años más antigua que la Troya de
Homero. En 1874 encontró inapreciables artefactos de oro y anunció,
erróneamente, que se trataba de los tesoros de Príamo, el rey troyano de La
ilíada.
Insatisfecho aún, Schliemann volvió a Grecia para buscar el palacio del rey
Agamenón, el jefe de los griegos en La ilíada. Y, por increíble que parezca, no
sólo encontró evidencias de la civilización micénica, que floreció mucho antes
de la Grecia clásica (nombre que los historiadores dan al período comprendido
entre cerca de 479 y 323 a.C.), sino que descubrió nuevas piezas en oro, que
databan de 1550 a.C.
Fuente Consultada: Lugares Misteriosos -
Paula Ruggiere Historia del Mundo Tomo I