|

David Koresh Fundador y Líder de la Secta
Hay nombres geográficos
inexistentes y lugares desconocidos para la mayoría de la gente que, un buen día
(realmente, un día terrible), alcanzan una fama quizás no deseada pero ya
imborrable.
El
nombre de Waco y el de un rancho próximo llamado por sus ocupantes Monte Carmelo
pasaron del más absoluto incógnito a ser noticia con motivo del asedio y
posterior destrucción de unas paredes entre las que aguantaban el cerco David
Koresh y sus seguidores, los davidianos, del que éste se había autoproclamado
líder espiritual. Era el 19 de abril de 1993 cuando, tras casi dos meses de
conminación a la rendición (exactamente 51 días), las tanquetas del FBI entraron
en el citado rancho ubicado cerca de Waco (Texas). Tras los agentes, otro
«ejército» tan numeroso como el de aquellos: los periodistas que captaban con
sus cámaras (más de un centenar) el horrendo y dantesco paisaje después de la
batalla.
David
Koresh Yaweh se llamaba realmente Vernon Wayne Howele y era uno de los numerosos
predicadores generalmente apocalípticos que en Estados Unidos aterrorizan a sus
seguidores con toda clase de calamidades individuales y colectivas a no ser,
claro, que les sigan a ellos en la fórmula única (única de cada uno de estos
cientos de engañabobos) para formar parte de un restringido grupo que, cuando
toda la humanidad perezca, logrará salvarse. En el caso de Koresh, y como en
tantos casos similares, todo se reducía a un fundamentalismo cristiano que ni
siquiera interpretó los pasajes más oscuros de la Biblia sino que, por el
contrario, los siguió al pie de la letra. Ya desde sus tiempos de estudiante en
Houston, Vernon Wayne, que era un mal estudiante, provocó —y quiso compensar
aquella carencia— a sus profesores con la memorización de todos los textos
bíblicos.
Pues bien, siendo ya el líder de los davidianos se había metido entre
pecho y espalda el Libro de las Revelaciones, y como otro burdo «mesías» más
salido de los histerismos de una sociedad enferma (realmente estaba convencido
de ser la nueva reencarnación de Jesucristo), anunciaba todo un panorama de
final inmediato con tétricos tintes de castigo divino, invitando a la gente a
que se salvara siguiendo su camino.
La secta de los davidianos se
basaba en un fundamentalismo cristiano que anunciaba el Apocalipsis
Koresh había llegado a dirigir su secta a través del matrimonio con Rachel Jones
(14 años), hija de uno de los dirigentes de la misma y al que arrinconó
enseguida, sustituyéndolo en la cima jerárquica. De todas partes llegaban nuevos
adeptos ganados por la persuasiva doctrina de un David Koresh que, al fin y al
cabo miembro de una sociedad como la estadounidense, estaba armado hasta los
dientes dentro de lo que sería su gran mausoleo en Waco. Previamente había
efectuado compras de armas por valor de más de 250.000 dólares, según él para
estar preparados llegado el momento del acoso del «Mal».

David Koresh con su mujer Rachel y sus dos hijos
En
vísperas de la tragedia, y en el que sería su último refugio, Koresh había
reunido junto a él a numerosos adultos pero también a un buen número de niños, y
con unos y otros, se dispuso a convertir en un fortín inexpugnable el rancho
Monte Carmelo. El primer encontronazo había tenido lugar el 28 de febrero,
cuando las autoridades, tardíamente preocupadas por el cariz que tomaba el
asunto, decidieron pasar a la acción, acusando a los davidianos de tenencia
masiva de armas y de abusos sexuales para con los niños que mantenían a su lado.
Recibidos a tiros, los agentes contestaron de igual manera, produciéndose
entonces un primer balance de cuatro agentes muertos y una decena de sectarios
abatidos. La cuenta atrás empezaría a ponerse en marcha desde aquel día
premonitorio.
Las
túnicas anaranjadas que vestían sus seguidores serían, durante los siguientes 51
días, blancos perfectos para los prismáticos de los que los cercaban, y también,
para efectuar los primeros disparos, que al final acabarían siendo continuos, y
que eran respondidos por los asediados utilizando el arsenal que guardaban entre
aquellas paredes. Durante esos largos días, murieron miembros de los federales y
también de los davidianos, en un goteo de víctimas que preparaba la gran hoguera
final. De vez en cuando se conseguía un alto el fuego para una nueva mediación
que diera lugar a una salida airosa al conflicto, sin resultado alguno. Pero los
asaltantes no sólo utilizaban las armas mortíferas reales (sin hacer ascos, por
cierto, a la utilización de gases prohibidos por todas las legislaciones y que
eran arrojados al interior del rancho), sino que recurrieron a una guerra sucia.
Para ello no dudaron en, por ejemplo, cortarles la luz, el agua y la llegada de
alimentos, al tiempo que, llegada la noche, potentes reflectores barrían las
ventanas del rancho, para impedir el más mínimo descanso de los sitiados. Como
guinda de aquella batalla terrible, potentes altavoces difundían música rockera
a todo volumen. Pero junto a esta parafernalia sicodélica y enloquecedora, algo
se echaba de menos. Algo, teóricamente, muy importante: la presencia allí de
bomberos y ambulancias, necesarios siempre en una situación a punto de estallar.
Unos y otras eran invisibles incluso en los tensos momentos que precedieron al
final.
Los davidianos fueron asediados
por los federales, produciéndose bajas en ambos bandos
Dicho
final tuvo lugar el día 19 de abril cuando, a las 5,30 horas, los tanques del
FBI decidieron atacar definitivamente. Cuando los asaltantes lograron abrirse
camino por entre las llamas que ya consumían el edificio del rancho, ante su
vista aparecieron confundidos y mezclados los cuerpos carbonizados de la mayoría
de los seguidores de Koresh, incluido este mismo, que presentaba un solo disparo
en la frente. El apocalipsis próximo profetizado por el perturbado Vernon Wayne
había llegado por fin para él y los suyos, y era ya una terrible y humeante
realidad para buena parte de los que tuvieron la debilidad de creerlo.

El
balance final de muertos dentro de Monte Carmelo fue de 69 adultos y 17 menores,
todos calcinados. La versión oficial de la policía hablaría de que fueron los
mismos davidianos los que provocaron el incendio en un aquelarre de suicidio
colectivo. Otras fuentes se refirieron, por el contrario, a vuelcos de las
tanquetas federales que habrían provocado la inflamación del queroseno y, a su
vez, habrían trasladado las llamas al interior del rancho. De cualquier forma,
la tragedia había finalizado y Waco sería
ya, en el futuro, un nombre de referencia macabro y maldito. Es una población,
por cierto, predestinada a sufrir algo parecido teniendo en cuenta los datos de
que, para 90.000 habitantes, había 18 armerías y 200 iglesias.

David Koresh procesado por la policía local
|