En
Mabalacat, antigua base kamikaze de Filipinas, hay una placa en la que se lee
que el teniente Yukio Seki fue la primera bomba humana oficial del mundo.
También consta la fecha de la primera misión suicida de la guerra aprobada
oficialmente —25 de octubre de 1944— y la lista de los daños causados ese día a
la flota norteamericana en aguas filipinas.
Una de las ironías de la guerra es
que el primer piloto kamikaze oficial no tuviera ni el más leve deseo de
suicidarse. El teniente Yukio Seki, experto aviador, tenía miles de razones para
creer que era mucho más útil para su país vivo que muerto.
Pero el destino dictó
un final temprano y violento para la vida de este joven y atractivo oficial de
23 años, graduado en la Academia Naval, cuando los ojos de sus superiores se
posaron sobre él por considerarlo el piloto más capacitado para dirigir la
primera misión suicida contra la flota norteamericana aprobada oficialmente.
Sobre el papel, todo parecía
indicar que Seki se había ofrecido voluntario para la misión, pero en realidad
no fue así. Y, a diferencia de la alegría mostrada por los jóvenes pilotos kamikaze que anhelaban el
momento de estrellarse contra el enemigo, a Yukio Seki el ser seleccionado para
comandar una salida sin retorno le llevó al abatimiento.
Como las operaciones kamikaze
aumentaban a velocidad exponencial, se elaboró, para mayor seguridad, una
numerosa lista de pilotos supuestamente voluntarios. En un debate entre ex
pilotos kamikaze publicado en 1977 en el famoso diario japonés Bungei Shunju,
uno de ellos dice que en su destacamento nunca pidieron voluntarios para las
unidades kamikaze puesto que en los cuarteles generales se daba por hecho que
todos querían hacerlo. Por lo tanto, los oficiales del Estado Mayor continuaron
añadiendo nombres a la lista de los escuadrones de la muerte. Esta práctica
desmoralizó tanto a muchos de los que esperaban su turno que a menudo decían a
sus superiores: «Puesto que van a matarnos, por favor háganlo cuanto antes».
La realidad es que Yukio Seki
aceptó convertirse en «la primera bomba humana oficial», a pesar de que algo en
su interior le decía que un piloto con su experiencia y talento podía servir
mejor a la nación participando en muchas acciones de combate contra el enemigo,
y no sólo en una. Pero no tuvo oportunidad de retirarse, pues sus superiores
mencionaron que no sólo era el candidato favorito para dirigir la primera misión
suicida, sino también el elegido por el almirante Takijiro Onishi (el «Mister
Aviación de Japón»), que estaba al mando de la Fuerza Aérea de la Armada en
Filipinas. Por consiguiente, cuando a Seki le preguntaron si aceptaría, no pudo
negarse.
Pero, aunque aparentemente se
mostraba tranquilo, internamente se sentía muy deprimido.
Justo antes de su última misión,
le dijo a un periodista que enviar a un piloto de su experiencia a una misión
suicida no sólo era una locura, sino también un trágico error en un momento en
el que había tanta escasez de aviadores expertos. Puesto que la nación los
necesitaba, sus vidas no debían ser malgastadas. Pero lo dijo en privado, cuando
ya era demasiado tarde para cambiar su situación. Además, había otra razón
personal para que Seki deseara continuar vivo: se había casado recientemente y,
según su última carta, estaba profundamente enamorado de su esposa.
Así es como Yukio Seki se presentó
«voluntario»:
El
19 de octubre, en el campo de aviación de Mabalacat, Filipinas, le pidieron a
Seki que se presentara ante el subcornandante del Ala Aérea, Asaichi Tamai. Al
llegar, vio que el capitán Rikihei Inoguchi, oficial del Estado Mayor a las
órdenes del almirante Takijíro Onishi (foto izq.), estaba sentado junto a Tamai
(Onishi era el comandante de la Primera Flota Aérea). Le ofrecieron una silla.
Cuando se sentó, Tamai le puso una mano en el hombro y le confló que el
almirante estaba proyectando un ataque suicida contra un destacamento
norteamericano en las inmediaciones de Filipinas y estaban pensando en él para
que dirigiera el ataque.
El ambiente estaba tenso y cargado
de emoción. Otro oficial allí presente dijo qué Tamai hablaba con lágrimas en
los ojos.
Tamai le preguntó a Seki si
aceptaría dirigir una misión suicida con cazas Zero. El apuesto teniente se
quedó inmóvil. Transcurrieron cinco largos segundos. Luego, pasando los dedos
por su largo cabello negro, respondió afirmativamente, con una voz firme que
ocultaba sus verdaderos sentimientos. Después de todo, era un oficial de la
Marina, un graduado de la Academia Naval. Tenía que aceptar, no había otra
salida.
—Sí, haré el trabajo —se oyó decir
a sí mismo.
A continuación, Tamai le preguntó:
—Está soltero, ¿verdad?
—No. Tengo una esposa, señor.
En realidad, Tamai buscaba un
hombre soltero para dirigir la primera misión de Ataque Especial pero,
sorprendentemente, el hecho de que Seki estuviera recién casado no le preocupó.
En efecto, los antecedentes de Seki hacían de él el hombre idóneo; y los
oficiales presentes así se lo harían saber al comandante de la Flota Aérea, el
almirante Onishi.
Seki combatía por primera vez en
el mar de Solomon, al sur de Nueva Guinea, cuando los bombarderos
norteamericanos atacaron el Chitose, que transportaba municiones a la isla de
Guadalcanal, tras el desembarco de los norteamericanos. Durante el ataque, Seki
se encontraba en el puente de mando. El barco resultó dañado cerca de la sala de
máquinas y lo repararon en la isla de Truk.
Yukio Seki había nacido en 1921 en
Iyo Saijo, una ciudad encantadora, pequeña y tranquila, en la isla de Shikoku.
Cuando era niño, su madre se dívorció de su padre, quien posteriormente se
trasladó a Osaka y allí abrió un negocie de antigüedades. AY ukio, hijo único,
le crió su madre, ambo5 vivían solos en una casa pequeña, entre una farmacia y
una papelería al lado de la calle principal de la ciudad.
En la escuela secundaria, Yukio
llegó a ser capitán del equipo de tenis. Era un excelente jugador y un año su
equipo ganó el campeonato en el torneo organizado por la escuela. A pesar de que
deseaba seguir sus estudios, la economía familiar se lo impidió. En 1938 se
preparó para ingresar en las academias militares del Ejército y la Marina. Le
admitieron en ambas, pero escogió esta última. Cuando se graduó en 1941, le
destinaron al acorazado Fuso, donde se le concedió el rango de alférez. De allí
fue trasladado al Chitose e indirectamente participó en la histórica batalla de
Midway, pues el barco formaba parte de las fuerzas de retaguardia que seguían al
destacamento principal.
Sus compañeros fueron testigos de
su versatilidad y su interés por el arte. Una de sus aficiones era el dibujo, y,
cuando no estaba de servicio se entretenía realizando muchos esbozos.
En noviembre de 1942, regresó a
Japón e ingresó en la Academia de Vuelo de la Marina de Kasumigaura, en la
prefectura de Ibaragi, para hacerse piloto. Tras terminar la formación básica,
le trasladaron a la base aérea de Usa, en la prefectura de Oita, para
especializarse en el ataque a portaaviones. En enero de 1944, empezó a prestar
servicios como instructor de vuelo en Kasumigaura. Durante su estancia en la
academia, hizo amistad con los Watanabes, una familia de Kamakura a la que
frecuentó durante dos años, y se enamoró de Mariko, una de las hijas. Un día,
mientras estaba tomando unas copas con sus compañeros de instrucción, uno de
ellos propuso que se casaran todos el mismo día, el día de la Marina el 27 de
mayo. Era el aniversario de la victoria sobre los rusos en la batalla del
estrecho de Tsushima. Todos estuvieron de acuerdo.
Ese fin de semana, Seki fue a
Kamakura e hizo una visita a los Watanabe. Se declaró a Mariko en presencia de
la madre. Mariko aceptó y finalmente se casaron en el Club de Oficiales de la
Marina el 31 de mayo de 1944, en Tokio. La madre de Seki, Sekae, fue el único
miembro de la familia que estuvo presente en la boda y en el banquete que vino
después. Vivió con la joven pareja aproximadamente un mes, luego se marchó
diciendo que a los recién casados había que dejarlos solos. Enseguida se
trasladaron a una casa cercana a la academia de vuelo.
En septiembre de 1944 Seki fue
trasladado a Taiwan, en la isla de Taiwan, donde prestaría servicios en su base
aérea como instructor de vuelo. Debido a la incertidumbre de su situación,
Mariko no pudo acompañarle, aunque fue a despedirle a Oppama, cerca de Yokohama,
desde donde cogería un avión anfibio que le llevaría a Tainan. Tres semanas
después le trasladaron de nuevo, esta vez al Ala Aérea Naval 201, en el campo de
aviación de Nicholas, en Luzón, Filipinas, como comandante de la Unidad de
Combate 301. Cuando los ataques norteamericanos se intensificaron, la unidad se
trasladó al aeropuerto de Mabalacat.
La mañana del 20 de octubre se
ordenó a los pilotos de la unidad que se congregaran en un lugar cercano a sus
dependencias, no muy lejos del río Bamban, para escuchar las palabras del
célebre pionero de la aviación, el almirante Takijiro Qnishi. El paisaje
apacible del río, que discurría suave y poco profundo junto con el reflejo
plateado de las altas hierbas del pantano cimbreadas por la brisa de otoño,
recordaba a más de uno su tierra natal. El almirante, que estaba pálido y
preocupado, habló lentamente y un tanto vacilante:
Japón está en grave peligro. La
salvación de nuestro país ya no está en manos de los ministros, ni del Estado
Mayor, ni de humildes comandantes como yo. Por ello, en representación de
vuestros cien millones de compatriotas, os pido este sacrificio y rezo por
vuestro triunfo. Desgraciadamente, no podremos deciros los resultados. Pero
seguiré vuestros esfuerzos hasta el final y comunicaré vuestros logros alTrono.
Podéis estar seguros de ello.
Después, en tono conciliador,
añadió: «Vosotros ya sois dioses sin deseos terrenales.Vais a entrar en un largo
sueño.»
Mientras estrechaba la mano a
todos los pilotos y les deseaba suerte, dijo: «Os pido a todos que lo hagáis lo
mejor posible.» Testigos presenciales dicen que el almirante, que en ese momento
contaba 53 años de edad, tenía lágrimas en los ojos cuando terminó de hablar.
Después de su entrevista con Tamai
e Inoguchi, Seki regresó al cuartel y escribió las últimas cartas a su esposa,
Mariko, a su madre y a sus suegros. Las cartas no revelaban sus sentimientos más
íntimos sobre la misión suicida que iba a acometer. Ésta es la carta que Seki
escribió a su esposa:
Mi querida Mariko:
Siento mucho tener que
«esparcirme» [eufemismo que utiliza en lugar de «morir en la batalla»; se
refiere a la dispersión en el aire de las flores del cerezo] antes de que pueda
hacer más por ti. Sé que, como esposa de un militar, estás preparada para
afrontar semejante situación. Cuida de tus padres.
Ahora que llega la hora de partir
vienen a mi mente innumerables recuerdos de tantas cosas que hemos compartido.
Buena suerte para la traviesa Emi-chan [la pequeña Emi, hermana menor de Mariko].
Yukio Seki escribió un mensaje en forma
de poema para los pilotos que había tenido como alumnos:
Descended mis pupilos
mis pétalos de flor de cerezo,
como yo descenderé, sirviendo a nuestro país.
A sus padres les dirigió la
siguiente carta:
Querido padre, querida madre:
[Después de hablar de las
dificultades de un amigo, y pedir a sus padres que le ayudaran, continuaba así:]
En este momento la nación está en
una encrucijada, y el problema sólo se resolverá si cada individuo corresponde
al Emperador por su benevolencia como se merece.
En este sentido el que siga una
carrera militar no tiene otra elección.
[Aquí menciona a los padres de su
mujer] ... a quienes tengo gran estima en el fondo de mi corazón. A ellos no les
puedo escribir sobre estas noticias tan impactantes. De modo que, por favor,
informadles vosotros.
Puesto que Japón es un Imperio, me
estrellaré contra un portaaviones para compensar la generosidad imperial. Estoy
resignado a hacerlo.
A todos vosotros, obediente hasta
el final.
Yukio
A pesar de su aparente compostura,
Seki no pudo contener su frustración. Le dijo a un compañero, el temen-te Naoshi
Kanno, que estaba profundamente trastornado por el rumbo que estaban tomando los
acontecimientos. También estaba preocupado por su esposa y por sus padres.
Sabía, por supuesto, que una vez que había aceptado dirigir la misión de Ataque
Especial no podía volverse atrás. Justo antes de despegar para su última misión,
le confesó a un corresponsal de guerra que no daba su vida por ideas abstractas,
como por ejemplo «salvar a la Madre Patria», sino por su amada esposa. El
periodista era Masashí Onoda de la agencia de noticias Domei.
Un amigo de Seki, que más tarde
conoció a Kanno, dice que éste también estaba descontento; que veía muchas
contradicciones en la concepción de los cuerpos suicidas. «Si algún comandante
me ordena participar en una misión de Ataque Especial, y se niega a dirigirla él
mismo, juro que le mataré», fueron sus palabras.
Con una incuestionable aptitud
para volar, Kanno se había enfrentado unos meses antes a un B-24 norteamericano.
Viendo que no podía derribarlo, decidió destruirlo chocando contra él, esquivó
los disparos mortíferos del bombardero, al tercer intento se acercó y con sus
hélices destrozó el timón del avión con un choque descomunal. El impacto hizo
que Kanno perdiera el conocimiento momentáneamente, pero pudo recuperarse y ver
cómo el bombardero se estrellaba en el Pacífico. El teniente Kanno, igual que
muchos otros pilotos, vivía con la expectativa de la muerte, pero lo que le
diferenciaba era que en su mochila llevaba escrito: «Efectos personales del
difunto capitán de corbeta Naoshi Kanno.»
Era costumbre conceder a los
militares ascensos pos— turnos. En cualquier caso, Kanno daba por perdida
cualquier posibilidad de sobrevivir. En junio de 1945, durante la campaña de
Qkínawa, encontró la muerte al ser derribado al sur de Kyushu, y dejó tras él,
debido a su valor, una buena reputación.
Tamaiy Seki pasaron la mayoría de
la noche planeando la primera misión suicida autorizada. A la mañana siguiente,
Seki se despertó al amanecer para respirar por última vez el primer aire
de la mañana. La primera unidad kamikaze pronto estuvo preparada para despegar.
Después de un desayuno rápido, Seki le pidió a un compañero que le hiciera una
foto para su esposa. También entregó a Tamai un mechón de pelo. Unos minutos
antes de despegar se sacó del bolsillo un puñado de billetes de banco, se los
entregó a un amigo que estaba tras él y le pidió que utilizara ese dinero para
construir aviones.
Posteriormente, un locutor de la
radio de Tokio informó de la escena ocurrida inmediatamente antes del despegue
del grupo en la base aérea de Mabalacat, a las afueras de Manila, de la que fue
testigo ocular. Tras describir el murmullo de emoción que se extendía por las
filas de este «cuerpo
especial de la muerte»,
dijo:
Frente a los cuarteles, los
pilotos se pusieron la ropa y las gafas de vuelo y recibieron con tranquilidad
las instrucciones del comandante, éste les dijo que sus objetivos debían ser los
portaaviones; que cuando fueran a estrellar— se contra ellos debían apuntar a la
parte más vulnerable de la nave. También les dijo que no eran una fuerza de
bombarderos sino bombas humanas.
La emisora de radio informó
también de que ninguno de los hombres llevaba paracaídas.
El 21 de octubre, a las 7.25 de la
mañana, los cazas Zero (los aliados les llamaban «Zekes» en clave) se alinearon
sobre la pista de Mabalacat. Seki ocupó su lugar en la cabina, se ajustó las
gafas y, tras saludar con la mano al personal de tierra, despegó con su unidad
en dirección a un grupo compuesto por numerosos portaaviones norteamericanos.
Pero la unidad de Seki no pudo localizar a la flota norteamericana, y regresó a
la base. Lo mismo sucedió el 22,23 y 24 de octubre. Le acompañaban cuatro cazas
escolta. El 25, tras volar durante 3 horas y 25 minutos, divisaron el objetivo a
30 millas náuticas de la costa de Samar,
y atacaron con éxito el
destacamento norteamericano. Era su quinto intento. Empezaron el ataque a las
10.45. de la mañana. Los nueve aviones de Seki se situaron sin impedimento
alguno sobre los barcos norteamericanos, a pesar de que había una pequeña
patrulla de combate en el aire. Cinco minutos más tarde, cuando ya los pilotos
kamikaze habían elegido sus objetivos, Seki dio la señal de lanzarse en picado.
Su avión iba en cabeza y fue el primero en caer sobre el suyo: tras desviarse
dejando una estela de humo, ejecutó un picado pronunciado apuntando a la
cubierta de uno de los portaaviones.
En una conversación con un
periodista militar, Seki había alardeado, de que cuando encontrara un
portaaviones dejaría caer sobre él una bomba de 500 libras. En el combate del
día 25 los pilotos se estrellaron contra dos de los portaaviones del almirante
Clifton Sprague y hundieron uno de ellos, el St Lo, y dañaron seriamente al
otro. Al mismo tiempo los cazas escolta se enzarzaron en una pelea feroz con los
aviones norteamericanos.
¿Hundió Seki al St Lo? Hay ciertas
dudas al respecto. Los hechos que se conocen son los siguientes. Un caza Zero se
dirigió en un picado pronunciado hacia el portaaviones, a 100 pies del nivel del
mar. Los cañones del portaaviones abrieron fúego, pero fallaron. Los informes
dicen que el piloto (probablemente Seki) estaba tranquilo y mantuvo
deliberadamente el rumbo fijo. Menos de un minuto después, dejó caer una bomba
en el centro de la cubierta; luego su avión estrelló, quedando sobre la proa
restos del avión y del piloto. La bomba al estallar provocó más explosiones
violentas.
El St Lo sufrió un total de ocho
explosiones antes de hundirse, y con él se perdieron muchas vidas. Un avión
había hundido al portaaviones, O como un observador resumio:
«Un piloto, un Zero, una
bomba, un portaaviones.»
La habilidad del piloto a la hora
de llevar a cabo la mortal misión indicaba que no podía ser otro que Yukio Seki.
El suboficial de la Marina
Hiroyoshi Nishizawa, que encabezaba la unidad de escolta, informó por radio de
los resultados del primer ataque kamikaze oficial de la historia. Según
Nishizawa, hundieron un portaaviones y un crucero norteamericanos, mientras que
otro portaaviones quedó seriamente dañado. La hoja de servicios muestra que no
se hundió ningún crucero, solamente el St Lo. Derribaron dos cazas
norteamericanos Grumman, y perdieron uno de los cazas escolta. Nishizawa murió
al día siguiente al ser derribado su avión.
Cuando
se informó al emperador Hirohito de los resultados de la primera misión suicida,
declaró: «Sin duda han hecho un buen trabajo, pero ¿era necesario llegar a este
extremo?» El Emperador le dijo también al almirante que el recurrir a los
ataques suicidas le llenaba de dolor.
Al final de octubre de 1944, en
los periódicos dé Tokio apareció una reseña en la que se informaba de que, con
carácter póstumo, se habían otorgado diversos honores a cinco héroes kamikaze y
se les había ascendido en sus puestos.
Una proclama firmada por el
almirante Soemu Toyoda, comandante en jefe de la Flota Mixta, dijo que los cinco
hombres habían llevado a cabo «ataques de choque deliberados» y que «el recuerdo
de estos oficiales gallardos que murieron heroicamente por la causa de su país
estará vivo para siempre en la memoria de la nación».Y finalizaba: «Y por la
presente, doy fe de sus meritorios servicios a la Marina el 28 de octubre de
1944.» El nombre de Seki era el primero de la lista.
A raíz del éxito de la misión de
Seki, se desató entre los estrategas kamikaze un entusiasmo rayano en la
euforia. Hubo cientos, incluso miles, de voluntarios. Onishi persuadió al
almirante Fukudome, al frente de la Segunda Flota Aérea, para que la Primera
Flota se uniera a las tácticas suicidas y ambos comenzaron las preparaciones
para continuar y expandir estas operaciones contra el enemigo. Onishi reunió a
los pilotos de todas las unidades y les dijo que se convertirían en unidades de
Ataque Especial. Algunos pilotos se quedaron atónitos al saber que, igual que el
teniente Seki, debían sacrificar sus vidas en misiones suicidas tanto si querían
como si no. Estaba claro que Onishi no iba a tolerar ningún tipo de crítica a su
política kamikaze.
Entretanto, comenzó a correr la
noticia de que las tácticas suicidas estaban desmoralizando a los
norteamericanos y a sus aliados.
Poco después de la muerte de Yukio
Seki, el capitán Sakae Yamamoto, quien estaba al frente del Ala Aérea 201 y
había regresado a Japón tras ser herido en un ataque en Filipinas, entregó a la
madre de Seki un mechón de cabello de su hijo. (Muchos pilotos kamikaze dejaban
recuerdos personales, ya que sus restos nunca podrían ser devueltos a sus
familias. Algunos de estos recuerdos están expuestos en diversos museos
japoneses.) El mechón de cabello estaba colocado en una cajita blanca como las
que solían contener los restos incinerados.
Cuando el capitán se fue, la madre
de Seki se derrumbó sollozando. Una semana después de la misión kamikaze de Seki,
oficiales de alto rango visitaron también a la madre del piloto para informarle
de que a su hijo se le había concedido el título póstumo de comandante de la
Marina a la edad de 23 años. Al mismo tiempo, el rector de la Universidad Waseda
de Tokio hizo un llamamiento para rezar por las almas de Seki y sus compañeros
con estas palabras: «Nuestra fortaleza espiritual es mucho mayor que la de los
diablos norteamericanos e ingleses. Ahora tenemos que hacer un esfuerzo supremo
para demostrarla.»
Cuando la paz volvió a Japón, un
periodista escribió un artículo sobre la madre de Yukio Seki. Afirmaba que le
parecía que su hijo había nacido sólo para morir en la guerra.
Tras la contienda, Ashaichi Tamai,
el militar que había reclutado a Yukio Seki para llevar a cabo la primera misión
suicida, se hizo monje budista. Tamai dijo que no llegaría al nirvana —un estado
de felicidad absoluta— si antes no daba «consuelo a las almas» de todos los
pilotos a los que había enviado a una misión sin retorno en aguas del Parifico.
Fuente Consultada: Kamikazes Albert Haxell/Hideaki Kase