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El
cristianismo: La figura de Cristo resulta impresionante por todo concepto.
Incluso vista por sus detractores no pueden negársele grandeza ni belleza
suma. Al leer el Evangelio, donde se halla contenido su paso por la tierra,
sorprende el laconismo del Maestro. Todas las palabras que pronunció
exceptuando, quizá, el sermón de la montaña y las parábolas, podrían
reducirse a unas frases breves, lapidarias, de un contenido turbador y
muchas de las cuales son aún motivo de controversia y discusión, cuando no
de opuestas interpretaciones.
El que ama la vida la perderá.
El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo... Exceptuando una ocasión en
que trazó unas palabras sobre la arena, Jesús no escribió nada ni pareció
preocuparle que se levantara acta escrita de sus hechos y de sus palabras.
Su nacimiento fue misérrimo y su muerte brutal.
Sus discípulos quedaron tan
aterrorizados cuando fue enterrado que incluso el más fiel le había negado
ya por tres veces. Parecía que de Él no iba a quedar nada porque después de
su muerte le rodeó la cobardía, el silencio y la soledad. Sin embargo, dos
mil años más tarde, más de 750 millones de personas le adoran como verdadero
Hijo de Dios. "Una disputa entre judíos sobre un cierto Jesús que murió, y
del cual afirmaba Pablo estar vivo". En el año 60, esto es lo que un
funcionario romano llamado Porcio Festo escribió sobre la religión
cristiana. De entonces acá, muchas han sido las explicaciones que de la
"esencia del cristianismo" se han dado, y algunas de ellas se han apartado
más de la verdad que la de Porcio Festo.
El cristianismo se funda en un
hecho: la figura de Jesús, su vida terrestre y, lo que es más importante, la
creencia de que Jesús vive y no ha muerto, porque es Hijo de Dios. Ésta es
la nota original de la religión cristiana, pues sin excluir el judaísmo, el
cristianismo es la única religión que desborda la Historia por lo
trascendental de su contenido y se encarna en una persona que no solamente
transmite una doctrina, sino que se presenta ella misma como la verdad y la
justicia vivientes. Es cierto que otras religiones tuvieron fundadores a los
cuales sus contemporáneos pudieron ver con los ojos y tocar con las manos,
pero ninguno de esos predicadores religiosos, Mahoma, Buda, Zoroastro, etc.,
se propuso a sí mismo como objeto de la fe de sus discípulos. Todos
predicaban una doctrina que no atañía a su propia persona; eran simplemente
enviados, profetas o siervos de Dios. Jesús es el Maestro que se da a sí
mismo como objeto de nuestra fe; no se presenta como un personaje histórico,
sino como verdadero Dios. |