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SIDNEY:
Se llama Bridge Climb y, desde hace algunos años, es la más
emocionante de las atracciones de Sidney. Un hallazgo casi genial
para el que los mismos habitantes de la ciudad, antes que los
turistas, se han puesto en la lista de espera para probar la
experiencia de escalares Harbour Bridge, y admirar el
panorama de su espléndida bahía desde los 134 metros de altura de la
terraza de esa impresionante construcción que sostienen las dos
arcadas del puente, de una longitud de 1149 metros.

Para recorrer las pasarelas
suspendidas en el vacío, los duros tramos de escaleras y los
estrechos pasos de metal se necesitan tres horas, entre ascenso y
descenso.
Pero si no se padece vértigo, vale la
pena el esfuerzo: el Sidney Harbour —su nombre oficial,
realmente, es Port Jackson, pero nadie lo llama así—a sólo compite
con la bahía de Río de Janeiro en cuanto a la espectacularidad del
paisaje de su entorno. En este maravilloso espacio salpicado de
islotes que se abre en la desembocadura del río Parramatta,
los resplandecientes edificios urbanos se alternan con escarpados
acantilados y playas de arena dorada mientras, al fondo, se recorta
el perfil de las Blue Mountains.
Además, el mismo Puente
Harbour es uno de los orgullos de Sidney. Inaugurado en 1932, es
el puente más ancho del mundo: 49 metros que se necesitan para
ubicar dos carreteras transitables, dos líneas férreas, una pista
ciclable y otra peatonal. Para realizarlo se necesitaron diez
años de trabajo de 1500 obreros, 52.800 toneladas de acero, 95.000
metros cúbicos de cemento y 18.000 de bloques de granito. Una obra
grandiosa, en suma, que el mismo año de su inauguración, se
convertía en el símbolo de la entrada triunfal de Sidney entre las
grandes ciudades modernas.
Treinta años más tarde —precisamente
en 1973— el puente sería despojado de su simbolismo representativo
en beneficio de la Opera House (foto abajo), ya considerado como el icono
del siglo XX.

Realizado por el danés Jorn Utzon,
el edificio se levanta sobre un promontorio y parece casi flotar
sobre el fondo azul de la bahía, impulsado por una cubierta
concebida como un conjunto de velas hinchadas por el viento. El
extraordinario complejo encierra unas mil estancias entre ellos un
auditórium para conciertos, teatros y salas unidas entre sí de
manera que se crean espacios funcionales flexibles y de gran impacto
visual. Cada año se realizan, como media, unos 3000 espectáculos a
los que asisten cerca de dos millones de espectadores.
Pero si, en 2004, toda la cuidad
saludó con orgullo la nominación de la Opera House para
entrar a formar parte de la relación del patrimonio de la humanidad
de la UNESCO, también se ha sentido partícipe cuando, en 2003, le
fue concedido Utzon el prestigioso Pritzker Architectura
Price por su carrera, ya que durante la construcción del
edificio fue objeto de ásperas críticas.
Su gestación duró prácticamente 15
años a causa de los enfrentamientos entre el arquitecto y la
administración de la ciudad, modificaciones presupuestarias y
replanteamientos, tanto que un indignado Utzon decidió abandonar la
dirección de la obras antes de que estuvieran acabadas.
Aquellas polémicas son hoy día ya sólo
un lejano recuerdo, y la Opera House se ha convertido en un
modelo de inspiración para toda la arquitectura de Sidney. En las
intenciones del arquitecto, el edificio debía dialogar —en un juego
de geometría y simetrías— con el Puente Harbour (tanto que la altura
de la vela,, central es exactamente la mitad que la del puente).
Pero, con el tiempo, aquel diálogo se ha transformado en una
estimulante conversación a más voces.
La última incorporación al perfil de
la ciudad —en el corazón del Central Business District y a
medio kilómetro de la Opera House— es el magistral complejo
conocido como Aurora Place, proyectado por Renzo Piano. También aquí
se ha desplegado una altísima vela estilizada compuesta por
evanescentes paneles de cristal que destaca frente a un espacio
urbano en el que los rascacielos —entre ellos el lujoso Chifley
Tower proyectado por el estudio Kohn Pedersen Fox y la
Grosvenor Place de Harry Seidler— fueron concebidos y
construidos para darles una dimensión colectiva.
Por lo demás, gracias a su excepcional
situación, Sidney es, por así decirlo, una obra coral. De la
naturaleza y del hombre. Por algo representa a Australia en el
mundo, más aún que las rojas extensiones del out bock, el
sorprendente interior del país. Sin embargo, a su pesar, la ciudad
es únicamente la capital del Estado de Nueva Gales del Sur, mientras
una ciudad poco conocida, Canberra, desempeña el papel de capital
del país.
Si en esta última tienen su sede las
instituciones, en Sidney se concentran las inversiones y las
ambiciones de los australianos. En 2000 la ciudad organizó los
juegos olímpicos, y para la ocasión se hicieron literalmente
florecer áreas completas (como Darling Harbour, el antiguo
puerto industrial transformado en un enclave dedicado al ocio) y se
la dotó de infraestructuras que la pusieron a la altura de las
ciudades más importantes del mundo.
Por otra parte, si se compara Sidney
con Nueva York o Londres, sus habitantes dan la impresión de
ofenderse. Ellos ponen en el platillo de la balanza el clima
(disfrutan de sol 300 días al año), la seguridad, la belleza
paisajística: la bahía, en primer lugar, y después las colinas
cultivadas y los viñedos, las montañas y numerosos parques
nacionales a unos pocos kilómetros del centro. Entre éstos, destaca
el Royal National Park que —declarado en 1879— es uno de las
más antiguas áreas protegidas del planeta. Y también afirman, y no
se equivocan, que lo verdaderamente impagable es la atmósfera.
Los cerca de cuatro millones de
personas que viven aquí tienen la sensación de vivir permanentemente
de vacaciones: es un privilegio de pocos, de hecho, poder disfrutar
de los servicios, de las oportunidades de trabajo y de la cultura de
una ciudad cosmopolita y, al mismo tiempo, poder salir en barca de
vela o practicar el surf sobre una bellísima playa como
Bondi Beach.
Al mirar el Circular Quay, la línea
ribereña que aparece en las postales sobre la bahía, en la que se
alinean extraordinarios complejos residenciales, no se diría nunca
que Sidney, la primera colonia europea en Australia, fue creada en
1778 como una dura colonia penal. No obstante, los principales
monumentos históricos de la ciudad, la mayor parte de los cuales
están situados en Macquarie Street, a pocos pasos del
Circular Quay, son obra de Francis Greenway, un arquitecto que llegó
aquí como prisionero: entre éstos, merecen mención especial el
elegante Parliament House, la State Library, el Sydney Hospital,
la Saint james Church y el Mint Building, todos realizados entre
1809 y 1821, en la época de Lachlan Macquarie, emprendedor
gobernador del Nueva Gales del Sur.
Incluso los espléndidos Royal
Botanic Gardens, en las cercanías de Hyde Park (un parque de
tipo londinense por su nombre y su aspecto), se encuentran en el
lugar en el que los primeros colonos cultivaron sus huertos.
Mientras el barrio de The Rocks, en tiempos peligroso enclave
de ex penados, es, gracias a sus callejuelas adoquinadas, un lugar
por el que realizar sugerentes paseos.
Lejos del centro, finalmente, se sitúan tranquilos barrios con
avenidas flanqueadas por perfumados árboles de cítricos y
eucaliptos, donde —además de la población de origen británico—
también viven importantes comunidades de otros europeos
(especialmente italianos y griegos), gentes de Oriente Medio y
asiáticos.
Los únicos que faltan son los
primigenios habitantes de Australia, los aborígenes. Su espíritu
permanece en la toponimia; Woolloomooloo y Kirribilli son
áreas residenciales all white, con nombres que recuerdan los
sonidos hipnotizadores del didgeridoo. |