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Siete sabios de Grecia, también
conocidos como ‘los siete sensatos’. Eruditos griegos que vivieron entre los
siglos VII y VI a.C. y que se interesaron por la ciencia, la filosofía y la
política. Aunque sus identidades difieren según las diferentes versiones,
los nombres que suelen aparecer con mayor frecuencia son Bías de Priene,
Quilón de Esparta, Cleóbulo de Lindos, Periandro de Corinto, Pítaco de
Mitilene, Solón de Atenas y Tales de Mileto.
EL MILAGRO GRIEGO:
Aunque los griegos respetaban profundamente el pasado, realizaron una serie
de avances, muchos de ellos sin parangón posible, en el transcurso de un
solo siglo, entre los años 480 y 380 a.C. Cabe preguntarse cómo sucedió, y
algunos especialistas lo denominan el milagro griego. Gran parte de estos
logros, aunque no todos, llevan el sello de Atenas. No todos los pensadores,
poetas y artistas del siglo V eran atenienses —prácticamente no hubo ningún
científico en esta polis—, y quizá se haya exagerado su papel, porque no
contamos con muchos datos de otras ciudades.
Sin embargo, ya en el siglo V muchos griegos
reconocían que Atenas era en cierto sentido quien detentaba la jefatura
política y cultural. Como decía Pericles, un estadista ateniense, su ciudad
servía de modelo al resto de Grecia.
El rasgo fundamental del milagro griego
estriba en su contribución al desarrollo de la potencialidad de la mente
humana. Hasta entonces, jamás se habían realizado esfuerzos tan intensos
para comprender los problemas más profundos del pensamiento y la vida, y
durante mucho tiempo el mundo no vería nada semejante. Este proceso se
desarrolló en un período que rebasa la época clásica propiamente dicha.
En el transcurso de unos cuatro siglos, los
griegos inventaron la política, la filosofía, la mayor parte de la
aritmética y la geometría (términos derivados del griego) y las ideas sobre
el arte aceptadas por los europeos casi hasta nuestros días. Todo esto
representó un avance gigantes co, que marca grandes diferencias entre la
civilización griega y la de Mesopotamia o Egipto.
Hay que atribuirlo en gran medida a la
importancia que los griegos concedían al análisis racional y consciente del
mundo que los rodeaba, circunstancia que no queda anulada por el hecho de
que muchos de ellos siguieran creyendo en las supersticiones y la magia.
Gracias a su forma de razonar, proporcionaron a los seres humanos una
comprensión más amplia del mundo en el que vivían que ningún otro pueblo
anterior. Esto no significa que el pensamiento griego fuera siempre
acertado, sino que se cimentaba y se verificaba de un modo mucho más
coherente y sólido.
La ciencia constituye un ejemplo destacado. La
ciencia moderna se inició en el siglo VI en Jonia, donde un grupo de
pensadores empezó a buscar explicaciones al funcionamiento del universo,
aplicando leyes y normas en lugar de dioses y demonios.
El filósofo Demócrito llegó a la conclusión de
que toda la materia está formada por «átomos», teoría que se adelantaba dos
siglos a su tiempo y que no fue aceptada. Por el contrario, los griegos se
aferraron a la idea de que la materia está compuesta de cuatro «elementos»
—tierra, agua, aire y fuego— combinados de distintas maneras en las diversas
sustancias.
Esta teoría no se aproximaba a la verdad tanto
como la atómica, pero gracias a ella se desarrolló la investigación, y la
ciencia siguió avanzando hasta el siglo XVII d.C. De igual modo, las
enseñanzas de Hipócrates (un griego de Cos discípulo de Demócrito)
constituyeron la base de la medicina hasta época muy reciente. Resulta
difícil distinguir sus escritos personales de los que simplemente se le
atribuyen, pero a juzgar por lo que se decía de él podemos concluir que
Hipócrates representa el verdadero inicio del estudio científico de la
salud, con observación de los síntomas, los efectos del tratamiento, una
serie de recomendaciones sensatas sobre el régimen alimenticio y la
distinción entre conocimiento y superstición. El «juramento hipocrático» ha
definido la ética médica hasta nuestros días.
Los griegos hicieron aportaciones aún más
importantes para el futuro en el terreno de las matemáticas. Este proceso
también se inició fuera de Grecia, en Cretona, al sur de Italia, donde vivía
el filósofo Pitágoras. Fue una de las primeras personas que empleó el
razonamiento deductivo, es decir, la aplicación de argumentaciones puras con
una línea lógica a ciertos principios o axiomas. Este sistema tuvo mucha
importancia, no sólo por los avances que produjo en aritmética y geometría,
sino porque contribuyó a que otras personas pensaran con claridad y rigor
sobre problemas ajenos a las matemáticas. |
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