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La carrera política de
Napoleón culminó en su coronación como emperador. En este fastuoso rito de
la coronación imperial los contemporáneos percibieron una contradicción: el
Imperio era lo opuesto a la República, aunque el artículo 12 de la nueva
Constitución afirmaba alegremente:
"El Gobierno de la República
se confía a un emperador".
Napoleón Bonaparte (1769-1821). Nativo de la isla de Córcega, su padre lo
envió a la escuela militar de Francia, de suerte que el muchacho entró al
servicio de la nación francesa a la edad de 16 años. La Revolución Francesa
de 1789 llegó en el momento oportuno para este inteligente y joven oficial,
puesto que casi todas las coronas europeas declararon la guerra al gobierno
revolucionario de Paris.
Napoleón logró importantes victorias, llegó a ser general, y se unió en 1799
al grupo de conspiradores que dieron el golpe de estado (coup d’état),
debido la heterogénea oposición a su gobierno que desmanteló mediante
drásticas represiones a derecha e izquierda, a raíz de fallidos atentados
contra su persona.
Cuando Napoleón se convirtió en cónsul en 1799, Francia estaba en
guerra con una segunda coalición europea, formada por Rusia, Gran Bretaña y
Austria. Napoleón, entonces, se percató de la necesidad de una pausa.
Observó lo siguiente al hablar con un diplomático prusiano: "La
Revolución Francesa no habrá terminado mientras exista el azote de la
guerra... Yo deseo la paz, tanto para asentar y dar solidez al actual
gobierno francés, como para salvar al mundo del caos".
La paz que buscaba se firmó en Amiens en marzo de 1802, dejando a Francia
con fronteras nuevas y diversos territorios clientes desde el Mar del Norte
hasta el Adriático. Sin embargo, la paz no duró porque tanto los británicos
como los franceses la veían como algo temporal y abrigaban escasas
intenciones de atenerse a sus términos. La guerra se reinició, en 1803, con
Gran Bretaña, a la que pronto se adhirieron Austria, Rusia y Prusia en la
Tercera Coalición.
En una serie de batallas en Ulm, Austerlitz, Jena y Eylau, entre 1805
y 1807, el Gran Ejército de Napoleón derrotó a los miembros continentales de
la coalición, lo cual le dio la oportunidad de crear un nuevo orden europeo.
Consultado el pueblo francés mediante un plebiscito, la Constitución del año
XII (1804) convierte a Napoleón en emperador de Francia, regula la
transmisión del título por herencia y la regencia en casos de ausencia, le
otorga una nómina de 25 millones de francos y reduce los poderes de las
asambleas al tiempo que aumenta los del emperador.
Pero la visión de Napoleón no se circunscribe a las fronteras de Francia;
sueña con hacer de París la capital del mundo y unir a Europa entera en una
constelación de Estados. "Europa es una provincia del mundo y una guerra
entre los europeos es una guerra civil", dice en alguna ocasión. Y en Santa
Elena: "uno de mis más grandes pensamientos fue la aglomeración de los
mismos pueblos geográficos que han disuelto, despedazado, las revoluciones y
la política". Al servicio de esta idea unitaria pondrá su genio militar.
LA CORONACIÓN:
El corolario de este proceso fue el ofrecimiento que le hizo el Senado al
día siguiente de la corona imperial. La ceremonia de coronación se llevó a
cabo el 2 de diciembre en Notre Dame, con la asistencia del papa Pío VII,
aunque Napoleón se ciñó la corona a sí mismo y después la impuso a Josefina;
el pontífice se limitó a pedir que celebrasen un matrimonio religioso, en un
sencillo acto que se ocultó celosamente al público. Una nueva Constitución
el mismo año afirmó aún más su autoridad omnímoda.
Así surgió como líder único de Francia y conquistador de los países vecinos
hasta cerca de 1807, y gobernó el mayor imperio europeo desde los romanos.
Sus reformas mejoraron la educación, la banca y el sistema legal (muchos
países basan todavía sus leyes en el Código Napoleónico). Su esposa Josefina
no le dio herederos, así que la repudió y desposó a María Luisa, una
princesa austriaca. Cuando su hijo nació, el emperador nombró al bebé Rey de
Roma. |