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El origen de los
Protocolos de Sion
En diciembre de 1901 un oscuro personaje
conocido por el alias de Serguéi Nilus tradujo al ruso unos
textos que en conjunto se titularon Los Protocolos de los sabios de Sión.
Un libro que demostraba la conspiración judía, de carácter planetario,
para hacerse con el dominio absoluto del mundo. El origen de los
Protocolos y del mito consiguiente es especialmente instructivo para
quienes estudian la psicología social y la teoría de la información.
Como toda buena mentira, los Protocolos tienen un germen de verdad,
constituyendo una amalgama de documentos inventados y genuinos panfletos
políticos de carácter más o menos revolucionario que se distribuían por
las convulsionadas calles de la Europa del siglo XIX.
Si tuviéramos que encontrar un antecedente
remoto habría que buscarlo en el jesuita francés Agustín Barruel,
Canonigo de la catedral de París, escribió una demoledora obra titulada
Memorias sobre el jacobinismo en la que sostenía que una serie de
sociedades secretas como los lluminati y la francmasonería eran quienes
dirigían en secreto la revolución. A pesar de ser el tatarabuelo de la
conjura judeomasánica que tanto entusiasmaba al general Franco, el abate
Barruel no mencionaba expresamente a los judíos en su obra.
Estos
entrarían a formar parte de la
teoría de la conspiración pergeñada por Barruel a partir de una carta que éste
recibe en 1806 firmada por un tal J. B. Simonini, un oficial retirado del
ejército que en esos momentos residía en Florencia. Todavía hoy ni siquiera
tenemos constancia de la existencia de este Simonini, que bien pudo ser un
vehículo utilizado por Barruel para expresar sus propias paranoias. Simonini
advertía a Barruel de la existencia de una diabólica secta judía que constituía
“el más formidable poder, si uno considera la gran riqueza y la protección de
que disfruta en casi todos los paises europeos”; El relato de Simonini adquiere
tintes novelescos cuando nos cuenta cómo descubrió la conspiración disfrazándose
de judío e infiltrándose en un encuentro de conspiradores celebrado en el
Piamonte italiano.
El
nacionalsocialismo fue un movimiento que no surgió de manera improvisada en la
historia. La atmósfera de esta filosofía, si es que así puede ser denominada,
apareció con bastantes años de antelación a la época de Hitler. Este clima se
fue enrareciendo a medida que las circunstancias fueron aportando mayor
combustibilidad al mismo, hasta que surgió la chispa en la figura de Adolf
Hitler. El nacionalsocialismo se puede considerar como una reacción directa a la
Primera Guerra Mundial y sus consecuencias, pero también como resultado de
tendencias e ideas con origen más lejano en el tiempo vinculadas por ejemplo a
los problemas derivados de la unificación política. Por tanto si bien este
movimiento exacerbó las tendencias nacionalistas y racistas, no las inventó. Los
fundamentos conceptuales del nazismo no se limitan solamente al ámbito germánico
y a las ideas de personajes tan influyentes intelectualmente como Bismarck,
Nietzsche o Wagner sino que se extienden a países del marco europeo como Rusia
con la obra denominada Los Protocolos de los Sabios de Sión y las ideas de la
teósofa rusa Blavatsky, así como Francia con los principios eugenésicos
propugnados por Georges Vacher de Lapouge.
(Fuente Consultada:Las Raíces del Nazismo en
la Cultura Europea)
Como
un foco de comprensión súbita se debió de iluminar el cerebro de Barruel, cuando
leyó que los conspiradores habían sido la fuente de financiación de los
Iluminati y francmasones tan odiados por él, habiéndose, además, infiltrado
en todos los niveles del clero. Al año siguiente, Agustín Barruel alertaba al
gobierno de la existencia de un complot judío internacional “que transformará
iglesias en sinagogas” y cuyo objetivo final era ni más ni menos que
conseguir que un judío se convirtiese en Papa: “Finalmente sale a la luz el
Sanedrín, que ha actuado clandestinamente durante quince siglos”. Durante ese
periodo, los judíos habrían gobernado el mundo secretamente (nadie parecía notar
lo mal que les había ido en ese gobierno, porque su condición marginal y su
periódico sometimiento a persecuciones de todo tipo no habían variado en lo más
mínimo). Así nacía el primer mito judeofóbico de la modernidad: la conspiración
judía mundial.
La eclosión de los Protocolos
Con
la llegada del siglo XX aparecen en Rusia los Protocolos tal como los conocemos
actualmente. En términos generales, lo que se describe en este texto es un
supuesto anteproyecto suscrito por “los representantes de Sión del Grado 33”
para la completa dominación del mundo por parte de los judíos. A lo largo de sus
páginas se plantea un programa para la imposición de un nuevo orden mundial
donde los judíos acabarían convirtiéndose en déspotas supremos del planeta.
El
programa establece una conspiración con diversas cabezas redoras y múltiples
tentáculos dedicados a sembrar el desorden y la anarquía, a derribar ciertos
regimenes —-en especial las monarquías—, infiltrarse en la francmasonería y
otras organizaciones similares y, como remate, adquirir el control de las
instituciones políticas, sociales y económicas del mundo occidental. Como si
fuera poco, este plan estaría siendo aplicado —según sus anónimos autores— al
control de pueblos enteros sin que nadie se hubiera percatado de la verdad. Son
veinticuatro capítulos y más de doscientas páginas de desvaríos en las que los
pretendidos déspotas justifican sus maquiavélicos planes aduciendo que ya que el
pueblo es incapaz de gobernarse por sí mismo serán ellos quienes lo quien desde
la sombra. Más aún, los Protocolos afirman que los judíos, como fase
preparatoria para lo que debería ser una revolución a escala mundial, se estaban
ocupando de soliviantar lo más posible a los ciudadanos en contra de sus
dirigentes políticos y económicos.
Es de
suponer que a más de uno se le pondrían los pelos de punta al leer esto en un
ambiente social tan convulso como el que caracterizaba a la Europa de principios
del siglo XX. Una vez completada la revolución mundial, los dirigentes del
complot judío mantendrían a la población bajo control mediante la institución de
un Estado de bienestar basado en una organización gubernamental fuertemente
centralizada. Las bases de esta dependencia total del Estado serían el pleno
empleo, los impuestos en función de la riqueza, la educación pública y el apoyo
a las pequeñas empresas. Seria como agitar constantemente la zanahoria de la
libertad frente a los ojos de los ciudadanos pero sin permitirles nunca llegar a
alcanzarla.
Fuente Consultada: 20 Grandes Conspiraciones
de la Historia de Santiago Camacho
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