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La Sociedad de Beneficencia

BREVE HISTORIA DEL ORIGEN Y DESARROLLO DE LA OLIGARQUÍA EN ARGENTINA

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La Sociedad de Beneficencia No tenía la Sociedad de Beneficencia, cuando fue creada por Bernardino Rivadavia, el mismo carácter que adquiriría después. En 1821 volvía Rivadavia de Europa, donde había alternado en los salones con Madame de Récamier, Madame de Staél y otras mujeres célebres de su tiempo.

Este contacto le hizo cambiar la idea conservadora y tradicionalista que se tenía de la mujer en la sociedad porteña, y decidió darle también a ella un papel activo en la vida pública. Así nació, por decreto del 2 de enero de 1823, la Sociedad de Beneficencia, cuyo principal objetivo sería prestar atención "a la educación de las mujeres, a la mejora de sus costumbres y a los medios de proveer a sus necesidades, para poder llegar al establecimiento de leyes que fijen sus derechos y sus deberes y les aseguren la parte de felicidad que les corresponde".

Fácil es, imaginarse la resistencia que este proyecto tuvo en un comienzo en la pacata sociedad porteña de la época. Contra esa resistencia alentaba Rivadavia en las damas "la necesidad de que éstas debían constituirse para hacer una oposición enérgica a los que alguna vez trataran de ridiculizar cualquiera de las operaciones o actos de la Sociedad, bien entendido que éste sería uno de los mayores males que podían sobrevenirles, en razón de que el ridículo de este género degrada al bello sexo y le impide elevarse hasta el grado a que verdaderamente debe aspirar".

La ocupación fundamental a que se consagraría la actividad de las damas de beneficencia sería la organización de la enseñanza femenina, tan descuidada hasta entonces. Al hacer el balance del primer año de existencia, la presidenta, doña Mercedes de Lasala y Riglos, dijo: "La Presidenta de la Sociedad de Beneficencia se cree con derecho de asegurar que todas las señoras que la componen han puesto de su parte, para satisfacer a la confianza con que el gobierno las ha distinguido, aquellos sentimientos de interés por la humanidad que les son peculiares, junto con la actividad y economía propias de su sexo".

A los cuatros años de fundada la Sociedad se educaban en sus escuelas cerca de novecientas niñas; a nueve años el número de alumnas se elevaba a mil doscientas. Sin embargo, no debemos dejarnos engañar al reápecto: la educación que se brindaba en esas escuelas no propendía de ningún modo a la modificación de los viejos hábitos coloniales ni a la transformación de! concepto conservador que sobre la mujer se tenía.

En 1832, siendo presidenta de la Sociedad la famosa Mariquita Sánchez de Mendeville, manifiesta bien claramente la orientación tradicionalista de la educación que allí se impartía. La educación, dice doña Mariquita, "está distante de ser demasiado elevada, como lo han temido algunas personas respetables del pueblo. Los deseos de la Sociedad son, al contrario, que las niñas se complazcan más en su estado, conociendo mejor sus deberes, y que acepten con resignación su destino".

La enseñanza consistía principalmente en enseñar a las alumnas a planchar, a cocinar, a zurcir y remendar. Muy lejos estaba, pues, la Sociedad de Beneficencia de ser un instrumento de liberación femenina;; nada se impartía en sus escuelas que sirviera para desarrollar una personalidad libre y autónoma, sino, por el contrario, se trataba de "que acepten con resignación" el papel subordinado a que las destinaba la sociedad patriarcal. Durante el gobierno de Rosas, la Sociedad de Beneficencia fue presidida por la hermana del dictador, Agustina Rosas.

El gobierno trató por todos modos que la Sociedad se convirtiera en un instrumento de su política. Entre otras directivas dadas a la Sociedad se contaban "no admitir a la cabeza de los establecimientos de educación ninguna maestra que no conformase sus ideas a la política del gobierno", a las alumnas de los colegios de la Sociedad se les imponían vestidos "que no tengan nada de celeste ni verde...; esclavina punzó, pañuelo de una y tercia vara en invierno de lanilla punzó, y en el verano de espumilla del mismo color, llevando un moño también punzó, al lado izquierdo de la cabeza, en todo tiempo".

Las maestras debían prestar juramento de fidelidad a la Santa Causa. El 4 de enero de 1838 la presidenta de la Soqiedad de Beneficencia recibió una nota oficial que decía: "S. E. ha ordenado diga a Ud. que para proponer las socias dad le remita una propuesta en terna para cada una, cuidando de que en dicha propuesta reúnan las candidatas la indispensable calidad de ser notoriamente adictas a la Causa Nacional de la Federación a las que se requieren para el buen desempeño de un cargo tan delicado, y que además conste que los maridos, padres, hermanos o deudos inmediatos de dichas candidatas hayan dado testimonios públicos e intergiversables de su adhesión y fidelidad constante a esa Santa Causa, todo lo cual deberá expresarse al tiempo de elevar al gobierno las propuestas en la forma que queda prevenida".

A pesar de acatar todas estas dis-posiciones, la Sociedad de Beneficencia redujo considerablemente sus actividades durante la época rosista. El gobierno clausuró la Casa de Expósitos y suprimió la subvención para gastos y sueldos de las escuelas, ordenando el cierre sí las familias de las alumnas no las subvencionaban. Solo quedaron tres escuelas de la Beneficencia con no más de doscientas alumnas.

Con la caída de Rosas la Sociedad de Beneficencia renace nuevamente.

En 1857, con motivo de proponerse que la Sociedad de Beneficencia distribuyera los premios de las escuelas de color al mismo tiempo que los de las escuelas de niñas, Mariquita Sánchez de Mendeviíle, que por entonces se desempeñaba como secretaria de la entidad, objetó la medida con una argumentación de contenido netamente clasista y aun racista: "La igualdad ante la ley no quiere decir que no haya clases en la Sociedad", agregando que era conveniente evitar "conflictos estableciendo una igualdad que haría infelices a las gentes de color y a la alta clase". Terminaba diciendo que "aprobaba cuanta educación y bien se les pudiera hacer, pero manteniendo cada clase social en su lugar".

En 1876, la Sociedad de Beneficencia vio reducidas notablemente sus funciones al disponer la ley de Educación común el traspaso de las escuelas de niñas, hasta entonces a cargo de la Sociedad de Beneficencia, al Consejo General de Educación. Desde entonces, la Sociedad de Beneficencia no tuvo otra función que la asistencia social.

Ante la ola inmigratoria del ochenta, la formación del proletariado urbano y las luchas por las reivindicaciones sociales, la Sociedad de Beneficencia se convierte en uno de los bastiones de la reacción social. Uno de sus panegiristas, Carlos Ibarguren, dice al respecto: "La Sociedad de Beneficencia se ha conservado intacta en su estructura, no ha gravitado en su seno la influencia de los recién venidos, y es la única de nuestras instituciones que ha conservado en absoluto su abolengo patricio".

Ibarguren, perteneciente a la misma clase social que las damas de Beneficencia, ve en la institución una defensa de la tradición amenazada y un lazo con el pasado que añora: "Parece que se estremeciera todavía en los claustros apacibles de la vetusta casa de la Sociedad de Beneficencia, en sus bóvedas patinadas por los años y en sus macizas puertas, al alma del viejo Convento de la Merced.

Más adelante, el peronismo le dará el golpe de gracia. El conflicto se desata con el pretexto del nombramiento de la presidenta. Era tradicional en la Sociedad de Beneficencia ofrecerle la presidencia a la esposa del primer magistrado. Pero en esta ocasión, por primera vez, el nombramiento no llegó. Las Damas, muy sutilmente, alegan ante Eva Perón que es demasiado joven para ocupar ese cargo, a lo que Eva, más sutilmente aun, responde que, en ese caso, sea nombrada su madre.

Este ofrecimiento no tiene respuesta. Poco después, la Sociedad de Beneficencia es disuelta y Eva Perón, con un criterio muy distinto, crea la Fundación Eva Perón. En La razón de mi vida se formularán duros juicios sobré la beneficencia: "...para que la limosna fuese aun más miserable v más cruel inventaron la beneficencia, y así añadieron al placer perverso de la limosna el placer de divertirse alegremente con el pretexto del hambre de los pobres. La limosna y la beneficencia son para mí ostentación de riqueza y de poder para humillar a los humildes"

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli - La Historia Popular Tomo 15 - Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

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