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Luego
de la conquista, los españoles intentaron establecer una nueva sociedad en
América, pero su organización les presentó una serie de dilemas. El más
importante era qué hacer con los habitantes originarios de las tierras
conquistadas, a quienes llamaron indios.
Este dilema tenía su origen en la
discusión acerca de la naturaleza de los indios: si eran humanos o no. Luego de
una larga y acalorada polémica entre sabios españoles, entre quienes se destacó
Bartolomé de las Casas, se llegó a la conclusión de que los indígenas eran
humanos.

Por lo tanto, serían considerados legalmente como personas. Sin
embargo, como se los equiparaba con los menores de edad, debían ser tutelados
por los adultos (en este caso, los españoles). Además, desde un primer momento,
los reyes de España intentaron separar a los indios de los españoles, legal y
físicamente. Las dos “repúblicas” o comunidades —la de los españoles y la de los
indígenas— tenían existencia legal como entidades separadas entre sí. Esta
separación nunca fue efectiva y, desde un comienzo, ambas comunidades se
relacionaron e, incluso, se mezclaron.
Para
los indígenas americanos, la conquista significó un verdadero trauma. Eran los
vencidos en un choque violento que se desarrolló en varios frentes. Tanto su
existencia física como social y cultural estaba amenazada por la sola presencia
de los españoles. Con respecto a la existencia física, los españoles habían
traído de Europa enfermedades totalmente desconocidas en América, a causa del
aislamiento de este continente. La gripe, el sarampión y las paperas eran
inofensivas para los españoles. pero resultaron trágicas para los indígenas.
Este “choque biológico” causó, en toda América, un drástico descenso de la
población indígena a lo largo de los siglos XVI y XVII. El descenso demográfico
fue mayor en algunas zonas que en otras, de acuerdo a la intensidad del contacto
entre indígenas y españoles. En Nueva España, la zona más poblada del
continente, la población indígena pasó de unos veinte millones en 1519 a poco
más de un millón alrededor de 1610.
Además de este choque biológico, los indígenas tuvieron que enfrentarse con las
demandas de los vencedores. Cuando los españoles fundaban una ciudad, repartían
los indígenas entre sus hombres como recompensa por su participación en la
empresa de conquista y poblamiento. Este reparto se llamaba encomienda. De
acuerdo con la ley española, los encomenderos recibían los tributos de los
indios a su cargo y, a su vez, el encomendero debía darles protección y
enseñanza en la fe católica. Cada indio adulto debía pagar el tributo en bienes,
en trabajo o en moneda.
Este
sistema dio lugar a múltiples abusos por parte de los encomenderos. Además del
pago del tributo, los indígenas debían trabajar para los españoles en forma
rotativa en diferentes actividades, no sólo en la minería sino también en el
mantenimiento de caminos, construcciones públicas y limpieza de canales.
Las
presiones impuestas por los españoles causaron efectos muy diversos sobre los
indígenas. Algunos cayeron en el agotamiento, la desesperación y el desaliento
que los llevaron a la muerte. Esto ocurrió, por ejemplo, en Santo Domingo, donde
los indígenas se extinguieron ya en el siglo XVI, agotados por el sobretrabajo
exigido por los españoles. Otros huyeron de sus lugares de residencia, para
alejarse del encomendero y del tributo. En estos casos se produjeron grandes
migraciones indígenas tanto en Nueva España como en los Andes. Los que se
quedaron en sus lugares de origen lograron un acuerdo con el encomendero: podían
producir alimentos y venderlos en los mercados de las ciudades, para conseguir
dinero y pagar el tributo. También podían recurrir a la justicia española para
proteger sus tierras y bienes en caso de tener que enfrentar los abusos de un
encomendero. Así lo hicieron los indígenas de toda América, sobre todo los de
Nueva España y Perú. Como último recurso frente a las imposiciones españolas,
los indígenas se rebelaron, como ocurrió en varias ocasiones durante los siglos
XVI, XVIIy XVIII.
El
choque entre los indígenas y los españoles también fue social y cultural. La
pérdida de la autonomía de las sociedades indígenas significó un trauma para
ellos, sobre todo para los jefes indígenas, que fueron perdiendo su poder. Las
creencias indígenas fueron duramente atacadas por los españoles, quienes
buscaban lograr, como misión civilizadora, la incorporación de esos infieles a
la religión católica. El proceso de evangelización que comenzó con la conquista
ocasionó la “muerte” de los dioses indígenas. Esto no implicó la absoluta e
inmediata aceptación del catolicismo por los indígenas, sino que fue un proceso
gradual y nunca del todo concluido.
En el
otro extremo de la sociedad se encontraban los vencedores, los españoles. La
sociedad española en América no era uniforme. Si bien todos eran blancos, y esto
los diferenciaba muchísimo del resto, existían profundas diferencias entre
ellos. Principalmente, por su lugar de nacimiento: España (peninsulares) o
América (criollos).
También
por la fortuna. En el siglo XVI, los encomenderos se encontraban en la cúspide
de la sociedad. Estos, además de beneficiarse con el trabajo de los indios,
fueron controlando cada vez más tierras. La encomienda fue declinando su
importancia a fines del siglo XVI y los dueños de la tierras —los hacendados—
tomaron el lugar de los encomederos como grupo más poderoso económicamente.
Religiosos, comerciantes y altos funcionarios estaban un poco más abajo en la
escala social.
Estos cuatro grupos —hacendados, religiosos, comerciantes y altos
funcionarios— eran la “gente sana” de la población y la capa más alta de la
sociedad, suficientemente integrada mediante matrimonios y parentescos.
Más
abajo en la pirámide social, había una masa mucho más mezclada, tanto en las
ciudades como en el campo. Esta capa era una mezcla de colores y sangres, fruto
de los encuentros sexuales de las diferentes razas. Era el mundo del mestizaje:
artesanos, trabajadores, sirvientes, peones. Por debajo de ellos estaban los
negros, traídos de África en contra de su voluntad: eran esclavos domésticos de
las familias blancas ricas de las ciudades o eran esclavos rurales de las
haciendas y plantaciones, sobre todo, del Caribe y del Brasil.
La
religión y la Iglesia lo abarcaban todo: estaban presentes en todos los eventos
importantes, en las festividades y en la vida cotidiana de las personas, desde
el nacimiento hasta la muerte.
Fuente Consultada: Historia Argentina
(Secundaria) Santillana - Pensar La Historia 8º Año Esc. Media
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