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SOCIEDADES SECRETAS
LAS NUEVAS IDEAS CIENTÍFICAS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS EN EL SIGLO XVII

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Galileo Galilei

Galileo y la Iglesia

Renovación Científica

Giordano Bruno

Miguel Servet

Sociedades Secretas De La Iglesia

Los CIENTÍFICOS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS:

Galileo fue un abanderado de su tiempo, aunque no el único. Quizá el hecho de haber sido sometido a un juicio sumarisirno que le llevo a una posterior abjuración de sus teorías es lo que más ha trascendido al gran público. Pero el astrónomo de Pisa no estaba solo. A su alrededor y practicando la misma u otras disciplinas hubo muchos científicos que no siempre contaron con el beneplácito del poder establecido, que en aquel momento era la Iglesia.

En la época de Galileo, investigar significaba depender de los ricos y poderosos mecenas, quienes a su vez se dejaban «guiar» u orientar por la Iglesia. Un mecenas, por importante que fuera, difícilmente podía apoyar a alguien cuyas teorías no cuadrasen con el canon establecido. Esto generó que algo que había permanecido larvado despertase. Algo que se mantendría durante largo tiempo.., la conspiración, o si se prefiere, la conjura para poder «respirar de forma diferente».

Pese al omnímodo dominio de la Iglesia había otras formas de pensamiento, otros sistemas de entender la vida y de comprender la magnitud de las cosas a metodología no siempre pasaba por seguir a pies juntillas lo que ordenaban los dogmas religiosos. Era preciso prescindir de ellos logicamente hacerlo en secreto. En la época existieron numerosos grupos que. amparándose en otras filosofías, en el esoterismo y por supuesto, en el ocultismo de lejanas religiones orientales, dieron cauces y dinero a las nuevas ideas. Las sociedades secretas apoyaron los avances científicos y la ciencia se hizo conspirativa.

Llegó un momento en que las sociedades secretas no sólo habían crecido en número, sino también en integrantes. Su objetivo era claro: enfrentarse al poder establecido, liberarse de aquéllos que siempre les habían dictaminado qué y cuándo debían pensar. En aquel tiempo, eso significaba oponerse a la Iglesia y a sus dogmas. En muchos casos ya no era cuestión de defender una teoría científica, sino una forma de vida, de sociedad e incluso de política. Los conspiradores, o sea aquellos que no estaban conformes con el poder terrenal eclesiástico, debían unirse para actuar como una sola fuerza. Pero la verdad es que conspiraciones y formas de ejercer sus tramas hubo muchas. Por lo que cuando hablamos de sociedades secretas debemos tener en cuenta esa riqueza de matices.

Sea como fuera, las sociedades secretas llegaron a ejercer una altísima influencia. Consiguieron participar en episodios históricos tan relevantes como la Revolución Francesa, la Independencia de Estados Unidos y, ya más cerca de nosotros, en las guerras mundiales, por no hablar de otros hechos más contemporáneos. ¿Con qué fin? El autor de Ángeles y demonios nos ofrece en su obra algunas pistas al respecto, pero no debemos precipitarnos. Como toda buena trama, el complot precisa de los momentos apropiados y las circunstancias precisas para que dé el resultado esperado, aunque éste pueda tardar siglos en producirse.

LA SECRETA AVENTURA DE PENSAR LIBREMENTE:

A lo largo del siglo XVI se efectúa un cambio de formas y de filosofía en lo que a la ciencia se refiere. Nace una nueva ciencia más moderna, más experimental, y los investigadores comienzan a cuestionar las cosas que hasta ese momento parecían inamovibles. Lo de siempre ya no es totalmente válido; las normas establecidas comienzan a resquebrajarse.

Una nueva sociedad científica estaba viendo la luz y comenzaban a tambalearse los dogmas establecidos por los poderes de siempre, en especial por las jerarquías eclesiásticas. Ciertamente los investigadores tuvieron que mantener una exquisita discreción, a veces un secretismo absoluto, para poder llevar a cabo sus descubrimientos sin despertar las iras de la Iglesia. Hemos visto que Galileo fue sometido a penas de prisión y condenado a abjurar.

El médico y teólogo aragonés Miguel Servet, acusado de herejía por haber cuestionado el dogma de la Trinidad, fue condenado a morir en la hoguera; otros científicos y pensadores notables fueron perseguidos o murieron en extrañas circunstancias. El Vaticano y los «sabios» del sistema que recibían su protección y sus prebendas, estaban dispuestos a cualquier recurso para impedir que el afán de conocimiento acabara destruyendo su poderío. Pero los investigadores siguieron adelante, a menudo amparados en el secretismo, porque creían en la verdad expresada en este párrafo por el gran Galileo:

La ciencia está escrita en el más grande de los libros, abierto permanentemente ante nuestros ojos, el Universo, pero no puede ser comprendido a menos de aprender a entender su lenguaje y a conocer los caracteres con que está escrito. Está escrito en lenguaje matemático y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las que es humanamente imposible entender una sola palabra; sin ellas uno vaga desesperadamente por un oscuro laberinto..

Los científicos de la época de Galileo defendían que era preciso aprender a observar de nuevo los fenómenos y experimentos, con ideas nuevas. Claro que las cosas no siempre son tan sencillas, de ahí que la nueva ciencia debía hacerlo todo despacio y, por si ello no fuera suficiente, al margen de la ley establecida. Todos los investigadores y descubridores de aquel tiempo establecían sus especulaciones y teoremas en privado, en sus reuniones, pero no a través de la enseñanza oficial.

Ciertamente las universidades italianas del Renacimiento eran las mejores y las más agraciadas por los donativos proporcionados por sus ostentosos mecenas. Investigar y trabajar en otros lugares que no fueran Padua, Pisa, Bolonia o Pavia era arriesgarse a caer en el anonimato. Tan relevantes eran estas universidades, que la ciencia en aquella época hablaba o en italiano o en latín, las «lenguas puras» que marcaban las pautas de comunicación entre la sociedad científica. En sus claustros enseñaban los sabios de mayor renombre y, como contraprestación, se les ofrecía los mejores patrocinadores para sus investigaciones. Claro que no convenía recibir una subvención y correr el riesgo de que ésta fuera retirada porque el clero considerase que se había llegado más allá de lo que marcaban los dogmas.

Lo cierto es que no todas las universidades europeas reaccionaron favorablemente al cambio. Así la de Salamanca, que durante otros tiempos se había convertido en un punto de referencia en lo que a investigaciones anatómicas y astronómicas se refiere, durante ese periodo de cambio científico prefirió ser prudente. Su claustro no aceptó los nuevos postulados, refugiándose en las tradiciones clásicas que estaban aceptadas y amparadas por la Iglesia. Un caso similar se dio en La Sorbona, que no acepto las nuevas teorías científicas pues tenia que generasen problemas en la teología a la que estaba aferrada. Por el contrario la Universidad de Montpellier recibió con los brazos abiertos los aires de renovación.

Fuente Consultada: Mas Allá de Ángeles y Demonios de René Chandelle