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Los CIENTÍFICOS Y LAS SOCIEDADES SECRETAS:
Galileo fue un abanderado de su tiempo, aunque no el único. Quizá el hecho de
haber sido sometido a un juicio sumarisirno que le llevo a una posterior
abjuración de sus teorías es lo que más ha trascendido al gran público. Pero el
astrónomo de Pisa no estaba solo. A su alrededor y practicando la misma u otras
disciplinas hubo muchos científicos que no siempre contaron con el beneplácito
del poder establecido, que en aquel momento era la Iglesia.
En la
época de Galileo, investigar significaba depender de los ricos y poderosos
mecenas, quienes a su vez se dejaban «guiar» u orientar por la Iglesia. Un
mecenas, por importante que fuera, difícilmente podía apoyar a alguien cuyas
teorías no cuadrasen con el canon establecido. Esto generó que algo que había
permanecido larvado despertase. Algo que se mantendría durante largo tiempo..,
la conspiración, o si se prefiere, la conjura para poder «respirar de forma
diferente».
Pese
al omnímodo dominio de la Iglesia había otras formas de pensamiento, otros
sistemas de entender la vida y de comprender la magnitud de las cosas a
metodología no siempre pasaba por seguir a pies juntillas lo que ordenaban los
dogmas religiosos. Era preciso prescindir de ellos logicamente hacerlo en
secreto. En la época existieron numerosos grupos que. amparándose en otras
filosofías, en el esoterismo y por supuesto, en el ocultismo de lejanas
religiones orientales, dieron cauces y dinero a las nuevas ideas. Las sociedades
secretas apoyaron los avances científicos y la ciencia se hizo conspirativa.
Llegó
un momento en que las sociedades secretas no sólo habían crecido en número, sino
también en integrantes. Su objetivo era claro: enfrentarse al poder establecido,
liberarse de aquéllos que siempre les habían dictaminado qué y cuándo debían
pensar. En aquel tiempo, eso significaba oponerse a la Iglesia y a sus dogmas.
En muchos casos ya no era cuestión de defender una teoría científica, sino una
forma de vida, de sociedad e incluso de política. Los conspiradores, o sea
aquellos que no estaban conformes con el poder terrenal eclesiástico, debían
unirse para actuar como una sola fuerza. Pero la verdad es que conspiraciones y
formas de ejercer sus tramas hubo muchas. Por lo que cuando hablamos de
sociedades secretas debemos tener en cuenta esa riqueza de matices.
Sea
como fuera, las sociedades secretas llegaron a ejercer una altísima influencia.
Consiguieron participar en episodios históricos tan relevantes como la
Revolución Francesa, la Independencia de Estados Unidos y, ya más cerca de
nosotros, en las guerras mundiales, por no hablar de otros hechos más
contemporáneos. ¿Con qué fin? El autor de Ángeles y demonios nos ofrece en su
obra algunas pistas al respecto, pero no debemos precipitarnos. Como toda buena
trama, el complot precisa de los momentos apropiados y las circunstancias
precisas para que dé el resultado esperado, aunque éste pueda tardar siglos en
producirse.
LA SECRETA AVENTURA DE PENSAR LIBREMENTE:
A lo
largo del siglo XVI se efectúa un cambio de formas y de filosofía en lo que a la
ciencia se refiere. Nace una nueva ciencia más moderna, más experimental, y los
investigadores comienzan a cuestionar las cosas que hasta ese momento parecían
inamovibles. Lo de siempre ya no es totalmente válido; las normas establecidas
comienzan a resquebrajarse.
Una
nueva sociedad científica estaba viendo la luz y comenzaban a tambalearse los
dogmas establecidos por los poderes de siempre, en especial por las jerarquías
eclesiásticas. Ciertamente los investigadores tuvieron que mantener una
exquisita discreción, a veces un secretismo absoluto, para poder llevar a cabo
sus descubrimientos sin despertar las iras de la Iglesia. Hemos visto que
Galileo fue sometido a penas de prisión y condenado a abjurar.
El
médico y teólogo aragonés Miguel Servet, acusado de herejía por haber
cuestionado el dogma de la Trinidad, fue condenado a morir en la hoguera; otros
científicos y pensadores notables fueron perseguidos o murieron en extrañas
circunstancias. El Vaticano y los «sabios» del sistema que recibían su
protección y sus prebendas, estaban dispuestos a cualquier recurso para impedir
que el afán de conocimiento acabara destruyendo su poderío. Pero los
investigadores siguieron adelante, a menudo amparados en el secretismo, porque
creían en la verdad expresada en este párrafo por el gran Galileo:
La ciencia está escrita en el más
grande de los libros, abierto permanentemente ante nuestros ojos, el Universo,
pero no puede ser comprendido a menos de aprender a entender su lenguaje y a
conocer los caracteres con que está escrito. Está escrito en lenguaje matemático
y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las
que es humanamente imposible entender una sola palabra; sin ellas uno vaga
desesperadamente por un oscuro laberinto..
Los
científicos de la época de Galileo defendían que era preciso aprender a observar
de nuevo los fenómenos y experimentos, con ideas nuevas. Claro que las cosas no
siempre son tan sencillas, de ahí que la nueva ciencia debía hacerlo todo
despacio y, por si ello no fuera suficiente, al margen de la ley establecida.
Todos los investigadores y descubridores de aquel tiempo establecían sus
especulaciones y teoremas en privado, en sus reuniones, pero no a través de la
enseñanza oficial.
Ciertamente las universidades italianas del Renacimiento eran las mejores y las
más agraciadas por los donativos proporcionados por sus ostentosos mecenas.
Investigar y trabajar en otros lugares que no fueran Padua, Pisa, Bolonia o
Pavia era arriesgarse a caer en el anonimato. Tan relevantes eran estas
universidades, que la ciencia en aquella época hablaba o en italiano o en latín,
las «lenguas puras» que marcaban las pautas de comunicación entre la sociedad
científica. En sus claustros enseñaban los sabios de mayor renombre y, como
contraprestación, se les ofrecía los mejores patrocinadores para sus
investigaciones. Claro que no convenía recibir una subvención y correr el riesgo
de que ésta fuera retirada porque el clero considerase que se había llegado más
allá de lo que marcaban los dogmas.
Lo
cierto es que no todas las universidades europeas reaccionaron favorablemente al
cambio. Así la de Salamanca, que durante otros tiempos se había convertido en un
punto de referencia en lo que a investigaciones anatómicas y astronómicas se
refiere, durante ese periodo de cambio científico prefirió ser prudente. Su
claustro no aceptó los nuevos postulados, refugiándose en las tradiciones
clásicas que estaban aceptadas y amparadas por la Iglesia. Un caso similar se
dio en La Sorbona, que no acepto las nuevas teorías científicas pues tenia que
generasen problemas en la teología a la que estaba aferrada. Por el contrario la
Universidad de Montpellier recibió con los brazos abiertos los aires de
renovación.
Fuente Consultada: Mas Allá de Ángeles
y Demonios de René Chandelle
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