|
EL
SOL: Si
bien el Sol, en cuanto objeto astronómico, no es más que una estrella promedio,
relativamente débil y fría, para nosotros, habitantes de uno de sus satélites,
resulta indispensable conocerlo en detalle, pero además nuestra ubicación
privilegiada, nos brinda la posibilidad, a través suyo, de conocer muy bien una
estrella y, en base a ello, construir y probar las teorías sobre la naturaleza
de las estrellas en general.
Lo
que sucede en el Sol concierne a mucha gente y no sólo a los astrónomos. Las
erupciones solares pueden callar las comunicaciones de radio de largo rango,
interrumpir sistemas de potencia y cambiar las órbitas de los satélites. Muchas
actividades espaciales y terrestres requieren un buen conocimiento de las
condiciones presentes en el Sol y de su comportamiento en el futuro. Hasta se ha
desarrollado una organización internacional para monitorear la actividad solar
de hora en hora y transmitir informes a todo el mundo.
Existen geoalertas de dos categorías: la primera incluye la radiación
electromagnética del Sol, principalmente rayos x, radiación ultravioleta y ondas
de radio, que llegan a la velocidad de la luz. El brillo del Sol en rayos x
puede aumentar 10.000 veces o más en un período muy breve durante las
explosiones conocidas como “fiares” solares . Este baño de rayos x afecta la
ionosfera terrestre hasta tal punto que puede llegar a cortar virtualmente las
comunicaciones de radio de onda corta en la parte del planeta en que es de día.
La
segunda concierne a la actividad geomagnética (recordemos que un campo eléctrico
variable genera un campo magnético). La misma está causada por el viento solar,
nubes tenues de protones, electrones y iones del Sol que se encuentran con el
campo magnético terrestre. Cuando el Sol está calmo, estas partículas cargadas
fluyen de manera continua, uniforme a unos 400 km/seg. Un aumento de actividad
solar puede transformar al viento en violento huracán. Sus ráfagas se abaten
sobre el campo geomagnético, afectando la ionosfera y la superficie de la Tierra
de varias formas, entre otras induciendo corrientes eléctricas en conductores
largos como líneas de potencia y cables de teléfono. Durante su paso el viento
solar barre gases evaporados de planetas y cometas, finas partículas de polvo
meteorítico y rayos cósmicos de origen galáctico. Su influencia se extiende a
‘través del espacio interplanetario y provoca las auroras polares y las
tormentas magnéticas en la Tierra.
También estas tormentas geomagnéticas, causadas por perturbaciones abruptas del
campo magnético terrestre interfieren con las comunicaciones de radio y
teléfono. Una serie de observaciones solares y geomagnéticas revelaron una
correlación entre la aparición de estas tormentas y la aparición, uno o dos días
antes, de erupciones solares.
Pero
además de estos efectos perniciosos para las actividades terrestres, el Sol,
siendo la estrella más cercana, presenta enormes ventajas astrofísicas. Su
estudio nos ayuda a elucidar detalles de otras estrellas mucho más lejanas e
inaccesibles incluso para el moderno instrumental astronómico y nos permite
verificar teorías de evolución estelar.
El
Sol emite, continua o esporádicamente todo el espectro de radiación
electromagnética, desde rayos X, a través del ultravioleta, visible e
infrarrojo, hasta radio ondas. La radiación de distintas longitudes de onda
proviene de capas situadas a distintas profundidades en la atmósfera solar. Las
características del fotón que atraviesa el gas solar y llega hasta nosotros
están determinadas por las propiedades del gas, que varían con la altura. Variar
la longitud de onda de la observación equivale a realizar un barrido de la
atmósfera solar.
Además de la radiación hemos dicho que el Sol emite partículas como protones,
electrones y núcleos de helio, a los que acelera a velocidades de unos pocos
cientos a miles de kilómetros por segundo en el viento solar, y de unas decenas
de miles de kilómetros por segundo en los rayos cósmicos solares.
Mediante el análisis de estos mensajeros de luz y materia podemos describir las
propiedades del Sol en las regiones de donde fueron emitidos. Las observaciones
solares, como las de todos los objetos celestes, requieren técnicas muy
diferentes, dependiendo de la región del espectro en consideración; también
requieren el uso de instrumentos especiales, como radio heliogramas, torres
solares y coronógrafos ya que, a diferencia de lo que sucede con el resto de los
cuerpos celestes, en el caso del Sol es necesario adecuar los instrumentos de
observación a la gran cantidad de luz que nos llega de él. En la actualidad la
tecnología de las observaciones solares ha avanzado enormemente. El más grande
de los observatorios solares orbitales, la estación tripulada Skylab, tenía 8
telescopios grandes, incluyendo uno corono-gráfico. Desde mayo de 1973 hasta
febrero de 1974 los astronautas trajeron a Tierra miles de fotografías
reveladoras de las maravillas de la atmósfera solar. El satélite más reciente,
el SMM (Solar Maximum Mission) fue puesto en órbita en 1980 para examinar el Sol
en el máximo de su ciclo de actividad y regresó a la Tierra en diciembre de
1989.
Hasta
el momento, el Sol es la única estrella con dimensiones, masa, luminosidad y
edad conocidas. Para los astrofísicos esto es lo único, pero a su vez lo más
importante, que lo distingue de otras estrellas. Ya nos hemos referido en el
capítulo 2 a la distancia Tierra-Sol y a los métodos utilizados para medirla. El
diámetro del Sol se determina igual que el de la Luna: su disco subtiende un
ángulo de aproximadamente medio grado que, a una unidad astronómica de
distancia, equivale a 1.393.000 km: ¡la órbita de la Luna cabría cómodamente
dentro del Sol!
La
masa del Sol se calcula a partir de la órbita de la Tierra y de acuerdo a las
leyes de Newton. Si la Tierra se detuviera en su movimiento orbital cae-ría
hacia el Sol a razón de 2,8 mm./seg. La curvatura de la órbita terrestre es
precisamente una consecuencia de esa desviación con respecto al movimiento
rectilíneo. Usando las leyes de la mecánica resulta que la masa del Sol es de
1,992 x iO~ gramos.
El
valor de la gravedad en la superficie de un cuerpo es proporcional a su masa
dividida por el cuadrado de su radio, tal como vimos al enunciar las leyes de
Newton. En la superficie del Sol entonces, la gravedad es unas 28 veces mayor
que sobre la Tierra y un objeto que pesara aquí 10 kg en el Sol pesaría unos 279
kg. Este valor tiene interés para determinar la velocidad
con
que un cuerpo podría escapar de la atracción gravitatoria solar y lanzarse al
espacio. En particular determina la capacidad del Sol para retener su atmósfera.
Ya a
mediados del siglo pasado se había indicado que el Sol es una esfera de materia,
especialmente hidrógeno, en estado gaseoso. Por lo tanto, para comprenderlo
debemos estudiar
Algunas propiedades de los gases
Los
átomos o moléculas de cualquier cuerpo están en continuo movimiento y chocando
entre sí. Imaginemos por ejemplo, las moléculas de una gota de agua. Las fuerzas
intermoleculares impiden que la gota se rompa o desaparezca y mantienen a las
moléculas relativamente juntas, por eso, cuando una gota de lluvia se desplaza
sobre la ventana, se deforma pero sigue siendo una gota de agua. Al aumentar la
temperatura del agua, el movimiento de las moléculas aumenta y también el
volumen entre ellas. Calentando el liquido aún más, llega un momento en que la
fuerza entre las moléculas no es suficiente para mantenerlas juntas y comienzan
a separarse. En esta fase se forma el vapor de agua y las moléculas están muy
alejadas unas de otras.
Imaginemos ahora el vapor de agua, o cualquier otro gas, en un recipiente. Las
moléculas chocarán contra las paredes y ejercerán así una fuerza contra ellas.
Si el recipiente tiene un pistón, será necesario aplicar una fuerza sobre él
para mantenerlo en la misma posición: esta fuerza se llama presión (en realidad
la fuerza es la presión por el área). Obviamente la fuerza es proporcional al
área ya que si aumentamos el área manteniendo el número de moléculas por cm3
aumenta el número de colisiones con el pistón en la misma proporción en que se
aumentó el área.
Dupliquemos ahora el número de moléculas en el recipiente, de manera de duplicar
la densidad, y mantengamos sus velocidades, es decir la temperatura. Entonces,
en buena aproximación el número de colisiones se duplicará. Así la presión
resulta proporcional a la densidad.
Si se
aumenta la temperatura sin cambiar la densidad del gas, es decir si se aumenta
la velocidad de los átomos, ¿qué pasará con la presión? Los átomos golpean más
fuerte, porque se mueven más ligero, y además golpea mas seguido, en
consecuencia la presión aumenta. Este mismo principio se utiliza en el
termómetro de mercurio: el aumento de la temperatura dilata el contenido del
tubo y lo hace subir ya que en este caso no hay pistón.
Consideremos otra situación. Supongamos que el pistón se mueve hacia
abajo, comprimiendo el gas. Cuando un átomo golpea el pistón en movimiento su
velocidad aumenta y entonces los átomos se calientan. Por lo tanto, bajo
compresión lenta, un gas aumenta su temperatura mientras que, bajo expansión
lenta, la disminuye.
Si la
temperatura disminuye mucho, los átomos se mueven más lentamente y forman, en el
caso del agua, hielo. Se alcanza, entonces, la fase sólida.
El
Sol, que es una pelota de gas, obedece estas mismas leyes. En él, todo elemento
de volumen está sometido, por un lado a la fuerza de gravedad que
tiende a llevarlo hacia el centro (donde está concentrada la mayor parte de su
masa) y por otro, soporta la presión del gas que tiende a llevarlo hacia la
superficie . Cuando ambas fuerzas son iguales se dice que el gas está en
equilibrio hidrostático.
Siendo gaseoso, el Sol no presenta abruptas discontinuidades como las que
separan el aire, el agua y los continentes en la Tierra, aunque sí se lo puede
considerar como compuesto de varias capas concéntricas, de características
diversas, de distinta densidad y temperatura. La fotosfera, la cromosfera y la
corona son capas del Sol superpuestas como cáscaras de cebolla. Estas capas no
son homogéneas y contienen estructuras difusas cuyo carácter variable es la base
del concepto de actividad solar. Los ciclos, las manchas y erupciones son
manifestaciones de esta actividad.
Las
manchas solares, parecen oscuras porque son frías, 1.700°K más frías que las
regiones circundantes de 6.0000K. La temperatura en la región central de las
manchas puede caer a 3.000°K.
En
1908, G. Hale notó que algunas líneas espectrales aparecían dobles en las
regiones con manchas. Este fenómeno, conocido como efecto Zeeman, permite medir
la intensidad del campo magnético que resulta proporcional a la separación de
las líneas. En la superficie del Sol, este campo alcanzó unos 2.500 a 3.000
gauss, un valor 6.000 veces mayor que el terrestre.
El
mapa magnético de una región activa indica que estos campos tan fuertes no están
restringidos a las manchas, sino que también aparecen en las regiones brillantes
llamadas fáculas. El brillo de estas zonas se puede explicar por las
altas temperaturas presentes, pero resulta difícil entender que campos
magnéticos igualmente intensos puedan producir regiones calientes y brillantes
como las fáculas y otras frías y oscuras como las manchas.
Además de los rasgos propios de la superficie solar, debemos mencionar las nubes
luminosas de gas situadas a gran altura, algunas casi estacionarias y otras que
se proyectan hacia arriba como erupciones sobre la corona que luego se
precipitan en caída. Son las “protuberancias”, llenas de información sobre las
condiciones reinantes cerca de la superficie solar. Su temperatura (8 0000K) es
mucho menor que la de la corona, que alcanza un millón de grados. Esta
diferencia puede ser explicada nuevamente debido a los fuertes campos
magnéticos. Las protuberancias pueden alcanzar alturas de hasta un radio solar y
velocidades cercanas a los 100 km/seg.
La
atmósfera solar se ve sacudida periódicamente por erupciones, fenómenos
violentos cuyos efectos, como hemos dicho, se pueden sentir hasta en la Tierra.
Una erupción se caracteriza por un gran aumento de brillo en la cromosfera. Hay
varios tipos de eventos eruptivos, que se clasifican de acuerdo al área de
emisión, pero su característica común es lo abrupto del fenómeno (en menos de un
minuto las intensidades de las líneas aumentan unas 10 veces). Luego, en un
período que varía entre 10 minutos y una pocas horas, la emisión vuelve a su
nivel normal.
El
Sol se comporta como un dínamo gigante. Su campo magnético aumenta a medida que
subimos en su atmósfera y es el responsable del encendido de las erupciones.
Dicho campo surge a partir de una corriente eléctrica originada en el corazón de
esta enorme esfera de gas rotante, por el movimiento de los electrones y
protones.
Como
todos los cuerpos gaseosos rotantes, el Sol no es exactamente esférico, pero
como su velocidad de rotación es tan pequeña (el período rotacional varía de 25
días en la región ecuatorial a cerca de 35 en los polos) el achatamiento
ecuatorial resultante es un tema de controversia. El período de rotación se
determina fácilmente en las regiones donde hay manchas solares y la diferencia
entre las velocidades de rotación polares y ecuatoriales se debe a que no rota
como un cuerpo sólido.
La fuente de energía solar
Todos
los intentos realizados en la primera mitad del siglo XIX para comprender cual
era la fuente de energía del Sol —problema que hasta ese entonces no había sido
considerado— resultaban insatisfactorios. En 1854, el físico alemán H. Von
Helmholtz propuso que la única fuente de energía conocida que podía alimentar al
Sol y que no provocaba complicaciones era su propia contracción. Según esta
teoría, la masa solar cae lentamente hacia adentro por su propio peso y la
energía producida por esta caída se convierte en radiación suficiente para
alimentar al Sol durante muchos milenios.
Sin
embargo, si el Sol se ha estado contrayendo durante millones de años, su tamaño
inicial debió ser tan grande que habría llegado hasta la órbita de la Tierra.
Nuestro planeta sólo podía haberse formado una vez que el Sol se hubiera
contraído suficientemente y entonces su edad no podía ser mayor de algunas
decenas de millones de años. Pero los geólogos y biólogos tenían fundadas
sospechas, ya en esa época, de que la Tierra debía tener por lo menos algunos
centenares de millones de años y, tal vez, mil millones o más. Ambas
observaciones resultaban incompatibles.
A
fines de siglo se descubrió una fuente de energía que resultó de gran
importancia en la resolución de este problema: la radiactividad. Casi todos los
elementos conocidos en la Tierra son estables, pero algunos de ellos (los de
número atómico 43,61 o superiores a 83) no pueden existir indefinidamente. Tarde
o temprano se desintegran en átomos estables. Esto no sucede necesariamente de
manera instantánea y un elemento inestable puede llegar a durar mucho tiempo. El
todo y el uranio, de número atómico 90 y92 respectivamente, sobreviven miles de
millones de años antes de desintegrarse en plomo (de número atómico 82). De
hecho en los 4 mil millones de años de vida de la Tierra sólo el 20% del tono y
el 50% del uranio originales se han desintegrado.
En
1901 el físico francés P. Curie (1859-1906) demostró que la radiactividad iba
acompañada de pequeñas cantidades de calor. Como las desintegraciones
radiactivas podían prolongarse por miles de millones de años, la cantidad total
de calor producida de esta manera podía ser enorme. La parte del átomo que se
desintegra y libera energía por radiactividad es el núcleo. Por lo tanto esta
nueva fuente de energía se llamó energía nuclear. Pero el Sol es de hidrógeno (ii)
(de número atómico 1), no de uranio o tono. Entonces éste no puede ser el
suministro de la energía solar.
elemento muy estable; el más estable después del H1, inclusive a temperaturas
muy elevadas. Los elementos que siguen a éstos en complejidad son muy inestables
e inevitablemente decaen en alguno de ellos. Por lo tanto cuando el universo se
expandió y enfrió hasta el punto en que no fue posible la formación de núcleos
más complicados, sólo existían cantidades apreciables de H1 y He4. La teoría del
big-bang explica de manera satisfactoria las cantidades actuales de 1-1 y He en
el universo y éste es otro de sus éxitos observacionales. Esto explica también
la composición del Sol. Pero ¿cómo se forman los elementos más pesados, aquellos
de los que nosotros mismos estamos formados?
Para
responder esta pregunta debemos comprender los procesos que tienen lugar en el
centro de las estrellas. Igualmente, para comprender la historia del Sol, desde
su nacimiento hasta su muerte, un período de unos 10 mil millones de años, es
necesario estudiar otras estrellas en distintas etapas evolutivas. Abordaremos
este problema en el próximo capítulo.
El enigma de los neutrinos del Sol
El
análisis de la luz que nos llega de las estrellas devela solamente las
condiciones que reman en sus superficies: temperatura, composición química, la
agitación o rotación de su parte más externa. Para comprenderlas totalmente
habrá que penetrar debajo de esa piel, adentrarse en las profundidades donde
nace la energía de las reacciones nucleares e inicia su largo camino hacia la
superficie.
Para
penetrar de esta manera en el corazón de las estrellas se usó durante mucho
tiempo el análisis teórico. El método consistía en construir modelos de
estrellas de las que se daba la composición química inicial y seguir, mediante
cálculos dictados por la física, su estructura y evolución. A partir de 1950
este tipo de análisis ha alcanzado gran refinamiento debido al avance de la
física nuclear, el desarrollo de grandes computadoras, el aumento del número de
astrofísicos y la acumulación de observaciones más precisas y sistemáticas.
Pero
en principio es posible observar otra radiación procedente de las estrellas: los
neutrinos. Estas pequeñas partículas, sin carga y mucho más livianas que los
electrones, se producen en las reacciones nucleares que ocurren en el corazón de
las estrellas. El neutrino fue predicho por W. Pauli y E. Fermi en 1930 para
explicar ciertas propiedades de la radiactividad, pero su existencia fue
confirmada experimentalmente recién en 1958. Su característica más importante es
poder atravesar enormes cantidades de materia sin sufrir interacciones,
recorriendo así todo el espesor de la estrella sin aminorar su velocidad ni ser
difundidos como ocurre con los fotones de la radiación óptica. Si se los puede
observar, contemplaremos directamente lo que sucede en la región central de la
estrella. Los neutrinos desempeñarán, entonces, un papel análogo al de los rayos
x, que permiten ver el interior de un ser vivo.
Si
bien el Sol pierde energía emitiendo neutrinos (se estima que un 3% de su
energía se emite de esta forma), la escasez de interacciones con la materia
implica también una desventaja: del flujo de neutrinos que atraviesa un
detector, sólo una fracción muy pequeña interactuará con él y podrá ser
develada. Este fenómeno obliga, por lo tanto, a utilizar detectores enormes y
sólo se pueden registrar, incluso en las mejores condiciones, flujos de
neutrinos muy intensos. En la práctica con esta técnica sólo podemos observar el
Sol, pues las demás estrellas, demasiado alejadas, dan lugar a flujos de
neutrinos muy débiles.
Los
resultados de los experimentos de detección de neutrinos solares han conmovido
los cimientos de la astrofísica, pues el flujo observado es dos veces más
pequeño que el predicho por la teoría. Los modelos del interior solar pasan
todas las pruebas a que han sido sometidos y durante 20 años los científicos no
han logrado elaborar una alternativa factible. Es decir que no parece posible
modificar las predicciones teóricas. La hipótesis más interesante es que los
detectores sólo reaccionan ante un tipo de neutrinos, el llamado
neutrino-electrón. Sin embargo existen otros dos tipos: el neutrinomuón y el
neutrino-tauón. Los neutrinos solares, que viajan a la velocidad de la luz,
tardan 8 minutos en llegar a la Tierra. Si en ese lapso los neutrinos-electrones
se convirtieran en muones o tauones no podrían ser detectados. Esto significaría
que los neutrinos deberían tener una pequeña masa, diferente para cada tipo, lo
que a su vez tendría consecuencias importantes para los modelos sobre el origen
y evolución del universo.
Todavía no hay una explicación convincente; esto deja a los astrofísicos la
sensación de que hay procesos más complicados en el centro solar que aún no
conocemos.
Fuente Consultada: Notas Celestes de Carmen Nuñez
|