|
Ocurrió hace una década, en julio de 1995: a medio camino entre Atenas y Roma,
dos de las cunas de la civilización europea: las tropas serbias de Bosnia,
dirigidas por el general Ratko Miadic, tomaron el enclave bosnio musulmán de
Srebrenica y ejecutaron a más de 8.000 varones de entre 16 y 60 años de edad. No
sólo fue la peor masacre perpetrada en Europa desde la Segunda Guerra Mundial,
sino también una operación militar que burló con una pasmosa facilidad la
vigilancia de los 600 soldados holandeses enviados por la ONU para proteger la
ciudad. Desde entonces, Srebrenica se convirtió en sinónimo del cargo de
conciencia de miles de europeos que fueron testigos de la indiferencia —y la
complicidad?— con que sus gobiernos y las tropas de la ONU asistieron a la
masacre. En Srebrenica las matanzas y los recuerdos se entremezclan en un
presente continuo. Han pasado diez años, pero en el calendario de las víctimas
el tiempo parece congelado porque muchos culpables siguen en libertad.

LA FÁBRICA DE LA MUERTE.
A
cinco kilómetros al norte, en Potocari, se yerguen las ruinas de una vieja
fábrica de baterías donde el 11 de julio de 1995 se hacinaron 25.000 civiles
aterrorizados. Ahora se ha convertido en monumento en memoria de las víctimas
con un monolito en el que está inscripta una frase conocida para los argentinos:
“Nunca más”. Bajo ese monumento están enterradas 1.327 personas. Otras 500
victimas recientemente identificadas fueron enterradas en julio pasado, cuando
se conmemoraba el aniversario de la matanza. En Tuzla y Vísoko, 5.000 bolsas con
restos humanos esperan en las morgues el derecho a recuperar sus identidades.
Hatidza Mehmedovic tiene 53 años y es presidenta de Madres de Srebrenica una ONG
dedicada a buscar desaparecidos. Ella busca a su marido y a sus hijos, de 21 y
18 años. En 2003, en la inauguración del memorial, no le permitieron hablar ante
las autoridades, pero Hatidza pudo gritarle al ex presidente de Estados Unidos,
BiU Clinton: “Por qué no hizo algo? ¿Por qué no hizo nada?”.
En
diez años de investigaciones del Tribunal Penal Internaotinal para la antigua
Yugoslavia —como acusados de genocidio, crímenes de guerra y crímenes
contra la humanidad sólo e Srebrenica—, se ha logrado, tras cientos de
audiencias, establece los hechos.
El 2
de julio de 1995, el general Ratko Mladic decidió atacar el enclave. Ese día
arengó a sus hombres: “Ha llegado la hora de acabar con los turcos”. Mantuvo en
silencio sus comunicaciones y cuando en la mañana del 6 lanzó un doble avance
desde el sur sorprender a los 40.000 habitantes del enclave musulmán. Los 400
cascos azules, diseminados y escasos de armas y municiones, optaron por el
repliegue a la fábrica de baterías, y el 11 de julio, sin oposición de la Armija
(ejército bosnio), la ciudad cayó.
Ese
día, los habitantes de Srebrenica se organizaron en dos grupos. Unos 25.000, la
mayoría mujeres, niños y ancianos, se refugiaron en la fábrica-cuartel del
batallón holandés y otros 15.000, entre ellos los 5.000 defensores del enclave,
se agruparon en un bosque próximo. Su única opción era escapar hacia Tuzla, en
territorio controlado por el gobierno de Sarajevo.
El
día 12, el general Mladic, eufórico, apareció en Potocari acompañado de cámaras
de la televisión serbiobosnia, repartió chocolatines entre los niños y prometió
a los civiles que serían
evacuados en micros a una zona segura. Después, con los focos apagados, ordenó
la separación de los varones en edad de combatir para “localizar a los
criminales de guerra”.
Los
cascos azules se dejaron desarmar y franquearon la entrada de la fábrica a las
tropas de Mladic para localizar a los presuntos combatientes. De ahí salieron
presos 1.700 hombres. A algunos les pasaron los blindados por encima; a los
otros, los fusilaron. Un testigo vio cómo una excavadora y tres camiones
repletos de musulmanes se internaban en un bosque y volvían vacíos. Los
holandeses elaboraron una lista de 242 varones a los que pretendían salvar.
Ninguno ha aparecido con vida.
De
los más de 30.000 habitantes de Srebreníca que en 1995 salvaron la vida, han
retornado 4.000. De los más de 8.000 muertos y desaparecidos se sabe que 1.042
eran menores de 18 años. Los pocos hombres que deambulan por la ciudad son
sobrevivientes de la columna de Tuzla. Los 1.700 varones de Potocari fueron
asesinados.
LA GUERRA SUCIA DEL PENTÁGONO.
Durante cinco años, el profesor Cees Wiebes, de la Universidad de Amsterdam,
tuvo acceso ilimitado a los archivos de las agencias de inteligencia holandesas
y visitó asiduamente los cuarteles de los servicios secretos en las capitales de
Occidente, indagando sobre la masacre.
Sus
hallazgos fueron consignados en el informe titulado “Los servicios de
inteligencia y la guerra de Bosnia entre 1992 y 1995”, el cual incluye material
extraordinario sobre operaciones encubiertas, interceptación de comunicaciones,
espionaje y engaños, realizados por docenas de agencias de inteligencia en una
de las guerras más sucias del nuevo orden mundial.
El
informe detalla la alianza secreta entre el Pentágono y los grupos islámicos
radicales del Medio Oriente encargados de ayudar a los bosnios musulmanes.
Algunos de estos grupos ahora son combatidos por el mismo Pentágono en la
llamada “guerra contra el terrorismo”. Con lo cual, sus operaciones encubiertas
en Bosnia le pagaron en su propia moneda.
Tanto
en Afganistán como en el Golfo Pérsico, el Pentágono había adquirido compromisos
con los grupos islámicos y sus patrocinadores del Medio Oriente. En 1993 estos
grupos radicales, que recibían apoyo de Irán y Arabia Saudita, estaban
desesperados por prestar 3 ayuda a los bosnios musulmanes en su lucha dentro de
la antigua Yugoslavia. Para ello recabaron la reciprocidad de los
norteamericanos. Bill Clinton y el Pentágono se mostraron dispuestos a responder
a sus promesas y montaron una operación del estilo Irán-Contras, violando
flagrantemente el embargo de las Naciones Unidas contra el suministro de armas a
cualquiera de los combatientes en Yugoslavia.
El
resultado fue una vasta operación secreta de contrabando de armas a través de
Croacia, la cual fue arreglada por la agencias de inteligencia de EE.UU.,
Turquía e Irán, trabajando en conjunto con grupos islámicos radicales que
incluían desde los mujaidines afganos hasta el proiraní Hezbollah. Esa operación
también fue el trasfondo sobre el que se consumó el tráfico de armas argentinas
a los Balcanes durante la administración de Carlos Menem.
Wiebes revela que los servicios de inteligencia británicos obtuvieron pruebas
documentales de que desde el comienzo de la guerra en Bosnia, Irán realizaba
entregas de armas directamente a los musulmanes. Al mismo tiempo, los servicios
secretos de Ucrania, Grecia e Israel se encontraban muy ocupados armando a los
serbiobosnios.
TRÁFICO DE ARMAS.
Más
que la CIA, fu el propio servicio secreto del Pentágono que operó como el poder
oculto detrás de es tas operaciones. La fuerza de protección de ONU dependía de
la capacidad de monitoreo de EE.UU para vigilar el cumplimiento d embargo sobre
el comercio de armas en la región. Esto le dio al Pentágono la posibilidad de
manipular el cumplimiento del embargo voluntad.
El
tráfico de armas era un secreto a voces en el sitiado enclave desmilitarizado de
Srebrenica. Cuando los embarques fueron descubiertos, los norteamericanos
presionaron a la fuerza de protección de la ONU para que modificara sus
informes.
La
conclusión más importante del informe. de inteligencia sobre Srebrenica es
clara. Aquellos que contaron con poderosos servicios de inteligencia, incluyendo
a los norteamericanos y a los serbiobosnios, tuvieron la capacidad de salirse
con la suya. Al contrario, que la ONU y el gobierno holandés estuvieran
“privados de los medios y la capacidad para obtener informes de inteligencia”
sobre el despliegue de fuerzas en este enclave, ayuda a entender por qué se
equivocaron y contribuyeron a los terribles hechos que allí tuvieron lugar.
Durante la década transcurrida desde el fin de la guerra, las fuerzas de
pacificación de la OTAN sólo han hecho tres intentos de detener a Radovan
Karadzic, ex dirigente de lo serbiobosnios. El temible Ratko Miadicviv en Serbia
y la Unión Europea no hace nada para que lo detengan, salvo ofrecer vagas pro
mesas de abrirle el camino a la incorporación a la UE si el gobierno serbio
convence a Mladic para que se presente en La Haya.
El
principal arquitecto de las guerras de los Balcanes, Slobodan Milosevic, está en
La Haya, pero Serbia sigue todavía negando los crímenes cometidos en su nombre,
y lo mismo puede decirse de Croacia. Hace mucho tiempo que se ha desvanecido
cualquier esperanza de que el proceso del Tribunal Internacional y las pruebas
que dolorosamente están exponiéndose en público tengan un efecto ejemplificador.
Se
han entregado varios acusados de diversos delitos de otros países balcánicos y
durante los últimos meses se ha observado una ligera aceleración en el número de
serbios con cargos de importancia, que se entregaron a la Justicia. Sin embargo,
hasta que Miadic, el más1 sanguinario de los asesinos, no esté tras las rejas,
la mancha de Srebrenica seguirá ensuciando a los gobiernos occidentales
exactamente igual que al de Serbia.
"NO LO PUEDO OLVIDAR NI ENTENDER"
Por Carmen Algibay*
La
masacre de Srebrenica fue el segundo caso en el que me tocó actuar en el
Tribunal Penal Internacional de La Haya. Ya había existido una condena, la del
general Radoslav Kirstic, que comandaba una de tas fuerzas responsables del
ataque. Y a mi me tocó juzgar a los responsables de tas dos brigadas que
consumaron la masacre. En algunas de las matanzas no quedaron sobrevivientes,
pero hubo testimonios impresionantes de los propios soldados serbios. Recuerdo
la declaración de uno de ellos:
“Bueno, yo no quería matar, pero me dijeron que si no lo hacia, me mataban a mí.
Además uno de los jefes nos dijo que por lo menos teníamos que matar a un
musulmán, para que nos entrara el gusto por matar’. Son cosas que uno no puede
olvidar ni entender. Ese soldado que empezó a matar por miedo a que lo mataran,
después de matar a un centenar de personas dijo: “No mato más”, y no le pasó
nada. Ese testimonio fue muy impresionante. Además, fue el único que desde el
inicio se declaró culpable. A partir de allí se reconstruyeron tas matanzas.
Frente a mi pasaron cuatro acusados: tres jefes de las brigadas y un jefe de
ingenieros que fue quien intervino en el ocultamiento de los cuerpos en tumbas
colectivas. Algunos se declararon culpables de “persecución” porque de esta
manera evitaban el cargo de “genocidio’. Un jefe de inteligencia, que había
organizado los lugares de detención y había colaborado en la organización de las
matanzas, fue condenado a 27 años de prisión. Entre los acusados había
personajes muy distintos: Kirstic, que ya estaba condenado como partícipe de
genocidio pues estuvo a las órdenes del general Ratko Mladic, me pareció que era
un hombre que tuvo la mala suerte de estar en el lugar equivocado en el momento
equivocado. No tenía la cara de carnicero de Mladic, quien aún hoy permanece
libre. En el caso de Ratko Mladic, estoy segura que fue quien dio la orden de
matar a todos, pero Kirstic no lo parece. Era más bien un tipo tímido, callado.
Pero finalmente fue el jefe del cuerpo que consumó la matanza.
Entre
los cientos de testimonios que leí y escuché, una de las cosas que más me
impactó fue la diferencia de perspectivas entre los hombres y las mujeres. Las
mujeres tienen el problema de la familia: la mayoría ha perdido a padres, hijos,
maridos y hermanos.
Como
provienen de una sociedad patriarcal, jamás se van a recuperar. Había una mujer
que me impresionó mucho. En la época de la matanza debe haber sido relativamente
joven porque tenía un niño de seis años y otro de 14. Al adolescente se lo
llevaron y lo mataron, pero la madre sigue pensando en él como si tuviera 14
años, como si estos diez años ni hubiesen pasado. Hoy vive en un campo de
refugiados y aunque sabe que nunca va a poder volver a Srebrenica, no tiene
fuerza ni interés en empezar su vida en otro lado. En cambio, los hombres que
sobrevivieron a las matanzas, algunos incluso con heridas muy graves, tienen
otra actitud. Han salvado la vida y están Llenos de empuje.
Todo
el episodio de la Guerra de los Balcanes es una miniatura de lo que son todas
las guerras en la historia de la humanidad. ¿Cómo es posible que todos los que
hasta el día anterior eran buenos vecinos e incluso estaban relacionados por
lazos de parentesco, se tornaran en enemigos explotando resquemores étnicos tan
antiguos? ¿Cómo se pudo hacer brotar esa enemistad y ese salvajismo espantoso en
el que todos pensaban: “Yo lo tengo que matar primero porque sino él me va a
matar a mí”? Creo que fue algo fabricado y falso y que además, como en la
mayoría de los casos, no tuvo que ver con diferencias religiosas ni de etnias,
sino con intereses económicos y territoriales.
Con
la propaganda se arrastró a la gente a la guerra y lo más tremendo es que la
gente se dejó arrastrar. Esto es algo que no termino de entender, pero pasa en
todos lados. Incluso nosotros, que no hemos tenido guerras mundiales, pero sí
guerras locales, sabemos que la gente se convence con relativa facilidad sin
pruebas ni evidencias y se deja arrastrar por esa propaganda.
La
segunda conclusión es que en una guerra todo el mundo pierde. Cuando termina la
guerra no hay ganadores. Uno va a Srebrenica y tiene la sensación de que ese
lugar no se va a recuperar nunca: la mayoría de los hombres que uno ve son
militares o policías o si no son viejos. No hay gente joven ni de mediana edad
porque los mataron o se fueron escapando.
*Ex jueza del TPI de La Haya y
actual ministre de la Corte Suprema de Justicia de La Nación
|