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El teatro Colón
El teatro Colón constituyó, desde su creación hasta el advenimiento del peronismo, el lugar preferido de reunión de la oligarquía porteña. Ya lo era el primitivo Colón, inaugurado el 25 de mayo de 1857 en Plaza de Mayo, donde subsistió hasta 1887, en que fue transformado en Banco del Estado. Del primitivo teatro Colón nos dejó una viva descripción Lucio V. López en La gran Aldea: "Se daba Semíramis aquella noche, y el Colón estaba de gala; los palcos, ocupados por las más lindas y conocidas mujeres de la gran sociedad, presentaban un aspecto deslumbrador.. .

"Una noche clásica de ópera, el Colón reúne todo lo más selecto que tiene Buenos Aires en hombres y mujeres. "Basta echar una visual al semicírculo de la sala: presidente, ministros, capitalistas, abogados y leones, todos están allí; aquello es la feria de las vanidades, en la cual no faltan sus incongruencias de aldea: el vigilante de quepis encasquetado en medio de la sala; la empresa, en ménage, instalada en uno de los mejores palcos del teatro, el humo de los cigarros obscureciendo la sala entera".

Sobre la cazuela nos dirá López: "En la cazuela no queda títere con cabeza: albergue de solteronas y de doncellas a las que el lujo y la riqueza no sonríen ni popularizan, se convierte en el Criterion: allí se pasan por cedazo todas las reputaciones, ya sean de hombres o de mujeres. Allí se publican los deslices de la más linda mujer casada, que brilla en un palco, aunque sea más virtuosa que Lucrecia. Allí se cuentan sus amores, se apunta al amante con el dedo, se ridiculiza al marido, se narra la última aventura con verdadera e íntima fruición; las lenguas, como otras tantas navajas de barba, no se contentan con afeitar: degüellan, ultiman, descarnando la honra como se descarna un cadáver en la sala de autopsias. Allí se cuentan, con nombre y apellido, las queridas de los hombres de moda; se saca la cuenta de sus hijos naturales; se explica por qué se deshizo el casamiento con fulana, cuánto perdió en el club zutano, por qué fue a Europa, por qué se vino, a qué mujer enamora actualmente, cómo le hace caso, dónde se ven y hasta en qué casa tienen lugar las citas."


La construcción del nuevo teatro Colón llevó veinte años: fue comenzada por Tamburini y terminada por el francés Julio Dormal. Es el auge del estilo francés, y el Colón copia evidentemente la Opera de París. El 25 de mayo de 1908 se inaugura con la representación de Aída. Asisten a la misma el presidente Figueroa Alcorta, sus ministros y el intendente Torcuato de Alvear.

Entre los primeros abonados se cuentan los grandes apellidos de la oligarquía argentina: Anchorena, Roca, Juárez Celman, Unzué, Tornquist, Ugarte, Alvear, Saldías, Obligado, Udaondo, Zeballos, Güiraldes, Mitre, Pueyrredón, Luro, Ortiz Basualdo.

Ya la arquitectura del teatro muestra bien a las claras su sentido clasista. El amplio espacio que separa una fila de butacas de otra, en la platea, se va acortando a medida que se asciende, y termina por volverse estrecho hasta la incomodidad en el paraíso. Por otra parte, no hay acceso del paraíso a los pisos bajos para evitar la mezcla del público.

La lucha de clases, que llega a un punto culminante durante los festejos del Centenario, no podía dejar de tomar como uno de sus escenarios al Colón, tan estrechamente vinculado con los privilegios de una oligarquía repudiada por las clases bajas. Es así como el 26 de junio de 1910, durante la representación de la ópera Manon, estalló una bomba debajo de una butaca vacía de la platea.

Clemenceau, de visita en Buenos Aires, describió la escena: "Los palcos abiertos del patio o piso alto, así como los pisos bajos, presentaban, con las butacas pobladas de señoritas jóvenes en traje de sarao, el espectáculo más brillante que me ha sido dado encontrar en una sala de teatro. En tal lugar se adivina lo que pudo significar de catastrófico una bomba. Todo cuanto se dijera es poco.

Un alto funcionario me ha dicho que jamás vio tales charcos de sangre. Se recogió a los heridos como se pudo, la sala se vació entre gritos de furor y, reparados los desperfectos al día siguiente, ni una sola señora faltó a la representación de aquella noche. Este es un rasgo de carácter que hace honor particularmente al elemento femenino de la Nación Argentina. No tengo completa seguridad de que en París, en caso igual, se hubiera llenado la sala."


Con el advenimiento del yrigoyenismo al poder, el teatro Colón solo vio levemente modificadas sus funciones de gala en las fechas patrias. Como atención al presidente poco melómano, se confeccionaban programas especiales con fragmentos de óperas y se terminaba con un baile folklórico. Según se dice, la hija de Yrigoyen convidaba en el palco a sus invitados con empanadas caseras.

En la época de Marcelo T. de Alvear, cuya mujer, Regina Paccini, había sido cantante lírica, el Colón está en su apogeo. Es en esa época cuando lo conoce Paul Morand y dice de él: "El teatro Colón, teatro de Wagner y de Verdi, es más aun el teatro de todas las reuniones argentinas, canastilla de prometidas y de aspirantes, feria matrimonial de corazones vacantes, gran «rodeo» anual, cambio de miradas, trueque de juramentos, «lazos» lanzados sobre los buenos partidos a los acordes del aria de Lucía, ardientes promesas de millares de niños por venir, de futuros miembros del Jockey, estancieros poderosos o pequeños jugadores de polo; todo eso se prepara en e! fondo de los palcos mientras Schipa da su do de pecho."

En 1933, la oligarquía argentina todavía coquetea con el fascismo: el mismo año de la ascensión de Hitler al poder, el teatro Colón organiza un festival Wagner.

La democratización del teatro Colón en la época del peronismo constituyó un rudo golpe para la oligarquía, que perdía de ese modo uno de sus lugares exclusivos de reunión. Las funciones de gala fueron suprimidas, salvo !as de las fechas patrias, en cuyo caso el propio Perón y Eva Perón lucían sus mejores ropas. Las reuniones sindicales y políticas llevadas a cabo en el teatro Colón irritaban a la oligarquía, la que alegaba que los obreros ensuciaban y deterioraban las alfombras y las butacas.

Uno de los habituales actos de provocación casi surrealista que tuvo el peronismo —equivalente al puesto de pescado frente al Jockey Club o el nombramiento de Borges como inspector de ferias francas— fue la representación de El conventillo de la Paloma, en el teatro Colón, con asistencia del propio Perón.

Fuente Consultada: Los Oligarcas Juan J. Sabreli  La Historia Popular Tomo 15  Vidas y Milagros de Nuestro Pueblo

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