Evolución tecnológica de las armas de guerra
Historia de la Armas de Fuego, Resumen

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Historia de las armas
 

 

 

 

La Ballesta en la Edad Media

Armas de la S.G.M.

Armas en la Edad Media Armas Químicas

"La Kalashikov"

Armas Militares

Bomba Atómica Alemana

La guerra ha servido de acicate a la tecnología desde antes de que existiera la lanza. Los ingenieros militares asirios, los inventores macedónicos de armamento y los constructores romanos de fortificaciones fueron los técnicos de sus épocas respectivas.

Es difícil imaginar a alguien inventándose una sustancia tan horrible como el fuego griego, líquido altamente combustible que se anticipó por mucho tiempo al napalm del siglo veinte, excepto como arma. Las necesidades de armeros y fabricantes de armas impulsaron el trabajo de los metales. Sin embargo, las invenciones fomentaron la guerra.

Hace más de un milenio, la pólvora y el estribo, excelentes innovaciones procedentes de Asia, produjeron muchos ajustes en la conducción de la guerra, y cambios en la percepción de la gente acerca de la lucha.

La pólvora: Los chinos produjeron la primera muestra en el siglo noveno d.C., pero no intentaron hacer explotar a alguien con ella hasta poco después.

El estribo: Menos fulgurante que el anterior pero en extremo práctico, el adminículo para poner el pie, subir al animal y cabalgar formaba ya parte de la dotación del soldado chino en el siglo cuarto d.C.

Los árabes también empleaban estribos en sus caballos, que eran animales rápidos y relativamente pequeños. Además de ser excelentes jinetes, la fuerza de su entusiasmo espiritual les ayudó a propagarse hacia el oriente, a través de Oriente Medio hasta la India, y hacia el occidente, hasta el norte de Africa y España No obstante, Constantinopla resistió el ataque de los árabes. La capital bizantina (la actual Estambul, en Turquía) gozaba de una envidiable posición estratégica, por su ubicación en un promontorio que se proyecta sobre el mar. Incapaces de tomar la ciudad por tierra mediante la caballería, los árabes intentaron usar los barcos en el siglo octavo, estableciendo un bloqueo naval, que hubiera tenido éxito de no ser por el fuego griego.

El fuego griego, secreto militar, era probablemente nafta, obtenida por la refinación de aceite de carbón situado en depósitos subterráneos, que se filtraba a la superficie. Dondequiera que estuviera, se prendía al impacto; además flotaba.

Los bizantinos lanzaron con catapultas vasijas de arcilla llenas de fuego griego sobre los puentes de las naves enemigas, incendiándolas. Aun si la vasija fallaba el blanco, su contenido se quemaba en el agua. A veces los bizantinos usaban bombas manuales para arrojarlo. Después de perder demasiados barcos, los árabes levantaron el bloqueo.

El desafío de los moros

Los árabes no tomaron Constantinopla, es cierto, pero su estrategia de caballería ligera, es decir, de unidades de caballería ligeramente armadas en las que se da prioridad a la velocidad, tuvo éxito en casi todas partes. En 711 d.C., los árabes musulmanes conquistaron España, que permaneció bajo control islámico hasta mucho después de que el gran Imperio Árabe se fragmentara en reinos islámicos regionales.

Los musulmanes de España, que procedían del norte de África, rápidamente fueron llamados moros. A los cristianos que vivían más al norte, especialmente a los francos, no les gustaban sus vecinos.

Los francos, que dominaban la Galia (lo que ahora es Francia y gran parte de Alemania), eran luchadores bárbaros de a pie, al viejo estilo, pero tenían disciplina y deseos de adaptarse a las nuevas circunstancias.  Cuando los rápidos jinetes moros incursionaron en las fronteras, el rey franco comprendió que necesitaba mayor velocidad y tomó las medidas del caso para desarrollar su caballería. El estribo se originó en China o en Asia central, entre las tribus y clanes nómadas que solemos llamar bárbaros.

Las incursiones como estilo de vida del jinete

Los soldados chinos comenzaron a utilizar el estribo hacia el siglo cuarto d.C., pero los pueblos nómadas asiáticos llamados ávaros, grandes jinetes, los usaban probablemente desde el siglo primero d.C. Los pies de sus hombres se ajustaban a los estribos cuando se abalanzaron sobre Europa oriental en 568 d.C. y arrebataron el valle del Danubio al Imperio Bizantino.

Los ávaros y otros pueblos bárbaros usaban el estribo al atacar poblaciones y ciudades para obtener lo que deseaban: valiosos productos comerciales, alimento, dinero y, algunas veces, hasta el control de una región o un imperio . Las incursiones rápidas se convirtieron en el modo de vida de algunas tribus nómadas de las estepas del Asia central. Como esos pastores y cazadores tenían poco que ofrecer a cambio a los agricultores establecidos y a la gente de las ciudades, tales como los chinos, resolvieron tomar lo que deseaban por la fuerza.

Las incursiones se realizan mejor con rapidez. Se da el golpe, y luego se pone la mayor cantidad de distancia posible entre los autores y el objetivo. La habilidad de sus jinetes dio ventaja a los invasores, y el estribo la hizo mayor todavía.

Custodia de las fronteras bizantinas

El rico Imperio Bizantino  era un objetivo apetecido para los invasores, razón por la cual era mejor encargar la custodia de las fronteras a rápidas patrullas de jinetes. Los estribos, probablemente copiados de los ávaros, dieron a las patrullas bizantinas una ventaja sobre los europeos occidentales, quienes no poseían todavía esta tecnología. Dicha superioridad, unida al empleo de una intendencia general, organización de apoyo que aseguraba a la infantería y la caballería todo lo necesario para alimentarse, aun durante largos asedios, dificultó en extremo la entrada en el Imperio Bizantino de los intrusos. Constantinopla, capital bizantina, necesitó durante los siglos séptimo y octavo toda su capacidad para enfrentar una nueva y permanente amenaza: los árabes.

Con el legendario rey Arturo, cuya existencia es hipotética Si vivió en realidad, es probable que haya conducido a los bretones celtas contra los invasores sajones en el siglo sexto d.C., pero sin armadura de metal. La armadura de placa metálica se puso de moda 800 años después, en el siglo catorce.

Anillos metálicos entrelazados:

La cota de mallas

Antes de la armadura metálica los caballeros usaban la cota de mallas, y antes de ésta empleaban la armadura de escamas imbricadas, introducida desde la época de los asirios como defensa contra las flechas. Esta armadura, al igual que las escamas del lagarto, empleaba pequeñas piezas metálicas cosidas en filas sobrepuestas sobre el vestido de cuero. La cota de mallas era más ingeniosa: estaba formada de anillos metálicos entrelazados, dispuestos en forma de jubón o chaqueta ajustada. Los cruzados la usaron cuando fueron a Oriente para liberar la Tierra Santa del control musulmán. La cota de mallas se volvió obsoleta cuando hubo mejores arcos, con los cuales se podía lanzar una flecha y penetrar la protección metálica.

Más potencia para la ballesta de los arqueros

La ballesta fue otra invención china, y muy antigua por cierto, pues data del siglo cuarto a.C. Los arqueros europeos redescubrieron su mortífero poder en el siglo décimo d.C.

Se componía de un arco corto y extremadamente rígido montado sobre un madero, con un mecanismo para fijar la cuerda del arco y mantenerla estirada, a mayor tensión que la que un hombre podía lograr al tirar hacia atrás la cuerda manualmente. La flecha se disparaba con una palanca manual, o gatillo.

La ballesta disparaba flechas cortas, o saetas, que solían ser de metal; volaban rápido y penetraban superficies que una flecha lanzada por un arco convencional no podía horadar. Los normandos la usaron en 1066, en su conquista de Inglaterra.

Por ironías del destino, para derrotar a los moros invasores en la batalla de Poitiers, en 732 d.C., el rey franco, Carlos Martel, ordenó desmontar a sus caballeros. Enfrentándose a los jinetes atacantes con lanzas y escudos, los francos resistieron y repelieron con éxito a los moros.

Más aún, a pesar del retorno a las tácticas de la infantería, esta batalla marcó el comienzo de la época caballeresca, edad en que los caballeros con armadura dominaron la guerra europea.

La época caballeresca

Los términos caballerosidad y caballeresco están relacionados con el francés chevaux (caballos), y con otras palabras derivadas del nombre del animal. Estas palabras muestran cómo la gente de la Edad Media asociaba la nobleza, la gentileza y el valor con los guerreros a caballo.

Esta era, como muchas otras anteriores y posteriores, ensalzó la violencia. La gente consideraba la habilidad en el combate como una muestra de civilización. Jean Froissart, cronista e historiador francés del siglo catorce, escribió:

“Los caballeros nobles han nacido para luchar, y la guerra ennoblece a todos aquéllos que combaten sin temor o cobardía”.

Ennoblecedora o no, la guerra costaba dinero, y era extraordinariamente oneroso equipar a un caballero. Carlos Martel ayudó a sus jinetes a pagar sus pertrechos, expropiando tierras de la Iglesia medieval  y entregándolas a los guerreros nobles. Bajo el feudalismo los terratenientes se beneficiaban de las cosechas de sus labriegos arrendatarios.

Carlomagno, quien sería poco después rey de los francos, además de ser el primero en unir gran parte de Europa tras la calda de los romanos, llevó a cabo la unificación con su caballería.

La armadura para detener los golpes a armas mortales

La cultura caballeresca prevaleció durante centenares de años en Europa. Esta cultura de la armadura blindada está asociada en las películas

arco largo: combinación de precisión y potencia

El arco largo inglés, refinamiento de una antigua tecnología galesa, se convirtió en el último grito de la moda en armamentos durante el siglo catorce. Preciso y potente en manos de un arquero experimentado, el arco largo fue una razón adicional para que los caballeros usaran sólidas armaduras metálicas.

El arco largo era poderoso, pero tanto su precisión como su alcance eran limitados. El modelo inglés podía causar daño a una distancia de 225 metros y se recargaba rápidamente. No obstante, sólo un arquero experimentado podía manejarlo a cabalidad, de modo que Inglaterra exigía a los pequeños propietarios de tierras que se enrolaban como soldados, de ser necesario, como en la antigua Grecia y en Roma, un entrenamiento para adquirir buena puntería.

En la batalla de Crécy, librada en 1346 durante la guerra de los cien años entre Inglaterra y Francia, los arqueros ingleses provistos de arcos largos derribaron las filas francesas una tras otra. Francia perdió ese día más de 1.500 caballeros y 10.000 soldados de infantería. Inglaterra perdió menos de 200 hombres en total, entre ellos solamente dos caballeros.

A corto plazo, Crécy obligó a los franceses y a otras naciones europeas a cubrirse de armaduras más pesadas. Nadie presentía entonces que los caballeros estaban en vías de extinción. Los cañones venían en camino. Un siglo más tarde las armas de fuego superarían en el disparo y la penetración a cualquier arco inventado hasta entonces.

La pólvora aumenta la potencia de fueqo

Entre los siglos doce y dieciocho, los cañones pasaron de China al occidente de Asia, y de allí a Europa. Se desarrollaron a partir de los primeros experimentos hasta alcanzar una tecnología de precisión. Los militares fueron obligados a revisar sus estrategias, adaptando a veces las viejas formaciones de batalla para acoplarlas al nuevo armamento, a la vez que los defensores hallaban nuevas maneras de reforzar puestos fronterizos y ciudades.

El papa Urbano II condenó la ballesta en 1096, como “odiosa a los ojos de Dios”, y la Iglesia prohibió en 1139 su uso contra cristianos. Por supuesto que si se trataba de sarracenos, como llamaban entonces a los turcos y otros musulmanes, su empleo estaba permitido.

ORIGEN DE LA PÓLVORA
Según se cree, ios chinos ya conocían la pólvora y La usaban en fuegos de artificios en el siglo VI de nuestra era, quizás en ceremonias religiosas. Habrían comenzado a utilizarla con. fines bélicos hacia 1161, bajo la dinastía de los Sung. En el siglo siguiente las armas de mego llegaron a alcanzar gran desarrollo bajo el dominio de los mogoles, quienes las emplearon durante la invasión realizada en 1241.

Otros historiadores afirman que, por su parte, los alquimistas árabes del siglo XIII también pulverizaban y mezclaban porciones de salitre, carbón y azufre, y que, poniendo esta mezcla en sus morteros con algunas piedras encima, la encendían y provocaban su explosión, con el consiguiente lanzamiento de los proyectiles. Pero estos no fueron sino ensayos experimentales —como los que se atribuyen al monje Bertoldo Schwartz en el siglo XIV— sobre la fuerza expansiva de la pólvora.

Hacia 1270, Marco el Griego escribió el Libro de fuegos para quemar enemigos, en donde se refiere a la composición de la pólvora. Y en la misma época (1267), el monje inglés Rogelio Bacon, que fue el más famoso científico medieval, escribió lo siguiente en su Opus Majus (Obra Mayor): "Se han descubierto importantes artes contra los enemigos del Estado, de modo que sin espada ni ninguna otra arma que requiera contacto físico, se pueda destruir a todos los que opongan resistencia.

Con la fuerza de la sal llamada salitre, se produce un sonido tan horrible al estallido de una cosa tan pequeña; a saber, un pequeño trozo de pergamino, que excede al retumbar de un gran trueno, y la llama excede al máximo resplandor del rayo que acompaña al trueno". Así señalaba el advenimiento de la era de la pólvora.

A la carga con la lanza

Aunque los cruzados emplearon la ballesta, su uso les pareció poco honorable. Los valores caballerescos se centraban en el combate personal. Cuando no había guerra, los caballeros se enfrentaban unos a otros en feroces y con frecuencia mortales torneos.

La lanza, arma larga y puntiaguda que el caballero llevaba apretada bajo el brazo, liberaba una fuerza inverosímil. Los jinetes, con el tiempo cada vez más recubiertos de metal, se balanceaban sobre los estribos y se apoyaban en las sillas de respaldo alto al usar esta variedad de la antigua pica para tratar de desmontar al contendor de su corcel. Las armaduras, cada vez más pesadas, los protegían de ser traspasados.

Estas batallas simuladas daban a los caballeros renombre y los mantenían preparados para la guerra, pero la lucha en los torneos era real. En uno celebrado en 1241 en Neuss, Alemania, hubo cerca de 80 muertos, entre hombres y niños.

fabricaban campanas de iglesia, fueron los primeros fabricantes europeos de cañones; a veces las fundían para fabricarlos. Los constructores pronto se dieron cuenta de que un tubo funcionaba mejor, y que deberla disparar un proyectil de metal, con el cual se podría echar abajo el portal de un castillo, o destruir una casa.

Aparecen los grandes cañones

El escritor y estadista italiano Nicolás Maquiavelo observó a comienzos del siglo dieciséis:

“No existe muro, por grueso que sea, que no pueda ser destruido en pocos días por la artillería”.

Los cañones ya eran grandes, aunque algunos de los de mayor tamaño no funcionaban bien. A comienzos del siglo quince algunos pesaban 750 kilogramos y disparaban balas de 75 centímetros de diámetro. ¿Cómo podía fabricar alguien un tonel de metal fundido de semejante tamaño? En primer lugar no era fundido, sino armado con piezas de hierro forjado, como las tablas que forman las paredes curvas de los barriles de encurtidos. Varios aros de hierro sostenían las piezas en su lugar, por lo menos temporalmente.

En 1445, los artilleros borgoñones (el ducado de Borgoña era entonces independiente; más tarde se uniría a Francia) estaban disparando una de esas monstruosas bombardas (los primitivos cañones) contra los invasores turcos cuando estalló uno de los aros. Lo curioso es que dispararon de nuevo, y saltaron dos aros más y una de las piezas longitudinales.

En 1440, uno de sus propios cañones explotó, dando muerte a Jacobo 11, rey de Escocia, y a muchos miembros de su séquito.

Se cree que los sarracenos, en Granada, utilizaron armas de fuego hacia el año 1275. En la primera mitad del siglo XIV, su uso se generalizó en Italia, Francia e Inglaterra. Se trataba de 'bombardas" o cañones que se cargaban por la boca con una porción de pólvora y hasta una docena de piedras. Luego se encendían por un orificio de la recámara.

dice que por el año 1378, un monje alquimista dio a Venecia la fórmula de una aleación de gran resistencia, para fundir cañones de una sola pieza. Con ellos, los venecianos obtuvieron notables victorias, pero encarcelaron al inventor por considerarlo peligroso, debido a su talento.

En el siglo XV se adoptó la costumbre de grabarles nombres terroríficos a los cañones (la leona, el áspid, el terremoto, etc.), e inscripciones que ponderaban sus estragos; tales como ésta: "Llamada soy la fiera serpentina, que allano fuertes con inmensa ruina".

En el sitio de Constantinopla (1453) Mahomet II mandó instalar un gigantesco cañón que fue arrastrado por sesenta bueyes y 200 hombres hasta su emplazamiento. Es fama que arrojaba proyectiles de 200 libras.Dos horas llevaba cargarlo, y entre una y otra descarga se refrescaba con agua y aceite.

Los dos primeros cañonazos parecieron horrísonos terremotos. Pero en el tercero reventó, mutando a su constructor, el húngaro Orban.

Hasta 1420, aproximadamente, los proyectiles consistían en simples piedras. Después empezaron a utilizarse balas de hierro y plomo, que se generalizaron a fin de siglo, y que podían ser rayadas para que siguieran una trayectoria más recta.

En 1500 el cañón ya había adquirido el aspecto definido que se mantendría invariable durante siglos. El caño fue montado sobre dos ruedas para facilitar el trasporte, y balanceado sobre un perno para regular la puntería. El artillero, con un largo cazo, colocaba en el fondo del caño una porción de pólvora y la comprimía contra la culata; luego introducía un disco de madera para separar la pólvora de la bala y, finalmente, siempre por la boca, introducía el proyectil. En esta operación los artilleros arriesgaban seriamente la vida, por las explosiones accidentales y porque se exponían al fuego enemigo.

CAÑONES DE RETROCARGA
A partir de 1380 se empezaron a construir cañones de retrocarga, con culata desmontable, que el artillero cargaba desde atrás, al reparo de una estacada o almena. Pero hasta el siglo pasado, en que se perfeccionó la técnica de su fundición, de modo que el cierre llegó a ser hermético, los cañones siguieron cargándose por la boca.

La artillería destructiva de las murallas de Constantinopla

En algunos casos un gran cañón era lo que hacía falta. Recordemos que los árabes no pudieron vencer la determinación de Constantinopla. Decidido a enfrentar el desafío con grandes cañones, el sultán turcomano Mohamed II contrató a un fabricante húngaro, quien construyó un cañón capaz de lanzar un proyectil a 1,6 kilómetros de distancia.

Se enciende el fuego del descubrimiento

Si se enciende fuego en un montón de basura que contenga azufre, se disparará una reacción sibilante. Alguien cuyo nombre se ha perdido en la historia observó este fenómeno en China hace siglos, y comenzaron entonces los experimentos con mezclas de azufre concentrado y carbón de leña. Hacia el siglo noveno d.C., otro genio agregó cristales de nitrato de potasio (salitre). Si la mezcla se prendía, se obtenían chispas que servían para decorar las ceremonias formales. Los monjes taoístas jugaron con estos compuestos químicos hasta lograr la pólvora para fuegos artificiales.

Los fabricantes de juegos pirotécnicos aprendieron con el paso del tiempo que su mezcla, la pólvora, podía explotar peligrosamente. Los militares también se percataron de ello. Hacia el siglo doce, los ejércitos de la dinastía Sung introdujeron en su arsenal las granadas metálicas; por otra parte, los chinos fueron los primeros en usar bombas de fragmentación, en las que la envoltura se hacía añicos, y se esparcía cual mortal metralla. En el siglo siguiente, las fábricas chinas de armamento construyeron centenares de cohetes militares y bombas, algunas de las cuales contenían sustancias venenosas, como el arsénico, que se liberaban con el impacto; otras, diseñadas para causar incendios, llevaban alquitrán y aceite. Los chinos construyeron también cañones primitivos, simples barricas llenas de pólvora, que disparaban rocas o bolas metálicas.

Se propagan noticias

Las noticias se propagaron hacia Occidente por la ruta de la seda, el antiguo camino comercial. Los árabes ya tenían armas de fuego primitivas hacia finales del siglo trece, pero la receta para la fabricación de la pólvora llegó a Europa en 1267, en las manos del científico inglés Roger Bacon.

Menos de un siglo después, los ejércitos europeos usaban ya toscos cañones; pero no fueron los innovadores soldados que ensayaban pequeñas, ruidosas y apestosas marmitas de fuego quienes decidieron la batalla de Crécy, ya mencionada, sino sus camaradas arqueros armados con el arco largo. Sin embargo, esta especie de cañón primitivo era un síntoma de desarrollos futuros. Los primeros cañones europeos fueron llamados marmitas de fuego porque tenían la forma de una olla; disparaban flechas (sí, flechas) con una fuerza asombrosa, pero con poca confiabilidad y ninguna precisión. Los artesanos, que hasta entonces

Armas de fuego para los soldados

Al principio los cañones fueron considerados el reemplazo de la catapulta y el ariete, armas destructivas pero imprecisas. Con el desarrollo de la artillería, fueron ganando en utilidad y precisión.

Los fabricantes diseñaron pronto modelos para emplear en el propio campo de batalla, como artillería ligera (comúnmente un cañón sobre ruedas tirado por caballos) y armas para los soldados. El cañón manual, como se llamaban los cañones más pequeños, hería los caballos del enemigo (y también el propio, si a ello vamos) y tal vez intimidaba a un par de caballeros, si mucho. No obstante, durante un buen tiempo el cañón manual no parecía un reemplazo práctico de la espada y los arcos. ¿Cómo podía uno llevar el cañoncito, apuntar, y también prender fuego exitosamente a la carga de pólvora?

A mediados del siglo quince, la solución consistía en usar una mecha , empapada en alcohol y cubierta con salitre, sujeta a un disparador. Empujando el disparador, la mecha lenta se ponía en contacto con el oído del cañón y prendía la carga de pólvora.

Esta arma de mecha lenta, liberaba las manos del tirador, que podía apuntar, por ejemplo, un arcabuz (del alemán Hakenbüchse, que significa cañón de gancho). Algunos arcabuces tenían un gancho que solía asegurarse al borde de un muro para disparar sobre él. El gancho recibía parte del golpe producido por el fuerte retroceso del arma.

La palabra mosquete viene de mosquito. Como su nombre lo indica, se suponía que esta arma irritaba al enemigo. Pero los mosquetes no eran en nada parecidos, por su tamaño, al mosquito. Muchos tenían que reposar sobre una horquilla, como una muleta, para que el tirador apuntara y disparara. Así que, además del pesado cañón, el mosquetero tenía que arrastrar su incómodo soporte.

En 1453, el sultán disparó de seguido su cañón, apodado Mahometa, contra las murallas de la capital. Como muchos de esos gigantes, el cañón se rompió al segundo día, y a la semana era inutilizable. Pero Mohamed tenía más, así que, después de 54 días de asedio, el Imperio Bizantino de mil años de antigüedad cayó finalmente.

Refinamiento de las nuevas armas

Aunque las enormes bombardas funcionaban, los jefes militares sabían que debía haber un medio menos engorroso que ganar batallas a cañonazos. Los fabricantes pusieron manos a la obra y diseñaron cañones más ventajosos y versátiles, que vinieron a cubrir necesidades específicas en el arsenal del Renacimiento.

Cañones más livianos  mas fáciles de maniobrar

Andando el tiempo, los expertos en artillería comprendieron que podían fundir algunos cañones en bronce, metal resistente pero más liviano, en lugar de emplear el hierro, de modo que fueran más manejables y menos propensos a estallar, de suerte que pudieran ser colocados más rápidamente en posición y disparados con mayor frecuencia (algunos de los cañones grandes podían disparar sólo un proyectil cada dos horas). Con tales cañones se haría más daño que con los grandes.

La pólvora se mejora con coñac

Había mejores cañones, pero la pólvora requería perfeccionamiento ya que el azufre, el carbón y el salitre tenían pesos distintos. Los cristales de salitre se iban al fondo en tanto que el carbón se quedaba en la superficie.

Mezclar correctamente los ingredientes antes de cargar el cañón, única manera de asegurar la efectividad de la pólvora, era una labor difícil y demorada. Entonces a alguien se le ocurrió mezclar la pólvora con coñac, para que los ingredientes se integraran mejor y de manera homogénea, y dejar secar la pasta resultante en forma de granos.

¡Pero qué desperdicio de coñac! Los soldados ensayaron sustitutos como vinagre, que funcionaba bien, orina humana, que era todavía mejor, en particular si provenía de un soldado que había dado al coñac un uso más placentero (esto no mejoró el olor de la pólvora, por cierto).

Armas de fuego para los soldados

Al principio los cañones fueron considerados el reemplazo de la catapulta y el ariete, armas destructivas pero Imprecisas. Con el desarrollo de la artillería, fueron ganando en utilidad y precisión. 

Los fabricantes diseñaron pronto modelos para emplear en el propio campo de batalla, como artillería litera comúnmente un cañón sobre ruedas tirado por caballos con  los soldados) El cañón manual, como se llamaban los cañones más pequeños, hería los caballos del enemigo (y también el propio, si a ello vamos) y esta  vez intimidaba a un par de caballeros, si mucho. No obstante, durante un buen tiempo el cañón manual no parecía un reemplazo práctico de la espada y los arcos. ¿Cómo podía uno llevar el cañoncito, apuntar, y también prender fuego exitosamente a la carga de pólvora? 

A mediados del siglo quince, la solución consistía en usar una mecha empapada en alcohol y cubierta con salitre, sujeta a un disparador. Empujando el disparador, la media lenta se ponía en contacto con el oído del cañón y prendía la  carga de pólvora. 

Esta arma de mecha lenta, que aparece en la figura, liberaba las manos del tirador, que podía apuntar, por ejemplo, un arcabuz (del alemán Hakenbflchse; que significa cañón dé gancho). Algunos arcabuces tenían un gancho que solía asegurarse al borde de un muro para disparar sobre él. El gancho recibía parte del golpe producido por el fuerte retroceso del arma. 

La palabra mosquete viene de mosquito. Como su nombre lo indica, se suponía que esta arma irritaba al enemigo. Pero los mosquetes no eran en nada parecidos, por su tamaño, al mosquito. Muchos tenían que reposar sobre una horquilla como una muleta, para que el tirador apuntara y disparara. Así que, además del pesado cañón, el mosquetero tenía que arrastrar su incómodo soporte.

Producción de la chispa

Como la mecha lenta producía a veces demasiado pronto la chispa que prendía la carga, el mosquete era peligroso para el mosquetero; en consecuencia los armeros inventaron otra manera de prender la carga de pólvora: un trozo de pedernal en contacto con una rueda de acero provista de un resorte. Si examinamos las partes móviles de un encendedor de cigarrillos, comprenderemos cómo salta la chispa. Con el tiempo, un dispositivo más simple, consistente en un martillo provisto de un resorte que golpeaba un trozo de pedernal, se convirtió en la tecnología dominante, que prevaleció desde cerca de 1650 hasta el siglo diecinueve.

Fortalezas flotantes

Después de que la pólvora revolucionara el armamento, las batallas navales se libraron empleando cada vez más artillería, en lugar de remar hasta la nave enemiga, abordarla y combatir cuerpo a cuerpo en el puente. La galera, que había sido una formidable nave de guerra en el Mediterráneo, se fue volviendo obsoleta porque los barcos tenían ahora que erizarse de bocas de fuego; no necesitaban remos ni remeros. Las naves se convirtieron en fortalezas flotantes.

Fortificaciones en forma de estrella

Desde la época de las primeras ciudades amuralladas , una buena barrera defensiva debía ser tan alta como fuera posible, pero ahora el fuego de los cañones podía derribarla, de suerte que los arquitectos inventaron a mediados del siglo quince un nuevo tipo de fortaleza. En Génova, Italia, Leon Battista Alberti diseñó fuertes en forma de estrella, con muros relativamente bajos pero muy gruesos. En la figura vemos el Castillo de San Marcos, construido por los españoles en San Agustín, Florida, durante el siglo dieciséis.

Las salientes en ángulo permitían a los defensores apuntar sus cañones en diagonal a las líneas enemigas, de suerte que un proyectil podía pasar por encima de la línea, destruyendo más hombres, cañones, caballos y pertrechos en general.

Fuente Consultada: Historia del Mundo - Peter Haugen

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