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La
guerra ha servido de acicate a la tecnología desde antes de que existiera la
lanza. Los ingenieros militares asirios, los inventores macedónicos de
armamento y los constructores romanos de fortificaciones fueron los técnicos
de sus épocas respectivas.
Es
difícil imaginar a alguien inventándose una sustancia tan horrible como el fuego
griego, líquido altamente combustible que se anticipó por mucho tiempo al napalm
del siglo veinte, excepto como arma. Las necesidades de armeros y fabricantes de
armas impulsaron el trabajo de los metales. Sin embargo, las invenciones
fomentaron la guerra.
Hace
más de un milenio, la pólvora y el estribo, excelentes innovaciones procedentes
de Asia, produjeron muchos ajustes en la conducción de la guerra, y cambios en
la percepción de la gente acerca de la lucha.
La
pólvora: Los chinos produjeron la primera muestra en el siglo noveno d.C.,
pero no intentaron hacer explotar a alguien con ella hasta poco después.
El
estribo: Menos fulgurante que el anterior pero en extremo práctico, el
adminículo para poner el pie, subir al animal y cabalgar formaba ya parte de la
dotación del soldado chino en el siglo cuarto d.C.
Los
árabes también empleaban estribos en sus caballos, que eran animales rápidos y
relativamente pequeños. Además de ser excelentes jinetes, la fuerza de su
entusiasmo espiritual les ayudó a propagarse hacia el oriente, a través de
Oriente Medio hasta la India, y hacia el occidente, hasta el norte de Africa y
España No obstante, Constantinopla resistió el ataque de los árabes. La capital
bizantina (la actual Estambul, en Turquía) gozaba de una envidiable posición
estratégica, por su ubicación en un promontorio que se proyecta sobre el mar.
Incapaces de tomar la ciudad por tierra mediante la caballería, los árabes
intentaron usar los barcos en el siglo octavo, estableciendo un bloqueo naval,
que hubiera tenido éxito de no ser por el
fuego griego.
El
fuego griego, secreto militar, era probablemente nafta, obtenida por la
refinación de aceite de carbón situado en depósitos subterráneos, que se
filtraba a la superficie. Dondequiera que estuviera, se prendía al impacto;
además flotaba.
Los
bizantinos lanzaron con catapultas vasijas de arcilla llenas de fuego griego
sobre los puentes de las naves enemigas, incendiándolas. Aun si la vasija
fallaba el blanco, su contenido se quemaba en el agua. A veces los bizantinos
usaban bombas manuales para arrojarlo. Después de perder demasiados barcos, los
árabes levantaron el bloqueo.
El
desafío de los moros
Los
árabes no tomaron Constantinopla, es cierto, pero su estrategia de caballería
ligera, es decir, de unidades de caballería ligeramente armadas en las que se da
prioridad a la velocidad, tuvo éxito en casi todas partes. En 711 d.C., los
árabes musulmanes conquistaron España, que permaneció bajo control islámico
hasta mucho después de que el gran Imperio Árabe se fragmentara en reinos
islámicos regionales.
Los
musulmanes de España, que procedían del norte de África, rápidamente fueron
llamados moros. A los cristianos que vivían más al norte, especialmente a los
francos, no les gustaban sus vecinos.
Los
francos, que dominaban la Galia (lo que ahora es Francia y gran parte de
Alemania), eran luchadores bárbaros de a pie, al viejo estilo, pero tenían
disciplina y deseos de adaptarse a las nuevas circunstancias. Cuando los
rápidos jinetes moros incursionaron en las fronteras, el rey franco comprendió
que necesitaba mayor velocidad y tomó las medidas del caso para desarrollar su
caballería. El estribo se originó en China o en Asia central, entre las tribus y
clanes nómadas que solemos llamar bárbaros.
Las incursiones como estilo de vida del jinete
Los
soldados chinos comenzaron a utilizar el estribo hacia el siglo cuarto d.C.,
pero los pueblos nómadas asiáticos llamados ávaros, grandes jinetes, los usaban
probablemente desde el siglo primero d.C. Los pies de sus hombres se ajustaban a
los estribos cuando se abalanzaron sobre Europa oriental en 568 d.C. y
arrebataron el valle del Danubio al Imperio Bizantino.
Los
ávaros y otros pueblos bárbaros usaban el estribo al atacar poblaciones y
ciudades para obtener lo que deseaban: valiosos productos comerciales, alimento,
dinero y, algunas veces, hasta el control de una región o un imperio . Las
incursiones rápidas se convirtieron en el modo de vida de algunas tribus nómadas
de las estepas del Asia central. Como esos pastores y cazadores tenían poco que
ofrecer a cambio a los agricultores establecidos y a la gente de las ciudades,
tales como los chinos, resolvieron tomar lo que deseaban por la fuerza.
Las
incursiones se realizan mejor con rapidez. Se da el golpe, y luego se pone la
mayor cantidad de distancia posible entre los autores y el objetivo. La
habilidad de sus jinetes dio ventaja a los invasores, y el estribo la hizo mayor
todavía.
Custodia de las fronteras bizantinas
El
rico Imperio Bizantino era un objetivo apetecido para los invasores, razón
por la cual era mejor encargar la custodia de las fronteras a rápidas patrullas
de jinetes. Los estribos, probablemente copiados de los ávaros, dieron a las
patrullas bizantinas una ventaja sobre los europeos occidentales, quienes no
poseían todavía esta tecnología. Dicha superioridad, unida al empleo de una
intendencia general, organización de apoyo que aseguraba a la infantería y la
caballería todo lo necesario para alimentarse, aun durante largos asedios,
dificultó en extremo la entrada en el Imperio Bizantino de los intrusos.
Constantinopla, capital bizantina, necesitó durante los siglos séptimo y octavo
toda su capacidad para enfrentar una nueva y permanente amenaza: los árabes.
Con
el legendario rey Arturo, cuya existencia es hipotética Si vivió en realidad, es
probable que haya conducido a los bretones celtas contra los invasores sajones
en el siglo sexto d.C., pero sin armadura de metal. La armadura de placa
metálica se puso de moda 800 años después, en el siglo catorce.
Anillos metálicos entrelazados:
La
cota de mallas
Antes
de la armadura metálica los caballeros usaban la cota de mallas, y antes de ésta
empleaban la armadura de escamas imbricadas, introducida desde la época de los
asirios como defensa contra las flechas. Esta
armadura, al igual que las escamas del lagarto, empleaba pequeñas piezas
metálicas cosidas en filas sobrepuestas sobre el vestido de cuero. La cota de
mallas era más ingeniosa: estaba formada de anillos metálicos entrelazados,
dispuestos en forma de jubón o chaqueta ajustada. Los cruzados la usaron cuando
fueron a Oriente para liberar la Tierra Santa del control musulmán. La cota de
mallas se volvió obsoleta cuando hubo mejores arcos, con los cuales se podía
lanzar una flecha y penetrar la protección metálica.
Más potencia para la ballesta de los arqueros
La
ballesta fue otra invención china, y muy antigua por cierto, pues data del siglo
cuarto a.C. Los arqueros europeos redescubrieron su mortífero poder en el siglo
décimo d.C.

Se
componía de un arco corto y extremadamente rígido montado sobre un madero, con
un mecanismo para fijar la cuerda del arco y mantenerla estirada, a mayor
tensión que la que un hombre podía lograr al tirar hacia atrás la cuerda
manualmente. La flecha se disparaba con una palanca manual, o gatillo.
La
ballesta disparaba flechas cortas, o saetas, que solían ser de metal; volaban
rápido y penetraban superficies que una flecha lanzada por un arco convencional
no podía horadar. Los normandos la usaron en 1066, en su conquista de
Inglaterra.
Por
ironías del destino, para derrotar a los moros invasores en la batalla de
Poitiers, en 732 d.C., el rey franco, Carlos Martel, ordenó desmontar a sus
caballeros. Enfrentándose a los jinetes atacantes con lanzas y escudos, los
francos resistieron y repelieron con éxito a los moros.
Más
aún, a pesar del retorno a las tácticas de la infantería, esta batalla marcó el
comienzo de la época caballeresca, edad en que los caballeros con armadura
dominaron la guerra europea.
La
época caballeresca
Los
términos caballerosidad y caballeresco están relacionados con el francés chevaux
(caballos), y con otras palabras derivadas del nombre del animal. Estas palabras
muestran cómo la gente de la Edad Media asociaba la nobleza, la gentileza y el
valor con los guerreros a caballo.
Esta
era, como muchas otras anteriores y posteriores, ensalzó la violencia. La gente
consideraba la habilidad en el combate como una muestra de civilización. Jean
Froissart, cronista e historiador francés del siglo catorce, escribió:
“Los
caballeros nobles han nacido para luchar, y la guerra ennoblece a todos aquéllos
que combaten sin temor o cobardía”.
Ennoblecedora o no, la guerra costaba dinero, y era extraordinariamente oneroso
equipar a un caballero. Carlos Martel ayudó a sus jinetes a pagar sus
pertrechos, expropiando tierras de la Iglesia medieval y entregándolas a
los guerreros nobles. Bajo el feudalismo los terratenientes se beneficiaban de
las cosechas de sus labriegos arrendatarios.
Carlomagno, quien sería poco después rey de los francos, además de ser el
primero en unir gran parte de Europa tras la calda de los romanos, llevó a cabo
la unificación con su caballería.
La
armadura para detener los golpes a armas mortales
La
cultura caballeresca prevaleció durante centenares de años en Europa. Esta
cultura de la armadura blindada está asociada en las películas
arco largo: combinación de precisión y potencia
El
arco largo inglés, refinamiento de una antigua tecnología galesa, se convirtió
en el último grito de la moda en armamentos durante el siglo catorce. Preciso y
potente en manos de un arquero experimentado, el arco largo fue una razón
adicional para que los caballeros usaran sólidas armaduras metálicas.
El
arco largo era poderoso, pero tanto su precisión como su alcance eran limitados.
El modelo inglés podía causar daño a una distancia de 225 metros y se recargaba
rápidamente. No obstante, sólo un arquero experimentado podía manejarlo a
cabalidad, de modo que Inglaterra exigía a los pequeños propietarios de tierras
que se enrolaban como soldados, de ser necesario, como en la antigua Grecia y en
Roma, un entrenamiento para adquirir buena puntería.
En la
batalla de Crécy, librada en 1346 durante la guerra de los cien años entre
Inglaterra y Francia, los arqueros ingleses provistos de arcos largos derribaron
las filas francesas una tras otra. Francia perdió ese día más de 1.500
caballeros y 10.000 soldados de infantería. Inglaterra perdió menos de 200
hombres en total, entre ellos solamente dos caballeros.
A
corto plazo, Crécy obligó a los franceses y a otras naciones europeas a cubrirse
de armaduras más pesadas. Nadie presentía entonces que los caballeros estaban en
vías de extinción. Los cañones venían en camino. Un siglo más tarde las armas de
fuego superarían en el disparo y la penetración a cualquier arco inventado hasta
entonces.
La
pólvora aumenta la potencia de fueqo
Entre
los siglos doce y dieciocho, los cañones pasaron de China al occidente de Asia,
y de allí a Europa. Se desarrollaron a partir de los primeros experimentos hasta
alcanzar una tecnología de precisión. Los militares fueron obligados a revisar
sus estrategias, adaptando a veces las viejas formaciones de batalla para
acoplarlas al nuevo armamento, a la vez que los defensores hallaban nuevas
maneras de reforzar puestos fronterizos y ciudades. El papa Urbano II condenó la
ballesta en 1096, como “odiosa a los ojos de Dios”, y la Iglesia prohibió en
1139 su uso contra cristianos. Por supuesto que si se trataba de sarracenos,
como llamaban entonces a los turcos y otros musulmanes, su empleo estaba
permitido.
A
la carga con la lanza
Aunque los cruzados emplearon la ballesta, su uso les pareció poco honorable.
Los valores caballerescos se centraban en el combate personal. Cuando no había
guerra, los caballeros se enfrentaban unos a otros en feroces y con frecuencia
mortales torneos.
La
lanza, arma larga y puntiaguda que el caballero llevaba apretada bajo el brazo,
liberaba una fuerza inverosímil. Los jinetes, con el tiempo cada vez más
recubiertos de metal, se balanceaban sobre los estribos y se apoyaban en las
sillas de respaldo alto al usar esta variedad de la antigua pica para tratar de
desmontar al contendor de su corcel. Las armaduras, cada vez más pesadas, los
protegían de ser traspasados.
Estas
batallas simuladas daban a los caballeros renombre y los mantenían preparados
para la guerra, pero la lucha en los torneos era real. En uno celebrado en 1241
en Neuss, Alemania, hubo cerca de 80 muertos, entre hombres y niños.
fabricaban campanas de iglesia, fueron los primeros fabricantes europeos de
cañones; a veces las fundían para fabricarlos. Los constructores pronto se
dieron cuenta de que un tubo funcionaba mejor, y que deberla disparar un
proyectil de metal, con el cual se podría echar abajo el portal de un castillo,
o destruir una casa.
Aparecen los grandes cañones
El
escritor y estadista italiano Nicolás Maquiavelo observó a comienzos del siglo
dieciséis:
“No
existe muro, por grueso que sea, que no pueda ser destruido en pocos días por la
artillería”.
Los
cañones ya eran grandes, aunque algunos de los de mayor tamaño no funcionaban
bien. A comienzos del siglo quince algunos pesaban 750 kilogramos y disparaban
balas de 75 centímetros de diámetro. ¿Cómo podía fabricar alguien un tonel de
metal fundido de semejante tamaño? En primer lugar no era fundido, sino armado
con piezas de hierro forjado, como las tablas que forman las paredes curvas de
los barriles de encurtidos. Varios aros de hierro sostenían las piezas en su
lugar, por lo menos temporalmente.
En
1445, los artilleros borgoñones (el ducado de Borgoña era entonces
independiente; más tarde se uniría a Francia) estaban disparando una de esas
monstruosas bombardas (los primitivos cañones) contra los invasores turcos
cuando estalló uno de los aros. Lo curioso es que dispararon de nuevo, y
saltaron dos aros más y una de las piezas longitudinales.
En
1440, uno de sus propios cañones explotó, dando muerte a Jacobo 11, rey de
Escocia, y a muchos miembros de su séquito.
La
artillería destructiva de las murallas de Constantinopla
En
algunos casos un gran cañón era lo que hacía falta. Recordemos que los árabes no
pudieron vencer la determinación de Constantinopla. Decidido a enfrentar el
desafío con grandes cañones, el sultán turcomano Mohamed II contrató a un
fabricante húngaro, quien construyó un cañón capaz de lanzar un proyectil a 1,6
kilómetros de distancia.
Se
enciende el fuego del descubrimiento
Si se
enciende fuego en un montón de basura que contenga azufre, se disparará una
reacción sibilante. Alguien cuyo nombre se ha perdido en la historia observó
este fenómeno en China hace siglos, y comenzaron entonces los experimentos con
mezclas de azufre concentrado y carbón de leña. Hacia el siglo noveno d.C., otro
genio agregó cristales de nitrato de potasio (salitre). Si la mezcla se prendía,
se obtenían chispas que servían para decorar las ceremonias formales. Los monjes
taoístas jugaron con estos compuestos químicos hasta lograr la pólvora para
fuegos artificiales.
Los
fabricantes de juegos pirotécnicos aprendieron con el paso del tiempo que su
mezcla, la pólvora, podía explotar peligrosamente. Los militares también se
percataron de ello. Hacia el siglo doce, los ejércitos de la dinastía Sung
introdujeron en su arsenal las granadas metálicas; por otra parte, los chinos
fueron los primeros en usar bombas de fragmentación, en las que la envoltura se
hacía añicos, y se esparcía cual mortal metralla. En el siglo siguiente, las
fábricas chinas de armamento construyeron centenares de cohetes militares y
bombas, algunas de las cuales contenían sustancias venenosas, como el arsénico,
que se liberaban con el impacto; otras, diseñadas para causar incendios,
llevaban alquitrán y aceite. Los chinos construyeron también cañones primitivos,
simples barricas llenas de pólvora, que disparaban rocas o bolas metálicas.
Se
propagan noticias
Las
noticias se propagaron hacia Occidente por la ruta de la seda, el antiguo camino
comercial. Los árabes ya tenían armas de fuego primitivas hacia finales del
siglo trece, pero la receta para la fabricación de la pólvora llegó a Europa en
1267, en las manos del científico inglés Roger Bacon.
Menos
de un siglo después, los ejércitos europeos usaban ya toscos cañones; pero no
fueron los innovadores soldados que ensayaban pequeñas, ruidosas y apestosas
marmitas de fuego quienes decidieron la batalla de Crécy, ya mencionada, sino
sus camaradas arqueros armados con el arco largo. Sin embargo, esta especie de
cañón primitivo era un síntoma de desarrollos futuros. Los primeros cañones
europeos fueron llamados marmitas de fuego porque tenían la forma de una olla;
disparaban flechas (sí, flechas) con una fuerza asombrosa, pero con poca
confiabilidad y ninguna precisión. Los artesanos, que hasta entonces
Armas de fuego para los soldados
Al
principio los cañones fueron considerados el reemplazo de la catapulta y el
ariete, armas destructivas pero imprecisas. Con el desarrollo de la artillería,
fueron ganando en utilidad y precisión.
Los
fabricantes diseñaron pronto modelos para emplear en el propio campo de batalla,
como artillería ligera (comúnmente un cañón sobre ruedas tirado por caballos) y
armas para los soldados. El cañón manual, como se llamaban los cañones más
pequeños, hería los caballos del enemigo (y también el propio, si a ello vamos)
y tal vez intimidaba a un par de caballeros, si mucho. No obstante, durante un
buen tiempo el cañón manual no parecía un reemplazo práctico de la espada y los
arcos. ¿Cómo podía uno llevar el cañoncito, apuntar, y también prender fuego
exitosamente a la carga de pólvora?
A
mediados del siglo quince, la solución consistía en usar una mecha , empapada en
alcohol y cubierta con salitre, sujeta a un disparador. Empujando el disparador,
la mecha lenta se ponía en contacto con el oído del cañón y prendía la carga de
pólvora.
Esta
arma de mecha lenta, liberaba las manos del tirador, que podía apuntar, por
ejemplo, un arcabuz (del alemán Hakenbüchse, que significa cañón de gancho).
Algunos arcabuces tenían un gancho que solía asegurarse al borde de un muro para
disparar sobre él. El gancho recibía parte del golpe producido por el fuerte
retroceso del arma.
La
palabra mosquete viene de mosquito. Como su nombre lo indica, se suponía que
esta arma irritaba al enemigo. Pero los mosquetes no eran en nada parecidos, por
su tamaño, al mosquito. Muchos tenían que reposar sobre una horquilla, como una
muleta, para que el tirador apuntara y disparara. Así que, además del pesado
cañón, el mosquetero tenía que arrastrar su incómodo soporte.
En
1453, el sultán disparó de seguido su cañón, apodado Mahometa, contra las
murallas de la capital. Como muchos de esos gigantes, el cañón se rompió al
segundo día, y a la semana era inutilizable. Pero Mohamed tenía más, así que,
después de 54 días de asedio, el Imperio Bizantino de mil años de antigüedad
cayó finalmente.
Refinamiento de las nuevas armas
Aunque las enormes bombardas funcionaban, los jefes militares sabían que debía
haber un medio menos engorroso que ganar batallas a cañonazos. Los fabricantes
pusieron manos a la obra y diseñaron cañones más ventajosos y versátiles, que
vinieron a cubrir necesidades específicas en el arsenal del Renacimiento.
Cañones más livianos mas fáciles de maniobrar
Andando el tiempo, los expertos en artillería comprendieron que podían fundir
algunos cañones en bronce, metal resistente pero más liviano, en lugar de
emplear el hierro, de modo que fueran más manejables y menos propensos a
estallar, de suerte que pudieran ser colocados más rápidamente en posición y
disparados con mayor frecuencia (algunos de los cañones grandes podían disparar
sólo un proyectil cada dos horas). Con tales cañones se haría más daño que con
los grandes.
La
pólvora se mejora con coñac
Había
mejores cañones, pero la pólvora requería perfeccionamiento ya que el azufre, el
carbón y el salitre tenían pesos distintos. Los cristales de salitre se iban al
fondo en tanto que el carbón se quedaba en la superficie.
Mezclar correctamente los ingredientes antes de cargar el cañón, única manera de
asegurar la efectividad de la pólvora, era una labor difícil y demorada.
Entonces a alguien se le ocurrió mezclar la pólvora con coñac, para que los
ingredientes se integraran mejor y de manera homogénea, y dejar secar la pasta
resultante en forma de granos.
¡Pero
qué desperdicio de coñac! Los soldados ensayaron sustitutos como vinagre, que
funcionaba bien, orina humana, que era todavía mejor, en particular si provenía
de un soldado que había dado al coñac un uso más placentero (esto no mejoró el
olor de la pólvora, por cierto).
Armas de fuego para los soldados
Al principio los cañones fueron considerados el reemplazo de la
catapulta y el ariete, armas destructivas pero Imprecisas. Con el desarrollo de
la artillería, fueron ganando en utilidad y precisión.
Los fabricantes diseñaron pronto modelos para emplear en el
propio campo de batalla, como artillería litera comúnmente un cañón sobre ruedas
tirado por caballos con los soldados) El cañón manual, como se llamaban los
cañones más pequeños, hería los caballos del enemigo (y también el propio, si a
ello vamos) y esta vez
intimidaba
a un par de caballeros, si mucho. No obstante, durante un buen tiempo el cañón
manual no parecía un reemplazo práctico de la espada y los arcos. ¿Cómo podía
uno llevar el cañoncito, apuntar, y también prender fuego exitosamente a la
carga de pólvora?
A mediados del siglo quince, la solución consistía en usar una
mecha empapada en alcohol y cubierta con salitre, sujeta a un disparador.
Empujando el disparador, la media lenta se ponía en contacto con el oído del
cañón y prendía la carga de pólvora.
Esta arma de mecha lenta, que aparece en la figura, liberaba las
manos del tirador, que podía apuntar, por ejemplo, un arcabuz (del alemán
Hakenbflchse; que significa cañón dé gancho). Algunos arcabuces tenían un
gancho que solía asegurarse al borde de un muro para disparar sobre él. El
gancho recibía parte del golpe producido por el fuerte retroceso del arma.

La palabra
mosquete
viene de mosquito. Como su nombre lo indica, se suponía que esta
arma irritaba al enemigo. Pero los mosquetes no eran en nada parecidos, por su
tamaño, al mosquito. Muchos tenían que reposar sobre una horquilla como una
muleta, para que el tirador apuntara y disparara. Así que, además del pesado
cañón, el mosquetero tenía que arrastrar su incómodo soporte.
Producción de la chispa
Como
la mecha lenta producía a veces demasiado pronto la chispa que prendía la carga,
el mosquete era peligroso para el mosquetero; en consecuencia los armeros
inventaron otra manera de prender la carga de pólvora: un trozo de pedernal en
contacto con una rueda de acero provista de un resorte. Si examinamos las partes
móviles de un encendedor de cigarrillos, comprenderemos cómo salta la chispa.
Con el tiempo, un dispositivo más simple, consistente en un martillo provisto de
un resorte que golpeaba un trozo de pedernal, se convirtió en la tecnología
dominante, que prevaleció desde cerca de 1650 hasta el siglo diecinueve.
Fortalezas flotantes
Después de que la pólvora revolucionara el armamento, las batallas navales se
libraron empleando cada vez más artillería, en lugar de remar hasta la nave
enemiga, abordarla y combatir cuerpo a cuerpo en el puente. La galera, que había
sido una formidable nave de guerra en el Mediterráneo, se fue volviendo obsoleta
porque los barcos tenían ahora que erizarse de bocas de fuego; no necesitaban
remos ni remeros. Las naves se convirtieron en fortalezas flotantes.
Fortificaciones en forma de estrella
Desde
la época de las primeras ciudades amuralladas , una buena barrera defensiva
debía ser tan alta como fuera posible, pero ahora el fuego de los cañones podía
derribarla, de suerte que los arquitectos inventaron a mediados del siglo quince
un nuevo tipo de fortaleza. En Génova, Italia, Leon Battista Alberti diseñó
fuertes en forma de estrella, con muros relativamente bajos pero muy gruesos. En
la figura vemos el Castillo de San Marcos, construido por los españoles en
San Agustín, Florida, durante el siglo dieciséis.

Las
salientes en ángulo permitían a los defensores apuntar sus cañones en diagonal a
las líneas enemigas, de suerte que un proyectil podía pasar por encima de la
línea, destruyendo más hombres, cañones, caballos y pertrechos en general.
Fuente Consultada: Historia del
Mundo - Peter Haugen
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