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Podemos decir que hubo una
Revolución Científica iniciada en Europa a mediados del siglo XVI y que la
misma no fue completamente espontánea ni autóctona, sino que fue el
resultado de la recuperación, en Europa, de los conocimientos clásicos a
través de textos árabes, que incorporaban además los nuevos descubrimientos
del Islam y presentaban conceptos científicos y matemáticos orientales,
especialmente de la India. China, por su parte, aportó cuatro inventos
básicos: la fabricación del papel, la imprenta de tipos móviles, la pólvora
y la brújula.
La Revolución Científica tuvo un carácter
doble. Por un lado, fue intelectual, pues cuestionó los dogmas establecidos
y propuso nuevas interpretaciones de ideas antiguas. Por otro, buscó el
conocimiento no sólo mediante la observación de los fenómenos naturales,
sino a través de experimentos deliberadamente concebidos. El movimiento era
imparable, lo cual no significa que no encontrara una oposición
considerable.
En el siglo XVII, Galileo estuvo a punto de
morir en la hoguera de la Inquisición por atreverse a apoyar la teoría
heliocéntrica del universo, presentada por Copérnico en 1543 en su
monumental obra De revolutionibus orbium celestium (De las revoluciones de
las esferas celestes). A mediados del siglo XIX, la teoría de Darwin sobre
la evolución fue blanco de los más encarnizados ataques de la Iglesia por
motivos puramente teológicos, ya que las pruebas científicas se consideraban
irrelevantes.
En 1940, el genetista ruso N.I. Vavilov fue confinado en un
campo de concentración, donde murió, porque sus ideas, científicamente
incuestionables, eran incompatibles con el materialismo dialéctico del
comunismo.
La esencia de la nueva ciencia era su
objetividad: la validez de cualquier experimento podía ser comprobada por
cualquier otro investigador. Era también acumulativa: cada nuevo avance se
basaba en hechos ya establecidos. De esta forma se fue desarrollando un
volumen cada vez mayor de conocimientos sobre la naturaleza del mundo que
nos rodea. Pero la objetividad dejaba también espacio para la imaginación
que, además, se volvió necesaria.
La simple colección de hechos resulta
improductiva; el verdadero progreso se produce cuando alguien cae en la
cuenta de que ciertas observaciones siguen una pauta determinada y de que
todas se pueden acomodar dentro de un concepto teórico más amplio. La
validez o falsedad de la teoría se pueden comprobar objetivamente, a partir
de las predicciones basadas en ella.
Si las predicciones resultan correctas, la
posición de la teoría se fortalece; si resultan erróneas, la teoría se
modifica o se abandona. Sobre esta base, algunas teorías son sumamente
efímeras, mientras que otras ganan validez. No obstante, el único dogma de
la ciencia es que ninguna teoría es inamovible, aunque, naturalmente, cuanto
más firmemente establecida y amplia sea una teoría más sólidas deben ser las
pruebas presentadas para refutarla.
En estos conceptos reside la singularidad de
la ciencia como disciplina intelectual. Es una organización coherente y
sistemática de conocimientos construida de generación en generación; es
objetiva por oposición a subjetiva, y se puede someter a prueba en cualquier
momento y en cualquier lugar del mundo.
Pero esta desapasionada objetividad que
constituye la fuerza de la ciencia ha sido también un motivo de críticas. Se
dice que la ciencia no hace nada por responder a los interrogantes
filosóficos fundamentales que han preocupado a la humanidad desde los
albores de la civilización: la naturaleza del bien y del mal, los méritos de
las diferentes creencias religiosas, los derechos del hombre, las sutilezas
de la naturaleza humana... Es cierto, pero la respuesta es sencilla: los
científicos se preguntan «cómo» y dejan el «por qué» para los filósofos.
El método científico ha sido
extraordinariamente eficaz para revelar el funcionamiento del mundo físico,
pero no existen razones para suponer que sea igualmente eficaz en el terreno
metafísico. Cuando los científicos abandonan su rígido marco profesional,
sus opiniones sobre estas cuestiones son tan dispares y apasionadas como las
de todo el mundo.
Si bien el objetivo último de la ciencia es
descubrir las leyes que gobiernan el mundo que nos rodea, los filósofos
naturales no tardaron en comprender que los conocimientos así adquiridos se
podían aplicar para fines prácticos.
En el momento de su fundación, en 1662, la
Royal Society de Londres definió específicamente su responsabilidad de
«promover, por la autoridad de los experimentos, las ciencias de la
naturaleza y de las artes prácticas (...) en beneficio de la raza humana».
En Francia, donde en 1666 se fundó la
Académie des Sciences, la importancia concedida a los aspectos prácticos de
la ciencia era todavía mayor y los académicos recibían una pensión estatal
para dedicarse a sus investigaciones. Llegamos de esta forma, a través de la
ciencia y los científicos, a la tecnología. Históricamente, como hemos
señalado, era diferente de la ciencia aplicada, aunque solamente fuera
porque ya existía mucho antes de que apareciera la ciencia en el sentido
moderno. Si bien la convergencia ha sido notable durante el presente siglo,
los dos conceptos siguen sin ser sinónimos.
La dificultad para definir la tecnología en términos precisos refleja el
hecho de que su significado, al igual que el de otras muchas palabras
similares, no sólo ha cambiado a través de los años sino que continúa
cambiando. Transcurridos más de tres siglos, resulta imposible establecer lo
que tenían en mente los 40 miembros originales de la Royal Society cuando
hablaban de las «artes prácticas» que habían de progresar con la aplicación
del conocimiento científico. Por las actas de sus reuniones resulta
evidente, sin embargo, que pensaban sobre todo en la mecanización de los
procesos industriales, que ya estaba comenzando y que alcanzaría su punto
culminante con el inicio de la Revolución Industrial, un siglo más tarde.
Así pues, se puede decir que sus «artes prácticas» equivalían
aproximadamente a la tecnología de la época.
A principios del siglo XVIII, lo más
importante era aún la ingeniería, tal como se desprende de la obra de
Phillips, Technology: a descríption of Arts, especially the mechanical
(1706). Pero la gran obra del siglo xvni en este campo fue la enorme y
completa Enciclopedia de Denis Diderot, publicada en Francia en 28 volúmenes
(1751-1772). Dos de sus tomos estaban dedicados a las ilustraciones, en
hermosas láminas que según los editores no sólo reflejaban la ciencia y las
artes mecánicas sino las «artes liberales», es decir, la fabricación del
vidrio, el trabajo del cuero, la agricultura, la panadería, la elaboración
de cerveza y la fabricación de jabón.
En 1866 apareció la obra menor, pero aun así
sustancial, de Charles Tomlinson: Cyclopaedia of Useful Arts, Mechanical and
Chemical Manufactures, Mining and Engineeríng, que nos acerca mucho más al
concepto moderno de tecnología, término que abarca las antiguas técnicas,
todavía ampliamente empíricas, y la aplicación de la ciencia a las artes
prácticas y a la industria en el sentido más amplio. No obstante, todavía se
percibía una distinción entre los dos conceptos.
Así pues, cuando en 1853 se fundó en Londres
el Museo de la Ciencia, quedó bajo la responsabilidad del Departamento de
Ciencias y Artes Aplicadas, siendo su nombre completo Museo de la Ciencia y
de la Industria. Más adelante, en 1882, tuvo lugar una reorganización del
departamento, que pasó a llamarse Departamento de Ciencias Aplicadas y
Tecnología.
Fuente Consultada:El Estallido Científico
de Trevor I. Williams |
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