TERRORISMO GLOBAL O
DEMOCRACIA MUNDIAL
Por Fernando A.
Iglesias |
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Quienes
el 11 de septiembre de 2001 brindaron con champagne y en nombre de Marx por la
muerte de alrededor de 3.000 trabajadores y ciudadanos de 80 nacionalidades a
manos de una secta medieval dirigida por un jeque multimillonario pueden
observar hoy los efectos previsibles de aquellos hechos, inaugurales en la
globalización del terrorismo: el auge mundial del autoritarismo, el
nacionalismo, el militarismo y la violencia; la entronización global de los
peores líderes y la perdida generalizada de vidas humanas, libertades civiles y
legitimidades democráticas a ambos lados de las imaginarias barricadas.
Como
toda estrategia nacionalista en el mundo global, el terrorismo fundamentalista
es zombie: obtiene efectos contrarios a los que dice perseguir. Quienes actúan
en nombre de la creación de una Nación Islámica han contribuido a la división
del mundo árabe. Quienes dicen estar por la autonomía de las naciones de Medio
Oriente han posibilitado la creación, impracticable en otro contexto, de
protectorados occidentales en Afganistán e Irak. Quienes sostienen actuar en
contra de George W Bush y los halcones de Washington son, de hecho, sus mejores
aliados. Quienes dicen combatir por el bienestar de los pueblos del Tercer Mundo
han promovido una oleada racista contra sus inmigrantes y generado una fuga de
capitales de los mercados emergentes que deja a sus pobladores en una situación
aún peor que la precedente, ya suficientemente dramática.
El
carácter bárbaro de la batalla contra la Modernidad y la Civilización que el
terrorismo promueve hace necesario analizar profundamente sus raíces a la luz de
la experiencia acumulada por la humanidad. En este sentido, y dejando en claro
que explicar no implica justificar, es posible observar que las oleadas
terroristas han tenido lugar en situaciones en las que prevalecían:
1) desigualdades sociales
percibidas como inaceptables;
2) un sistema político
antidemocrático y carente de legitimidad, y
3) disputas profundas en torno a
la extensión de la unidad política.
Por
la simultaneidad de estos tres elementos, bien cabe recordar la anterior oleada
terrorista que conmovió al mundo, desde fines del siglo XIX hasta inicios del XX,
y que se desarrolló en medio de la ilegitimidad del orden
monárquico-aristocrático, de las desigualdades típicas de la fase inicial del
industrialismo y de los conflictos territoriales relacionados con la fundación y
estabilización de los estados nacionales centroeuropeos.
En
cuanto al fugaz terrorismo de posguerra que tuvo lugar en Alemania, Italia y
Japón, naciones que abrazaron el fascismo, y en países como la Argentina y
España, gobernados durante largo tiempo por dictaduras militares nacionalistas,
desnuda otros elementos típicos de todo terrorismo: su pretendido carácter de
representante de los derrotados por fuerzas modernizantes, su composición social
basada en sectores desplazados de las elites, su índole declarada o
encubiertamente nacionalista, su antiamericanismo, antiparlamentarismo y
anticapitalismo, su apego a la violencia, y su desprecio por la vida humana y
por la capacidad del sistema político para reformarse democrática y
pacíficamente.
Hoy,
el terrorismo fundamentalista islámico renueva todos y cada uno de estos
antivalores y los representa en la escala global. Apenas las naciones avanzadas
se unificaron y democratizaron, entendiendo igualitariamente los derechos
civiles, políticos y sociales todos sus ciudadanos, el terrorismo a escala
nacional cayó al basurero de la historia para no retornar salvo episodios breves
y aislados. ¿Por qué no pensar que es este, exactamente, el caso del mundo? ¿No
enfrenta hoy el planeta problemas similares a los que enfrentaron las ciones-estado
en el momento de su unificación y democratización ¿No extrae el terrorismo
fundamentalista sus pretensiones de legitimidad de la percepción del escándalo
de las desigualdades internacionales, del agravamiento de las desigualdades
internacionales, de la sensación de impotencia de los ciudadanos del mundo
frente a un orden global que parece haber escapado de todo control democrático?
¿Y se replantea hoy a escala global el problema que ha caracterizado corto y
sanguinario siglo XX europeo: el de la extensión de la unidad económico-política
por encima de la escala nacional?
Que
los atentados de Londres hayan sido ejecutados en un espacio y un tiempo tan
cercanos a la cumbre del G8 es mucho más que ni mera casualidad. Se ha tratado
de un intento deliberado, por parte de terroristas, de aprovechar el déficit de
representatividad democrática mundial para justificarlos. Sin embargo, la
instrumentalización criminal de este argumento no implica su falsedad.

De
hecho, el G8 constituye una especie de Poder Ejecutivo mundial nada
representativo, antidemocrático, poco transparente y signado por la voluntad de
los más fuertes; un poder elitista que establece una suerte de voto calificado
global que es solamente sensible a los intereses de 1 ciudadanos del Primer
Mundo. Sus lideres violan misma idea de representatividad democrática cuando
toman decisiones cuyos efectos son globales que nadie, ni siquiera los
ciudadanos de sus propios países, los hayan elegido para ello. Y estos abusos
hacen particularmente claros en el caso de George W Bush, presidente del estado
nacional más poderoso del planeta, tan celoso de las soberanías nacionales
cuando trata de proteger a sus militares de las acciones de la Corte Penal
internacional o de preservar el derecho de las corporaciones norteamericanas a
contaminar irresponsablemente, como dispuesto a violar invadiendo Irak en nombre
de la seguridad global y la democracia.
Quienes señalan que los muertos en los atentados son relativamente pocos,
minimizan la dimensión de la amenaza terrorista. No está más recordar que un
atentado contra una sola persona, el que terminó en 1914 con la vida del
archiduque Francisco Fernando de Aus fue la campana de largada de los treinta
años más dramáticos de la tona de la humanidad. A esta experiencia debemos
apelar para evitar soluciones nacionalistas a problemas que se han tornado
mundial como la globalización del terror. Combatirlo por medios nacionalistas
aplicados globalmente, como intenta hacer la administración Bush cuando
“supranacionaliza” sus prisioneros en Guantánamo, los “exporta” a países en los
que la tortura es una práctica aceptada o forma coaliciones internacionales para
invadir Irak, constituye otra estrategia zombie-nacionalista cuyos resultados
son opuestos a sus objetivos, como Madrid y Londres acaban de demostrar.
En un
mundo global, la idea de la “seguridad nacional” estalla por todos lados. En
mundo global, la seguridad es global y se basa en la extensión de la democracia
o se convierte en un paradigma zombie que tiende a dividir la humanidad y a
asegurar la doble persistencia de la violencia y las desigualdades.
A
despecho de tanto debate infructuoso, Justicia e Igualdad nunca han sido
antagónicas. La criminalidad, terrorista o no, se combate persiguiendo a los
criminales y sometiéndolos a un juicio y un castigo justos y —al mismo tiempo—
combatiendo las desigualdades e iniquidades que favorecen la proliferación del
crimen y su justificación. Pero para proveer estos bienes públicos universales
—Justicia e Igualdad— a escala planetaria, se necesitan tribunales imparciales e
instituciones democrático-representativas de las que la humanidad carece
totalmente en la cada vez más determinante escala global.
Un
mundo que no avance hacia la globalización de la democracia avanzará hacia la
globalización del terror. Quienes comprenden que un mundo global implica la toma
de decisiones políticas globales 3 están a favor de la democracia carecen de
argumentos racionales para oponerse a la superación del actual orden
antidemocrático global regido por el G8, el FMI el Consejo de Seguridad de k ONU
y la Organización Mundial del Comercio, y al reemplazo de estas organizaciones
internacionales por instituciones democráticas mundiales basadas en el principio
“un hombre-un voto”. Me refiero a un Parlamento mundial en el que la mayoría de
los seres humanos, que habita en e] Tercer Mundo y no en el primero, tengan voz
y voto, y a una Corte de Justicia mundial que pueda juzgar tanto a los
terroristas que cometan crímenes contra la humanidad como a los jefes de Estado
que cometan crímenes de guerra.
Por
un tiempo demasiado largo, las opciones políticas a disposición han estado
divididas entre una razón sin corazón y un corazón sin razones, entre el
chauvinismo del bienestar primermundista y el tercermundismo nacionalista, entre
las tecnocracias politico-económicas globalistas y el fundamentalismo de los
perdedores de la globalización. Ninguno de estos proyectos políticos es capaz de
generar un orden mundial democrático, justo, inclusivo, igualitario. Relegitimar
democráticamente el poder político, combatir las oprobiosas desigualdades
globales y contribuir a la unidad política mundial (o, al menos, proveer un
marco de discusión pacífico a los desacuerdos internacionales), debieran ser las
tareas centrales de una red global de decisiones democráticas extendida desde
las naciones hasta los continentes y el mundo. Son estas también las tres
condiciones esenciales para desactivar el terrorismo globalizado.
Durante el nacionalista siglo XX, el terrorismo sólo pudo ser derrotado por las
democracias nacionales. Durante el global siglo XXI, el terrorismo global sólo
podrá ser derrotado por la elevación de la democracia a la escala global. Si las
fuerzas democratizantes del mundo no logran superar la falsa antinomia entre el
primermundismo elitista y el tercermundismo irracional, que refuerza el
nacionalismo, el autoritarismo, el militarismo y la violencia de los
privilegiados de todas partes contra los deseos de paz, justicia, democracia e
igualdad de los ciudadanos del mundo, la globalización del terror y de la guerra
no pueden sino continuar. Lamentablemente.
Fuente Consultada: Revista
Veintitrés
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