Los primeros
grupos guerrilleros en la Argentina surgieron estimulados por los éxitos de
la guerrilla en Cuba, y se propusieron la creación de focos revolucionarios
en zonas rurales de nuestro país. Los primeros grupos que surgieron en los
años sesenta Rieron los Uturuncos (de tendencia peronista, que operó
en Tucumán y Santiago del Bastero), el Ejército Guerrillero del Pueblo
(ERP, de tendencia castro-guevarista, a principios de 1970) y el
Destacamento 17 de Octubre (peronista, que actuó en Taco Ralo, Tucumán,
entre 1967 y 1968).
En el interior
del movimiento peronista comenzaron a diferenciarse grupos que formaron el
ala izquierda del movimiento. Desde este sector se comenzó a pensar al
peronismo como movimiento revolucionario, una variante nacional del
socialismo. La radicalización de un importante sector del peronismo había
aportado un componente nuevo. Al discurso tradicional de Perón se sumaba la
reinterpretación antiimperialista y social de su doctrina. Se pensaba la
acción de Perón dentro de las tendencias que luchaban para alcanzar el
socialismo.
Esta relectura
del peronismo permitió que se acercaran al movimiento nuevos sectores de la
juventud, entre ellos el Movimiento Nacionalista Revolucionario
Montoneros. Montoneros fue la organización más importante de la
izquierda peronista.
Esta
fue creada en 1967 por un grupo de miembros de la Acción Católica, algunos
de los
cuales eran alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires. Algunos de ellos
habían sido integrantes de Tacuara, una agrupación estudiantil de tendencia
nacionalista-católica.
Los fundadores
de la organización Montoneros fueron Fernando Abal Medina (izq.),
Carlos Gustavo Ramus y Mario Eduardo Firmenich (der.), todos ellos
militantes de la Acción Católica Argentina, y relacionados con el grupo de
sacerdotes del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo
. Dentro de Montoneros
existían diferentes
tendencias.
Por un lado, algunos
consideraban que el objetivo era la construcción de una variante nacional
del socialismo; otros veían en el peronismo una forma socialista de la
revolución nacional. Pero los aglutinaba la convicción de que la
contradicción fundamental de la Argentina era imperialismo versus
nacionalismo.
Montoneros impulsó la
formación de un frente de liberación nacional y se comprometió a
luchar en dos ámbitos a la vez: contra los militares y contra la
burocracia sindical conciliadora. Su primera aparición pública fue con
el secuestro y posterior asesinato de Pedro Eugenio Aramburu, en mayo de
1970.
Dentro del peronismo, también
surgieron otras agrupaciones específicas para el trabajo político en
diferentes frentes. Algunas fueron la Juventud Peronista (JP), que operó en
el trabajo barrial; la Juventud Universitaria Peronista (JUP), para leí
trabajo con los estudiantes universitarios; la Unión de Estudiantes
Secundarios (UES), en los colegios; la Juventud Trabajadora Peronista (JTP),
en el frente sindical; y el Movimiento Villero Peronista.
Otra agrupación guerrillera la
constituyeron las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), identificadas con las
ideas de John W. Cooke. Cooke había sido delegado personal de Perón
en el país luego del golpe de 1955, tenía una visión del peronismo como
equivalente al socialismo nacional y realizó una fuerte propaganda a favor
de la lucha armada. Otra organización era la de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias (FAR), grupo foquista liderado por Roberto Quieto. Tanto las
FAP como las FAR se fusionaron con Montoneros entre 1973 y 1974.
Fuera del peronismo, existían
las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL), rama armada del Partido Comunista
Leninista, y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), creado por Enrique
Gorriarán Merlo y Mario Santucho, de orientación trotskista, que desarrolló
su acción en zonas rurales.
A partir de los gobiernos
militares se inició una guerra abierta, donde las organizaciones
guerrilleras promovieron una gran cantidad de acciones armadas en aras de
demostrar la debilidad del estado. Estas acciones no recibieron el respaldo
esperado de la población y, en muchos casos, provocaron el alejamiento de
antiguos colaboradores.
El gobierno optó por la
represión ilegal
y las agrupaciones guerrilleras fueron rápidamente
vencidas. A comienzos de 1977, los propios militares reconocieron que la
actividad guerrillera ya no representaba una amenaza. Pero este informe no
fue difundido al público. El gobierno quería alimentar la creencia de que la
guerrilla seguía operando, lo que le permitía continuar e incluso extender
la represión sobre grupos más amplios de la población.
Lo cierto era que a doce meses
del golpe, el ERP prácticamente había desaparecido y la actividad ofensiva
de los Montoneros era casi nula. A lo largo de 1977, algunas células
cometieron atentados con bombas y causaron alrededor de cuarenta bajas a las
Fuerzas Armadas y de seguridad. Pero los secuestros y las muertes en
enfrentamientos fraguados se contaban por miles.
En 1977, informes de Montoneros
reconocían haber sufrido 2.000 bajas desde el golpe, mientras que para
agosto de 1978 ya se hablaba de 4.500, incluyendo en ese número personas
escasamente o no vinculadas con la organización. El derrumbe guerrillero
evidencia, no solo la eficacia de la estrategia antisubversiva, sino la
debilidad política de sus organizaciones. Desde principios de 1976, sus
vínculos con el movimiento de masas eran endebles y sus cuadros estaban
diezmados, desorientados y aislados de su conducción.
La persistencia e
intensificación de la represión ilegal aun después de derrotada la guerrilla
demuestra que el Estado Terrorista tenía otro objetivo: controlar al
conjunto de la población por medio del temor. Tras sucesivas derrotas
militares, los Montoneros cambiaron de estrategia.
Para lograr la adhesión de los
trabajadores, articularon las demandas obreras con ataques armados a
militares y miembros clave del gobierno. Con el propósito de contribuir a
este proceso, fundaron en 1977 el Movimiento Peronista Montonero, realizaron
actos de sabotaje en huelgas obreras, atentaron contra varias figuras del
gobierno y lanzaron un llamado a la pacificación y al diálogo. Pero el
resultado fue una gran cantidad de dirigentes y militantes asesinados por
las Fuerzas Armadas.
Los obreros no se identificaron
con las acciones guerrilleras, pues consideraban muy riesgoso unirse con los
montoneros y disentían en cuanto a la metodología de acción. Los principales
dirigentes montoneros seguían sosteniendo que la estrategia había sido
oportuna y acertada. Esta distorsionada imagen de la realidad provocó el
alejamiento de la organización de muchos miembros, como por ejemplo R.
Galimberti y M. Bonasso. La actividad guerrillera perdió adeptos y quedó
definitivamente aislada del resto de la población.
"La
entonces incipiente organización Montoneros descubrió el sincretismo entre
cristianismo y revolución a través de dos personas de gran influencia en sus
comienzos: el padre Carlos Mugica, miembro de los Jesuitas y del Movimiento
de Sacerdotes para el Tercer Mundo y el intelectual y periodista Juan García
Elorrio, más tarde director de una revista que llevó ese nombre:
Cristianismo y Revolución.
Señala
Gillespie que "en 1964 Mugica entró en contacto con los ex tacuaristas
Fernando Abal Medina, Mario Eduardo Firmenich y Carlos Gustavo Ramus, en ese
entonces todos alumnos del Nacional Buenos Aires y militantes de la Juventud
Estudiantil Católica (JEC). Según dijo Firmenich años después a la revista
El Peronista, "Mugica nos enseñó que el cristianismo era imposible sin el
amor a los pobres y a los perseguidos por su defensa de la justicia y su
lucha contra la injusticia". Pero algunos de los pensamientos del sacerdote
cayeron en saco roto: el mismo Mugica dijo, también, "estoy dispuesto a que
me maten, pero no a matar".
Argentinos Jorga
Lanata Tomo II