Desequilibrios Ecológicos Provocados por el Hombre
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La relación del hombre con la Tierra ha experimentado un cambio a raíz del repentino poder de nuestra civilización para incidir en el ecosistema global y no sólo en un área particular y específica del mismo. Todos sabemos, desde luego, que la civilización humana siempre ha influido en el medio ambiente. Baste decir a modo de ejemplo que incluso los hombres prehistóricos quemaban a veces amplias zonas intencionadamente en busca de alimentos. Actualmente, hemos remodelado una considerable parte de la superficie del planeta, cubriéndola de hormigón en las ciudades y transformando el bosque en arrozales, trigales o pastos. Pero estos cambios, que a primera vista podrían parecer importantes, han resultado ser, hasta ahora, factores más bien triviales para el ecosistema global. De hecho, hasta nuestros días, siempre se supuso que nada de cuanto hiciéramos o pudiéramos hacer afectaría de manera prolongada al medio ambiente global. Es precisamente esta suposición la que debemos descartar hoy a fin de meditar en términos estratégicos sobre nuestra nueva relación con el planeta.

Actualmente, la civilización es la causa principal de los cambios que se suceden en el medio ambiente global.

Nuestro siglo ha sido testigo de cambios decisivos en dos factores clave que definen la realidad física de nuestra relación con la Tierra: un súbito e inquietante aumento de la población humana, que crece a razón de la totalidad del censo chino cada diez años, y el repentino aceleramiento de la revolución científica y tecnológica, que ha llevado nuestro poder de transformación del mundo a niveles casi inimaginables; hoy somos capaces de quemar, recortar, cavar, desplazar y remodelar como nunca la materia física de que se compone el planeta.

El crecimiento demográfico es a la vez una de las causas del cambio de relación y un claro indicio de la imprevisible magnitud de este cambio, sobre todo en términos históricos. Desde que aparecieron los primeros humanos modernos, hace 200.000 años, hasta los tiempos de Julio César, jamás había habido más de 250 millones de personas sobre la faz del planeta. Mil quinientos años después, cuando Cristóbal Colón zarpó hacia el Nuevo Mundo, la población mundial rondaba los 500 millones. En 1776, año en que Thomas Jefferson redactó la Declaración de Independencia de listados Unidos, la cifra se había duplicado nuevamente: ya éramos 1.000 millones. Hacia mediados de este siglo, justo después de la II Guerra Mundial, superábamos los 2.000 millones.

En otras palabras, desde los albores de la humanidad hasta 1945 tuvieron que sucederse más de diez mil generaciones para llegar a los dos mil millones de personas. Hoy en día, en el transcurso de una sola vida  la población humana habrá pasado de dos mil a nueve mil millones, previsión cuyo ecuador ya ha sido superado con creces.

Las magnitudes del tiempo implicadas entre el origen de nuestro planeta hasta hoy son tan abrumadoras que fácilmente pueden distorsionar nuestras perspectivas. Se las debe reducir a términos más simples. Si comprimimos el tiempo geológico de miles de millones de años a un período de más fácil captación, por ejemplo un siglo, podemos pensar en nuestro planeta como un jardín cuya realización insumió cien años. Noventa y dos años, para ser precisos, si tomamos la formación del sistema solar hace 4.600 millones de años como el nacimiento del planeta y convenimos que un año de nuestra escala representa 50 millones de años.

Los dinosaurios y los grandes reptiles surgieron hace sólo dos años y debería pasar más de un año y once meses antes de que aparecieran en el jardín nuestros primeros antepasados reconociblemente humanos, el Homo habilis, simios parecidos al hombre. Seguiría la primera de las recientes eras glaciales —unas dos semanas atrás— desplazando los bosques y las formas de vida de las regiones en tomo de los polos de la Tierra y produciendo cambios en la distribución y en la composición aun de los bosques tropicales. Fue sólo durante y después del último de esos períodos glaciales, dentro de los últimos 50.000 años —u ocho horas en el tiempo del jardín— que el hombre moderno, el Homo sapiens, se propagó por el planeta, llegando a Australasia y a las Américas. El jardín de la Tierra ha sido emparejado y regado por los elementos por noventa y dos años, nosotros hemos estado en él por menos de un día.

Para el momento en que llegamos, el jardín era un lugar de gran magnificencia. La flora y la fauna habían surgido en una variedad maravillosa, impresionante y exquisitamente entrelazada. La humanidad es el bebé de la familia, el recién llegado al jardín de la Tierra. Pero ya hemos hecho más qué cualquier otra especie para cambiar el antiguo jardín para bien y para mal. Desarrollamos habilidades agrícolas durante las últimas horas y agrandamos mucho la capacidad del jardín para sustentar la vida. Y en el curso de los últimos cinco minutos iniciamos nuestra revolución industrial, un proceso de cambio que sería maravillosamente creativo e increíblemente destructivo a la vez.

Desarrollamos grandes civilizaciones en la Mesopotamia. en Egipto, en China y en el valle del Indo, en las Américas, en Grecia y en Roma y, luego, en Europa. Nuestros antiguos centros de instrucción produjeron nuestros primeros filósofos, nuestros primeros científicos. Demostramos gran coraje y aptitud para explorar el planeta y entender su totalidad. En tiempos más recientes, nuestra ciencia y nuestra tecnología han hecho rápidos avances en campos tan variados como la agricultura, la medicina, las comunicaciones y la electrónica. El ritmo ha sido increíble, desconcertante. No pasó tanto tiempo desde que Gutenberg inició la imprenta con tipos móviles, Slephenson construyó la locomotora de vapor y Alexander Graham Bell inventó el teléfono. Pero ellos son antiguos ahora, como la imprenta revolucionada por las computadoras y el láser, la locomotora reemplazada por los cohetes del viaje espacial y el teléfono por cable superado por los satélites y los cables de fibra óptica. Y seguimos avanzando, impulsados cuesta arriba cada vez más rápidamente por la ciencia y la tecnología.

Pero ha habido un lado negativo del progreso. En el comienzo, mientras nos adaptábamos al medio ambiente, aprendimos a vivir en armonía con la naturaleza. Algunos siguen viviendo hoy en armonía, pero sólo unos pocos, pues el resto de la humanidad decidió someter y atacar la naturaleza  a su voluntad, con el solo objetivo de satisfacer sus necesidades, que en la gran mayoría de los casos son superfluas.

Nuestro ataque a la naturaleza fue impulsado por lo que se percibió como la virtud de la acumulación, y por largo tiempo lo excusamos como cruel inocencia, un efecto secundario tolerable del progreso. Pero se convirtió en una cultura del consumo y en una inexcusable amenaza a la supervivencia humana. La adaptación a los rigores de los elementos nos apartó gradualmente del objetivo de la armonía con la naturaleza, llevándonos a perseguir su dominio. Ya ni siquiera bastaba igualar los tantos con la naturaleza: debíamos subordinarla a las necesidades y aun más a los deseos de nuestra especie particular. En especial en este siglo nos hemos vuelto tan seguros de nuestro genio, tan confiados en nuestro dominio sobre el habitat, que en verdad hemos perdido conciencia de nosotros mismos como parte de la naturaleza. En las grandes ciudades del occidente industrializado la vida se caracteriza por el desplazamiento casi completo o la exclusión de lo natural por lo artificial.

Es cierto que nuestra ciencia, en muchas de sus formas —la antropología, la geología, la química, la biología, la astronomía, todos los senderos al pasado abiertos por nuestro genio—, confirma nuestra evolución dentro de la naturaleza y nuestra dependencia de la naturaleza en cuanto a nuestra existencia presente y a la supervivencia futura. Eso es lo que sabemos en nuestra mente. Pero cómo vivimos, el modo en que prosperamos o sólo sobrevivimos, lo que pensamos y hacemos (o no hacemos) sobre el futuro, deriva menos de la inteligencia que del deseo, en particular un impulso compulsivo a predominar y prosperar a toda costa.
El proceso de modernización ha creado en nosotros no sólo seguridad en cuanto al logro humano sino también una suposición de autosuficiencia con independencia del orden natural que la sostiene. Estamos simplemente orgullosos de haber "descubierto" el ADN, el código genético que es la clave de la vida. Pero qué rara vez reconocemos que antes de nosotros y de nuestros descubrimientos estaba el código mismo. El genio primordial estaba en la naturaleza. Mucho antes de convertimos en intérpretes de la naturaleza éramos creación de la naturaleza.

Existe otra cara opuesta del progreso humano: decididamente no ha sido progreso para la mayoría de los seres humanos. El progreso material del que tanto nos enorgullecemos sólo lo gozan unos pocos y, al menos en algunos respectos, a expensas de la mayoría. Si bien toda la humanidad se ha beneficiado en cierta medida, la prosperidad que es la esencia del progreso es el privilegio de un cuarto de la humanidad, que está consumiendo los recursos., del planeta de un modo inquietantemente egoísta.

Si debiéramos emplear unas pocas palabras para definir el mayor peligro para el medio ambiente, ellas podrían ser "riqueza y pobreza" o tal vez, más agudamente, "industrialización y subdesarrollo'". Ambas son formulaciones mínimas, por supuesto.

Podríamos intentar una un poco más extensa: "consumo excesivo de recursos por parte de los ricos e intolerable miseria entre los pobres". También eso es una expresión mínima.

Algunos de los efectos nocivos o desequilibrios ecológicos producidos por esta feroz carrera por la producción y ganancias materiales  son la lluvia acida, los gases invernadero, la capa de ozono, el calentamiento global, el cambio del clima, la elevación del nivel del mar, la extinción de las especies, la desertificación, los bosques en desaparición, la crisis de la madera combustible, los riesgos nucleares, los residuos peligrosos, la erosión del suelo, el deterioro urbano, la escasez del agua, el agotamiento de la provisión de peces, para mencionar sólo algunos de los problemas más prominentes.

Cuando la sociedad humana les preste atención a todos ellos corre el peligro de pasar por alto el cuadro más grande y el mensaje que transmite. Preferimos, tal vez subconscientemente, atender los síntomas y evitar las causas. Esta tendencia inevitablemente es más pronunciada entre aquellos que tienen tanto que el cambio siempre les parece amenazante que para aquellos que tienen tan poco que el cambio sólo puede mejorar las cosas. En esto residen las semillas del desacuerdo que podría perjudicar la acción global por la supervivencia.

El impacto humano sobre la biosfera lo que está produciendo tensión ambiental y poniendo en peligro la capacidad del planeta para sostener la vida. En esencia, ese impacto se causa mediante la energía y las materias primas que la gente usa o derrocha mundialmente. Si el uso fuera aun aproximadamente igual entre la gente, la medición del impacto humano sería una cuestión relativamente simple de resolver multiplicando la cantidad de energía y de materias primas que usa cada persona por el número de la población mundial. Pero no hay ninguna equivalencia en nuestro gasto de recursos.

La vasta mayoría, que es pobre, los usa sólo en forma mínima. Exactamente lo opuesto sucede entre los ricos, que son pródigos en su consumo. La energía, en especial el uso de combustibles fósiles, está en el núcleo mismo del asunto. Un cuarto de la población mundial, la mayor parte de la cual vive en los países industriales, da cuenta del 80 por ciento del consumo mundial de energía comercial. Los otros tres cuartos, que viven en su mayor parte en el mundo ni desarrollo, dan cuenta de sólo el 20 por ciento.

 

Fuente Consultada:
La Tierra en Juego de Algore
Nuestro Hogar, el Planeta Shridath Ramphal


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