|
Torquemada,
el terrible inquisidor A finales del siglo XV, los reyes Católicos, en su afán
de construir un Estado unitario y acorde con su apelativo, necesitaban erradicar
de España a las otras religiones monoteístas. La reconquista ya tenía
acorralados a los moros, que morían en combate, se replegaban a fincas o se
convertían.
El gran problema eran entonces los
judíos, arraigados desde hacia siglos en toda la Península. La solución fue el
dominico fray Tomás de Torquemada, confesor de la reina Isabel, que en 1483 fue
nombrado inquisidor general de Castilla y Aragón. Poco después, el tremendo
fraile reorganizó la inquisición española y fue el mayor inspirador del decreto
de expulsión de los judíos en 1492.
Dictó entonces nuevas ordenanzas que le daban
carta blanca, y actué con feroz ensañamiento y crueldad contra aquellos que no
aceptaban convertirse o contra los «marranos», como se llamaba a los que
seguían practicando su credo en secreto.
La Santa Sede lo llamó varias veces a! orden, pero
los cónyuges reinante siempre lo defendieron en su cargo y su forma de actuar.
Se calcula que Torquemada condenó a unas 1011000 personas de ambos sexos a
distintas penas, de las cuales alrededor de 4.000 fueron condenas de muerte?
Murió en 1498 sin haber mostrado un signo de arrepentimiento, quizá porque él
mismo era hijo de un judío converso.
La historia
señala a Fray Tomás Torquemada como el símbolo de la intransigencia del
catolicismo cristiano, un adelantado de las leyes racistas y de limpieza de
sangre, que aparecieron después de él.
En el
inconsciente colectivo, su nombre permanecerá ligado al de hoguera y Auto de Fe,
y a una fecha particular: 1492. En ese año Torquemada estuvo a cargo de la
expulsión de los judíos españoles, los cuales no pudieron regresar. Además, en
esa misma fecha, se sucedieron dos hechos cruciales, la conquista de Granada y
el “descubrimiento” de América.
Incluso, el
papel de Torquemada seria trascendental en el Tribunal de la Inquisición. En
este actor se conjugaban su pasión por ejercer el poder, incluso sobre los
monarcas a los que repetidas veces sobrepasó, y su desapego a los mandatos del
evangelio. Torquemada impulsó la gran purga que empobrecería y arruinaría los
reinos de España recién reunificada.
Tomás de
Torquemada nació en Valladolid y se convirtió en el primer Gran Inquisidor
español después de su nombramiento en 1483. Este fraile dominico realizó una
carrera política brillante: era confesor de los Reyes Católicos y a la vez,
miembro del Consejo Real de ambos monarcas. A los 14 años ingresó al convento de
los dominicos de San Pablo en su ciudad natal, obtuvo allí el titulo de
bachiller en Teología y a la edad de 22 años se convirtió en prior del convento
de Santa Cruz en Segovia. Estos primeros pasos en su formación, lo convirtieron
en responsable del Tribunal de la Inquisición o Santo Oficio, establecido en
1478, que hasta ese momento llevaba a cabo actividades de fiscalización de
judíos. Con la asunción de Torquemada (en sustitución de los dominicos Juan de
San Martín y Miguel de Morillo) la gama de actividades y de perseguidos de la
inquisición se amplió considerablemente, siendo procesados todos los herejes y
gentes de fe dudosa en general.
Para poder
evidenciar las atrocidades cometidas bajo la Inquisición, se transcribe el
formulario de la parte dispositiva de las sentencias de tortura dictadas por la
Inquisición bajo el mandato de fray Tomas de Torquemada:
Christi nomine invocato. Fallamos atentos los autos y
méritos del dicho proceso, indicios y sospechas que del resultan contra el
dicho..., que le debemos condenar y condenamos a que sea puesto a cuestión de
tormento, en el cual mandamos esté y persevere por tanto tiempo cuanto a Nos
bien visto fuere, para que en él diga la verdad de lo que esté testificado y
acusado; con protestación que le hacemos, que si en el dicho tormento muriere, o
fuese lisiado, o se siguiere efusión de sangre, o mutilación de miembros, sea a
su culpa y cargo y no a la nuestra, por no haber querido decir la verdad. Y por
esta nuestra sentencia, así lo pronunciamos y mandamos.
Presidido
por Torquemada, el Santo Oficio extendería su jurisdicción por los reinos
peninsulares desde Castilla. La situación de los reinos peninsulares se agravó
porque en ellos no había tradición inquisitorial anterior, a diferencia de
Europa, no habían implantado la anterior Inquisición Papal, de manera que a la
brutal represión se le añadía el “factor sorpresa”.
No obstante,
la acción de la Inquisición en otros reinos peninsulares estuvo expuesta a
problemas: en Aragón se opusieron a las medidas, obligando al Gran Inquisidor a
enviar a Zaragoza el canónigo Pedro Arbués, que antes de poder actuar fue
apuñalado misteriosamente (se estima que a manos de conversos) en la catedral de
la Seo mientras realizaba sus oraciones.
Este
asesinato no impidió expandir el control de la Inquisición, imponiendo el reino
del terror por toda España. Al mismo momento se produjo una reacción que
resaltaba las bondades de la Inquisición, intentando justificar su presencia,
igualándola con el poder de Dios de la Biblia: “La Inquisición —afirmaba un
monje llamado Macedo— se fundó en el Cielo. Dios ejerce la función de primer
inquisidor, y, como tal, castigó con el fuego celeste a los ángeles rebeldes».
Esta teoría justificaría las acciones del Santo Oficio.
Fray Tomás
fue un déspota, evitó e ignoró la ayuda que, legalmente, debía prestarle el
Consejo Supremo o de la Inquisición (conocido como la Suprema), dependiente de
Fernando e Isabel. Así, Torquemada dictó sus Instrucciones Antiguas a su
libérrimo albedrío, sin consultar con nadie y según su parecer obsesivo para con
los no puros en materia de religión. En algunas ocasiones, solía asistir a los
autos de fe, y a la terrible puesta en escena de los mismos, se sumaba la figura
angulosa y espectral de Torquemada, asegurándose de que, a los que él había
condenado, fenecieran efectivamente en la hoguera.
Envestido de
plenos poderes por los Reyes Católicos, Torquemada se propuso conseguir la
unidad religiosa de una España recién “inventada y conformada”, para lo cual
aconsejó la expulsión de los judíos en 1492. Esta petición se realizo en la
emblemática ciudad de Granada, con cuya conquista se había culminado la unidad
peninsular, y en la cual residían por entonces Femando e Isabel.
Su proyecto
de expulsión podía considerarse hasta absurdo, porque según algunos
historiadores, él mismo y el propio rey Fernando de Aragón, pertenecían al
pueblo hebreo a través de sus antepasados. Sin embargo, como todos los puros
(más si son conversos), el dominico no dejaba de enviar al brazo secular para el
cumplimiento de las penas a toda clase de víctimas, tocadas con el sambenito
negro, camino de la hoguera purificadora. Esta cuestión se puede observar al
comienzo de la parte preceptiva del edicto dado en Granada por los Reyes
Catolicos el 31 de marzo de 1492, expulsando de sus reinos a los judíos:
Por
ende, Nos en consejo e parecer de algunos prelados e grandes caballeros de
nuestros reynos o de otras personas de ciencia e conciencia de nuestro Consejo,
aviendo ávido sobre ello mucha deliberación, acordamos de mandar salir a todos
los judíos de todos nuestros reinos, que jamás tornen ni vuelvan a ellos, ni
alguno delios; e sobre ello mandamos dar esta nuestra carta, por la qual
mandamos a todos los judíos e judías de cualquier edad que seyan, que viven e
moran e están en los dichos nuestros reynos e señoríos, ansí los naturales
delios como los non naturales (....) salgan con sus fijos e fijas, e criados e
criadas e familiares judíos, ansí grandes como pequeños, de quaiquier edad que
seyan, e que no seyan osados de tornar a ellos (...) so pena incurran en pena de
muerte e confiscación de todos sus bienes para la nuestra cámara e fisco...
Este
inquisidor actuó como un déspota en estado puro, evitó dar cuenta de la
expulsión a las Cortes, como era preceptivo, trabajando desde la impunidad de
los hechos ya consumados. Fueron expulsados unos 165.000 judíos, se bautizaron a
la fuerza 50.000 y murieron en el éxodo más de 20.000. Sin embargo, no todo el
mundo estaba de acuerdo con las medidas adoptadas, porque el más perjudicado,
después de los propios expulsados, era el reino de España que se veía
empobrecido por aquella sangría humana. No obstante, la decisión era
inclaudicable sobretodo por la ceguera y la inflexibilidad de fray Tomás. Esta
ceguera se extendía hasta sobrepasar la voluntad de los propios monarcas. En
este sentido, una vez conocido el expediente de expulsión, algunos judíos habían
ofrecido a los reyes hasta 30.000 ducados, por lo menos para prolongar el plaza
de expulsión y morigerar el transito hacia el exilio. Cuando Torquemada se
enteró de esta propuesta, irrumpió en la audiencia portando un enorme crucifijo
que había extraído de los pliegues de su habito de dominico, y amenazó a los
monarcas: «Judas Iscariote vendió a su Maestro por treinta dineros de plata;
vuestras altezas le van a vender por treinta mil...! ¡Ahí le tenéis; tomadle y
vendedle!». Fray Tomás, de inmediato se retiro de la estancia, dejando a
todos los presentes sorprendidos ante aquella interpelación. La acción de
Torquemada fue efectiva ya que los reyes desestimaron el pago de esa suma de
dinero y la posibilidad de minimizar los efectos de la expulsión. Sobre España
recién unificada se abría una era de horrores, que sólo finalizarían en 1834, en
la ciudad de Cádiz, y en el enunciado de su Constitución, que abolía el tribunal
inquisitorial. Sin embargo, esto se produciría tres siglos después, en 1492 los
obligados a marcharse debieron sufrir el exilio, mientras que los que se
quedaron no tuvieron mejor suerte, pues fray Tomás exigía obsesiva y
tajantemente la limpieza de sangre, una aberración que, cinco siglos después,
retomaría el nazismo.
Las purgas
inquisitoriales afectaron a más de 150.000 personas. Para comprender el alcance
de esta medida, se transcribe un segmento del estatuto de la Inquisición:
Los hijos y los nietos de tales condenados no tengan
ni usen oficios públicos, ni honras, ni sean promovidos a sacros órdenes, ni
sean Jueces, Alcaldes, Alguaciles, Regidores, Mercaderes, Notarios, Escribanos
públicos, Abogados, Procuradores, Secretarios, Contadores, Chancilleres,
Tesoreros, Médicos, Cirujanos, Sangradores, Boticarios, Corredores, Cambiadores,
Fieles, Cogedores, Arrendadores de rentas algunas, ni otros semejantes oficios
que públicos sean.
Incluso
Torquemada propició otras medidas, adelantándose al edicto del Papa de 1521 que
imponía que todos los libros prohibidos debían ser entregados a la Inquisición y
quemados públicamente. Fray Tomás, ya en 1490, había entregado a las llamas más
de 600 volúmenes repletos, se dijo, de ideas heréticas y judaizantes. Por otro
lado, personalmente fray Tomás fue un asceta que vivía modestamente y presumía
de incorruptible. Pero si la parte del león en la represión correspondía a
herejes y falsos conversos, el largo brazo del inquisidor llegaba también a la
de los delitos comunes, aunque él los justificaba y bautizaba como herejías
implícitas. En estas figuras confusas entraban los bígamos, los curas que se
casaban, los que se acostaban con mujeres haciéndoles ver que eso no era pecado,
los que preparaban filtros de amor, los guardianes que violaban a sus
prisioneras, los místicos y los embaucadores, entre otros muchos.
De esta
forma, Torquemada pasó a la Historia por su acción al frente de esta institución
macabra, conjugando frente a él el odio de muchos siglos y de muchas personas.
No obstante,
su vida privada es casi desconocida, no se sabe si en ella prolongaba el
dominico aquel sadismo frío e inhumano que utilizaba en lo público. Algunos
historiadores rescataron una curiosa historia, según aquéllos parece que fray
Tomás, un hombre al fin y al cabo, sintió una gran pasión por una joven llamada
Concepción Saavedra. De tal manera que ordenó a sus agentes que la buscaran allá
donde viviera y la llevaran a su presencia. Cumplida la orden y estando la joven
frente a él, el frío e insensible monstruo intentó seducirla, pero antes
solicitó los servicios de una matrona para ver si, como creía, era virgen. La
matrona asintió tras examinarla. Al día siguiente, y tras una noche de
pesadilla, la joven fue trasladada a una estancia ricamente adornada en la que,
además, aparecieron ante su vista ricos vestidos y costosas joyas. En un primer
momento, se ilusionó frente a aquellos presentes, pero enseguida se dio cuenta
en qué situación y en qué lugar se hallaba, y se puso a temblar. Concepción era
una bellísima joven andaluza, morena, de cuerpo grácil y atractivos innatos. Su
padre había muerto en una emboscada tendida por las tropas castellanas a los
moriscos, con los que su progenitor se hallaba. Entonces, comprendió que la
habían llevado a la sede de la Inquisición y que se hallaba a merced del Gran
Inquisidor.
Sin embargo,
a la mañana siguiente la despertó el roce de unos labios y el olor penetrante de
un perfume. Al abrir los ojos, vio junto a ella a Torquemada. Muy asustada, se
tiró del lecho y se arrodilló ante el dominico, besándole el anillo que adornada
su huesuda mano. La joven preguntó cuál era el motivo por el cual se encontraba
allí. Al instante, le respondió con sentidas alabanzas a su belleza y a su
cuello nacarado, a esos ojos turbadores y otras lindezas de enamorados. La
víctima intentó huir, pero el inquisidor la persiguió y acorraló. Entonces llamó
a sus criados y les ordenó que la desnudaran y ataran al lecho. Allí mismo acabó
con la doncellez de Concepción. Tras aquel atentado al pudor de la joven, el
monje pudo asegurarle que le había hecho feliz y que, sin duda, ella también lo
había sido con él. Poco tiempo después, Concepción Saavedra moría achicharrada
en una hoguera levantada en una céntrica plaza de Sevilla.
Fray Tomas
de Torquemada, fue uno de los ocho inquisidores nombrados por el Papa Sixto IV
en 1482. Durante sus quince años de mandato hizo funcionar con fiereza al
Tribunal de la Inquisición. Incluso, fue relevado del cargo por el propio
Pontífice, ya que Torquemada, con el consentimiento de los Reyes Católicos,
hicieron funcionar la Inquisición de manera autónoma respecto al papado y en su
exclusivo beneficio político. Es necesario destacar que Torquemada, atiborrado
de poder, había traspasado ciertos límites al procesar a dos obispos, que según
él, tenían contacto con los protestantes. Ante tanta arbitrariedad, y aunque
fuesen voces en el desierto y se jugaran la vida, algunas, como las de fray
Hernando de Talavera (confesor de la reina) y Hernando del Pulgar (secretado
real), resonaron con fuerza denunciando los abusos del dominico. Es así que el
Papa decidió poner fin a los abusos cometidos por este dominico.
Como
compensación por su defenestración, le fueron ofrecidos los arzobispados de
Sevilla y Toledo, que rechazó. Torquemada era un hombre contradictorio,
combinaba su sed de sangre y de pureza por el fuego con una vida oficialmente
“ejemplar”: vivía la vida conventual de manera similar a la del último lego,
durmiendo sobre una tarima desnuda. Además, nunca comía carne y sus signos
exteriores de riqueza eran inexistentes.
Su retiro se
produjo al convento de Santo Tomás de Avila, donde murió en 1498. Su sucesor fue
fray Diego de Deza, de su misma orden dominica, que siguió los pasos despiadados
de su antecesor y hermano de orden fray Tomás.
Al morir,
Torquemada, dejaba como herencia un abultado número de víctimas entre un
desgraciado pueblo español: más de 100.000 procesados y cerca de 3.000
condenados a muerte y ejecutados en 15 años de actuación despiadada contra
cualquier desviación de la más absoluta ortodoxia religiosa y política.
Las acciones
del Santo Oficio nunca alcanzaron la crueldad y el desprecio por la vida humana
como las que se cometieron en la época del dominico Torquemada, quien impulso la
política de mano férrea. Los documentos demuestran que en sus primeros veinte
años de existencia, el Santo Tribunal de la Inquisición, conminó a la muerte a
las tres cuartas partes del total de víctimas en toda su historia de tres
siglos. Quizás estas cifras representaban para Torquemada, el aval a las puertas
de un Cielo que, seguramente, creyó merecer.
|