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Eurípides
Eurípides, el joven rival del gran Sófocles, había nacido en
Salamina el mismo día, dícese, en que se desarrolló la famosa
batalla. Sus padres, que se habían refugiado allí procedentes de
Fila, eran gente de la buena clase media, si bien Aristófanes
haya insinuado después que ella, la mamá, vendía flores por la
calle.
El chico creció con la pasión de la filosofía, estudió con
Pródico y Anaxágoras y se vinculó con tan estrecha amistad con
Sófocles, que más tarde le acusaron de haberse hecho escribir por
éste sus dramas, lo que es ciertamente falso.
No se sabe cómo se convirtió en escritor de teatro. Pero aparece
claro, por las dieciocho obras que de él nos han llegado, sobre
setenta y cinco que se le atribuyen, que Eurípides se burlaba del
teatro en sí y que lo consideró tan sólo como un medio para exponer
sus tesis filosóficas. Aristóteles tiene razón cuando dice que,
desde el punto de vista de la técnica dramática, representa un paso
atrás respecto a Esquilo y a Sófocles. En vez de desarrollar una
acakSn, mandaba un mensajero a resumirla en el escenario en forma
de prólogo, confiaba al coro largos parlamentos pedagógicos y,
cuando el enredo se embarullaba, hacía bajar del techo un dios que
lo resolvía con un milagro.
Recursos de dramaturgo no cuajado, que le habrían conducido a
rotundos fracasos, si Eurípides no los hubiese compensado con un
agudísimo sentido psicológico que prestaba veracidad y autenticidad
a los personajes, acaso incluso contra sus intenciones. Su
Electra, su Medea, su Ifigenia, son los caracteres
más vivos de la tragedia griega. A lo cual debe sumarse la fuerza
polémica de sus argumentaciones sobre los grandes problemas que se
planteaban a la conciencia de sus contemporáneos.
Había en Eurípides un Shaw de gigantescas proporciones, que se batía
por un nuevo orden social y moral, siendo cada uno de sus dramas un
redoble de tambor contra la tradición. Conducía esa cruzada con
habilidad, consciente de los peligros que entrañaba, pues la Grecia
de entonces no era la Inglaterra de hoy. Así, por ejemplo, para
desmantelar ciertas tendencias religiosas, finge exaltarlas, pero lo
hace de manera tal que muestra su absurdidad. De vez en cuando
interrumpe en la boca de un personaje un razonamiento peligroso para
permitir que el coro eleve un himno a Dionisio, destinado a
tranquilizar la censura y a calmar las eventuales protestas de los
auditores santurrones.
Pero de vez en cuando se le escapan frases como: «Oh Dios,
admitiendo que exista, pues de Él solo sé de oídas...», que
desataban tempestades en la platea. Y cuando en Hipólito pone
en boca de su héroe: «Sí, mi lengua ha jurado, pero mi ánimo ha
permanecido libre», los atenienses, que estaban
acostumbradísimos al perjurio, pero que no admitían oírselo decir,
querían lincharle; y el autor tuvo que presentarse en persona para
calmarlos diciendo que tuviesen la paciencia de aguantar: Hipólito
sería castigado por aquellas sacrílegas palabras.
En el Louvre hay un busto de Eurípides que le muestra barbudo, grave
y melancólico y que corresponde a la descripción que han dejado sus
amigos. Éstos le pintan como un hombre taciturno y más bien
misántropo, gran devorador de libros, de los que era uno de los
raros coleccionistas.
Su polémica modernista le había acarreado hostilidad de los bien
pensantes. Los conservadores y odiaban y Aristófanes le tomó
directamente como blanco en tres de sus comedias satíricas. Índice
de la gran civilización de Atenas es, sin embargo, el hecho de que
cuando Eurípides y Aristófanes se encontraban en el
ágora o en e café, se comportaban como los mejores amigos del
mundo. Solamente cinco veces los jurados se atrevieron otorgarle el
primer premio. En cuando a los espectadores se indignaban o fingían
indignarse. Pero en sus «estrenos no se encontraba un asiento ni
pagándolo con oro.
En 410 le procesaron por impiedad e inmoralidad entre los testigos
de la acusación figuraba también su mujer, que no le perdonaba,
dijo, el pacifismo en el momento que Atenas estaba empeñada en una
lucha a vida o muerte contra Esparta. Entre los documentos de la
acusación fu exhibido el discurso de su Hipólito. El imputado
fue absuelto. Mas la acogida que inmediatamente después el público
hizo a su drama, Las mujeres troyanas, le hizo comprender que
en adelante sería un extranjero en su patria Por invitación de
Arquelao se trasladó a Pella, capital de Macedonia. Y allí murió
despedazado, contaron los griegos, por los perros, vengadores de los
dioses ofendidos.
Sócrates había dicho que para un drama de Eurípides no le molestaba
ir a pie hasta El Pireo, lo cual, para un perezoso de su calaña,
significaba un gran sacrificio. Y Plutarco cuenta que cuando los
siracusanos hicieron prisionero a todo el cuerpo expedicionario
ateniense, devolvieron vida y libertad a los soldados que sabían
recitar alguna escena de Eurípides.
Según Goethe, ni siquiera Shakespeare le iguala. Ciertamente, él fue
el primer dramaturgo «de ideas» que ha tenido el mundo y quien llevó
a la escena, en términos de tragedia, el gran conflicto de aquél y
de todos los tiempos: el conflicto entre el dogma y el libre examen.
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