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La
revolución en los medios de transporte que conoció Europa durante el siglo XIX
se considera uno de los fenómenos más importantes dentro del conjunto de
transformaciones económicas del siglo.
A la
hora de detenernos sobre las características fundamentales del desarrollo de la
segunda fase de la Revolución Industrial, el estudio de los avances realizados
en el terreno de las vías y los sistemas de comunicación resulta primordial para
comprender, tanto el desarrollo de la población y de los intercambios, como la
creación de infraestructuras que faciliten la agilización de la producción
mercantil.
En este sentido, el proceso histórico de industrialización en
Inglaterra, durante el siglo XVIII, había ofrecido experiencias definitivas, a
partir de las cuales se iniciaría, en el primer tercio del siglo XIX, una
gigantesca renovación técnica. Francia, los Países Bajos y, posteriormente,
Alemania emprendieron la gran tarea de adecuar sus sistemas de comunicación y
transporte a las necesidades creadas por los nuevos modelos de desarrollo
industrial.
A la luz del librecambismo del pensamiento económico de
Adam Smith y
David Ricardo, o del triunfo de los programas del liberalismo, las futuras
potencias europeas y Estados Unidos emprendieron un prolongado proceso de
reconversión de los antiguos criterios de comunicación y transportes, anclados
por: las condiciones de estrechez de los mercados locales, los cortos proyectos
mercantiles, la inoperancia de redes de comunicación precarias que alteraban los
ritmos de producción, a la vez que sobrecargaban los índices de costos, y
multiplicaban las dificultades del rápido abastecimiento de materias primas en
situaciones críticas.
Vías de comunicación terrestre
En la
etapa que va de finales del siglo XVIII a la mitad de XIX asistimos a una
reconstrucción sistemática de carreteras. Muchas de ellas fueron pavimentadas y
algunas presentaban ya la innovación del doble carril.
Por otra parte, el
sistema de carreteras de peaje (turpike roads), que fuera puesto en práctica en
Inglaterra a finales del siglo XVIII, se fue generalizando, lo cual atrajo
principalmente a la iniciativa privada. La política librecambista inglesa venía
facilitando la construcción de nuevas carreteras por el sistema de las
Enclousures Acts, que prevenía la distribución de tierras. No obstante, el
progresivo desarrollo de redes de comunicación terrestre conocería los
principios de una notable paralización, cuando, ya dentro de la segunda fase de
la Revolución Industrial, se impuso definitivamente el ferrocarril como medio de
transporte.
La victoria rotunda del riel, el espectacular aumento de velocidad
que supuso en su momento, silo comparamos con los tradicionales medios de carga
de mercancías (exclusivamente de tracción animal), y las posibilidades
extraordinarias que ofrecía para la expansión industrial, el comercio a larga
distancia, etcétera, reduciría la función de las carreteras a un papel de
“afluente” complementario de las vías férreas, condicionando, en todo caso, el
emplazamiento de las estaciones y conservando un papel de redistribución.
(Ver: George Stephenson)
Vías fluviales
Desempeñaron económicamente un papel más importante que el mejoramiento técnico
de carreteras y puentes. Lo que comenzara en Inglaterra como una “fiebre de
canales” para transporte de carbón, con fines industriales o domésticos, durante
el siglo XVIII estimulando la iniciativa privada o vigorizando la política
crediticia de los pequeños bancos locales, se desarrollaría completamente en
Europa y Estados Unidos durante todo el siglo XIX. La victoria del riel no le
afectó tan directamente como afectó a las vías terrestres.
La razón estribaría
en las ventajas considerables que ofrecían tanto las vías fluviales naturales
como los canales artificiales capaces de sostener un flete poco elevado en
relación con el peso. Por otra parte, cuando en la segunda fase de la Revolución
Industrial se perfeccionó y generalizó el uso de la máquina de vapor, las
flotillas de acarreo fluvial se fueron renovando puntualmente.
En Inglaterra,
las propias compañías de ferrocarriles rescataron los canales. En Francia, en 1873, se destinaron más de mil millones de francos a la reparación y extensión de
una red fluvial, que se desarrollaría entre las zonas industriales del norte y
del este.
En Alemania, el auge de la navegación interior explicaba por sí solo
el proceso de extensión y generación de importantes focos industriales. La labor
de ingeniería realizada fue enorme: aprovechamiento de las vías fluviales que
iban al mar del Norte y que favorecían a la región renana, organizando el
abastecimiento de materias primas destinadas a las fábricas de Berlín,
organización de la gran arteria del Rhin (diques en la cuenca de Colonia,
supresión de meandros, excavación de grandes dársenas en los puertos fluviales,
que rivalizaban en tonelaje con los del mar).
El flete bajó hasta tal punto que
el río reguló, estimuló o marginó vastas corrientes comerciales, atrajo
establecimientos comerciales, condicionó la prosperidad del Ruhr y todo el
oeste alemán. En Estados Unidos serían despejadas las bocas del río Mississippi;
incluso los grandes lagos se convirtieron en un mar interior de gran tráfico. El
vapor aseguré, a la vez, el acceso comercial allí donde ni las carreteras ni el
ferrocarril tenían posible penetración (recordemos el tráfico del Amazonas, del
Yang-tse). En el Nilo, en el Congo y en el Paraná se fue combinando el
transporte fluvial con el ferrocarril.
Trascendencia del ferrocarril
Entre
1850 y 1900, el triunfo del ferrocarril condicionó toda una época, dejó una
impronta clara de símbolo de progreso y de esperanza, en un occidente que eché a
andar entre la opulencia y los grandes conflictos sociales, marcó nuevas formas
de vida y alimenté las utopías socialistas de Saint-Simon sobre un mundo
conquistado por la vía férrea, donde los hombres se encuentran a sí mismos en el
paraíso de los avances técnicos.
También multiplicaría la voracidad de los
monopolios, movilizando inmensos capitales y poderosos organismos privados;
estimulé la industria pesada; entró a saco en las nuevas áreas de influencia
colonial; extendió sus redes en la fiebre del imperialismo, dejando un rastro de
ciudades provisionales, factorías, enclaves comerciales o sucursales bancarias;
sus rieles configuraron territorios o condicionaron fronteras o se convirtieron
en líneas estratégicas, en verdaderos blancos de ataque cuando sonaba la hora de
las batallas y las grandes potencias se repartían el mundo. La locomotora fue el
fetiche de la segunda mitad del siglo XIX: la imagen de la segunda fase de la
Revolución Industrial, acarreando capitales y mercancías, o deteniéndose a las
puertas de las grandes ciudades industriales cuando los obreros se tumban sobre
los rieles.
Más
que cualquier otro factor, el ferrocarril alteró el carácter y la intensidad de
la vida industrial, durante un largo periodo de nuestra historia contemporánea.
Hay que tomar en cuenta que hasta la mitad del siglo XX no sería reemplazado por
otras formas de transporte.
La
invención de la locomotora de vapor corriendo sobre rieles de hierro, primero, y
después de acero, provocó —como dijimos anteriormente— un espectacular aumento
de la velocidad en el transporte terrestre. Antes del siglo XIX el transporte y
el acarreo no podían trasladarse más de prisa de lo que permitía la tracción
animal, aunque, a mediados de este siglo, el perfeccionamiento de aquella
locomotora primitiva (que no escapaba a la curiosidad o a la experimentación)
vendría a revolucionar todas las concepciones, en pugna, sobre las necesidades
de adecuar el desarrollo industrial a una renovación del sistema de transporte
convencional con base en el desarrollo tecnológico.
El carácter espectacular de
las esperanzas de progreso que anunciaba la locomotora fue plenamente apreciado
por los europeos del segundo tercio de siglo. En consecuencia, la especulación
inicial que rodeé el primer momento de auge ferroviario en Inglaterra (1845-1847) fue seguido por un proceso de quiebras en cadena, con la ruina total de
muchas empresas privadas.
Las
primeras líneas férreas se construyeron en Inglaterra en la década de 1 830,
como soluciones a necesidades de comunicación ágil a corta distancia.
Anteriormente se habían construido rieles para convoyes de vagonetas de tracción
animal, en las proximidades de los yacimientos carboníferos. La primera
utilización de la locomotora de vapor se realizó en 1821, por la iniciativa de
George Sthephenson, con la inauguración de la línea pública de Stockton-Darlington.
El ferrocarril conoció su primer gran triunfo.
En
1830 únicamente Inglaterra empleaba locomotoras de vapor, contando tan sólo con
dos ferrocarriles. Francia en 1832, y por la iniciativa privada de la familia
Seguin, tendió una línea férrea de 58 kilómetros entre Saint-Etienne y Lyon,
utilizando también la locomotora de vapor. En 1835, Alemania se decidió por lo
que hoy llamaríamos una experiencia piloto, e inauguré una línea de tres millas
entre Nuremberg y Fuerth. Siguió Bruselas con un proyecto más ambicioso: unir
Bruselas con Amberes mediante ciento cincuenta millas de línea férrea.
Cronológicamente surgieron iniciativas al respecto en Rusia, Italia y Sajonia.
Casi
todas estas primeras tentativas solo recibieron financiamiento por parte de la
iniciativa privada y tenían un carácter fundamentalmente experimental. A nivel
de repercusión social, los resultados, sin embargo, fueron mucho más
espectaculares que la dimensión real de estas empresas de pequeña escala. A
mediados de siglo, la opinión pública se mostraba altamente sensibilizada ante
tales proyectos. Lo que en un principio no era más que un intento de renovación
tecnológica, sobre todo en el transporte de minerales, pasó pronto a convertirse
en empresas de transporte privado y, más tarde, en ágil intercambio de
mercancías, de abastecimiento de materias primas, correo, información, etcétera.
En
1860, tanto en Europa como en Estados Unidos, las vías férreas comenzaron a
formar amplias y complejas redes de comunicación.
En
1870 Europa contaba con más de cien mil kilómetros de vía férrea. Como dato
curioso habría que destacar que en Inglaterra ya era posible ir desde Edimburgo
a Londres solamente en doce horas de viaje. Se estaba alterando todo el concepto
de velocidad y distancia.
Entonces, iniciaron los problemas entre la iniciativa
estatal y la privada. Durante el segundo tercio del siglo se sucedieron con
frecuencia las guerras entre compañías, los pactos entre las empresas privadas y
el Estado, así como los conflictos de intereses sobre el negocio del transporte.
Hubo resistencia de los financieros con concesiones de canales o de carreteras
de peaje, e indecisión de los gobiernos, que habían empeñado cuantiosas sumas en
la construcción de canales y que lucharon (caso de Francia) denodadamente por
complementar iniciativas privadas en el ferrocarril y los servicios de
transporte fluvial; también existía un boicot activo de los terratenientes y de
los carreteros.
La
rápida expansión de las redes ferroviarias y un definitivo triunfo en el terreno
de los medios de transporte en la segunda fase de la Revolución Industrial irían
amortiguando estas tensiones. La configuración de bloques económicos de poder
oligárquico, las tendencias a la conjunción del capital industrial y del
financiero, la etapa imperialista del capitalismo occidental y las complicidades
contraídas en la cúspide del poder económico y político, son cuestiones a tener
en cuenta a la hora de considerar la hegemonía de la locomotora: instrumento
fundamental para la unificación de América del Norte (el gobierno actuó como
árbitro en la crisis de competencia entre la Union Pacific y la Central Pacific).
El ferrocarril desempeñó un papel fundamental para la consolidación de la gran
Alemania de Bismark. Las sociedades privadas italianas se agruparon para
facilitar la hegemonía de la casa de Saboya y el gobierno de Roma. El plan
gubernamental inglés de desplegar la “Red India” consolidó definitivamente la
dominación colonial (transporte de manufacturas, importación de materias primas,
ágil traslado de contingentes militares).
El transporte marítimo
Si a
mediados del siglo XIX las diligencias más perfeccionadas comenzaron a sucumbir
al borde de los rieles, lo mismo podemos decir del velero, que alcanzó su apogeo
y muerte cuando el vapor lo condenó a los diques de desagüe.
Los
primeros modelos de navegación a vapor aparecieron con la renovación de las
flotillas de transporte fluvial alrededor de 1830. Ya en 1838, y en discutibles
condiciones de seguridad, los dos primeros barcos de vapor arribaron al muelle
de Nueva York.
El proceso de perfeccionamiento del nuevo transporte marítimo
sería relativamente lento. Hasta 1 880 el velero no fue superado en velocidad
por el Steamer a vapor y a hélice. El criterio de economizar por las ventajas de
la rapidez de transporte se impuso desde el primer momento.
Las
innovaciones técnicas se fueron sucediendo poco a poco. En 1851 aparecieron los
primeros cascos metálicos para una mejor adaptación de la hélice. Por otra
parte, rutas que eran muy peligrosas para los veleros, serían entonces
transitadas con mayores condiciones de seguridad. La construcción metálica
favoreció, a su vez, el alargamiento del casco: así aparecieron los grandes
“correos” de la época 1890-1900, que frecuentaron vastas extensiones del
hemisferio austral. El buque de vapor, ya perfeccionado, presentaba ante el
velero otra ventaja ineludible: una mayor capacidad de aforo, que a principios
del siglo XX duplicaba la de éste. El abastecimiento se solucionaría jalonando
las rutas o acoplando las escalas de aprovisionamiento o descarga, lo cual, a su
vez, permitía el abastecimiento de agua dulce para las calderas. Los fletes
sufrieron un descenso de precios considerables. No sólo se viajaba en
condiciones más seguras y más rápidamente, sino que era más barato el transporte
de la mercancía.
(Ampliar Sobre Los Transportes)
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