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CUANDO VIAJAR ERA UNA FIESTA: En las
primeras décadas del siglo, buena parte de los provincianos que llegaban a
Buenos Aires por ferrocarril lo hacían por lo general de madrugada en
confortables coches dormitorio. El viajero que provenía de Tucumán o de
Córdoba, por el Central Argentino o el Central Córdoba, o de San Juan, por
el Buenos Aires al Pacífico (BAP), o de Bahía Blanca, por el Ferro Carril
del Sud (FCS), recalaba en la París de América del Sur, tras haber tenido
como antesala de un placentero descanso nocturno una opípara cena en el
coche comedor del tren, servida al mejor estilo europeo con vajilla de plata
y loza inglesa.
El ceremonial ferrocarrilero hasta la década del cuarenta no tenía nada que
envidiarle a un restaurante actual de cinco tenedores. El maitre
recibía a los comensales, mientras que el sommelier ofrecía la
degustación de una variedad de vinos. En tanto, los mozos ataviados con
largos delantales agilizaban este petit banquete sobre ruedas.
Prolongadas sobremesas Según la
categoría de la formación del servicio ferroviario, la noche podía
prolongarse en el coche salón dispuesto estratégicamente entre el comedor y
la primera clase. Se trataba de un vagón sin divisiones, con sillones
giratorios y mesas, en algunos casos rebatibles. Tanto de día como de noche,
los pasajeros lo convertían en el lugar preferido para las tertulias y
juegos de azar.
Cuando éste no existía, las tertulias se desarrollaban en los mismos coches
comedor una vez que se habían cumplido los dos turnos previstos para el
almuerzo o la cena. Cierto es que más de un experimentado viajero y habitué
de estas reuniones muy concurridas por los años treinta solía aconsejar:
"Nunca juegue al póquer en el tren con desconocidos, porque está lleno de
fulleros".
Se decía entonces que los bandoleros del azar vivían de las trampas que les
hacían a los ricachones que estiraban la noche tentando suerte en las mesas
dispuestas con el paño verde, entre copas y buenos cigarros. Las empresas
ferroviarias que competían por brindar un mejor servicio, si era verano se
esforzaban por airear a los pasajeros con ventiladores de techo ubicados en
fila y entre uno y otro, racimos de luces incrustadas en las clásicas
tulipas.

Coche Comedor
El vientito servía de paso para disimular la tierra que habitualmente se
filtraba por las ventanillas cuando el convoy cruzaba las zonas más áridas y
polvorientas del recorrido. Si el viaje se hacía en invierno, más de un
concurrente al coche comedor o al salón expresaba su deseo de quitarse hasta
el saco algo virtualmente prohibido entonces-, por la alta temperatura que
caldeaba el ambiente proveniente de la calefacción eléctrica protegida por
decorativas rejillas de bronce, aseguradas en los costados del vagón.
El viaje, una fiesta El viaje era una fiesta. El bombonero, que
recorría toda la formación, coche por coche, atendía los requerimientos de
dulces, helados y algunas gaseosas, como soda Belgrano, Bidú o Pomona.
Aquellos que preferían el whisky o algún licor espirituoso no dudaban
en pedido, porque se sabía que estaba virtualmente al alcance de la mano. La
hotelería funcionaba a la perfección. Entre copas y traqueteos, la noche
avanzaba. Cuando los pasajeros decidían ir a dormir se metían en los
camarotes dispuestos para dos o cuatro cuchetas que ya estaban con las
sábanas abiertas.
Luces altas e individuales tan típicas permitían dar, antes de que
definitivamente se cayese en el sueño profundo, un vistazo a alguna novela
liviana. Curiosamente, entre los lectores viajeros solía predominar una
inclinación por el género negro. Tal vez la cuota de misterio que aspiraban
tener en esa travesía tan placentera.
Dulce despertar Casi como una ilusión no
desprovista de magia, el pasajero se despertaba al día siguiente, en un
andén que coronaba un desvío ya dispuesto para el descenso. Podría ser la
estación Constitución, Retiro o Federico Lacroze la que le abría las puertas
de la gran ciudad.
Tanto la estación del Ferrocarril Central Argentino (luego General Mitre)
como la del Sud (luego General Roca), le proponían al recién llegado un
suculento desayuno o un almuerzo, según la hora. Ambas contaban con salones
comedor de la belle époque, cubiertos por boiserie y servidos
con vajilla de plata y de porcelana. Estos restaurantes a duras penas
pudieron sobrevivir no más allá de la década del cincuenta.
Fueron arrasados por la proliferación de los bares americanos y la modalidad
de las comidas frugales al pie de un mostrador en el que recalaban los
integrantes del aluvión migratorio que se asentó en el Gran Buenos Aires.
Cierto es que la extinción de ese refinado estilo gastronómico ferroviario
también fue correlativo con el debilitamiento y la virtual disolución del
ferrocarril en el país. Un proceso silencioso que avanzó con el
levantamiento de ramales, cierre de estaciones y clausura de servicios.
Viajeros distinguidos Una especie de
burguesía rica y regordeta era la que en las primeras décadas del siglo se
daba cita en los vagones de primera clase, los pullman, los comedores y los
coches dormitorio.
La clase alta de origen provinciano prefería vivir en Buenos Aires, donde
pasaba extensas temporadas. El traslado se hacía casi de manera obligada por
el ferrocarril, que era el medio que complacía, por sus servicios, una forma
de vida sustentada por lo general en la cultura europea de los sectores más
pudientes.
En la primera semana de enero, los andenes de la estación Constitución,
hasta la década del cuarenta fueron, por así decido, un centro de reunión de
familias distinguidas.
Como los ricos y famosos de hoy, que se florean en Punta del Este o Miami,
los de la belle époque y siguientes habían declarado a Mar del Plata
como la meca del exhibicionismo social. La gente iba al balneario más que
para frecuentar el mar para hacer vida elegante y descansar. Pero la fiesta
veraniega comenzaba en los prolegómenos del embarque en el tren expreso que
iba a Mar del Plata.
Esa suerte de nobleza vernácula regordeta, de origen muchas veces
provinciano que prefirió a Buenos Aires, habitaba durante el invierno en
lujosas residencias en el Barrio Norte y contaba con cómodas casas en sus
estancias; sin embargo, se remitían a Mar del Plata.
Políticos y hacendados En los primeros
días de enero, la dirigencia política viajaba a la Perla del Atlántico y se
dejaba retratar por los fotógrafos de PBT, Caras y Caretas, Atlántida y
Mundo Argentino, según las épocas.
El tren a Mar del Plata se transformaba entonces en una suerte de pasarela
que prenunciaba el exhibicionismo que motivaba a varios de los viajeros. Las
horas que resoplaba la locomotora de vapor, pitando por la pampa húmeda a
alta velocidad, eran correspondidas por los pasajeros que hacían del viaje
una reunión mundana, que tenía como característica principal el desplazamiento
por todos los vagones, obviamente pullman o de primera, salón y comedor. A
ese traqueteo de pasaje que acompañaba el de los boogies no era
conveniente faltar. Porque estos viajes eran parte de la crónica social.
En las primeras décadas del siglo había ministros, diputados y hacendados, y
hasta algún distinguido embajador. Los viajeros de los primeros días de
enero se trasladaban por lo general con toda su familia y con el servicio
doméstico, que lo hacía en segunda clase.
Estos vagones, con asientos de madera, estaban colocados más próximos a la
locomotora o contiguos al furgón de carga, equipajes y correspondencia. La
razón de esta ubicación en la formación era muy sencilla: eran los que más
directamente recibían el humo y el olor de la quemazón del carbón o del
petróleo de la locomotora y los vapores de la caldera. Más atrás estaban los
pullman, la primera clase y los dormitorios.
Servicios especiales El Ferro Carril del
Sud se había caracterizado por ser una línea al servicio de la pampa húmeda
y sus terratenientes. Alcanzó su esplendor porque sus ramales en la
provincia de Buenos Aires servían a una producción agropecuaria que
contabilizaba cinco millones de hectáreas cultivadas con trigo, maíz, cebada
y alfalfa.
El FCS cubría requerimientos de particulares que podían contratar una
formación o un servicio para trasladar un grupo de amigos hasta la propia
estancia, que solía tener parada o apeadero y hasta desvío propio. Estos
servicios fueron habituales para los remates de hacienda y para casamientos
campestres.
Vagón terraza Los ferrocarriles del
Estado, de trocha angosta, que cubrían, entre otros, el ramal
Tucumán-Córdoba-Buenos Aires habían incorporado para los tramos en los que
más arreciaba el calor un vagón terraza. Se enganchaba a la formación en
último término. La mitad era carroza do en madera con grandes ventanales y
la otra mitad era una galería con toldilla. Este vagón tenía sillones de
mimbre 'móviles y mesas.
A
no dudarlo, esta cruzada civilizadóra e integradora que significó el.
ferrocarril en el país encerró en cada formación que cruzaba el territorio
proveniente de lugares remotos, una modalidad, un estilo de vida que definía
cómo se perfilaba el progreso en las primeras décadas del siglo.
De ahí que estas historias menudas de los placeres que giraban en torno de
los que viajaban por los caminos de hierro no puedan quedar fuera de un
anecdotario que, obviamente, es mucho más vasto. Hoy nos queda para mostrar,
si queremos intentar unir aquel esplendor con lo actual, una formación que
funciona con la denominación El Marplatense.
Un tren lujoso, veloz, con aire acondicionado, aislado herméticamente y de
deslizamiento silencioso. Apareció en la escena ferroviaria cuando en 1952
el entonces presidente Perón intentó prestigiar la imagen ferroviaria con un
tren de lujo, en un tiempo en que, tras la nacionalización de 1948, se
perfilaba la debacle de este medio de transporte.
Si la intención de Perón con El Marplatense fue la de rescatal los vestigios
del antiguo esplendor ferroviario, el tiempo dictaminó que fue el fracaso de
una misión. Todo el progreso quedó estancado en El Marplatense, que, con
cincuenta años. de antigüedad (fue armado en 1948), se puede presentar como
una escasa muestra de la belle époque ferrocarrilera.
Fuente Consultada: El Diario Intimo de un País - La Nación |