Las
trufas constituyen un género de hongos que, a pesar de incluir pocas especies,
crecen en casi todos los países de temperatura demente. Prefieren, sobre todo,
los suelos arenosos y arcillosos. Sus más grandes amigos son las encinas y los
castaños. Huyen de la claridad del día y vegetan en la tierra, a una profundidad
de 15 a 20 cm., en donde se reproducen, como los demás hongos, por medio del
micelio.
La
trufa se caracteriza por un receptáculo carnoso, más o menos globuloso, de
superficie lisa o con verrugas, compacto en su interior, indehiscente (esto
quiere decir que está sólidamente encerrado en sí mismo, que no se abre
espontáneamente), y que presenta esporas encerradas en esporangios redondos u
ovoides. Cuando es grande, está recubierta, en general, de verrugas prismáticas
más o menos salientes. Pues este ser tan exquisito no hace gala de ninguna
coquetería. Si se la corta, presenta a la vista una carne jaspeada recorrida por
dos minúsculos sistemas de venas blancas, grises o de otro color que puede
variar.
La
trufa gris (Lycoperdon tuber sibarium peidomontam), llamada también trufa
de ajo, es redonda, alargada y de superficie lisa. Se la emplea a menudo como
condimento. Se la encuentra principalmente en Italia, en las regiones
piamontesas de Acqui, de Alba, de Mondovi, de Chieri... Llegada a su madurez,
exhala un exquisito aroma apreciado por todos los olfatos, aun los más
delicados. Se produce su aparición (si es que puede emplearse esta palabra
tratándose de un habitante que se esconde en el subsuelo) en el mes de julio
(nos referimos a Europa, que es donde abundan), pero solamente el tiempo le
conferirá esas preciosas cualidades que la hacen tan cara a los más exigentes “gourmets”.
Pierde, así, toda discreción, pues su aroma se expande fuera de la tierra,
delatando su presencia.
Los egipcios ya las conocían y
eran muy apreciadas en su cocina. Las comían rebozadas en grasa y cocidas en
papillote. Los griegos y los romanos les atribuían virtudes afrodisíacas, más
que gastronómicas. En la Edad Media eran vistas como una manifestación del
demonio debido a su color negro y a su aspecto amorfo, al lugar donde se
encontraban (bosques de brujas y hechiceros) y al hecho de ser afrodisíacas.
Razones de peso para que cayeran en el olvido, prueba que queda patente en los
libros de cocina de la época, donde no aparece como ingrediente de ninguna
receta.
La
trufa negra (Lycoperdon tuber síbarium nigrum) debe su fama a la exquisitez de
su gusto. Cuando es joven se llama trufa blanca, y hay que respetar su
existencia, pues no está en edad de ser comida; pero al lograr su perfecto
estado de madurez constituye una de las maravillas de la naturaleza. Crece entre
octubre y febrero (Europa), como la trufa colorada (Lycoperdon tuber sibarium),
cuyo aroma agresivo la hace menos apetecible que las otras. En ciertas regiones
se encuentran también trufas pardas de piel lisa, cuyo olor recuerda el
almizcle.
En
Sicilia crece una trufa globulosa, blanca como la nieve (Niveum), que
enriquece muchos platos regionales. Actualmente se cultiva también en las
provincias del Norte de Italia. El Sudeste de Francia es muy renombrado como
gran productor de trufas; se encuentran también en Alsacia y en el Delfinado;
pero las trufas que enorgullecen a Francia son las de Quercy o de Périgord.
Su
Búsqueda: Para buscarlas se emplean comúnmente perros de caza o cerdos, en
razón de la sensibilidad de su olfato. El inconveniente principal es que el
cerdo, al percibir el olor de las trufas, se abalanza sobre ellas para
devorarlas, siendo necesaria mucha atención para impedírselo. Después de haber
sido recogidas se conservan en tierra o en arena seca.
Otra forma muy
conveniente de presentarlas es conservadas en grasa. Los faraones conocían ya
las trufas y las servían en sus banquetes, mientras que los romanos las hacían
traer de Libia para sus festines. Los atenienses las comían crudas, o cocinadas
bajo la ceniza y envueltas en tocino, pero acompañadas siempre con vino de Chio.