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BREVE
HISTORIA: El Presidente Roca había sido construido en los
astilleros ingleses de Raylton Dixons en 1896 por cuenta de
la Hamburg Ship Line, que con el nombre de Macelo lo destinó
a cubrir la ruta hasta la costa del Brasil. Medía 90 m de
eslora, 13 de manga y 7 m. de puntal, y desplazaba 1.986
toneladas. Después de seis años de atender esa línea fue incorporado
al servicio de cabotaje en la costa patagónica con su nuevo nombre.
Desde entonces hasta la mañana fatal había realizado 23 viajes,
todos los cuales, pese a que en más de una oportunidad tuvo que
enfrentar recios temporales, habían culminado con felicidad.

.Aunque nadie pudo
establecerlo fehacientemente, parece ser que por un lamentable
tropiezo el calentador Primus que se utilizaba cayó al piso de la
cafetería de pasajeros y el combustible que contenía se derramó e
incendió. El mozo que estaba calentando el agua trató de apagar el
fuego, sin lograrlo, y las llamas bien pronto se propagaron a la
estructura de madera. La tragedia se había desencadenado.
El último
viaje
El Roca había partido de
Tierra del Fuego a principios de febrero,
para estar en Río Gallegos el 8, en Santa Cruz el 10, en Comodoro
Rivadavia el 15, en Camarones el 16, y en Puerto Madryn el 17 por la
noche. Su carga consistía en 5.722 rollizos y tablones embarcados en
Tierra del Fuego, y 4.195 bultos de lana, de los cuales 2.128
provenían de Punta Arenas.
Al salir de Puerto Madryn con rumbo a
Buenos Aires el pasaje estaba completo, formado por familias que
regresaban del sur con sus hijos estudiantes, trabajadores rurales,
y varios ex presidiarios liberados de la cárcel de la Isla de los
Estados. En Puerto Madryn fueron muchos los pasajeros embarcados y
que no habían sido registrados, por cuanto la necesidad de zarpar
para llegar a Buenos Aires para las fiestas de Carnaval, que se
celebraban en esos días, hizo que se resolviera posponer esa tarea
para la mañana siguiente.
La tragedia
El buque navegaba sin novedad, doce millas al norte de la península
Valdés, entre punta Hércules y punta Cantor, cuando estalló el
incendio, frente a una costa de barrancas altas, a pique sobre el
mar, y con muchos bancos de arena y restingas. Sólo en contados
puntos de esa costa algún sendero abierto por las ovejas hacía
posible ascender las barrancas.
Con el grito de fuego a bordo, noticia
inmediatamente confirmada por la campana de alarma, el pasaje
abandonó los camarotes y, a medio vestir, se dirigió al único
pasillo que llevaba a cubierta. Pronto el barco se convirtió en una
tremenda hoguera. Gracias a la serenidad del capitán Ferdinando
Weiss, del comisario Santiago Farrell, y del primer maquinista, y a
la dotación de botes, lanchas y lancha a vapor con que contaba el
buque, se pudo encarar el salvamento, pues aquella muchedumbre
aterrada, y que por lo mismo no procedía con el mínimo de calma
necesaria, causaba una dramática confusión.
Muchas personas, enloquecidas por el
terror, se lanzaron al agua y perecieron ahogadas. Las llamas, entre
tanto, invadieron el pasillo y el departamento de máquinas, haciendo
más angustiosa la situación. La serenidad, el terror, el heroísmo y
la miseria humana se entremezclaron por doquier.
La confusión causada por los gritos de
hombres y mujeres y los disparos de armas de fuego se agravó al
trascender la posibilidad de que estallaran las calderas. Mientras,
los marineros y los pasajeros de tercera luchaban a brazo partido
ante las lanchas y botes salvavidas que estos últimos querían ocupar
a toda costa, sin el menor sentido de la seguridad.
No obstante la confusión reinante se
intentó combatir el incendio, pero éste había cobrado un incremento
tal que ya amenazaba hasta a los elementos de salvamento, por lo que
hubo que abandonar esa tarea y tratar de organizar la evacuación de
la nave. La marinería, a las órdenes del contramaestre, se agrupó a
proa, y los restantes hombres, con el capitán, a popa, mientras una
barrera de fuego se interponía entre ambos contingentes. El
alistamiento de los botes fue una tarea interminable, pues ya
estaban llenos en exceso.
El pedido 'de que los desocuparan para
posibilitar su descenso, se contestaba con insultos y amenazas.
Muchos esquiladores habían embarcado hasta sus bultos y baúles y no
atendían a los pedidos de que los dejaran. Una especie de locura
colectiva se había apoderado de todos y, en lugar de bajar, los que
aún no habían podido subir a los botes pugnaban por hacerlo. Fue así
como por el exceso de carga cedió uno de los pescantes de un bote y
más de ochenta personas que estaban en su interior cayeron al agua.
El bote arrastró en su caída a muchos otros que se habían asido a
los cabos.
La confusión aumentaba por momentos,
pese a lo cual un grupo permaneció quieto y relativamente tranquilo
sobre cubierta, lo que facilitó que pudiera salvarse. La
contrapartida de esta actitud serena fue dada por otros pasajeros,
uno de los cuales se suicidó de un balazo, mientras otro lo hizo
infiriéndose una puñalada tan terrible como su pánico.
En tanto, el capitán Weiss, para
alentar en los demás una actitud serena, fumaba su cigarro de hoja
y, revólver en mano, daba las órdenes, mientras dos señoras
inglesas, en medio de la barahúnda, contemplaban el espectáculo sin
duda asustadas, pero sin demostrarlo, hasta que se dirigieron a un
lugar apartado de la popa y le dijeron al capitán que no se moverían
de su sitio hasta que él se los ordenara.
El fuego completaba su obra
destructora, que incluyó la correspondencia, la carga y los
registros del barco, mientras los náufragos ofrecían un cuadro
desolador. Por doquier se veían asomar cabezas de hombres, mujeres y
niños que pedían socorro e, incluso, eran rechazados cuando
pretendían tomarse de los botes. Las maderas y cualquier otro objeto
que flotara servían para buscar la salvación, como en el caso de un
inglés que montado sobre una tabla y utilizando sus brazos a modo de
remos se impulsó hasta que fue recogido y pudo indicar, por haber
sido administrador de una estancia cercana, los senderos que, en
medio de las barrancas, permitieron llegar a la planicie.
En la costa
Gracias a la ayuda de este singular personaje, los náufragos
llegaron a tierra firme después de varias horas de penurias. Tras
descansar y tratar de secar por lo menos algo de su mínima
vestimenta, se dirigieron hasta un puesto en punta Cantor, propiedad
de un señor Sanguinetti, distante casi una legua del lugar.
Este hombre se ocupó de auxiliar a los
desventurados pasajeros y en un galpón preparó asado para todos,
mientras en la casa de la familia se atendió a los heridos, los
niños y las mujeres.
Pero allí no cesarían las desventuras,
pues los ex presidiarios y un grupo de esquiladores descubrieron en
el galpón dos barriles de vino y bien pronto estuvieron borrachos.
Ante esta circunstancia se organizó una guardia armada para evitar
ulterioridades.
El aviso del incendio del Roca fue
radiado a otros barcos, que sólo llegaron al lugar de la catástrofe
tres días después. También por tierra se solicitó ayuda, y se
enviaron chasquis para informar a las autoridades.
Después del almuerzo brindado por el
señor Sanguinetti, con los recursos remitidos desde punta Cantor se
trasladó a los náufragos a los galpones de esquila de la estancia
Valdés Creek, sobre la caleta Valdés, donde se dio alojamiento y se
distribuyeron ropas para los más necesitados. Allí transcurrieron
tres días, hasta la llegada de los vapores Presidente Mitre y
Presidente Quintana. El primero embarcó a los náufragos y los
atendió hasta la llegada a Buenos Aires.
La tragedia, según los cálculos hechos
por el comisario Farrell, había cobrado más de cien víctimas.
Como reverente homenaje a las víctimas de este trágico hundimiento
debiera colocarse una placa recordatoria en el lugar donde
ocurriera, hace ya más de setenta años.
Fuente Consultada:
Revista Patagonia N° 6 Nora Ing. Ferro Emilio E.J.
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