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Basta
con echar una mirada a su historia reciente para comprobar que la sede
mundial del catolicismo apostólico romano es un hervidero de intereses,
intrigas, secretos, conspiraciones y muertes extrañas, así como campo de
batalla de distintas sociedades secretas y sectas infiltradas. No sólo se
inmiscuye en asuntos de tipo social, sino que intenta influir en la política
interna de los países, ya sean democracias o dictaduras. Para la jerarquía
de este «Gran Reino de Enlil», es necesario imponer las mismas normas
morales a las sociedades modernas que a las antiguas, mientras que en
ciertos altos cargos de la Iglesia, todo vale para obtener sus fines que no
son otros que el poder y el control sobre la gente. (foto:Plaza del
Vaticano)
En
Angeles y Demonios, el escritor Dan Brown idea una trama en la cual
los Illuminati se infiltran en el Vaticano para vengar la muerte de sus miembros
ejecutados por la Inquisición. Aunque estos ficticios Illuminati nada tienen que
ver con los tratados en este libro, la infiltración de diferentes sociedades en
el Vaticano es un hecho. Por un lado están los masones, los Illuminati y los
satánicos y, por otro, sectas ultracatólicas como el Opus Dei y los Legionarios
de Cristo.
La sospechosa muerte de Juan Pablo
I
En
relación con la masonería es interesante repasar los acontecimientos que
rodearon la misteriosa muerte de Juan Pablo 1. Para comprender las fuerzas que
estaban en juego en el momento de su muerte, hay que retroceder hasta el siglo
XIX, cuando la Iglesia pierde su poder terrenal sobre los Estados Pontificios
durante la revolución nacional italiana. El resultado de este cambio es que, a
partir de 1870, los papas se convirtieron en «prisioneros del Vaticano». Gracias
a su papel en la entrega de Italia a Mussolini, el papa Pío Xl (1922-1939)
recibió el equivalente a 80 millones de dólares y la restauración temporal del
papado en el Estado de la Ciudad del Vaticano bajo los términos del tratado de
Letrán, de 1929. Pío XI y sus sucesores explotarían este tratado para crear un
banco Vaticano, más allá de todo control por parte de las autoridades civiles.
La
doctrina totalitaria del Concilio Vaticano 1 estableció que cualquier desviación
de las enseñanzas morales del Papa era un error. Durante su estancia
en el
Vaticano, Juan XXIII luchó para poner en marcha el Concilio Vaticano II, a pesar
de la fuerte oposición de los conservadores, que temían cualquier pérdida de su
poder absoluto y como consecuencia, la pérdida de sus privilegios y riquezas
terrenales que la Iglesia había amontonado. Al morir Pablo VI, se eligió al
cardenal Albino Luccani como sucesor, considerado por el cónclave como un
candidato de compromiso, fácilmente controlable por las facciones mas
conservadoras.
Pero
cuando el Cardenal Luccani fue elegido Papa con el nombre de Juan Pablo I,
empezó a mostrar una inteligencia privilegiada y una determinación que había
permanecido oculta por su carácter reservado. Desde el primer momento decidió
revolucionar el papado y devolverte sus orígenes espirituales. En su coronación,
rehusó ser llevado en el papamóvil y no quiso ponerse una tiara incrustada de
piedras preciosa; tampoco aceptó seguir el guión de la Curia para sus audiencias
y conferencias de prensa. El supremo organismo de control Vaticano quedaba así
desafiado, pero no tardó en reaccionar censurando sus comentarios en el diario
oficial del Vaticano, sobre todo cuando expresó su opinión favorable al uso de
los anticonceptivos.
Sin
embargo, su mayor «pecado» fue indagar en los negocios del banco del Vaticano
(es decir, el Instituto para las Obras de Religión, IOR), que en 1969 entró en
negociaciones de la mano de Pablo VI con Michele Sindona, un financiero
siciliano. (foto izquierda)
El
desmesurado ascenso de Sindona desde la pobreza hasta el control de un imperio
internacional de banca, se debía parcialmente al apoyo de patrocinadores de la
mafia y la logia P2 (Propaganda Due), una sociedad secreta masónica controlada
por Lucio Gelli. Éste financió su imperio mediante el saqueo sistemático de una
cadena de banco adquiridos por su socio, Roberto Calvi.(foto abajo) Con la
ayuda de Gelli y Calvi, Sindona obtuvo el control de uno de los grupos
financieros más antiguos y prestigiosos de Italia y Suiza, incluso otras
instituciones financieras relacionadas con el Vaticano.
Pablo
VI pidió consejo financiero a Sindona en 1968, cuando el Gobierno italiano
revocó la exención tributaria que la Santa Sede disfrutaba sobre los ingresos
recibidos de inversiones italianas. Ya que el Vaticano no quería hacer pública
la cuantía de su cartera de valores, decidió suprimir muchas de sus inversiones
domésticas. Sindona le ofreció una solución, sus patrocinadores de la familia
Gambino limpiarían su dinero procedente del comercio de heroína por activos
legales. Huelga decir que el Vaticano no iba a negociar directamente con la
Mafia y se estableció una compañía tapadera cuya miSión era recibir el dinero de
los Gambino.
Después de penetrar en este laberinto de corrupción, Juan Pablo 1, llamó a su
despacho privado al jefe de la Curia, el Cardenal Villot, la tarde del 28 de
septiembre. Quería discutir ciertos cambios que haría públicos al día siguiente.
Iba a aceptar las dimisiones del jefe del banco del Vaticano, de varios miembros
de la Curia implicados en las actividades de Sindona y del mismo Villot. Además,
también iba a declarar su intención de celebrar una reunión el 24 de octubre con
una delegación estadounidense para tratar el terna del control de la natalidad.
Cuando el papa Juan Pablo I se retirò a su habitación aquella noche del 28 de
septiembre. decidido a tirar de la manta que cubría las negociaciones entre el
Vaticano y la Mafia, no podía imaginar que no vería el nuevo amanecer.
A las
04:45 horas del 29 de septiembre, la hermana Vicenza encontró al Papa muerto.
Según dice el investigador británico David Yallop, en su libro En nombre de
Dios, la hermana Vicenza dio dos versiones ambiguas de cómo encontró al Papa.
Según sus primeras y entrecortadas declaraciones a un grupo de sacerdotes
franceses aquella misma mañana, le había encontrado sin vida en su cuarto de
baño. Sin embargo, la otra versión (sin duda maquillada por Villot), habla de un
hombre sentado en la cama con signos de agonía en el rostro cuando la hermana
entró en su habitación. Yallop insiste en que esta discrepancia es muy
importante: si se determinara que la monja lo encontró muerto en el cuarto de
baño, aún con sus vestiduras papales, este hecho apuntaría a que falleció poco
después de su «brindis» con el cardenal Villot aquella noche del 28 de
septiembre.
David
Yallop reconstruye las acciones del cardenal Villot(foto
izquierda) y consigue una trayectoria muy sospechosa. Se dice que este
cardenal informó de la muerte a las 05:00horas. Las gafas y zapatillas del Papa
desparecieron misteriosamente y se especula que pudiera haber restos de vómitos,
que en un hipotético análisis explicarían las causas de su muerte. Justo a las
05:00, Villot o un ayudante, llamó a los embalsamadores, que a esa misma hora
estaban curiosamente preparados para el evento. Lo que ocurrió entre las 05:00 y
las 06:00 sigue siendo un misterio, y a esa hora, el doctor Buzzonati (y no el
profesor Fontana, jefe del Servicio Médico del Vaticano) llegó para confirmar la
muerte, aunque sin emitir el correspondiente certificado de defunción. Según
este facultativo, la causa del fallecimiento fue un infarto. Sobre las 06:30,
Villot empezó a informar a los cardenales, una hora y media después de la
llegada de los embalsamadores. Antes de las 6 de la tarde de ese día, los
apartamentos del Papa ya se habían limpiado y cerrado; sus secretarios habían
retirado su ropa, incluso sus cartas, apuntes, libros y recuerdos personales. En
otras palabras, a las 6 de la tarde, las 19 habitaciones del papa Juan Pablo 1
no guardaban ningún recuerdo de su corto papado de 33 días.
De
nuevo el número masónico por excelencia y relacionado a su vez, con los
Illuminati; además de un breve mandato que terminó el 29 de septiembre de 1978.
Aquí hay otra contraseña de los Illuminati; el numero 29 se reduce a 11, y en la
numero logia todos los números que cumplen esta condición se asimilan a él, es
decir, 29, 38, 47, 56, 65, 74, 83 y 92.
Siguiendo las órdenes de Villot, el Papa fue embalsamado esa misma tarde, un
procedimiento no sólo irregular sino ilegal. Se dice que durante el proceso de
embalsamamiento, no se permitió la extracción de órganos ni sangre. Yallop
afirma que «una pequeña cantidad de sangre» habría sido suficiente para que un
experto forense estableciera la presencia de cualquier sustancia venenosa.
Según
el Abad de Nantes, la sentencia de muerte cayó sobre Juan Pablo I el día que
abrió los dosieres secretos de Pablo VI, y la forma en que murió tenía todos los
visos de una ejecución masónica, planeada ese mismo día por Licio Geelli y
Roberto Calvi.
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