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Diego
Velázquez: Un pintor en el espejo
Si
recorremos la historia de la pintura universal, concluiremos con la
certeza de que Diego Velázquez ha sido probablemente uno de los más
importantes artistas plásticos del barroco español, e incluso
podríamos asegurar que ha sido el más prolífico y destacado de todos
los que transitaron por dicha corriente pictórica, sin desmerecer al
resto.
Su mayor momento de fama se produjo
luego del retrato que Velázquez pintó del Papa Inocencio X, durante
uno de sus frecuentes visitas a Roma, pintura que logró ganar la
fama inmediata y duradera en Italia, al tiempo que fomentó su
reputación como uno de los más grandes exponentes del arte
occidental de la época. Si bien Diego Velázquez se caracterizó por
ser un pintor cuya primera etapa de obras se basaban en motivos
religiosos, lo cierto es que el retrato del Papa Inocencio X fue una
especie de anunció de la culminación de dicha etapa, dando lugar al
desarrollo de otro tipo de creaciones.
Velázquez nació el 6 de junio 1599 en
Sevilla, España, y desde muy joven demostró tener un gran talento
para la pintura, por lo que fue aceptado como aprendiz por Francisco
Herrera, y posteriormente por el prestigioso y reconocido Francisco
Pacheco.
Con aquella enseñanza, Velázquez se
volcó en principio a realizar obras pictóricas relacionadas a
temáticas religiosas, corriente que fue reemplazando a partir de un
viaje que realizó a Madrid en 1623, cuando decidió pintar por
encargo un retrato de Felipe IV, el cual le permitió acceder al
éxito inmediato, y por supuesto convertirse en el pintor oficial de
la Corte.
Al ingresar en el mundo de la realeza,
Velázquez pudo contemplar en persona las colecciones reales, donde
se encontró por ejemplo con algunas obras de Tiziano, recibiendo una
notable influencia que repercutió en su estilo. Es por ello que,
según los expertos, en los retrato realizados por Velázquez durante
este período, se puede observar la acentuación de los rostros y las
manos de los modelos que sirven de tema a sus obras, y comienzan a
aparecer oscuras figuras que se recortan sobre fondos claros.
Entre 1629 y hasta 1631, Velázquez
realizó una intensa estadía en Italia, lo que le permitió
desarrollar, profundizar y evolucionar su estilo, por lo que de
regreso a Madrid inició su período más productivo.
Fue durante su segunda visita a Roma,
la cual se produjo entre 1649 a 1651, que el artista pintó un
retrato del Papa Inocencio X, que impactó inmediatamente a todos,
gracias al estilo único de Velázquez que creó un cuadro donde el
rostro del religioso tenía la mayor preponderancia de la
composición, y donde llevó a cabo una excelente combinación entre la
figura del Papa y el brillante color carmesí de la cortina que se
observa detrás de él. Una obra en la que utilizó la técnica de
pinceladas fluidas casi imperceptibles, que le permitieron a
Velázquez ir mucho más allá de la técnica de Tiziano, y que sin
lugar a dudas anunció la última etapa en el desarrollo de su estilo.
En los últimos años de creación,
Velázquez creó la que aún es considerada su obra maestra, bajo el
título de “Las Meninas”. El cuadro data del año 1656, y en él se
retrata una escena casual en la que el centro indiscutible es la
infanta Margarita, y en el que se puede hallar el autorretrato del
pintor. Para la obra, el artista utilizó una técnica especial para
delimitar la estructura espacial, valiéndose de la incorporación de
un espejo, a través del cual se incluyen en la obra al Rey Felipe IV
y la Reina Mariana, que parecen observar desde lejos la escena
captada por Velázquez.
Con “Las Meninas” Velázquez se
consagró como uno de los artistas plásticos más importantes del arte
occidental, reconocido universalmente, ya que lo cierto es que jamás
una creación basada en una ilusión extraordinaria de la realidad
como la creada por Velázquez en dicha obra, ha podido ser superada.
La muerte puso fin a su talento el 6
de agosto 1660, cuando se encontraba en Madrid.
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