«Verdún y el Somme simbolizan en
un microcosmos toda la Primera Guerra Mundial, con su heroísmo y su futilidad,
sus glorias y sus horrores. Fueron dos batallas no decisivas de una guerra no
decisiva» (Alistair Home).
Planeada como una sangría del ejército francés, lo fue en efecto, pero tanto de
los combatientes galos como de los germanos. El 21 de febrero de 1916, pocos
minutos después de las siete y cuarto de la mañana, el general Passaga
consignaba en su diario: «Percibo, en el suelo de mi refugio, un ruido que
parece un redoble de tambor puntuado por numerosos golpes sordos, como los de un
bombo». Su refugio estaba situado junto al Lago Negro, en los Vosgos, a 160
kilómetros de distancia de Verdún.
El
redoble era la preparación artillera que se había desencadenado sobre el sector
de Verdún puntualmente a las 7.15; los golpes sordos, las explosiones de los
proyectiles de 305, 380 y 420 milímetros (uno de éstos cayó sobre el palacio
episcopal de Verdún). El fuego se concentraba en el «frente de los bosques»,
situado al norte de la plaza y a la orilla derecha del Mosa: bosque de Haumont;
«des Caures», de la Ciudad, de Herbebois... Era literalmente un tiro de
aplastamiento, con una proporción de calibres pesados 11, 50, 210 milímetros muy
elevada.
Las
trincheras quedaron niveladas, los pueblos convertidos en montones de ruinas;
los bosques, en una fronda de troncos desgajados y ramas semicalcinadas... A
poco de haberse iniciado el fuego, los barrancos fueron sistemáticamente
cañoneados con granadas de gases lacrimógenos e irritantes para dificultar más
aún el envío de refuerzos a las primeras líneas.
(Ver Las Trinchera en la Primera Guerra Mundial)
El
saliente de Verdún, dividido en dos por el río Mosa, estaba formado por una
planicie al este de la Woévre, (que fue abandonada por los franceses desde los
primeros días de la ofensiva) y por un terreno quebrado y boscoso, los Altos del
Mosa, con colinas de unos 300 metros de altitud y barrancos que cortan el
terreno en distintas direcciones. Un escenario adecuado para la infiltración de
los atacantes y también para una defensa a ultranza.
A las
cuatro y media de la tarde la artillería alemana alargó el tiro y aisló las
primeras líneas francesas mediante una barrera de fuego. De la zona batida se
alzaba una enorme nube de humo y polvo que impidió la intervención de la
artillería francesa -o de lo que quedaba de ella- por falta de visibilidad. (Al
iniciarse la batalla, el sector de Verdún contaba con menos de trescientas
piezas, en su mayor parte de calibre 75, (poco eficaces en un terreno quebrado,
y con una dotación de unos trescientos proyectiles por batería.) La infantería,
pues, tuvo que soportar sola, sin apoyo artillero, el choque inicial. Porque, a
pesar de nueve horas de martilleo todavía quedaban supervivientes dispuestos a
luchar...
La
infantería alemana salió de sus posiciones pausadamente, en largas filas, «como
los vendimiadores en un viñedo del Gard». Jules Romainsl: acentuaba esta
semejanza el hecho de que en cabeza marchaban hombres con sendos depósitos a la
espalda; pero no eran sulfatadores, sino lanzallamas.
En
algunos puntos los atacantes ni siquiera se dieron cuenta de que habían rebasado
la primera línea enemiga: trinchera y ocupantes habían desaparecido, La
trinchera había sido nivelada; los soldados, habían muerto destrozados por la
metralla o aplastados en sus refugios. («Desaparecido» es una palabra que se
repetirá machaconamente durante toda la batalla y que significa eso:
despedazado, volatizado. Sólo figuraron como muertos los soldados
identificados.) En el bosque de Haumont, los alemanes hicieron prisionero a un
grupo de franceses «dormidos»: el agotamiento nervioso les había sumido en un
profundo sopor en cuanto la artillería alargó el tiro.
Pero
las previsiones del Estado Mayor son una cosa y la realidad otra. En aquel
paisaje arado, triturado, desgarrado por las granadas, quedaban supervivientes.
Y supervivientes dispuestos a empuñar el fusil, a desenterrar la ametralladora
cubierta de tierra por los obuses y a agruparse en centros de resistencia para
hacer frente a la infantería enemiga. Los alemanes, muchísimo más numerosos, se
infiltraban entre los huecos de la quebrantada línea francesa. En el «Bois des
Caures», por ejemplo, los cazadores alpinos del coronel Driant (diputado y
destacado escritor militar que murió el día 22), trescientos supervivientes de
una semibrigada de casi 1.400 hombres, lucharon toda la noche, casi a ciegas,
cuerpo a cuerpo. Cuando amaneció el día 22, los alemanes sólo habían ocupado el
bosque de Haumont; en todos los demás puntos atacados proseguía la resistencia.
La artillería alemana había seguido disparando durante toda la noche.
Este
infierno tuvo una expresión más que lacónica en el comunicado difundido a las 15
horas del día 21 (febrero 1916) por el Gran Cuartel General francés: «Débil
acción de ambas artillerías a lo largo del frente, salvo al norte de Verdún,
donde se ha manifestado cierta actividad.
Si
hay un ejemplo flagrante de falta de cultura histórica de un Estado Mayor es el
que se desprende del hecho de que las dos bombas atómicas lanzadas por los
norteamericanos sobre el Japón lo fueron precisamente sobre las dos ciudades
niponas que tenían una mayor tradición de relaciones con Occidente. Mayor y en
ocasiones, única: Nagasaki, en particular, es la ciudad de los veintiséis
mártires cristianos japoneses y el único puerto que fue autorizado para
conservar una factoría holandesa -la isla de Deshima- cuando, en 1941, fue
cerrado a los extranjeros. Sabido es que el «Enola Gay» -la fortaleza volante
portadora del artefacto- se dirigió hacia Hiroshima porque entre los diversos
aviones de reconocimiento que le precedían para informar acerca de la situación
meteorológica sobre las cuatro o cinco ciudades elegidas como posibles objetivos
para la bomba atómica, fue el que sobrevolaba Hiroshima el primero que facilitó
un comunicado, que era favorable. La historia de esta ciudad y la de Nagasaki,
sede de las comunidades cristianas más numerosas del Japón, no parece que las
calificara de manera especial para servir de blanco al mortífero artefacto.
Semejante carencia de cultura histórica no aquejaba al frío y distante jefe del
Alto Estado Mayor imperial, general Erich von Falkenhayn, sucesor de Moltke tras
el revés sufrido por las armas alemanas en el Marne. Decidido a montar en el
Oeste una gran ofensiva, Falkenhayn escogió Verdún. Y lo hizo fundamentalmente
porque estaba convencido de que esta ciudad, tan estrechamente vinculada al
recuerdo de Carlomagno -figura reivindicada por Francia y por Alemania-, en
ningún caso seria abandonada por los franceses. Verdún era un símbolo.
No
fue ésta la única consideración, por supuesto. En orden a la marcha general de
la guerra, Falkenhayn, con muy buen sentido y en oposición al tándem Hiqdemburg
Ludendorff, no quería adentrarse en las inmensidades rusas, y mucho menos
llevando casi a rastras al renqueante y desmoralizado ejército austro - húngaro.
Además, esperaba acontecimientos en el Este; quizá, desde su mentalidad y
perspectiva, un cambio de actitud del zar. En los Balcanes el ejército servio
podía considerarse aniquilado y la entrada en guerra de Bulgaria junto a las
potencias centrales le liberaba de toda preocupación en cuanto a las
comunicaciones con Turquía. El cuerpo expedicionario francés estaba detenido en
Salónica: Y el frente italiano, evidentemente secundario, no planteaba ningún
problema serio.
Falkenhayn creía que la guerra sólo podía decidirse en el Oeste y que convenía
hacerlo antes de que los reclutas británicos de Kitchener («los solteros de 18 a
40 años») nutrieran el frente occidental con varios centenares de miles de
hombres. Era necesario poner fuera de combate a Francia antes del verano de
1916, tanto más cuanto que el bloqueo marítimo impuesto por la flota británica
empezaba a dejar sentir sus efectos en Alemania.
El
campo fortificado de Verdún constituía la chariela del frente Oeste. Formaba un
saliente, a modo de baluarte, situación que permitiría a los alemanes concentrar
el fuego de su artillería en tiro convergente.
Pero
la gran superioridad germana era de índole logística: en tanto que el sector
alemán de Verdún estaba servido por catorce líneas férreas (diez construidas por
Flakenhayn para su ofensiva), más una completa red de carreteras, el saliente
francés sólo disponía de una mala carretera de siete metros de anchura y de un
ferrocarril local de vía estrecha, «le Meusien», pues de los dos ferrocarriles
de ancho normal que afluían a Verdún desde la retaguardia francesa, uno estaba
cortado por el saliente de Saint-Michel y el otro batido por los cañones
enemigos. El plan de Falkenhayn era sencillo: utilizar a fondo su superioridad
artillera, machacando a la infantería francesa, que el mando sacrificaría sin
vacilaciones para evitar la caída de Verdún. Por decirlo con palabras del propio
estratega, se proponía no ya «sangrar», sino «desangrar» al ejército galo, que
tan pródigo de la vida de sus hombres se había mostrado ya en 1914 y 1915.
El
frente alemán de Verdún estaba guarnecido por el V Ejército. La ofensiva de
Falkenhayn era una excelente ocasión para que esta gran unidad, de actuación
hasta entonces poco lucida, se coronara de marciales laureles, y con ella su
jefe, el Konprinz Guillermo, blanco predilecto de los caricaturistas aliados por
su figura desgarbada, su aire altanero y su afición a vestir uniforme de los
Húsares de la Muerte.
La
preparación de la ofensiva fue precedida por la construcción de una serie de
enlaces y desvíos ferroviarios (la guerra de la que nos ocupamos fue, con la
civil rusa, la última en que los transportes ferroviarios desempeñaron un papel
fundamental). Seguidamente se procedió a concentrar en un área de doce
kilómetros de frente por doce quince de profundidad, más de un millar de
morteros y cañones, con predominio de calibres pesados (hasta 380 y 420 mml, una
amplia dotación de municiones) 3.OOO proyectiles por batería, sólo para iniciar
la batalla, materiales diversos (cemento, alambre de púas, estacas, etcétera), y
ochenta batallones con los correspondientes parques de municiones, servicios
sanitarios y depósitos de víveres. Para albergar las reservas alemanas de
primera línea, fueron excavados numerosos Stollen, verdaderos cuarteles
subterráneos de gran capacidad, a profundidades de diez y hasta de quince
metros.
Pese
a las precauciones tomadas por los alemanes para ocultar sus preparativos de «camufleo»
(como escribía por aquellas fechas cierto corresponsal de guerra barcelonés),
era imposible que tal acumulación de hombres y material pasara inadvertida a los
franceses. En particular fue detectada la construcción de Stollen (el suelo
transmite los sonidos a gran distancia). Pero ni estas informaciones ni las
declaraciones de los desertores (alemanes que preferían el cautiverio a los
albures del ataque, algún polaco y sobre todo alsacianos, hombres éstos que
luchaban con desgana en las filas imperiales) conmovieron al Cuartel General
francés.
La
ofensiva, fijada para el día 12 de febrero, tuvo que ser aplazada hasta el 21
por causa de las desfavorables condiciones atmosféricas (visibilidad
insuficiente para la observación artillera), pero en la noche del 11 al 12 fue
leída a los soldados la orden de ataque del Kronprinz. Esta circunstancia
permitió a los desertores ser explícitos y precisos. El Cuartel General -según
se dijo más tarde hizo hincapié en las inevitables contradicciones que
presentaban las declaraciones de los desertores e interpretó la construcción de
Stollen como una prueba de que los alemanes reforzaban sus defensas en el
sector. Pero el argumento irrefutable se lo proporcionó la observación aérea: no
existían paralelas de aproximación en el sector de Verdún. ¿Quién seria tan loco
como para lanzar un ataque sin abrir previamente paralelas que permitieran
acortar el salto de la infantería en terreno batido? Hasta entonces siempre se
había procedido de ese modo.
No
cayeron en que Falkenhayn se proponía aplastar las primeras posiciones e impedir
la llegada de refuerzos mediante un fuego artillero sin precedentes. La
infantería se limitaría a ocupar lo que la artillería conquistara.
Sin
embargo, la semilla de la inquietud quedó sembrada. Tanto más cuanto que a nivel
de división, e incluso más arriba, se tenía plena conciencia de la precariedad
de las defensas francesas eh aquel sector.
Los
fuertes de Verdún, después del triste papel desempeñado por los de la frontera
belga en 1914, habían sido desmantelados y su artillería pasó a reforzar la de
las unidades de campaña. La medida era muy racional si se atiende a la
angustiosa inferioridad de los franceses en cañones pesados y piezas de tiro
curvo. Lo que resulta sorprendente es que los fuertes círculos concéntricos de
fortificaciones, algunas excelentes, construidas después de la guerra
franco-prusiana alrededor de la ciudadela de Verdún, (una de las obras maestras
del infatigable Vauban), carecieran de guarniciones y estuvieran ocupados
únicamente por un pelotón de territoriales encargados del cuidado de depósitos
de municiones o de víveres. Y lo que rebasaba ya los limites de la comprensión
es que nadie tuviera presente esta situación en plena batalla, cuando el más
significante relieve del terreno era disputado con encarnizamiento feroz.
En
cuanto a las trincheras, distantes entre ocho y doce kilómetros del cinturón
exterior de fuertes, no estaban en buenas condiciones. Nunca el soldado francés
fue un excavador metódico: en todos los frentes, las posiciones alemanas estaban
mucho mejor organizadas, construidas y atendidas que las francesas; también eran
más cómodas. Pero en Verdún la situación era preocupante. Por ello, el general
Herr, comandante en jefe de la región fortificada verdunesa, solicitó una
inspección.
De
resultas de esta petición, en enero de 1916 llegó a Castelnau el mariscal Joffre,
comandante en jefe del Ejército francés, quien redactó un informe alarmante para
uso interno, mientras tranquilizaba a políticos y periodistas. Poco después
visitó el sector el jefe del 30 Cuerpo de Ejército, general Chrétien; no estando
tan arriba en el escalón de responsabilidades habló más claro: vio una primera
línea discontinua y que no estaba organizada en profundidad; una segunda
esbozada y una tercera inexistente (sobre el terreno, no sobre el papel); unas
trincheras de acceso a las posiciones que eran simples surcos; escasez de
alambradas; precarios refugios que sólo protegían de la metralla... Su
conclusión fue pesimista y profética: «Un terreno catastrófico». El comunicado
del Gran Cuartel General francés del día 21 de febrero, como hemos visto era
tranquilizador. Así debe ser mientras no se sabe con certeza qué ocurre ni
cuáles son las intenciones del enemigo, más vale callar. O, lo que es lo mismo,
refugiarse en la ambigüedad y quitarle hierro -nunca mejor dicho- al suceso.
Pero
el comunicado es significativo de un rasgo importante de la batalla de Verdún, a
saber: que se riñó también un poco en las oficinas del Gran Cuartel francés
donde Joffre, encariñado con su ataque en el Somme, aún nonato, tendía a
minimizar lo que ocurría en Verdún. Primero se empecinó en que aquel ataque no
era una ofensiva en regla; después lo calificó de diversión, de finta, y sostuvo
que la ofensiva se produciría en otro lugar... La terquedad era uno de los
defectos de Joffre. En el caso concreto de Verdún, le costaba aceptar la
servidumbre de una operación en que la iniciativa estaba en manos del enemigo y
que, a la vez, minaba la ofensiva en el Somme.
Lo
importante, claro está, sucedía en el campo de batalla. Digamos ante todo que
aquel escenario, incluso cuando los alemanes atacaron también por la orilla
izquierda del Mosa, era muy restringido: «No más extenso que los parques de
Londres», ha escrito un autor británico. De donde se deduce una consecuencia
evidente: aquellas colinas y barrancos se transformaron en un paisaje inédito,
en algo que el mundo nunca había conocido. Alrededor de Douaumont, el suelo
había sido removido de tal manera que no quedaba ni rastro de madera. Incluso
las raíces habían desaparecido. La tierra parecía muerta, enrojecida por la
sangre que empapaba.» Y como quiera que se combatió una y otra vez durante meses
en los mismos lugares, como quiera que centenares de millares de hombres penaron
y murieron sobre los mismos barrancos y colinas, la tierra quedó amasada con
cadáveres, transformada en una inmensa fosa común batida por los obuses,
pisoteada por los combatientes. «Los bloques de podredumbre removidos de acá
para allá fermentan al calor del sol. La atmósfera está tan cargada de
partículas pútridas que parece haberse convertido en polvo de cadáver. Las
náuseas nos ahogan cuando comemos. El pan, la carne, el café, todo sabe a
cadáver...»
Poco
a poco, en el curso de la batalla, la superioridad artillera alemana fue
disminuyendo: durante las batallas finales (otoño e invierno) las fuerzas
estaban equilibradas.
Pero
desde febrero a julio de 1916, los franceses resistieron palmo a palmo,
arrojando a la batalla una división tras otra, en un régimen de relevos, a la
vez atroz y lógico, que hizo que casi todas las unidades del ejército francés
pasaran por Verdún. El dominio del aire, que inicialmente correspondió a los
alemanes y que era importante para la eficacia del fuego artillero (globos
cautivos de observación, aviones de reconocimiento), les fue ásperamente
disputado después por los aeroplanos galos. De modo que, muy pronto, lo que
tenía que ser definitiva sangría del ejército francés, en los planes de
Falkenhayn, se convirtió, por añadidura, en sangría del ejército alemán. Bajo
una lluvia de obuses, entre nubes de gases tóxicos, se luchaba con
encarnizamiento en acciones locales limitadas y violentísimas; en ofensivas que
acababan disgregándose en una serie de combates confusos... Los fuertes (Vaux,
por ejemplo), quedaron aislados por el fuego artillero como islas en un mar
tempestuoso.
Los
héroes de la batalla no serán sólo los combatientes de fusil y granada, de
bayoneta y cuchillo, sino también, los enlaces, los telefonistas y los furrieles
alemanes o los «hommes-soupe» franceses, que arriesgaban y perdían sus vidas
para llevar agua y víveres a las primeras líneas. A dos kilómetros de los
depósitos de intendencia se daba el caso de que unidades enteras permanecieran
dos y tres días sin beber ni comer, en pleno combate. Será también la batalla de
los relevos, de los refuerzos diezmados por la metralla: de una compañía
francesa completa, sólo alcanzaron el fuerte de Souville, durante el último
ataque alemán, en julio de 1916, sesenta hombres y dos oficiales.
Del
sacrificio de la infantería no es preciso hablar más: para eso está. Pero veamos
casos ocurridos en la artillería que, comparada con los «fantassins» es un arma
más bien resguardada: en dos horas, una batería del 75 expuesta al fuego alemán,
sufrió 22 bajas, entre muertos y heridos, de una dotación de 24 hombres. Un
grupo de morteros de 240 milímetros, emplazado en el barranco de Haudremont, fue
aniquilado: quedó un solo hombre que, maniobrando el tractor, retiró las piezas
que no habían sido inutilizadas por el fuego enemigo. Numerosas baterías
perdieron sus caballos, cegados y enloquecidos por los gases lacrimógenos... La
galería de horrores podría prolongarse al infinito. Sin embargo, un lugar y un
techo pueden sintetizar el horror de la batalla: la famosa trinchera de las
bayonetas.
Según
testimonio de un superviviente, el teniente Foucher, del Primer Batallón del 137
Regimiento de Infantería, procedente de la ciudadela de Verdún, relevó a fuerzas
del 337 Regimiento en las posiciones cercanas a la granja de Thiaumont la noche
del l0 de junio de 1916. A la mañana siguiente los alemanes iniciaron una
fortísima preparación artillera. Elementos de la 3.a y 4.a compañías ocupaban
una trinchera estrecha y profunda. Por la tarde, los soldados de aquella
posición tuvieron la impresión de que se aproximaba el ataque alemán; en el
momento en que preparaban sus granadas de mano y cuando tenían sus fusiles, con
la bayoneta calada, apoyados en el parapeto, salvas de artillería pesada
encuadraron la trinchera, aproximaron sus bordes y la derrumbaron, con lo cual
los soldados que la ocupaban quedaron enterrados vivos. Existen otras versiones,
algunas sobradas de fantasía; quizá debido a la circunstancia de que el 137
Regimiento estaba formado por bretones y vendeanos, gentes de brumosa y fértil
imaginación céltica.
El 24
de febrero era evidente que la situación de las fuerzas francesas que guarnecían
el Saliente de Verdún, bordeaban el desastre. Aquel mismo día, el jefe del 11
Ejército, Philippe Pétain, fue nombrado comandante del frente de Verdún. El 25,
dos compañías del 24 Regimiento de Infantería de Brandeburgo ocuparon el
desguarnecido fuerte de Douaumont en un golpe de mano audaz; su reconquista
costaría a los franceses dos ofensivas y millares de muertos. La mano firme de
Pétain (que tomó el mando efectivo la noche del 25) se hizo notar de inmediato:
ordenó enlazar los fuertes por una línea continua de trincheras y dispuso una
segunda y una tercera líneas llamada, por la malhumorada división que la
excavaba, «la línea del Pánico»; reorganizó la artillería y ordenó la
intervención sistemática de las baterías situadas a la izquierda del Mosa y que,
por razón del avance efectuado por los alemanes, podían atacar de flanco al
enemigo.
Simultáneamente organizó la circulación por la carretera denominada por algún
plumífero de la retaguardia «la Voie Sacrée» (la Vía Sagrada). A su conservación
fueron adscritos diez mil territoriales, es decir, hombres que ya habían
cumplido su periodo de servicio militar y que eran movilizados para desempeñar
trabajos auxiliares. Estas tropas abrieron canteras, prepararon grava y
repararon diariamente la carretera, que era el cordón umbilical del frente de
Verdún.
Por
ella circuló la famosa «noria», formada por 3.5OO camiones, 8OO ambulancias, 200
autobuses y 2.OOO coches de turismo que llevaba a Verdún tropas de refresco,
municiones, materiales para la construcción, cañones... Y que regresaban con las
tropas relevadas, con heridos y prisioneros. Y también, en la primera fase de la
batalla, con la población civil evacuada de la ciudad de Verdún y de los pueblos
aledaños. Al «Meusien», ferrocarril de vía estrecha como ya se ha dicho, se le
adjudicó principalmente el transporte de víveres. En la segunda fase de la
batalla se construyó en uno de los ferrocarriles de vía ancha que afluían a
Verdún, un desvío que evitaba la zona abatida por la artillería germana, y así
se alivió la circulación de la «Voie Sacrée». Pero en las primeras semanas de la
batalla fue esta carretera la que alimentó aquella tremenda vorágine.
Pétain impulsó las divisiones antes de que sufrieran un quebranto excesivo. Los
alemanes, en cambio, cubrían bajas en las unidades empeñadas en la lucha;
aunque, por supuesto, también efectuaron relevos de grandes unidades.
Pétain acabó convirtiéndose en la pesadilla del Gran Cuartel General: pedía más
y más tropas, más y más cañones... Siempre con premura y dando muy pocas
explicaciones. Joffre, amoscado, veía cómo Pétain, con su obstinación tranquila,
le iba arrebatando, una tras otra, las piezas que precisaba para dar jaque mate
a los alemanes en el Somme.
Finalmente, el Gran Cuartel General solucionó la papeleta ascendiendo a Pétain a
jefe del Grupo de Ejércitos del Centro, con lo cual perdía el mando directo de
la batalla.
En su
lugar fue nombrado (30 de abril) el general Nivelle, destacado artillero y
hombre «de elevado espíritu ofensivo». Con Mangin como brazo derecho -un espadón
colonial, cosido de cicatrices y cargado de medallas-, Nivelle montó ofensivas
que, con preparaciones artilleras insuficientes, costaron ríos de sangre y
obtuvieron resultados insignificantes. Por su parte, los alemanes, tras llevar
la iniciativa hasta abril, lanzarán las llamadas «tres ofensivas de verano». La
última de ellas acabará bajo los muros del arrasado fuerte de Souville, el 12 de
julio de 1916. Aquel mismo día el Kronprinz recibió la orden de mantenerse a la
defensiva: los aliados habían iniciado la batalla de ruptura en el Somme.
En
agosto de 1916, Hindenburg y su inseparable Ludendorff, los triunfadores del
Este, sustituyeron a Falkenhayn al frente del Estado Mayor imperial y el 2 de
septiembre decidieron que no habría más ofensivas en el frente de Verdún. Tres
días más tarde, el Kronprinz coincidió con ellos en Charleville y les felicitó:
hacia tiempo que estaba convencido de que Verdún era un matadero, no un campo de
batalla.
La
primera y más característica fase de la batalla, casi toda de iniciativa
alemana, había terminado. Después vendrían las ofensivas francesas del 24 de
octubre, del 15 de diciembre de 1916, y del 20 de agosto de 1917, y con ellas la
reconquista de los fuertes perdidos y de buena parte del territorio cedido desde
febrero: unos pocos kilómetros de tierra solada.
El
historiador alemán Ettighoffer ha escrito: «Solamente durante los tres primeros
meses, o sea, del 21 de febrero al 21 de mayo, los franceses tuvieron 190.OOO
muertos; los alemanes exactamente 174.215». Entiéndase muertos, no bajas.
En
diciembre de 1916, tras nueve meses de combates casi interrumpidos las pérdidas
eran, en cada campo, del orden de cuatrocientos a quinientos mil muertos,
desaparecidos y heridos graves, que morían en los hospitales de retaguardia. El
resultado estratégico era prácticamente nulo: en diciembre, franceses y alemanes
se encontraban muy cerca de las posiciones que ocupaban cuando se inició la
ofensiva. Nunca en la historia de la Humanidad se ha derramado tanta sangre, se
ha luchado tan ferozmente por unos pocos kilómetros de colinas y barrancos.
Hindenburg emitió un juicio severo sobre la batalla cuando en sus «Memorias»
explica los motivos que le indujeron a suspender definitivamente los ataques en
el sangriento frente de Verdún: «Aquella lucha consumía nuestras energías como
una herida abierta. Se deducía claramente que la empresa no tenía esperanzas
para nosotros y que su prosecución había de causarnos más pérdidas que las que
pudiéramos producir al adversario». Y acaba con una muestra antológica de humor
prusiano: «El campo de batalla era un verdadero infierno y, en este sentido, no
era muy grato para la tropa».