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Los ejércitos bárbaros, al mando
de Alarico el Godo, entraron a Roma durante la calurosa noche
del 24 de agosto del año 410 d.C. Los guerreros
germánicos saquearon la capital imperial durante tres días, y
así pusieron un final simbólico al esplendor romano. "El mundo
entero pereció en una sola ciudad", escribió San Jerónimo.
En los turbulentos siglos que
siguieron, las tribus germánicas paganas, como las de sajones y
francos, devastaron lo que quedó del orgulloso
imperio y se asentaron, sólo para ser devastados, a su vez, por
los vikingos escandinavos.
El cataclismo orilló a los celtas
a emigrar al oeste, y su cultura sólo perduró en la costa
atlántica de Europa: Cornualles, Gales, Bretaña e Irlanda.
Algunos historiadores llaman Edad Oscura a este caótico periodo.
Pero las tribus guerreras enriquecieron la cultura europea con
su arte y su energía: un espíritu pionero, técnicas agrícolas
vigorosas y mitos heroicos que celebraban los triunfos propios.
La caída del Imperio Romano fue
acompañada en toda Europa por un enorme flujo de emigrantes;
algunos ya convertidos al cristianismo. Hablaban idiomas
distintos, sus indumentarias eran diferentes y no comían los
mismos alimentos, pero todos dependían de la tierra, los ríos y
el mar para su subsistencia. Se trabajaba duramente para arar la
tierra, y la cantidad de cultivos aumentó con la tala de
bosques. Hacia el año 1000 d.C., los escandinavos se asentaron,
construyendo castillos y fundando reinos.
El orden se restauró lentamente
en Europa occidental: la vida se volvió más estable, próspera y
refinada. La población aumentó hasta que la escasez de tierras y
las epidemias la menguaron en el siglo XIV.
A partir del siglo XII, en Asia y
en Europa había aumentado la proporción de habitantes de
ciudades y pueblos. Hombres y mujeres escaparon de la
dependencia de los señores feudales hacia la libertad de las
ciudades. El comercio de vino y lana cruzó las fronteras de
Europa; y la seda y las especias viajaron de Asia a Europa.
Donde se cruzaban las rutas comerciales, surgían bulliciosos
mercados y ferias.
En el campo, la vida cotidiana se
adecuaba a las estaciones; en las ciudades, se enriquecía con
las fiestas religiosas. Arquitectura, pintura, música y
literatura captaron el espíritu de estos tiempos vibrantes y a
veces violentos. Todavía perdura la magnificencia de las
catedrales, que
tardaron generaciones en construirse; y las universidades de
Boloña, París y Oxford demuestran el interés medieval por el
conocimiento. Este fue valorado aún más en los países del Islam,
en el siglo x, y ciudades como El Cairo, Córdoba y Bagdad eran
famosas por sus bibliotecas y palacios. Los sabios islámicos
sobresalieron en filosofía, ciencia y medicina.
Sin embargo, la mayoría de
hombres y mujeres nunca vieron una ciudad, y no sabían leer ni
escribir. Las autoridades religiosas normaban todo
comportamiento. La Iglesia construyó monasterios y conventos
donde la manera de vivir era sumamente disciplinada.
Cristianismo e Islam se enfrentaron, especialmente durante las
Cruzadas, pero el cristianismo también sufrió conflictos
internos, y Asia y África compartieron la violencia.
El siglo XV en Europa fue de
extravagancia, herejía y superstición, pero también se
caracterizó por las mejoras materiales que beneficiaron a las
mayorías y por el alto nivel de imaginación que las artes
alcanzaron. Tres innovaciones impulsaron una nueva etapa. La
imprenta,
ya conocida en China, llegó a Europa cuando Gutenberg introdujo
el uso de los tipos móviles. La
pólvora,
otra invención china, hizo que el castillo de la Edad Media
pasara de moda. La brújula
posibilitó los viajes de los primeros exploradores europeos. Uno
de ellos, Cristóbal Colón, "descubrió" América en 1492.(ver:
Grandes Descubrimientos)
VIDA DETRÁS DETRÁS DE LAS
MURALLAS: "El aire de las ciudades hace libres a los hombres";
así rezaba un proverbio medieval. En la época en que casi todos
dependían de la tierra, propiedad del señor feudal, las ciudades
surgieron como cunas de la libertad. Dentro de estas bulliciosas
—y a veces corruptas—colmenas, se vivía bajo normas muy
distintas a las del campo. Sus residentes obedecían al alcalde y
demás funcionarios electos. En vez de trabajar para mantener a
un noble y su castillo, pagaban impuestos al rey y reunían entre
ellos la suma necesaria para defender la ciudad.
La vida urbana resurgió en el
siglo XI. Cuando las llamas de los disturbios se apagaron, algo
similar a un gobierno organizado se asentó en los reinos
europeos. Los príncipes jugaron un importante papel en este
resurgimiento. Siempre escasos de fondos, permitieron que
algunos poblados se independizaran y se desligaran del castillo
local, a cambio de pagos en efectivo.
El otorgamiento del estatuto del
poblado era el gran acontecimiento de este proceso. Una vez
otorgado, el concejo municipal se encargaba de la
administración. Los poblados eran a veces ciudades romanas que
renacían tras la destrucción bárbara, o nuevas comunidades que
crecían a las puertas de un castillo medieval. Muchas emergieron
de modo caótico alrededor de los senderos y límites de los
conjuntos de parcelas, lo que explica las estrechas y sinuosas
callejuelas. Los constructores también favorecían este estilo:
la intrincada retícula de edificios era una protección contra el
viento, en una época en que las ventanas de vidrio eran poco
conocidas. De entre las ciudades europeas, París era la única
que no tenía alcalde, sino un preboste o superintendente del
rey. Era típico de las incipientes ciudades constituirse a
partir de una asamblea de aldeas dispersas e interconectadas.
Esto explica la abundancia de iglesias y abadías. Pastizales y
pantanos en ambas márgenes del Sena, que eran linderos entre las
aldeas, fueron cubiertos gradualmente con construcciones.
Como en otras ciudades
medievales, los puentes parisinos tuvieron gran importancia,
pues fueron los primeros centros comerciales: en ellos se
instalaban tiendas y establos. Los cambistas ocuparon un puente
que, a partir de 1142, fue conocido como Pont-au-Change (Puente
del Cambio). Bajo Felipe Augusto II (1180-1223), rodeada por una
muralla, la ciudad se convirtió en una unidad.
La gruesa muralla protegía el
poblado y sus portones se cerraban al ocaso. Las calles no
tenían alumbrado. Guardias de ciudadanos patrullaban las calles
con antorchas y si alguien deambulaba por la noche sin
motivo era encerrado. Los pregoneros daban la voz de alarma.
FERIA, FIESTA Y COMERCIO
Uno de los grandes acontecimientos en las ciudades de la Europa
medieval era la feria anual, que tenía lugar en las afueras de
la muralla y duraba varios días. Los monarcas estimulaban estas
ferias para promover el comercio y sacar ganancias de los
impuestos con que gravaban las mercancías. Los negocios de la
feria transcurrían en una atmósfera de carnaval. Un bufón en
zancos se eleva sobre la concurrencia, los malabaristas siguen
sus pasos, y trovadores con laúd divierten a los transeúntes. Un
mercader muestra sedas que quizá sean chinas, y otro tiene
suficientes ollas para abastecer por todo un año a los
vinateros. En otras tiendas, los clientes regatean pieles rusas,
vinos franceses y cristal italiano. La feria está vigilada y
bajo control. Los guardias montados supervisan todo, y la tienda
pintada de colores brillantes aloja una corte especial llamada
píedpoudre (pies enlodados), donde se dirimen las disputas de
los quejosos que aún no se han aseado.
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