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En
1609, dos monjes jesuitas se embarcaron en una misión con los indios
guaraníes del este del Paraguay. Con el tiempo, los jesuitas
establecieron más de treinta misiones en esa región.
Por estar muy bien
organizados y ser entusiastas, los jesuitas transformaron sus
misiones en empresas rentables. Esta descripción de una misión
jesuita en Paraguay la escribió Félix de Azara, soldado español y
científico.
Félix de Azara,
descripción e historia de Paraguay y Río de la Plata
"Luego de hablar de
las aldeas fundadas por los jesuitas y de la manera en que se
fundaron, analizaré el gobierno que establecieron en ellas... En
cada pueblo vivían dos monjes, un curato y un subcurato, quienes
tenían asignadas ciertas funciones. El subcurato se encargaba de
todas las tareas espirituales, y el curato de toda clase de
responsabilidad temporal... El curato no permitía a nadie trabajar
por una ganancia personal; exigía a todos, sin distinción de género
o edad, que trabajaran para la comunidad, y él mismo veía que todos
se alimentaran y vistieran igual.
Con este propósito,
los curatos colocaban en bodegas todas las frutas agrícolas y los
productos industriales, y en los pueblos de españoles vendían sus
excedentes de algodón, ropa, tabaco, verduras, pieles y madera, lo
que transportaban en sus propios barcos por los ríos más cercanos, y
regresaban con los instrumentos y las cosas que les hicieran falta.
Por lo dicho, se podía inferir que el curato disponía en exceso de
los fondos de los pueblos indios, y que ningún indio podía aspirar a
tener alguna propiedad privada.
Esta situación los
privaba de cualquier incentivo para usar la razón o el talento, ya
que desde el más creativo, capaz y valioso tenía la misma comida,
vestimenta y placeres que los más débiles, torpes o indolentes.
También se infiere que aunque esta forma de gobierno estaba bien
diseñada para enriquecer a las comunidades, ocasionaba a los
indígenas trabajaran en una paz lánguida, ya que la prosperidad de
su comunidad no les interesaba.
Es necesario decir que
si bien los monjes jesuitas eran superiores en todos los aspectos,
aplicaban su autoridad con una indulgencia y una moderación que
imponía admiración. Proporcionaban a todos abundante alimento y
vestido. A los hombres se les exigía trabajar sólo la mitad del día,
y no se les impulsaba a producir más. Incluso al trabajo se le daba
un aire de fiesta ya que iban en procesión al campo acompañados de
música... y la música no cesaba hasta que regresaban de la misma
forma en al habían partido.
Tenían muchos días de
fiesta, danzas y concursos les daban vestidos a los actores y a los
miembros de los concejos municipales con tejidos de oro y plata y
los más costosos adora! europeos, pero las mujeres sólo participaban
como espectadoras.
De igual manera,
prohibieron coser a las mujeres, y este oficio se destinó a músicos,
sacristanes y acólitos. Pero ellos torcían algodón, y la tela que
los indígenas tejían, después de satisfacer necesidades, se vendía
junto con el exceso de algodón en los pueblos de los españoles, como
lo hacían con el tabaco, verduras: madera y pieles.
El curato y su
acompañante, o subcurato, tenían sus propias habitaciones, y nunca
las abandonaban excepto para tomar el aire en el gran patio cerrado
de su colegio. Nunca caminaban por las calles del pueblo o entraban
a la casa de indio alguno o dejaban que los viera mujer alguna, o de
hecho, ningún hombre, excepto los pocos indispensables por medio de
quienes transmitían sus órdenes." |