LOGROS DE LA VACUNA:
Cabe agregar que la lesión es muy contagiosa. De esta manera, la persona que ordeñe el animal estará expuesta a desarrollar una pústula o úlcera de viruela bovina en la mano o muñeca, aunque el riesgo de contagio de persona a persona es mínimo. A su vez, muy pocas veces la lesión cutánea local estará seguida por enfermedad generalizada aunque se manifieste, a veces, una fiebre leve y cierto malestar. De todo ello se deduce que la transmisión ocurre por contacto directo, es decir, el material de la úlcera debe entrar en contacto con un arañazo o herida en la piel antes de que una persona pueda enfermarse. Hubo muchos de trabajadores que aceptaban infectarse con viruela bovina, pero sólo dos cobraron visibilidad hasta plasmarse en la literatura. Así, en 1774 un granjero llamado Benjamin lesty, de Dorset, tomó material de una lesión de viruela bovina y lo frotó sobre arañazos hechos con una aguja de zurcir en los brazos de su mujer y sus dos hijos. Ninguno de ellos enfermó de viruela cuando hubo una considerable epidemia en ese distrito. Se dice que sus hijos fueron inoculados con viruela quince años más tarde, sin efectos locales o generales. Por otra parte, en 1791 un alemán llamado Plett llevó a cabo un experimento similar. A su vez, Jenner (imagen arriba), nacido en Berkeley de Gloucester el 17 de mayo de 1741, era discípulo particular de un cirujano prestigioso del St. George Hospital de Londres llamado John Hunter, quien lo introdujo en la “aproximación experimental”. La historia de la viruela bovina llegó por primera vez a oídos de Jenner en 1770, cuando estaba haciendo su internado con un cirujano en Sodbury. Contrariamente a la creencia popular, volvió a la práctica en Berkeley e investigó el efecto de la viruela bovina durante casi veinte años antes de realizar el primer experimento humano. En este sentido, su primer experimento lo realizó el 14 de mayo de 1796. Jenner tomó linfa de una pústula de viruela bovina formada en la muñeca de una trabajadora de lechería llamada Sarah Nelmes y la insertó en dos incisiones superficiales hechas en los brazos de un niño, James Phipps. Así describe su evolución: ‘En el séptimo día se quejó de molestias en la axila, y en el noveno sintió algo de frío, perdió el apetito y tuvo un ligero dolor de cabeza. Todo el día estuvo indispuesto y por la noche se sintió bastante molesto, pero al día siguiente estaba perfectamente bien. La apariencia y evolución de las incisiones a un estado de maduración eran muy parecidas a las producidas de manera similar por material varioloso.” “El 10 de julio siguiente este niño fue inoculado con material tomado de una pústula de viruela; varios pinchazos y leves incisiones se hicieron en sus dos brazos y el material fue frotado contra ellos, pero no se manifestó enfermedad." Sin embargo, decidió diferir cualquier tipo de publicación hasta no tener una serie de pruebas más contundententes. Desafortunadamente, la viruela bovina desapareció de la vecindad de Berkeley durante dos años. En un tiempo posterior, “vacunó” a veintitrés sujetos antes de proceder a inocularlos con viruela, luego de un lapso de varias semanas. En todos los casos la variolización no produjo más que una ligera reacción local. Recién en 1798 decidió publicar sus investigaciones en un texto de 75 páginas titulado: Una investigación sobre las causas y efectos de varíola vaccinae, una enfermedad descubierta en algunos de los condados occidentales de Inglaterra, particularmente Gloucestershire y conocida por el nombre de viruela bovina (cow pox). Jenner condujo su investigación de manera cautelosa y minuciosa, si bien realizó experimentos en cuanta oportunidad se le presentó a lo largo de varios años, no expuso su teoría hasta obtener pruebas cruciales devenidas de la experimentación humana. Aun con un buen volumen de evidencia y el resultado asegurado, aunque frustrado por la ausencia de viruela bovina durante dos años, resistió la tentación de publicar sus hallazgos hasta que los resultados fueran comprobados. Es por ello que se lo considera como un científico cabal. Su trabajo fue traducido a los principales idiomas europeos en el curso de cinco años, sin embargo, dentro de la comunidad científicas sus investigaciones recibieron una aceptación dispar y en algunos casos obtuvo una rotunda oposición. Por un lado, “los inoculadores” que atacaron la vacunación de Jenner porque su adopción general daría fin a un lucrativo negocio. Su método se volvió un tema recurrente tanto en los caricaturistas como de los clérigos, estos últimos desde sus pulpitos lanzaron fuertes criticas ante la posibilidad de transferir al hombre una enfermedad animal. Sin embargo, una critica más fundada postulaba la peligrosidad de transmitir peores infecciones del ganado al humano, que resultaban más racionales. Esta critica se combinada con cierta aversión hacia la inoculación con sustancias provenientes de vacas enfermas, lo que indujo a los primeros vacunadores a optar por la técnica “brazo a brazo”. En este sentido, se hizo costumbre hacer una primera inoculación con viruela bovina del animal para luego seguir una cadena de paciente a paciente, tal como los inoculadores habían hecho en el sistema de “remociones”. El éxito de este método eliminó la objeción del trabajo de inoculación con animales, no obstante, aumentó el peligro de transmitir otras enfermedades humanas como la sífilis. La inoculación brazo a brazo también causó una gran controversia sobre la vacunación. Hacia fines de 1801, alrededor de 100.000 vacunaciones habían sido llevadas a cabo en Inglaterra y el método estaba siendo implementado a nivel mundial. Resultaba difícil la provisión de suficiente linfa de viruela bovina y asegurar su actividad mientras era transportada a largas distancias. Se probaron muchos métodos diferentes. Este sistema tuvo repercusión hasta en los sistemas coloniales: como el español, el inglés. Con respecto al español, hacia 1803 el rey de España decidió introducir la vacunación en las colonias americanas. Así, 22 niños que no habían sufrido la viruela se enrolaron y 2 de ellos fueron vacunados. En el viaje, dos niños distintos fueron vacunados a partir del par precedente, repitiéndose la operación cada diez días, y así la vacuna llegó activa al puerto de Caracas, en Venezuela. Allí, la expedición se dividió en dos; una parte se dirigió a Sudamérica, donde más de 50.000 personas fueron vacunadas sólo en Perú, y un segundo barco recogió otros 26 niños y extendió la cadena rodeando el Cabo de Hornos, hacia las Filipinas, Macao y Cantón. Desde esos puntos, misioneros ingleses y americanos llevaron la vacuna al interior de China. El subcontinente indio, altamente infectado, recibió la vacuna en 1802, luego de varios intentos abortados. La cepa provino de Jenner y viajó vía Londres, Viena, Turquía, Bagdad y el puerto de Basora en el golfo Pérsico, por lo que perdió potencia y sólo una vacunación ‘prendió” a su arribo a Bombay. Este único caso proveyó suficiente linfa para una nueva serie, que fue distribuida a Madrás y Ceilán. De este modo, la original “cepa Jenner” viajó a Asia, siendo la segunda cepa la más ampliamente distribuida. En otro caso, el doctor William Woodville, del London Smallpox and lnoculation Hospital, encontró dos vacas afectadas por viruela bovina en una granja lechera en Gray’s Inn Lane, el 20 de enero de 1799. De inmediato vacunó a siete sujetos en el Smallpox Hospital y luego, a tres de ellos, los inoculó con material de una pústula de viruela después de un intervalo de sólo cinco días. De los siete originales, “vacunó” una primera serie de 200 personas y luego una segunda serie de 300. Al respecto, Woodville informó: “En varias instancias la viruela bovina ha demostrado ser una muy severa enfermedad; sólo en tres o cuatro casos sobre quinientos el paciente ha estado en considerable peligro, y un niño murió" Las investigaciones y experimentos de Woodvile desataron el descontento de Jenner. Quien había demorado intencionalmente, por más de un mes, las pruebas de inoculación de viruela en sujetos vacunados ya que creía que la cepa de vacuna de Woodvile se había contaminado con un virus de viruela, produciendo así una peligrosa enfermedad. Sin embargo, sus campos de estudio eran distintos, mientras Jenner trabajaba en el campo, Woodvile lo hacia en la metrópolis (el principal centro de viruela inglés) y además en un hospital fundado con el propósito de producir inoculación y preservar el aislamiento. La demanda de vacuna era tal que poco se cuestionaba. La cepa de Woodville se diseminó por todo el mundo y se estima que fue aplicada en, al menos, dos mil remociones antes de 1836. Es probable que la cepa norteamericana derive de la de Woodville, porque fue quien proveyó al Vaccination Hospital de Bath, de donde el doctor Haygarth envió linfa al profesor Benjamin Waterhouse de Boston, en 1800. Hasta 1881 todas las vacunaciones fueron efectuadas por el método de brazo a brazo. El pasaje continuo a través del hombre concluyó en una sobreatenuación del virus, sin embargo, aumentó el riesgo de transmitir otras infecciones tales como erisipela, tuberculosis y sífilis. El gobierno británico dispuso un establecimiento para la vacunación animal, en el que terneros fueron deliberadamente infectados con viruela bovina para distribuir la linfa. El producto obtenido no era muy seguro, pero su calidad mejoró cuando se descubrió que la glicerina prolongaba su preservación. La primera linfa de ternero glicerínada’ fue provista en 1895, haciendo la salvedad de que se trataba de linfa humanizada” para aquellos que objetaban la inoculación con material de origen animal. Durante todo el siglo XIX y comienzos del XX, existió cierta resistencia a la vacunación. En Inglaterra la oposición provino, en su mayor parte, de las sectores subalternos, aunque curiosamente, los estratos más bajos de la sociedad favorecían la variolización. Una epidemia en 1837-1840 ocasionó unas 35.000 muertes entre infantes y jóvenes de la clase trabajadora urbana. Thomas Wakley, editor de The Lance! y miembro del Parlamento, culpó a la variolización, argumentando que la epidemia no habría ocurrido si la práctica hubiese sido prohibida. Al respecto su objeción fue recogida por el Parlamento británico, y asentado en un acta, convirtiendo en delito la inoculación con viruela. En este sentido, la vacunación se convirtió en el único método de protección y en 1853 fue declarada compulsiva para infantes, a cargo de los contribuyentes. Por desgracia, no existía entonces la maquinaria adecuada para dar cumplimiento a esta ley y muchos la eludieron. Alrededor de la mitad de los niños nacidos en las ciudades inglesas fueron vacunados, pero fue mucho menor el número que recibió la vacuna en los distritos rurales. El período crítico comprendió los años 1870-1873, considerados los más importantes en la historia de la vacunación. Algunos Estados europeos introdujeron la vacunación compulsiva, uno de los primeros fue el de Bayana en 1807. Luego la medida se trasladó a Alemania, donde se vacunaron conscriptos del ejercito. Por su parte, Francia no se sumó a esta practica y en 1869 comenzó una pandemia general europea de viruela. Durante la guerra franco-prusiana de 1870, en el ejército alemán se produjeron 4.835 casos de viruela, con 278 muertes, mientras que entre sus prisioneros franceses hubo 14.178 casos, de los cuales 1.963 murieron. Los refugiados franceses fueron acusados de introducir la infección en Inglaterra, aunque ninguna comunicación entre Inglaterra y el continente pudo haberlo facilitado. La epidemia resultante causó 44.079 muertes, un cuarto de ellas en los barrios bajos de Londres. La mortandad promedio fue de 148 casos cada cien mil habitantes, una cifra atenuada si se compara con un estimado de entre 400 y 500 casos antes de la vacunación compulsiva. A raíz de esta epidemia surgió la necesidad o la demanda de vacunación infantil, en el año pico de su manifestación (1871) –según lo que se extrae de los informes de inscriptos– en Inglaterra y Gales nacieron 821.658 niños, de los cuales el 93 por ciento fueron vacunados. Funcionarios especiales controlaban que todos los niños recibieran el tratamiento. Ante la compulsión del gobierno, la misma población desarrolló cierta resistencia a la vacunación. En este sentido, el rechazo a esta campaña provocó que alrededor del 20 por ciento de los niños escaparan a la vacunación entre 1871 y 1888, aumentando la cifra hasta cerca del 30 por ciento en 1897. El gobierno introdujo entonces una “cláusula de conciencia” que permitía la exención después de acceder a los requerimientos de dos jueces de paz o un magistrado pago. Es probable que el número de infantes vacunados creciera en los diez años siguientes porque dichas exenciones implicaban muchos inconvenientes. La compulsión cesó el 5 de julio de 1948. (Ver: La Viruela en América) ó (Ver: La Viruela en Argentina)
Fuente: Grandes Pestes de la
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