LA LUCHA CONTRA LA VIRUELA
Descubridor Jenner Eduard

LA LUCHA CONTRA ESTE MORTAL FLAGELO-JENNER Y SU VACUNA "BOVINA"

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LOGROS DE LA VACUNA:

Tiempo atrás, existió una tradición popular que explicaba que los ordeñadores y las trabajadoras rurales (que se desempeñaban en la lechería) no contraían viruela. El tipo de viruela bobina es poco común, sin embargo, introducida en un rebaño, puede causar la infección de un número considerable de animales. Se manifiesta en forma de ulcera en la ubre y si no es tratada a tiempo, afecta el estado general de salud de la vaca y su producción láctea.

Cabe agregar que la lesión es muy contagiosa. De esta manera, la persona que ordeñe el animal estará expuesta a desarrollar una pústula o úlcera de viruela bovina en la mano o muñeca, aunque el riesgo de contagio de persona a persona es mínimo. A su vez, muy pocas veces la lesión cutánea local estará seguida por enfermedad generalizada aunque se manifieste, a veces, una fiebre leve y cierto malestar. De todo ello se deduce que la transmisión ocurre por contacto directo, es decir, el material de la úlcera debe entrar en contacto con un arañazo o herida en la piel antes de que una persona pueda enfermarse.

Hubo muchos de trabajadores que aceptaban infectarse con viruela bovina, pero sólo dos cobraron visibilidad hasta plasmarse en la literatura. Así, en 1774 un granjero llamado Benjamin lesty, de Dorset, tomó material de una lesión de viruela bovina y lo frotó sobre arañazos hechos con una aguja de zurcir en los brazos de su mujer y sus dos hijos. Ninguno de ellos enfermó de viruela cuando hubo una considerable epidemia en ese distrito. Se dice que sus hijos fueron inoculados con viruela quince años más tarde, sin efectos locales o generales. Por otra parte, en 1791 un alemán llamado Plett llevó a cabo un experimento similar.

A su vez, Jenner (imagen arriba),  nacido en Berkeley de Gloucester el 17 de mayo de 1741, era discípulo particular de un cirujano prestigioso del St. George Hospital de Londres llamado John Hunter, quien lo introdujo en la “aproximación experimental”. 

La historia de la viruela bovina llegó por primera vez a oídos de Jenner en 1770, cuando estaba haciendo su internado con un cirujano en Sodbury. Contrariamente a la creencia popular,  volvió a la práctica en Berkeley e investigó el efecto de la viruela bovina durante casi veinte años antes de realizar el primer experimento humano. En este sentido, su primer experimento lo realizó el 14 de mayo de 1796. Jenner tomó linfa de una pústula de viruela bovina formada en la muñeca de una trabajadora de lechería llamada Sarah Nelmes y la insertó en dos incisiones superficiales hechas en los brazos de un niño, James Phipps. Así describe su evolución:

‘En el séptimo día se quejó de molestias en la axila, y en el noveno sintió algo de frío, perdió el apetito y tuvo un ligero dolor de cabeza. Todo el día estuvo indispuesto y por la noche se sintió bastante molesto, pero al día siguiente estaba perfectamente bien. La apariencia y evolución de las incisiones a un estado de maduración eran muy parecidas a las producidas de manera similar por material varioloso.”

“El 10 de julio siguiente este niño fue inoculado con material tomado de una pústula de viruela; varios pinchazos y leves incisiones se hicieron en sus dos brazos y el material fue frotado contra ellos, pero no se manifestó enfermedad."

Sin embargo, decidió diferir cualquier tipo de publicación hasta no tener una serie de pruebas más contundententes. Desafortunadamente, la viruela bovina desapareció de la vecindad de Berkeley durante dos años. En un tiempo posterior, “vacunó” a veintitrés sujetos antes de proceder a inocularlos con viruela, luego de un lapso de varias semanas. En todos los casos la variolización no produjo más que una ligera reacción local. Recién en 1798 decidió publicar sus investigaciones en un texto de 75 páginas titulado: Una investigación sobre las causas y efectos de varíola vaccinae, una enfermedad descubierta en algunos de los condados occidentales de Inglaterra, particularmente Gloucestershire y conocida por el nombre de viruela bovina (cow pox).

Jenner condujo su investigación de manera cautelosa y minuciosa, si bien realizó experimentos en cuanta oportunidad se le presentó a lo largo de varios años, no expuso su teoría hasta obtener pruebas cruciales devenidas de la experimentación humana. Aun con un buen volumen de evidencia y el resultado asegurado, aunque frustrado por la ausencia de viruela bovina durante dos años, resistió la tentación de publicar sus hallazgos hasta que los resultados fueran comprobados. Es por ello que se lo considera como un científico cabal.

Su trabajo fue traducido a los principales idiomas europeos en el curso de cinco años, sin embargo, dentro de la comunidad científicas sus investigaciones recibieron una aceptación dispar y en algunos casos obtuvo una rotunda oposición. Por un lado, “los inoculadores” que atacaron la vacunación de Jenner porque su adopción general daría fin a un lucrativo negocio. Su método se volvió un tema recurrente tanto en los caricaturistas como de los clérigos, estos últimos desde sus pulpitos lanzaron fuertes criticas ante la posibilidad de transferir al hombre una enfermedad animal.

Sin embargo, una critica más fundada postulaba la peligrosidad de transmitir peores infecciones del ganado al humano, que resultaban más racionales. Esta critica se  combinada con cierta aversión hacia la inoculación con sustancias provenientes de vacas enfermas, lo que  indujo a los primeros vacunadores a optar por la técnica “brazo a brazo”. En este sentido, se hizo costumbre hacer una primera inoculación con viruela bovina del animal para luego seguir una cadena de paciente a paciente, tal como los inoculadores habían hecho en el sistema de “remociones”. El éxito de este método eliminó la objeción del trabajo de inoculación con animales, no obstante, aumentó el peligro de transmitir otras enfermedades humanas como la sífilis. La inoculación brazo a brazo también causó una gran controversia sobre la vacunación.

Hacia fines de 1801, alrededor de 100.000 vacunaciones habían sido llevadas a cabo en Inglaterra y el método estaba siendo implementado a nivel mundial. Resultaba difícil la provisión de suficiente linfa de viruela bovina y asegurar su actividad mientras era transportada a largas distancias. Se probaron muchos métodos diferentes.

Este sistema tuvo repercusión hasta en los sistemas coloniales: como el español, el inglés. Con respecto al español, hacia 1803 el rey de España decidió introducir la vacunación en las colonias americanas. Así, 22 niños que no habían sufrido la viruela se enrolaron y 2 de ellos fueron vacunados. En el viaje, dos niños distintos fueron vacunados a partir del par precedente, repitiéndose la operación cada diez días, y así la vacuna llegó activa al puerto de Caracas, en Venezuela. Allí, la expedición se dividió en dos; una parte se dirigió a Sudamérica, donde más de 50.000 personas fueron vacunadas sólo en Perú, y un segundo barco recogió otros 26 niños y extendió la cadena rodeando el Cabo de Hornos, hacia las Filipinas, Macao y Cantón. Desde esos puntos, misioneros ingleses y americanos llevaron la vacuna al interior de China.

El subcontinente indio, altamente infectado, recibió la vacuna en 1802, luego de varios intentos abortados. La cepa provino de Jenner y viajó vía Londres, Viena, Turquía, Bagdad y el puerto de Basora en el golfo Pérsico, por lo que perdió potencia y sólo una vacunación ‘prendió” a su arribo a Bombay. Este único caso proveyó suficiente linfa para una nueva serie, que fue distribuida a Madrás y Ceilán. De este modo, la original “cepa Jenner” viajó a Asia, siendo la segunda cepa la más ampliamente distribuida.

En otro caso, el doctor William Woodville, del London Smallpox and lnoculation Hospital, encontró dos vacas afectadas por viruela bovina en una granja lechera en Gray’s Inn Lane, el 20 de enero de 1799. De inmediato vacunó a siete sujetos en el Smallpox Hospital y luego, a tres de ellos, los inoculó con material de una pústula de viruela después de un intervalo de sólo cinco días. De los siete originales, “vacunó” una primera serie de 200 personas y luego una segunda serie de 300. Al respecto, Woodville informó: “En varias instancias la viruela bovina ha demostrado ser una muy severa enfermedad; sólo en tres o cuatro casos sobre quinientos el paciente ha estado en considerable peligro, y un niño murió"

Las investigaciones y experimentos de Woodvile desataron el descontento de Jenner. Quien había demorado intencionalmente, por más de un mes,  las pruebas de inoculación de viruela en sujetos vacunados ya que creía que la cepa de vacuna de Woodvile se había contaminado con un virus de viruela, produciendo así una peligrosa enfermedad. Sin embargo, sus campos de estudio eran distintos, mientras Jenner trabajaba en el campo, Woodvile lo hacia en la metrópolis (el principal centro de viruela inglés) y además en un hospital fundado con el propósito de producir inoculación y preservar el aislamiento. La demanda de vacuna era tal que poco se cuestionaba. La cepa de Woodville se diseminó por todo el mundo y se estima que fue aplicada en, al menos, dos mil remociones antes de 1836. Es probable que la cepa norteamericana derive de la de Woodville, porque fue quien proveyó al Vaccination Hospital de Bath, de donde el doctor Haygarth envió linfa al profesor Benjamin Waterhouse de Boston, en 1800.

Hasta 1881 todas las vacunaciones fueron efectuadas por el método de brazo a brazo. El pasaje continuo a través del hombre concluyó en una sobreatenuación del virus, sin embargo, aumentó el riesgo de transmitir otras infecciones tales como erisipela, tuberculosis y sífilis. El gobierno británico dispuso un establecimiento para la vacunación animal, en el que terneros fueron deliberadamente infectados con viruela bovina para distribuir la linfa. El producto obtenido no era muy seguro, pero su calidad mejoró cuando se descubrió que la glicerina prolongaba su preservación. La primera linfa de ternero glicerínada’ fue provista en 1895, haciendo la salvedad de que se trataba de linfa humanizada” para aquellos que objetaban la inoculación con material de origen animal.

Durante todo el siglo XIX y comienzos del XX, existió cierta resistencia  a la vacunación. En Inglaterra la oposición provino, en su mayor parte, de las sectores subalternos, aunque curiosamente, los estratos más bajos de la sociedad favorecían la variolización. Una epidemia en 1837-1840 ocasionó unas 35.000 muertes entre infantes y jóvenes de la clase trabajadora urbana. Thomas Wakley, editor de The Lance! y miembro del Parlamento, culpó a la variolización, argumentando que la epidemia no habría ocurrido si la práctica hubiese sido prohibida. Al respecto su objeción fue recogida por el Parlamento británico,  y asentado en un acta, convirtiendo en delito la inoculación con viruela.

En este sentido, la vacunación se convirtió en el único método de protección y en 1853 fue declarada compulsiva para infantes, a cargo de los contribuyentes. Por desgracia, no existía entonces la maquinaria adecuada para dar cumplimiento a esta ley y muchos la eludieron. Alrededor de la mitad de los niños nacidos en las ciudades inglesas fueron vacunados, pero fue mucho menor el número que recibió la vacuna en los distritos rurales. El período crítico comprendió los años 1870-1873, considerados los más importantes en la historia de la vacunación.

Algunos Estados europeos introdujeron la vacunación compulsiva, uno de los primeros fue el de Bayana en 1807. Luego la medida se trasladó a Alemania, donde se vacunaron conscriptos del ejercito. Por su parte, Francia no se sumó a esta practica y en 1869 comenzó una pandemia general europea de viruela.

Durante la guerra franco-prusiana de 1870, en el ejército alemán se produjeron 4.835 casos de viruela, con 278 muertes, mientras que entre sus prisioneros franceses hubo 14.178 casos, de los cuales 1.963 murieron. Los refugiados franceses fueron acusados de introducir la infección en Inglaterra, aunque ninguna comunicación entre Inglaterra y el continente pudo haberlo facilitado. La epidemia resultante causó 44.079 muertes, un cuarto de ellas en los barrios bajos de Londres.

La mortandad promedio fue de 148 casos cada cien mil habitantes, una cifra atenuada si se compara con un estimado de entre 400 y 500 casos antes de la vacunación compulsiva.

A raíz de esta epidemia surgió la necesidad o la demanda de vacunación infantil, en el año pico de su manifestación (1871) –según lo que se extrae de los informes de inscriptos– en Inglaterra y Gales nacieron 821.658 niños, de los cuales el 93 por ciento fueron vacunados. Funcionarios especiales controlaban que todos los niños recibieran el tratamiento.

Ante la compulsión del gobierno, la misma población desarrolló cierta resistencia a la vacunación. En este sentido, el rechazo a esta campaña provocó que alrededor del 20 por ciento de los niños escaparan a la vacunación entre 1871 y 1888, aumentando la cifra hasta cerca del 30 por ciento en 1897. El gobierno introdujo entonces una “cláusula de conciencia” que permitía la exención después de acceder a los requerimientos de dos jueces de paz o un magistrado pago. Es probable que el número de infantes vacunados creciera en los diez años siguientes porque dichas exenciones implicaban muchos inconvenientes. La compulsión cesó el 5 de julio de 1948. (Ver: La Viruela en América) ó (Ver: La Viruela en Argentina)

PARA SABER MAS...
La viruela o pequeña viruela, que hacía estragos en Europa, Oriente Medio, África del Norte y América. Ésta se propagó debido a las batallas contra los turcos, las mezclas de poblaciones, los peregrinajes como el de la Meca y las naves procedentes de Oriente.

Ciertas epidemias son particularmente duras, concretamente las de 1627 en Londres, 1668 en Reims, 1670 en París, 1719 y 1723 en París, 1744 en Montpellier, 1770 en Inglaterra; la que en Rusia mata a 200.000 personas. En 1738 ataca a América, alcanzando sobre todo a los indios y contribuyendo en gran parte a su desaparición31.
Se observa sobre todo en los niños, provocando en ellos el 80 % de muertes en Londres y el 98 % en Berlín.

Voltaire escribe: «De 100 personas, 60, por lo menos, tienen la viruela, de esos 60, 10 mueren en los años más favorables y 10 conservan para siempre sus molestos restos. He aquí pues que la quinta parte de los hombres muere o se afea por causa de esta enfermedad, sin duda alguna».

Por su parte, La Condamine estima que mata, mutila o desfigura a más de una cuarta parte del género humano. La enfermedad provocaba un terror legítimo: «Era horrible, tan pronto se declaraba en un pueblo, tan pronto en otro, se extendía como el fuego, todo el mundo, pero sobre todo los padres y madres temblaban. Se decía: ya está aquí, ya está aquí, tal número de personas la han tenido... tal mujer, tal jovencita, han sido sobre todo maltratadas... tal individuo se ha quedado tuerto... tal otro no es ya reconocible... hay tantos sordos, tantos muertos, tantos ciegos... ¡Ah! ¡Qué espanto!».

No respeta las familias reales. Se sufre en todos los medios. «En Versalles, cuenta el marqués de Sourches, la viruela seguía haciendo grandes estragos. El 6 de enero de 1686 atacó a la duquesa de Choiseul, y esto desoló a los jóvenes.» Las tres hijas de Luis XV cogieron la viruela de su padre y se curaron.

Sydenham, Boerhaave, Etold, Van Swieten y Morton la describieron clínicamente. La idea de contagio es perfectamente conocida: el aislamiento y la cuarentena se ponen en práctica. Las memorias de la época dejan ver que los cortesanos que, obligados por sus funciones deben permanecer junto al rey agonizante, se alejan de su lecho todo lo posible.

Junto a las formas mortales hay otras cuya curación sólo se alcanza al precio de cicatrices indelebles que desfiguran. La palabra «picado» de viruelas se aplica a esas víctimas, de las cuales Mirabeau y Dantón son los ejemplos más clásicos. Las mujeres, incluso las más valientes, se enfrentan con terror a esta enfermedad que «señalara» gravemente a Isabel de Farnesio, la futura reina de España; a medemoiselle de Lespinasse, a madame d'Houdelot; no se puede reprochar a madame de Sable todas las precauciones que tomó, con el riesgo de reñir con sus mejores amigos.

Se sabía que los sujetos que habían sido víctimas de dicha enfermedad estaban ya protegidos contra ella. Del mismo modo había quien, sabiendo que alguien sufría la enfermedad en su grado más benigno, ponía a sus hijos en contacto con estos enfermos. Pero el temor vencía siempre en el último momento.

Un método iba a instaurarse en Francia y en Europa, el de la variolización o de la inoculación. Hacía mucho tiempo que los chinos administraban, por vía nasal, pequeñas postillas de las pústulas secas y de este modo protegían a los individuos. En 1701, durante la epidemia que hizo estragos en Constantinopla, un médico griego, Pylarino, practica multipunturas cutáneas con una aguja empapada en pus de pústula. Se produce así una enfermedad muy benigna, con un pequeño número de elementos que se curan sin dejar cicatrices. Boyer menciona esta técnica en Montpellier.

El mismo año, Eady Montagne, mujer del embajador de Gran Bretaña en la Sublime Puerta, a quien su sexo permitía la visita a los apartamentos privados, había visto que se protegía la belleza de las mujeres del harén. Hizo variolizar a su hijo y a su regreso a Londres, en 1721, se convierte en apóstol de este método. En 1722, sir Richard Mead lo ensaya con éxito en 6 condenados a muerte.

Más adelante, sobre 1.800 inoculaciones practicadas en el hospital de Middlesex, observa solamente 7 casos de viruela. El príncipe de Gales se hace inocular y se crean puestos de médicos variolizadores.

En 1727, Voltaire36; en 1731, Marcot de Montpellier; en 1754, La Condamine defienden la variolización. Pero se la ataca mucho y se trata de asesinos a los que la aconsejan. A pesar de todo, en 1755, Tenon practica en Francia la primera inoculación, siguen su ejemplo Tronchin de Ginebra. Este último, en 1756, la aplica a los dos hijos del duque de Orleáns. A partir de este momento la variolización se pone de moda37. Tronchin trata al duque de Parma, Dimsdale a Catalina II de Rusia. Toca después el turno a Luix XVI y a sus dos hermanos38; luego a María Teresa la autoriza en sus estados. En 1779, Mirabeau ofrece a su amante Sophie de Monier un tratado sobre la inoculación. Pero, a pesar de los éxitos incontestables, las críticas aumentan. La Iglesia lo considera como una usurpación de los designios de la providencia.

En 1763, el parlamento de París da la orden de que se suspenda momentáneamente su empleo, pero mientras la Facultad de Teología la condena, la Escuela de Medicina la aprueba. Ocurrían accidentes y a veces se producía una viruela grave. Se reprochaba a este procedimiento «diabólico» el no ser siempre eficaz y diseminar la enfermedad. Pero Franklin, que había perdido un hijo como consecuencia de la viruela, defiende el método en 1759, junto a Heberden. En 1782, Coste, médico-jefe del Cuerpo Expedicionario francés en América, hace inocular a las tropas. Se preconiza, pues, la inoculación en el Antiguo y Nuevo Mundo, pero, aplicada a un pequeño número de individuos, no puede desempeñar un gran papel en la prevención de la enfermedad.

Este fracaso relativo nos lleva a estudiar otra enfermedad, conocida entre el ganado, rara en el hombre, el cowpox o vacuna. Se localizaba en la ubre de las vacas y las ordeñadoras sabían que cuando habían contraído el cowpox, enfermedad sin gravedad alguna, no atrapaban la viruela.

Los elementos de estas dos enfermedades estaban muy próximos. Jenner había reconocido la legitimidad de estos hechos. Por su parte, en 1780, en Francia, un pastor protestante, Rabaut-Pommier, observó que las campesinas que habían sufrido la «viruela» de las vacas quedaban protegidas contra la viruela y se preguntaba si no sería posible, partiendo de la enfermedad animal, lograr alguna garantía contra la viruela.

En 1781 comunica esta idea a dos ingleses, uno de ellos, el doctor Pew, era amigo de Jenner. Este último prosigue sus investigaciones, pero no parece haber sido puesto al corriente de la sugerencia de Rabaut-Pommier. Por de pronto se asegura de la realidad de la protección alcanzada con el cowpox.

Separa esta de las demás enfermedades vesiculares de la ubre de vaca. Mientras tanto en Gloucester, en 1774, un granjero, Jesty, y posteriormente en 1791 un individuo llamado Plett, inocularon el cowpox a miembros de su familia. En cuanto a Jenner, el 14 de mayo de 1796, practica la primera vacunación. Después, en junio de 1798, publica su célebre folleto, donde afirma: «la viruela de las vacas es un preservativo garantizado contra la viruela ordinaria». Entonces se desencadena una oposición general.

La Royal Society rechaza uno de sus comunicados y Greigton lo califica de «espíritu pretencioso cuyas especulaciones mentales son inconsecuentes». Pero él prosigue sus investigaciones, y en 1800, el duque de York crea un Instituto de vacunación. Ésta se propaga por todo el mundo, gracias a Carro, Hufeland, Odier, Thouret, el duque de La Rochefoucauld-Liancourt. Este último, emigrado en Londres, había sabido de las investigaciones y resultados de Jenner.

De regreso a Francia, se convierte en propagandista del método y crea el Comité Central de la Vacuna. Mientras tanto se vacuna a las unidades inglesas que se hallan en guarnición en Malta y Gibraltar. En 1803, Hallé entrega al primer cónsul una relación sobre la vacunación; Chaptal, ministro del Interior, ordena a los prefectos que lleven a cabo una encuesta amplia. El clero se convierte en un auxiliar muy activo del Comité de la Vacuna. En 1803 se autoriza a Costa, en el campo de Bolonia, a practicar la vacuna en los soldados. El 8 de noviembre del mismo años Guillotin presenta una nota sobre los resultados obtenidos.

En 1804, Chaptal reemplaza el antiguo Comité por un Comité Central y, cuando en 1820 se crea la Academia Real de Medicina, hereda las prerrogativas de este último. En 1809, Napoleón hace obligatoria la vacuna en las principales ciudades de Francia, y el 11 de mayo de 1811 se vacuna al Rey de Roma. Pero se reprocha a la vacuna humana el transmitir ciertas enfermedades como la sífilis.

En 1804, en Nápoles, Troia inocula a una vaca vacuna humana, y en 1810, Galviatti da la preferencia a la toma de vacuna en el animal. Luego se dan cuenta de que la inmunidad por vacunación no dura más que cierto tiempo y que es necesaria una revacunación de forma regular. Y es así como menos de 200 años después del descubrimiento de Jenner hoy se puede hablar de la erradicación de la viruela. Por primera vez un método preventivo, elaborado, permitirá proteger a los habitantes del mundo entero.

Fuente Consultada: Grandes Pestes de la Historia - Wikipedia - Enciclopedia Encarta
Por Araceli Boumera

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